Centaurea diffusa


Einstürzende Neubaten: Blume


"¡No puedo creer que sea posible tanta falta de creatividad! Cómo es eso de que en el lugar del florero vacío, lo único que eres capaz de ver es: ¡un florero vacío! Es definitivo, eres un atentado contra cualquier esfuerzo bien intencionado de fomentar la creatividad en tu cabecita. Ésta parece estar carente de cualquier capacidad de esforzarse por concebir imágenes, olores, sabores o texturas por el simple hecho de no estar ahí y plasmarlas en un lienzo.
Te propongo el siguiente ejercicio: cuando veas el florero vacío, no veas en ello una complicación, un reto…, visualízalo como una espacio que alberga posibilidades. Por ejemplo, piensa en las flores que más te gusten. Las mías son las violetas, pero son demasiado pequeñas para un jarrón de estas características… a otros les gustan las margaritas, los tulipanes…, las rosas, son muy clásicas pero todo son gustos, y ¿a ti?... De ser necesario puedes inventar tu propia flor.
Una vez tengas decidida la forma, concibe un aroma. Piensa en aquellos olores que te recuerden tus mejores momentos de la vida, y regálaselos a tu flor. Así ella ya tiene una característica y tú, buenos recuerdos. Recorre mentalmente las texturas que más te gustan…¿la piel de alguien?¿su cabello?¿recuerdas la textura de las sábanas que te preparaba tu abuela? Con todo ello ya deberías ser capaz de armarte con la paleta de colores y acabar de una vez por todas con ese jarrón vacío carente de creatividad.
Y ahora lo más importante, muchacho, ya que si bien las flores imaginarias son económicas, son mucho más exigentes que las otras. Debes cuidar de ellas como si estuviesen vivas. Haz como que lo están…, en una de esas, quizás también logras no olvidar que tú también lo estás".

¿Vivo? Todavía lo estoy, pero en mi interior habitan extensiones de cardos secos. Una llanura que ya nadie cuida sobreexpuesta a un abrasador verano. Las plantas antes erigidas desafiantes al cielo, restan reducidas a tallos quebrados y astillados, apoyados los unos sobre los otros contra un cielo blanco color esqueleto. Las hojas, deshidratas, ajadas, delicadamente pedunculadas, tiemblan con el hálito de un verano marchito que sigue deshilvanando las memorias de un amor quemado. Las de un amor ebrio parido antes de tiempo, que lo ha quemado todo. En mi jarrón solo veo asteráceas cabizbajas con sus inflorescencias secas. Pétalos muertos caen sobre la mesa. No hay colores para ellos. Blanco esqueleto.  



Otoño convertido en zorro


Arde la vista. Un zorro rojizo trota prendiendo fuego a árboles y arbustos. Los abedules incendian sus hojas y el sol horizontal, siempre horizontal, les confiere un fulgor inefable. Corre por la estepa el otoño aullando. Laponia entera sangra con el fin del verano en un ritual estacional. Encarnado el paisaje se consume por unas semanas antes de ceder al invierno. Vendrá la nieve pronto y lo cubrirá todo. Todo menos las huellas del pasado, estas restan bajo el manto aguardando el deshielo.

1500 quilómetros al norte de Estocolmo, 18 horas de trenes y estaciones. De ventanilla y paisajes huidizos. Extensiones ilimitadas de taiga recortadas con plateados lagos y casas de rojo cobre. Un destino anual con el otoño ártico para deleitarse con sus colores, con su vasta inmensidad. Con los paseos por los abedules de tez blanca, el olor de su resina, de los frutos maduros que caen al suelo. Un reno se cruza en mi camino. Se detiene. Siempre se detienen. Pocos metros nos separan. Me llega el olor a pelo húmedo, sudado, que expele su cuerpo, y el vaho que escapa de sus fosas nasales. Es intenso. Agrio. Gira la cabeza y me interroga. Dura fracciones de segundo, pero parece eterno. Nuestras miradas se traspasan y descubro en sus pupilas la naturaleza de esas tierras ignotas. Los severos inviernos superados, la anegada primavera y el breve verano. Pánico por el acechar de los cuervos y los pasos del zorro en la nieve. No llega a un segundo y luego huye, acelerando el paso entre los arbustos hasta desaparecer. 

¿Qué explicarán mis ojos? Siempre se evaden, la naturaleza nos rehuye. ¿Cómo reprochárselo? Los mismos árboles huirían de no impedírselo las raíces. Hasta nosotros nos fugamos, aunque volvamos. Por eso estoy aquí. Huyendo del silencio atronador de la ciudad y conciliarme por unas horas, unos días, con el milagroso otoño estepario. Ceder a la seducción de estas tierras en las que el sol y la noche se acuestan juntos. 




Álbum de fotografías


Se pasó días hurgando en sus cajones, en cajas que llevaban años encerradas, buscando las fotografías de su vida. Recuperó negativos y diapositivas que apenas recordaba para constituir un álbum que capturase su trayectoria. Pensó que con ello las imágenes le liberarían de la necesidad de entretejer su memoria y recuerdos.
Al ir pasando las páginas de su obra, se sonreía con las imágenes que le asaltaban, las que evocaban su infancia de las que apenas guardaba escenas en su memoria, o la de sus familiares desaparecidos. Se sorprendió sin embargo que aquellos momentos reincidentes que se despertaban de entre todos los otros no hubiesen quedado capturados por ninguna cámara. 

El cielo azul de verano con su sol cayendo sobre la terraza del edifico. El frescor de las sábanas y las camisas húmedas recién tendidas golpeando la cara mientras era perseguido entre la ropa por las minúsculas zancadas descalzas de su hermana pequeña. L'avia canturreando mientras va sujetando con pinzas la ropa que acarrea en un enorme cesto de colada.

La vertiginosa bajada en monopatín a la salida del colegio hasta casa. Esa libertad robada por unos minutos.

El quisquilloso nerviosismo de exponerse al público. De salir al escenario con los otros, afinar el instrumento, y tocar. Ausentarse del lugar, del tiempo, empujado por la música. Por estar viva, darle vida y alimentarse de ella. 

