Peces




A la mañana siguiente acompañé a mi abuela al mercado del barrio y escuchamos la historia de la chica que cerró la puerta y fue engullida por el apartamento. Me estremecí por el relato que la tendera relataba a un par de atentas clientes con las intervenciones de su ayudante. Luego descubrí que besugos, merluzas e ictiofauna en general me seguían con la mirada. Acechaban imperceptibles, desde el hielo sobre el que reposaban, fisgoneando cada una de mis acciones. Sus órbitas circulares de pupilas sin párpados examinaban nuestros pasos de un puesto a otro. Cientos de ojos mirones repartidos por todo el mercado. Oteaban mis pasos, cada vez más indecisos e inseguros. El Avia seguía con sus quehaceres ajena a todo aquello, mientras a mí se me calaban los calcetines, embebidos de una humedad fría. Los pies chapoteaban, se hundían para reflotar en un suelo gelatinoso que crujía. Hasta que finalmente cedió y me precipité.
        Hundiéndome.
           Sumergiéndome con la ligereza de una pluma.
                En la verticalidad de una gravedad amortiguada.
                    Cayendo.
                        Cayendo.
                              Cayendo.
                                        Cayendo.

Cayendo con suavidad en una masa acuosa gélida habitada por pupilas fijas y bocas abiertas. Destellos pálidos, esquirlas plateadas que se movían aleatoriamente a mi alrededor. Aparecían y desaparecían trazando órbitas inconsistentes mientras me sumergía en la nada, esa nada que no toma forma, porque no puede contenerse así misma, pero se esconde detrás de todo objeto y persona. Porque lo sólido, lo íntegro, es una mera ilusión visual. Un espejismo. Un error construido en el nervio corneo para superar el vértigo del vacío. Un negar la altura como remedio. Inventamos todo tipo de trampas, resortes, salidas, entradas, pasadizos secretos, puertas, ventanas, sótanos, agujeros, cielos, mares abiertos, ayeres, mañanas, de todo hacemos con todo lo que tenemos a nuestro alcance para superar el mal de altura que conforman el gran vértigo: el de la existencia y también su inevitable cese.

Una fosa abismal en la que me hundía irremediablemente, en su masa acuosa que digiere en su blanda amalgama toda dimensionalidad, volumen, y cualquier otra propiedad física. Aguas que se tragan sin masticar todo aquello que adolece de condición terrenal. Me ahogaba en ellas, y me angustié por un momento, luchando por salir, hasta que llegado un punto, casi dulce, justo antes de no ser consciente ya, caí en la cuenta que yo también soy acuoso. Y estoy vacío, o lleno de vacío, porque el mar se me metió dentro y ya formo parte del él, y ya no tengo porque pensar, ni entender, sólo ser. Dejarme acariciar por las turbulencias sin resistirme, sin cuestionarme. Como las piedras que arrojaba al mar aquel final de verano junto a mi abuelo. Piedras que hacían estallar la mar hacia arriba.






El abuelo



Era setiembre, la primera quincena del mes, la despedida del verano. Con viento de tramontana, arbustos enmarañados y barcas danzando en una mar revuelta. Había caído la tarde, la gente había abandonado la playa y solo restaba el ruido admonitorio del mar arrastrando los guijarros. Al final de la cala, sobre las rocas salientes, un par de pescadores herían el agua con sus anzuelos repetidamente. Lanzándolos una y otra vez. De la mano de mi abuelo llegamos hasta ellos, y mientras entablaban una conversación banal sobre el estado de la mar y la pesca, mi curiosidad infantil se centró en el cubo de plástico de uno de ellos.

Al asomarme a su interior encontré un pez herido. Exasperado. Ahogándose. Sus branquias se expandían y contraían espasmódicamente, pero aún así sus agallas colapsaban en masa ante la ausencia de la ingravidez que le proporcionaba el medio acuoso. La espina dorsal contorsionada y tensa se revolvía en aquel limitado espacio de plástico. Sacudiendo coletazos. Repentinos y violentos coletazos. Sus golpes resonaban en el interior del cubo como las palpitaciones de un corazón arrítmico próximo al desfallecimiento.

       Al final, rendido, dejó de moverse, y fue entonces cuando me miró. Percibí el gesto. Atrapado, como si me hubiese arrojado el anzuelo que aún lucía sobre su labio, no pude evitar su mirada inmóvil. Me incomodó hasta el punto, que de tener párpados los peces, se los hubiese bajado para así deshacerme de su visión, y así esconder mi vergüenza. Huir de aquellos ojos piadosos y acusadores al mismo tiempo, que imploraban ser rescatados, ser retornados al mar. No hice nada. No me moví. Ni dije nada. Le negué la vida, como quien niega una limosna, no por falta de buena alma, sino por tener que actuar. Por tener que hacer algo, tomar una decisión que no pude elaborar. Así pues, me limité a observar como se cerraban sus branquias y expiraba. Yo sí cerré los ojos. Los cerré para borrar su imagen de mis retinas, pero al abrirlos, los suyos seguían allí. Me miraba el ojo del pez fijo hasta el improperio, condenándome por su destino. Los gritos de las gaviotas se transformaron en carcajadas despiadadas, y las piedras movidas por el oleaje en murmullos acusadores. El cielo oscureció y pareció caerse de repente, colapsando sobre el mar embravecido. Pese al ruido, se percibía el silencio. Se notaba el frío del mismo, pequeño y furtivo resonaba aquí y allá. Era una especie de amalgama, un contrapunto a la tormenta resonante en el horizonte. Era el sonido paciente e impasible de algo que espera la muerte. El silencio del que sabe que la vida le ha sido negada. El silencio que ya no me abandonaría.

Un enorme cuerpo oscuro con la piel de una ballena, lisa y aceitosa, me acosó aquella noche. Se suspendía en el aire con la ayuda de unas aletas minúsculas y ridículas que no hacían ruido al batir, y una cola que sacudía de manera inquietante y sin necesidad aparente. Pero lo peor de todo es que en su rostro lucía un enorme ojo fijo de pez. Me sobrevolaba y observaba, sin emitir sonido alguno. De eso, del ruido, ya se encargaban las gaviotas que aleteaban a su alrededor o cabalgaban sobre su dorso. Bramaban sin voz un reclamo afónico y ahogado. La escena estaba toda ella envuelta en el silencio resonante y creciente que había experimentado aquella misma tarde en la playa. Cuando desperté sobresaltado, me pareció seguir oyendo bajo mi pecho los coletazos que se resistían a lo imposible. Me atormentó aquella aparición no solo esa noche, sino unas cuantas aquel final de verano. Luego cayó en el olvido hasta bastantes años más tarde.

*****

Deberías ir a verle, me sugirió mi madre, seguro que agradece tu visita, ya sabes cuanto te quiere, añadió para mirar de convencerme.

En los últimos años habían ingresado a mi abuelo varías veces en el hospital, siempre por el cáncer que le había sido detectado más de veinte años atrás. En todo ese tiempo, ni uno ni otro