El primer beso. Esa sensación repentina de una cavidad ajena, del vacío ajeno. Y las lenguas que se quieren en el encuentro. El abrazo que le sigue, los cuerpos que se estrechan y la mano de ella paseando por su pelo. Una sensación endiabladamente agradable.

La mañana que siguió a la noche en la que toda la luz parecía condensarse en la puerta abierta del balcón de la habitación. La cortina se inflaba y desinflaba acariciando su cuerpo descansado sobre la barandilla. El barrio seguía dormido. La descubrió a ella observándolo desde la cama y se enamoró de esa mirada enamorada. 

La noche que llegó a casa y la descubrió aguardándolo allí, en el marco de la puerta del pasillo. Contraluz. Convirtiéndose en silueta frente a la noche que se colaba por la ventana. Su silueta. Su perfil en el hueco. Fumando. Una silueta con un punto de fuego. 

El fuego de la chimenea que alumbraba y caldeaba las tardes de invierno. Padre, madre y hermanas. Sentado en el suelo, entre los cojines y con el gato bajo el jersey. Ronroneando. Sincronizando sus latidos con el ronroneo. Compartiendo el sueño.
...



Nada de eso aparecía en las fotografías que había rescatado. Se iban desvaneciendo sus recuerdos, y ninguno de ellos coincidía con los de las imágenes registradas por los otros. Capturaban dos realidades distintas, así que para evitar quedarse con solo una ante la inminente pérdida de memoria empezó a escribir.




Seguir para no encontrarse



55°5300N 26°3200E  cellisca persistente.  

Jelgava, Letonia. 
marzo1995



Estaba sentada en el rincón más oscuro de la habitación. Una pequeña llama delataba su presencia y posición. 

Aquello era un agujero. Un cochitril sórdido con unos cuantos colchones dispuestos sobre el suelo, botellas consumidas esparcidas por doquier y una cortina lánguida y triste que velaba la vista negando la luz exterior. Acababa de entrar y ya me estaba preguntando qué demonios hacía yo allí. Por qué no habría decidido pasar la noche en el bosque que quedaba junto a la carretera en lugar de esconderme en esta madriguera. Hubiese huido de aquel antro para resguardarme en el bosque sino hubiese estado lloviznando aguanieve.  

El caso es que allí estaba, en aquel apartamento okupa que daba cobijo a autoestopistas y viajeros perdidos sin preguntar nada. Dejé caer la mochila que cargaba sobre mis hombros junto a la puerta y alcancé la ventana procurando no pisar nada. La habitación necesitaba airearse. A todo ello ella permanecía en silencio arrinconada en el suelo jugando con el mechero. No me presenté, pues no quería interrumpir su "concentración". Entonces no tenía mucha experiencia, pero si algo había aprendido durante las semanas anteriores, es a no forzar las conversaciones. La mayoría de los adolescentes y jóvenes que se arrojan a las calles suelen hacerlo para refugiarse de sus propias historias en el silencio. La calle te enseña rápido a desconfiar de los desconocidos, y a apreciar la soledad, evitando entablar conversaciones con cualquiera. Dudé entre abrir la ventana sin más o pedirle permiso. Al final supongo que mis gestos dubitativos me delataron, y desde el suelo me llegó su voz: Jūs varat atvērt logu.
–Perdona…, no entiendo. No hablo tu idioma. ¿Inglés?
Atveriet logu. Puedes abrir la ventana –repitió sin apenas levantar la mirada.
–Gracias –no fue fácil conseguir que el ventanal se abriese. A saber cuánto tiempo llevaba cerrado. La vista era desoladora, bloques de hormigón gigantes de construcción soviética conectados por unas farolas que colgaban mecidas por la brisa sobre una calle ancha y desierta. Suspiré.
–¿No te gustan las vistas? –preguntó desde su rincón.
–Podrían ser mejores. Al menos el barrio parece tranquilo…
–Muerto –sentenció–. En toda la ciudad no hay nadie. Todas son iguales, siempre están vacías.
–Ya. ¿Te importa si fumo? –pregunté mientras me sentaba a cierta distancia de ella y buscaba en mis bolsillos el paquete de tabaco. Cuando di con ellos, le extendí un cigarrillo por si deseaba acompañarme, pero desestimó la oferta con un ligero movimiento de cabeza. Fue al solicitar el mechero para prender el cigarro cuando vi lo que estaba haciendo. Se estaba quemando. Su antebrazo lucía por todas partes pequeños eritemas. Disimulé. No me sorprendió, también mis manos están surcadas por cicatrices. Cortes para avenar el desazón que me habitaba. A veces sucede que el dolor interno es tan fuerte que requerimos lesionarnos. Provocar heridas físicas que anestesien las embestidas del dolor acomodado en nuestras vísceras. No iba a juzgar aquella autolesión, la entendía.



–¿Vives aquí? –pregunté para no pensar en el mechero.
–No, solo estoy de paso… como tú ¿no?– contestó dirigiendo una mirada a mi mochila.
–¿A dónde te diriges? Yo voy a Rïga.
–¿Te importa? No quiero compañía.
–No, no es que me importe. Tampoco yo quiero compartir el viaje. Es hablar por hablar. No tengo sueño.
–Pues si quieres seguir viajando mañana deberías dormir. No es una ruta fácil. Y menos para un chico, no resultáis demasiado atractivos a los conductores.
–Lo he podido comprobar estos días –repliqué mientras rebuscaba en los bajos de la mochila el saco de dormir.
–¿Rïga es dónde has dicho que vas?
–Eso he dicho. ¿Estabas escuchando? Pensaba que no te interesaba.
–No es que me interese. Ni sí ni no. Hablaba por hablar. Como no tienes sueño.
–Empiezo a estar cansado… pero sí, allí me dirijo. ¿Has estado?
Niega con la cabeza. Luego añade: demasiado bella. O eso dicen, así que la evité.
–¿Cómo qué demasiado bella?
–Pues eso, que todo el mundo te dice que Rïga es tan bonita, que si su barrio medieval, sus calles, Rïga bla bla bla, Rïga bli bli bli… Demasiado preciosa. Ni yo estoy a su altura, ni ella a la mía. Me descompondría ante tanta belleza. No creo que pudiese soportarlo. No quiero experimentar ilusiones de ningún tipo en este momento. ¿Por qué vas?
–Pues por todo lo que acabas de comentar. Por ver algo precioso. Lo necesito.
–¿No tenéis nada que valga la pena de allí de donde vengas?¿Por cierto de dónde eres?
–Si claro que hay cosas bellas de donde vengo, pero seguro que son bellezas distintas.
–¿De dónde vienes?
–Del sur. Donde en estos momentos debe ser primavera…, debe hacer sol… en lugar de nevar –creo que en ese momento se me escapó un suspiro.
–¿De que huyes entonces?
–De nada, creo… 
–Pues vuelve.
–No tengo valor para regresar a mí mismo en estos momentos.


Volver a casa



El ir y venir del mar va borrando el trazado de huellas que recorre la playa. Eso desconcierta a la niña que jugaba a seguir su rastro desde las dunas. Sus ojos confusos observan como la arena se escapa de las pisadas para seguir a las olas. Se pregunta quién ha dejado aquel rastro. Y es más, dónde iban, y dónde van ahora las pisadas. ¿Es posible caminar bajo el mar?

–Son del Pueblo Oculto– le dice un hombre sentado desde una duna–. Les gusta pasear por la playa temprano. Cuando está vacía y nadie puede verlos. 
– ¿Nadie?
–Nadie, que no madrugue mucho, mucho, mucho. 
–¿Cómo de mucho?
–Tanto como un ruiseñor. ¿Los has visto nunca?– la niña niega con la cabeza–. Son pajaritos delicados, que dedican sus mejores cantos al lucero del alba.
–¿El lucero del alba?
–El lucero del alba, es la última de las estrellas en retirarse. Aguarda siempre al sol para guiarle en su ascenso hasta desaparecer por allí. Por el oeste.

Le diagnosticaron Alzheimer hace ocho años. Sus recuerdos han sido horadados gradualmente con el tiempo. Ha aprendido ha convivir con el olvido, que habita su memoria. Se negó a pensar en la opción de la demencia ante las primeras evidencias. Su abuelo lo padeció, y recordaba como el olvido lo consumió, devorándolo todo a su alrededor. No otorgó importancia a los episodios de pérdida de atención en las reuniones familiares o las dificultades en la planificación del trabajo, pero aquel día, la ciudad se transfiguró. Las calles se remodelaban ante sus ojos. Los edificios danzaban a su alrededor configurando a cada instante un paisaje nuevo y mudado. Todo le resultaba familiar, pero no estaba es su sitio. El barrio entero se había desordenado. Horas más tarde tomó consciencia que se había perdido volviendo de aparcar el coche a dos manzanas de su casa, y decidió acudir al médico.  

–…son silenciosos y esquivos. A los miembros del Pueblo Oculto, les gusta pasar desapercibidos. Habitan entre nosotros, pero no son muy habladores. Les cuesta comunicarse. En eso se parecen a nosotros. Al que seguías, lo he visto hace unas horas, cuando todavía no había salido el sol caminar aguas adentro. Seguramente para encontrarse con alguna sirena. 
–¡Las sirenas no existen!
–Vaya si existen. ¿Quién te ha dicho que no?
–Todo el mundo lo sabe. Son mentira. Historias para niños pequeños.
–Pues yo puedo asegurarte que existen. Es más, hasta conocí a una de ellas en esta misma playa, a la…, ¿cómo se dice?…, ¡"dita" sea! Lo siento, no encuentro la palabra. A veces se me escapan.
–¿Se le escapan las palabras? A mi abuela se las come el gato. ¿Las tuyas salen corriendo?
–Más bien se esconden profundamente. Juegan al escondite conmigo. Y me cuesta mucho encontrarlas. Cada vez más.

Lidió durante meses con los botones de la camisa. Mientras los axones de sus neuronas se retorcían y anudaban, sus memorias se desfiguraban, y la vida cotidiana se transfiguraba constantemente. Las puertas del pasillo le desafiaban. Las habitaciones se trasladaban de un lado a otro, y los muebles salían a su encuentro continuamente. Nada estaba donde debía estar, y todo empezó a diluirse, a perder sus funciones, sus nombres, sus formas. Simplemente dejaron de existir, eran ilusiones esporádicas que se recreaban en sus cada vez más infrecuentes apariciones. El presente fue borrado de un brochazo. Se hizo incontenible.  

–¿Señor? ¡Señor! ¿Me escucha?

El hombre vuelve a estar junto al mar. Una tarde bochornosa de verano mediterráneo en una cala pequeña y vacía, a la que el viento, casi inexistente, conduce el canto de los insectos desde la pineda. Se relame los labios salados, y se ríe con las olas que intentan una y otra vez acariciar sus pies. Alguien grita su nombre desde el otro lado de la playa. La figura se presenta borrosa, es un recuerdo carcomido, pero la voz es inconfundible. Es la de su abuelo que le saluda con el bastón en alto. Detrás suyo aparece su hermana pequeña, y un poco más atrás, con dificultad para seguir los pasos de la niña, su abuela con las manos y el bolsillo del delantal cargado de piñas que su nieta le ha ido pasando. Les expresa su más amplia y feliz sonrisa, y les devuelve el saludo con la mano. Se decide, un último baño antes de volver. Deja que las olas alcancen sus pies que antes les negaba, cierra los ojos, y se sumerge en el agua. Silencio.  

–Perdone usted si la niña le ha molestado. Vamos Inés, deja a este señor descansar en paz– la mujer tira de la muñeca de la niña y se la lleva hacia la playa. 

El hombre sigue callado. Ve alejarse a la niña y no la recuerda. Pero sigue viendo a sus abuelos y a su hermana aguardándole sobre las rocas de la playa. Es hora de volver a casa se dice.




Noche segunda



¿Adónde va a parar la claridad sobrenatural cuando, junto con la noche, caen las tinieblas sobre todas las almas? ¡Chas!, sobre la cresta de la montaña brotan las estrellas. Una, después otra y las siguientes. Desde las más duras, punzantes y blancas como pinchazos de un cuchillo de acero sideral, hasta las últimas, las más vulgares, envueltas en oscuridad del mismo modo que los guijarros de un río están bañados en limo.

¿Dónde está la luz que, cual linterna de sereno, debería caer sobre los durmientes, los exhaustos, los inconscientes, encerrando en un círculo dorado sus corazones para que por la mañana tengan fuerzas para levantarse y recomenzarlo todo desde el principio? El negro mapa de la noche se despliega entre los horizontes. Ni las cumbres ni las torres son lo bastante duras como para perforarlo. Los pueblos como tiritas en la mejilla de la tierra, los arañazos de las carreteras, el sarpullido de las ciudades una hora después de la medianoche, tres horas antes del alba, nada anuncia la resurrección, nada anuncia la absolución de las culpas, a pesar de que hay más cielo que tierra. Noche, noche, noche, el herrero Kruk narra entre sueños una historia sin fin, larga como la vida de todas las personas, como si quisiera confesarse de todo lo que ha visto, de lo que ha oído, confesarse de todas las cosas buenas, malas e indiferentes, porque seguramente la vida sea una variante del pecado, cosa que uno puede olvidar durante el día, pero la noche no conoce compasión; lo sabe Lewandowski, lo sabe también Gacek, y Edek, y todos, porque, cuando la razón duerme , los actos pasados y futuros se posan sobre el pecho y su peso es indescriptible. Entonces el corazón apenas late, se agarrota, le cuesta impulsar la sangre acoquinada, y ni la mínima gota de luz diluye la materia condensada por el miedo, y no queda más remedio que esperar a que la tempera azul marino del amanecer cubra los cristales. Es lo único que se puede hacer.











Andrezj Stasiuk
Cuentos de Galitzia (2010)
Editorial Acantilado. Quaderns Crema, Barcelona, 126pp
Traducción del polaco de Alfonso Cazenave 







La canícula



Hace demasiado calor en este ático. Es uno de aquellos días del período canicular que parecen inagotables en esta ciudad. A lo largo del día el sol se ha ido acumulando sobre el techo del terrado, y de ahí a todo el apartamento. Incluso llegada la noche el sofoco es inconmensurable, hasta el punto que las maderas de las ventanas sudan resina. Es tarde y sigues sin aparecer.

Ayer ya no viniste. Estuve esperando por horas. Sentado junto a la puerta, escuchando los mecanismos del ascensor que me llegaban del otro lado de la misma. La activación de sus engranajes era un aliento para la expectativa de tu llegada. Se elevaba mi excitación. Eras tú, me decía a mi mismo, y avivado por la posibilidad me recomponía y procuraba adoptar una actitud que enmascarase mi desespero, hasta que sus poleas se detenían y el sonido del abrir y cerrar de puertas llegaba lejano. De otro rellano. De otro inquilino al que seguro que nadie aguardaba con el mismo anhelo con el que yo te espero.

Me he pasado la tarde aguardando en la terraza. Observando desde aquel punto privilegiado a la gente que pasaba por nuestra calle. Escrutando entre todos los peatones una espesa cabellera rubia. Esa melena rubia que casi siempre recoges en un moño sobre tu tez blanquísima y pecosa. Ese cabello rubio sobre unos hombros redondos de los cuales cuelga un ligero vestido. No lo encontré. No te encontré entre todos ellos, y seguía allí encerrado. Aguardando. En tus ausencias me gusta subir de un salto hasta el muro de la terraza y caminar sobre el mismo, jugar con la posibilidad de la caída. Creyendo que si caigo quizás aparezcas. Me siento por horas sobre la tapia, siempre con la mirada fija en la calle, agasajado por la brisa en mi rostro e imaginando. Allí sentado, en mis largas esperas he fantaseado mucho. He envidiado a los gorriones por sus acrobacias con la libertad, y con la liberación que supondría en esos momentos, en esos días de espera, la capacidad de volar. 



Pero me sé gato y reconozco mis limitaciones, así que seguiré aguardando en la terraza o junto a la puerta. Te espero. Sabes que siempre lo hago. El calor es insoportable, las paredes parecen fundirse y no me queda agua en el bebedero. 

Fotografías Diego Sevilla Ruiz y Alex Paixà.


Reencuentro con los veranos



He estado un rato contemplando la pantalla y las manos sobre el teclado. Querría escribirte, pero no se muy bien porqué, ni por dónde empezar.

Hace un par de días volviste a despertar en mi memoria. Aquel día, estaba paseando por el centro de la ciudad, cuando me encontré con un amigo al que hacía años que no veía. Apenas llevábamos diez minutos hablando, cuando tras las primeras frases de cortesía, me contó que en casa la relación con su mujer no iba muy bien. Y al parecer, sus respectivas situaciones laborales no hacían más que contribuir a empeorarla. Le escuché mientras hablaba, y como la cosa parecía ir para largo, le propuse ir a tomar algo para que me explicase mejor la historia.

Aquella tarde visitamos un par de bares del barrio. Locales pequeños, a los que habíamos sido habituales no hacía tanto, espacios familiares en los que sentarse a tomar unas cervezas y en los cuales mi amigo pudo volver sobre su relato una vez más. Las horas y los botellines se sucedieron y nos asaltó el hambre, así que decidimos desplazarnos hasta uno de nuestros antiguos rincones preferidos. Allí seguimos hablando largo y tendido, pero la conversación ya no giraba entorno sus problemas, sino que se universalizó a problemas existenciales cuya solución bajo la influencia del alcohol ingerido parecían de lo más sencillos. 

En local se había ido llenando de gente, y con ella de humo y ruido. A esas horas la cocina ya estaba cerrada, y los clientes enfrascados en sus conversaciones se limitaban a consumir medianas y quemar cigarrillos. En un momento dado, mi amigo reconoció a alguien en la sala, a quién acudió a saludar desatendiéndose de mí. Me distraje observando los cuadros y las fotos antiguas en blanco y negro de alguna ría gallega que colgaban de las paredes. Mi mirada se movió entre las mesas, estudiando los gestos de la gente al hablar, y sus diferentes posturas en las sillas. Era como contemplar la escena de una película de la cual yo era un mero espectador, hasta que la vista recayó sobre tu figura.

Han pasado muchos años. Entonces yo era un niño, y tú rondarías la cuarentena. Ahora estás mucho más flaco, el pelo entrecano y la cara surcada de arrugas, pero te identifiqué entre el gentío junto a la barra. No hice nada, te observé mientras intercambiabas unas palabras con la mujer de la fonda, y luego desaparecías por la puerta. Eso fue todo. Una visión. Un encuentro fugaz que embistió mi memoria, pues aquella noche los recuerdos no me dejaron dormir. Me llenó de nostalgia, de sentimientos imprecisos. Regresé a los veranos de mi infancia. Al canto infinito de los grillos y las chicharras. A las casas blancas de pescadores del pueblo de la Costa Brava, y a las noches en las que mis padres, tú, Dalmau y Antonia jugabais durante horas al dominó en la calle a la luz de una farola.

Aquellos veranos, me llevaste a pescar muchas veces. Me enseñaste a preparar el anzuelo, lanzar la caña y a apurar las tardes junto al mar con paciencia. He recordado con una sonrisa las aventuras inventadas que viví junto a Babas, tu perro, en el herbazal que se extendía detrás del apartamento que compartíais todos vosotros. Ambos te acompañamos en tus intentos de cacería.

Te encantaba desprenderte de tus ropas urbanas para lanzarte al campo de caza. Nunca cazaste nada, y eso que Baba se esforzaba en levantarte aves, o marcarte con aquel posado tan elegante y divertido al mismo tiempo la presencia de una liebre. Cómo me divertía la pose que adquiría. Se quedaba allí parado, tieso, esperando tu reacción que nunca cumplía sus expectativas. Tampoco te importaba mucho regresar siempre con las manos vacías, era una mera excusa para perderte solo en el monte con una actividad de la que nadie quería participar. Me sentía orgullos de caminar a tu lado. Luego podía explicar, a mis padres y nuestra gran familia veraniega, las aventuras del paseo: el encuentro con la serpiente, los lagartos que huían de Babas, y muchas otras anécdotas mientras se cocinaba la cena. Al final del día, agotado me dormía en el suelo, con la cabeza recostada sobre el pecho de Babas, mientras iniciabais vuestra partida nocturna de dominó. Y así se sucedieron varios veranos, disfrutando de aquella crecida familia, hasta que un año no apareciste.



No volviste a pasar un verano con nosotros, ni a visitarnos por navidad u otras fiestas señaladas. Simplemente desapareciste. Al principio no le presté mucha atención, y no fui consciente de tu ausencia permanente hasta más tarde, ya transcurridos unos años. Entonces caí en la cuenta que ya no formabas parte de nuestras vidas. El grupo de amigos que os reuníais los veranos en el pueblo, y que por años consideré como parte de la familia se diluyó. Me contuve, y no pregunté nunca en casa que había sucedido. Una sospecha creció dentro de mí. La complicidad que tenías con mi madre, vuestros paseos por el pueblo, o las sonrisas compartidas entre ambos perdieron la inocencia que les había atribuido hasta el momento, para resultarme algo sucio y vulgar. Durante años pensé en ello y tu desaparición. No cesé de preguntarme si había existido algo entre vosotros que forzase tu salida del grupo. Aquella posibilidad enturbió mis recuerdos, me llenaba de culpabilidad por guardar buenos recuerdos tuyos. Sentía que traicionaba a mi padre, y sus sentimientos. Y así, sin confirmación alguna de mis sospechas, te desterré. Pasaste de héroe de infancia a un olvido voluntario. Aprendí a prescindir de esa parte de mi infancia por negarte, y sin ella viví hasta que el otro día te reconocí en la barra de aquel bar.

De repente todo a vuelto a mí. El viento cálido del verano mediterráneo, y las grandes orejas de Babas corriendo por los prados. Sin duda alguna los mejores tiempos de mi infancia.

Agujeros, entre lo concreto y lo abstracto



Lo concreto y lo abstracto. ¿Dónde están los límites entre ambos conceptos? Un concepto es algo abstracto, un pensamiento, una idea no material que se desarrollamos en la mente. Lo concreto tiene materia, es un objeto, un ente cuya existencia se explica por su sola presencia. ¿Entre ambos?


Un agujero se define por su vacío, por la ausencia de materia, de elementos que le den consistencia, y sin embargo existen. No son meros conceptos abstractos sino concretos, elementos en los que cualquiera puede precipitarse. ¿Cómo podemos percibir y experimentar lo que aparentemente no existe? La identidad del agujero es compleja, mucho más que la de cualquier otro objeto concreto. Su existencia se deriva de lo que circunda y envuelve la cavidad, ¿se mantienen intactas sus propiedades si cambia su entorno? Si cambia la naturaleza del que lo sustenta, ¿sigue manteniendo su identidad? 

Hay quien clasifica los agujeros como parásitos ontológicos: siempre existen sobre y en algo, pero no pueden existir aislados. Necesitan un huésped que lo acoja. ¿O será al revés? Todo vacío está rodeado por sustancia, al mismo tiempo que toda sustancia queda definida por los vacíos que la rodean. ¿Qué está dentro y que está fuera?¿Qué existe y qué no?¿Pueden existir el uno sin el otro? Una cavidad se puede rellenar, saturar con elementos de otras naturalezas, pero el agujero no desaparece, no se destroza. Tampoco se origina al vaciarse y librarle de dicha carga. ¿Debemos entonces aceptar que el agujero es una entidad con sus propias particularidades, todo y estar compuesto de vacío? Un agujero es complejo, topográficamente hablando, con diferentes estructuras y secciones. Puede reconocerse y distinguirse la entrada al mismo, así como sus cavidades y grutas internas, igual que apreciamos que una perforación en una lámina es distinta a un túnel.

Las regiones que limitan lo concreto y lo abstracto están definidas, pero una cosa parece clara: ambas son necesarias. Son entidades con sus propiedades únicas pero que al mismo tiempo dependen una de la otra. Se requieren para existir. Después de todo, ¿existen los conceptos independientemente? 

Aquí estoy, en vez de trabajar, formulándome preguntar paralelas y plasmándolas en el papel. Deben ser las consecuencias de las pocas horas de sueño, o del sol nórdico, o del exceso de cafeína… o que simplemente necesito unas vacaciones para vaciarme, retornar al estado de cavidad. Este texto carece de toda lírica o poesía (si es que alguno de los otros tiene algo de eso), pero la ciencia y la filosofía son bellas por si mismas. Hay quién no ve en ellas belleza alguna, por ser excesivamente abstractas, o por ser excesivamente aplicadas, vulgares. Pero no puede negársele esa propiedad. Como dijo Paul Erdös (matemático húngaro; 1913–1996) "¿Por qué son bellos los números? Es como preguntar por qué es bella la novena sinfonía de Beethoven. Si no ves por qué, nadie te lo puede decir. Yo sé que los números son bellos. Si no lo son, entonces nada lo es".

No sabría decir a que mundo pertenece la belleza, si al concreto o al abstracto. Nos movemos entre ambos, vivimos de uno y requerimos del otro para seguir viviendo. 


Wilson "Snowflake" Betley ~ 1865–1931

Wilson Betley (1865 – 1931) fotógrafo americano que dedicó parte de su vida a fotografiar las formas que adquirían los copos de nieve y los cristales que se originaban. Fotografió más de 5.000 copos de nieve y nunca encontró dos iguales. "Bajo el microscopio encontré que los copos de nieve eran milagros de belleza; y me pareció una pena que esa belleza no fuera vista y apreciada por otros. Cada cristal era una obra maestra de diseño y ningún diseño jamás se repetía. Cuando un copo de nieve se fundía, el diseño se perdía para siempre. Toda esa belleza se fue, sin dejar ningún recuerdo".


mesa para uno


Desapareció el reflejo de la ventanilla. El tren dejaba atrás el túnel, y el paisaje volvía a colarse por la ventana del vagón. Él seguía de pie, en la plataforma del vagón, traspasando el vidrio con la mirada. Disimulando. Anhelando adentrarse en otra galería oscura para que la imagen de ella volviese a manifestarse al otro lado del cristal.

Ella se había percatado en los días anteriores de su comportamiento y lo observaba curiosa desde su asiento. Deseaba que apartase la mirada de la ventana para dignarse a mirarla directamente, pero él seguía encubriendo su mirada en los borrosos árboles que iban dejando atrás. Así que decidida cerró el libro que reposaba sobre sus rodillas, lo guardó en su bolso y se levantó para ir a su encuentro.

En aquel momento él se había quedado sin opciones, no podía seguir negando su presencia, debía encararla. Pero no hizo más que emitir una ridícula tímida y nerviosa sonrisa de compromiso. Ignoró aquel decepcionante gesto y acercando sus labios a su oído le susurro: ¿notas el deseo de besarte cuando te miro a los ojos? Pues espera a notar la intención de mis labios cuando rocen tu cuerpo…

El altavoz del tren interrumpe la escena anunciando la próxima parada a medida que va reduciendo su velocidad. El tren se detiene del todo y abre sus puertas. Me subo la cremallera de la chaqueta hasta el cuello, le doy una vuelta más a la bufanda, y tras reajustarme bien la cartera sobre el hombro abandono el vagón. 

No puedo evitar girarme, mirar desde el andén si ella sigue allí. Permanece sentada en su butaca, leyendo un libro del que no ha apartado su mirada en todo el trayecto. Hoy tampoco se ha atrevido a decirme nada, pero algún día tendrá que suceder. O quizás mañana se me ocurra alguna cosa que decirle, algo que merezca interrumpir su lectura. En fin, otra cena a solas.


Punto de fuga



Zurce lugares y días, en una memoria desgastada de recuerdos encauzados por raíles y traviesas infinitas, mientras va deteniendo la locomotora. El anciano maquinista reconoce su último apeadero, abandona la terminal y se espanta. ¿Dónde ir? Le han despojado de las vías que lo han dirigido toda su vida.

La carcasa de una enorme ballena férrea, esa fue la sensación que le transmitió la estación la primera vez que la vio. El ruido indefinido en el cual se confundían zapatos marchantes, equipajes arrastrados, diálogos fugaces, exhalaciones de vapor y silbidos codificados fascinó al niño que llegó a ser. De sus ruidosas vísceras partían railes paralelos a la inextinguible lejanía. A tierras ignotas de ciudades veladas. Qué placer dirigir una de aquellas locomotoras y partir al horizonte a descubrir lo que allí se esconde.

Empezó de joven a trabajar en la estación. Aprendió el oficio de mecánico, a entender e interpretar el lenguaje de las máquinas, de los depósitos y cilindros y la combustión interna que les propiciaba vida. Confiando que un día podría conducir una de ellas, abandonar la panza de la ballena y abrirse al inagotable horizonte. Transportar las expectativas de la gente que se abrazaba a las maletas. Conectar las ilusiones que vivían distanciadas. Muchos cambios de pistones, quemaduras de vapor y reparación de tuberías desgastadas le sirvieron al final para que le permitiesen conducir un tren y así partir de aquel espacio cautivo para  explorar los senderos férreos. 




"El tren parte a las nueve y ocho minutos", respondía a los pasajeros que le preguntaban antes de subirse al vagón. Sus trenes nunca salían a la hora en punto o los cuarto de hora. Evitaba partir en minutos múltiplos de cinco. Esos horarios le resultaban artificiales. Una reducción simplista del tiempo como si éste fuese regular, predecible y divisible en porciones similares. El siempre ha tenido muy claro que no es así, que el tiempo tiene su propio calendario y su transcurrir independiente, pese a nuestros innumerables y continuos intentos por capturarlo. Por ello nunca intentó competir con el mismo, mostrándose más preocupado por el buen funcionar de su máquina y la seguridad de sus viajeros que de las agujas del reloj.

Solo una vez estuvo involucrado en un accidente. Arroyó sin poder evitarlo un automóvil que se cruzó en las vías. El ruido debió ser despiadado. La locomotora destripó el coche y arrastró su cadáver mecánico varios metros. La campiña se tiñó de un terreno inhospitalario,  con el hedor de frenos quemados y hierros candentes por el que vagabundearon por unas horas sus pasajeros que no sufrieron más que pequeñas contusiones por el impacto. 
–Qué ¿cuántos murieron? No lo se –respondía siempre que se le preguntaba por las víctimas del automóvil–. Qué más da, eso es incuantificable. La muerte es infinita.
Siempre rehusó hablar de aquel incidente, de rememorar en voz alta lo que le atormentaba por las noches y en sus prolongados silencios mientras se sumergía en el paisaje. Los compañeros que lo conocían desde hacía más tiempo aseguran que nunca volvió a ser el mismo. Que sus silencios eran penas atragantadas, compunciones contenidas que nunca consiguió consumir.  

Hoy se ha apeado en esa misma estación por última vez. Observando la carcasa metálica que sigue conteniendo a toda esta multitud: sus ilusiones, afanes, desesperanzas, monotonías. Su figura se pierde entre el tumulto de gente preguntándose ¿qué hay más allá de las vías? ¿Qué se nos esconde tras el punto de fuga? Toda una vida en pos del horizonte y sigue sin respuestas.



Morfina contra los sentimientos


Morphine: Take me with you
Velvet Underground: Venus in furs
Amoree Lovell: Dark Town Sally






You wanna burn your bridge? 
I'll help you start the fire. 
You wanna disappear? 
I got the manual right here










El cambio de forma. Esa es la propiedad que dio nombre a quien controla los sueños. 

Es Morfeo quien suele adoptar un aspecto humano y me visita cuando duermo. Se cuela bajo mis párpados descansados para proyectar imágenes y escenas de todo aquello que me oculto. Los recuerdos, miedos y pasiones sobreexpuestos a la luz del día que apenas percibo, que contengo enclaustrados en la vigilia, los perfila Morfeo nítidamente en la oscuridad. De su mano subo a la buhardilla donde los sauces lloran al viento en un campo sembrado de brezos pardo rojizos. A lo lejos su espalda. Siempre su espalda a contraluz. Alejándose, encaminándose a un horizonte de plomo fundido. Otras veces despierto con las manos en su vientre, inquiriendo sus pechos, su sexo. Revivo la exhalación de nuestros cuerpos, y despierto impregnado con su fragancia. Lo que descansaba amagado y en silencio acaba gritando, reclamando atención. 

Son gemidos mudos, arrastrados por el tiempo fracturado del sueño, donde no hay voces, donde las palabras no existen, pero aún así se dejan oír. Aquel "no pienso prometerte que te recordaré porque eso sería admitir que te olvidaré" susurra mis oídos. Pasado, presente y futuro. Futuro, pasado y presente. Presente, futuro y pasado. Tampoco importa el orden. El tiempo como lo concebimos es fácilmente fracturado por el creador de sueños. Lo despedaza y juega con sus piezas sin respetar los momentos. El ayer vuelve a ser hoy, y el mañana se confunde con el ayer. Son espirales. Es un arquitecto de espirales que lo contienen todo. Nada escapa. 

He mirado de prender fuego a los puentes que me sujetan al pasado, y siempre ha estado allí para evitarlo. En el futuro me espera aquello de lo que huí en el pasado. Barrerlo, eso es lo que ansío. Purgar el ayer de mis pasajes oníricos. Incendiar las pasaderas entre tiempos. Liberar el presente. Arder juntos una última vez hasta reducir tus recuerdos a cenizas. ¿Por qué olvidarte?














Imogen Cunningham~In Moonlight, 1911

Imogen Cunningham (1883 – 1976) fotógrafa americana que destacó por sus retratos de manos, detalles botánicos , desnudos y paisajes industriales. Archivo de fotos disponible en:  http://www.imogencunningham.com 





Mancha sobre el asfalto


Claro que se ha enamorado alguna vez. No siempre ha sido así. Hubo durante sus años universitarios una chica de su clase, lánguida, pelo ondulado, boca pequeña, con ojos graciosamente prominentes y delicadas pestañas sobre un rostro pintado de pecas, que consiguió cautivarlo. Entonces era fácil verlos paseando en círculos por el campus de la facultad, entre el edificio de letras y el de ciencias. Iban y venían cogidos de la mano, hablando –vaya a saber uno de qué– durante horas, dejando que profesores y asignaturas transcurriesen al margen. Hizo grandes tonterías durante ese tiempo. ¿Quién no las ha hecho alguna vez? 

Hay una que recuerdo especialmente porque de alguna manera me afectó. Tuve que despertarme a las cinco para ir en su búsqueda. La cuestión es que aquella noche se le ocurrió visitar el edificio de su enamorada a eso de las tres de la madrugada. Se dirigió al bloque de pisos armado con unos botes de pintura y un par de pinceles. Su intención era pintar en el suelo un cielo nocturno, "un mar de estrellas" dijo él, donde representaría una luna cautiva. Tópico, el enamorado que promete la luna, solo que a él se le pasó por la cabeza materializar su promesa en la acera que quedaba bajo la ventana de ella. Se había llevado consigo un par de tonalidades de azules, un amarillo y pintura blanca, para reconstruir a su manera una noche estrellada como las de Van Gogh en las que la noche se recoge y acurruca sobre si misma. Había conseguido pintar de azul oscuro una gran parte de la calle, y estaba perfilando las primeras ondas del manto celestial cuando apareció un coche de policía patrullando por el barrio. Intentó salir corriendo pero sus piernas le traicionaron y los agentes no tardaron en capturarlo. La luna ni tan siquiera quedó intuida en sus trazos interrumpidos.

Todo acabó en una pequeña tragicomedia, en la cual él fue arrestado y conducido a la comisaría por alterar y causar desperfectos de la vía pública, así como por resistirse a la autoridad. Fue desde allí desde donde me llamó. Sus padres no vivían en la ciudad, eran de un pequeño pueblo del norte, y no quería asustarlos a esas horas, así que tuve que ser yo quién acudiese a su llamada a las cinco de la madrugada, y lo sacase de comisaría. 

Su obra quedó a medio hacer, así que cuando el sol despuntó y ella se asomó a la ventana no vio más que una gran mancha oscura a los pies de su edificio que se extendía desde la pared del mismo por toda la acera hasta la mitad del asfalto. Nunca supo como había aparecido aquella mancha allí. Escondió su secreto avergonzado. Unas semanas más tarde aquella relación quebró, y el cielo del asfalto se fue borrando con el paso de los coches. Pacientemente los neumáticos fueron desgastando la pintura. Ojalá se hubiesen llevado con ella los recuerdos de ella y de ese amor, pero eso no fue así. Paseó por debajo de su ventana muchas veces, viendo como el cielo iba desapareciendo. Sus idas y venidas siempre eran de madrugada, cuando amanece pero la ciudad aún está vacía. Allí tomó conciencia de sus pasos, de como resonaba su caminar en el silencio, tuvo la impresión de encontrarse en un mundo paralelo, creado para sus paseos y sus divagaciones. Aquello resultó ser un descubrimiento tan grande que cada vez se acostumbró más a ese tipo de paseos. Dejó de transitar bajo su ventana, seguramente ya ni recuerde en que punto de la ciudad se encontraba, pero en su callejear nocturno persiste la huella de aquella chica de cara pecosa aunque no sea consciente de ello.




Reflejo de noche



Un relincho de caballo. Una expiración. Un lomo sudado. Húmedo. Intenso. Extenuado. Repican los cascos de los caballos sobre los adoquines todavía húmedos por la lluvia de esta tarde. Un charco oscuro captura la profundidad y delicadeza del cielo estrellado y hace bailar las constelaciones al son de los caballos. 

Las cornejas alzan el vuelo a su paso ensombreciendo la noche, dejando un rastro de plumas descosidas. ¿Dónde irán a estas horas? La oscuridad se las traga devolviendo el eco del graznido. Las sombras ya no tienen cabida, el negro se cierne de nuevo por unas pocas horas sobre las calles. Algo se ha comido a la luna y el charco ya no refleja nada. No me veo. Mejor. En los espejos siempre veo el otro yo. Por eso los rehuyo, me dan miedo. 
Me pinto de gato pardo y sigo mi camino...




El futuro, un delirio



El libre albedrío es un recurso agotable, finito. La capacidad de elección es como la construcción de un edificio. Empezamos con un espacioso solar, una tierra yerma donde todo es posible, inagotable en posibilidades, donde cualquier arquitectura tiene cabida. Una vez excavados y plantados los cimientos, el edificio se va haciendo más y más pequeño a medida que va ganando en altura. Las alternativas de introducir cambios disminuyen con cada planta, las opciones se reducen hasta estrangularnos por nuestro diseño primordial. Se puede jugar con los espacios, abrir una nueva puerta, levantar un nuevo tabique, o hasta tirar una pared, pero solo son falsas ilusiones. Las mariposas tampoco cesan de agitar las alas una vez dentro de la trampa. Siguen percibiendo con sus plumosas antenas la feromona que las sedujo, buscando en ese confinamiento el motivo que las atrajo. Es una señal deshonesta que encierra un vuelo de anhelo hasta asfixiarlo.

La capacidad de movimiento se vuelve finita, el diseño desarrollado limita el espacio. Una capacidad que solo el salto al vacío puede liberarlo. Miro por la ventana, no se ve nada, lo de siempre: un fundamento de nubes a nuestros pies. Es tarde, el sol camina tan bajo que ya debe andar por debajo de las mismas. No dejo de oír el aleteo cautivo en la trampa, y como las escamas plateadas se desprenden de sus alas con cada golpe. Emiten destellos durante su caída. ¿Qué ocultarán las nubes? El futuro, un delirio. Salto. Vivir es un verbo suicida. 



diarios islandeses (xiv)


–Creo que debería rebautizarte. A partir de ahora voy a llamarte Kyrrð.
–¿Kyrrð?
–No está mal la pronunciación. ¿No te gusta como suena? Significa, calma. Silencio.
–¿Silencio?
–Sí. Creo que es un nombre adecuado dada tu personalidad. Con tanto ruido como hay alrededor, compartir una tarde contigo es como silenciar todo este alboroto. Es como si hicieses callar el estruendo exterior. Consigues que todo mi ruidoso interior se vacíe y enmudezca por un tiempo para dejarme apreciar el silencio y así poder escuchar de nuevo –calla y me mira esperando una reacción por mi parte–. ¿No te satisface tu nuevo nombre? ¿Nada que alegar en tu defensa?
Niego con la cabeza.
–¿Y eso? ¿Ya no hablas?
–Me debo a mi nuevo nombre.
–¡Tonto!




Noches blancas


¿No se cansará nunca el sol de brillar? Aquí nunca anochece. 

Es un país de sombras eternas. De extensas sombras proyectadas a todas horas. La noche está desaparecida, y los gatos nunca son pardos. El sol sube, baja, gira sobre nosotros (me remito al sistema aristotélico del universo), siempre sobre el horizonte. Presente en todo momento, clareando las noches (esa porción de tiempo que antes pertenecía a la noche). Imposibilitándolas. Son las noches blancas. Las noches que hacen que los sueños hastiados de esperar la oscuridad se vuelvan desvergonzados. Se expongan a la luz para confundirse con las sombras, y a bailar con ellas por entre los adoquines. Que se proyecten en las fachadas de los edificios, se asomen en sus grandes ventanales u ondeen las cortinas con sensualidad.

Por unos días los sueños se sientan a la mesa junto a la gente, les susurran cosas a los oídos y luego se alejan silbando la melodía de una chanson francesa. Pasean en nuestros bolsillos como una nota de una o dos líneas. Un número. Un garabato en una servilleta de papel rescatado. La vida se dilata en el tiempo, las personas refugiadas en sus hogares parte del año hace suya la calle, los jardines, las terrazas. Las conversaciones se escriben solas con frases capturadas al vuelo.

Así a la luz, quizás sea más fácil capturarlos, pienso. Es una buena ocasión para ver si me encuentro con mi sueño. Así que sigo caminando, deambulando por las calles de la zona vieja, paseando junto al río. Debería estar en algún puente, mi Nástienska debería aguardar sobre un puente. Es mi sueño (se lo robé a Dostoievsky) así que no debería resultar difícil de localizar. ¿Sabré reconocerlo?
Pasan las horas, visito todos los posibles puentes, desde el más pequeño al más grande, pero no lo identifico. Me canso. Llevo horas andando. Todo es silencio. Un silencio nocturno expuesto a la luz. Algo irreal, piezas desencajadas. Los edificios deberían poder interpretar canciones, saber tocar algún instrumento para acompañar nuestros paseos con una melodía. Interpretar nuestros estados de ánimo y acertar con la pieza a ejecutar. Ahora podrían acompañarme de vuelta a casa, acunarme para ayudarme a dormir ya que el sol persiste en no acostarse.
Mañana… ¿hoy?, si es que en esta época del año existen días, seguiré rastreando sueños. Lo presiento cada vez estoy más cerca.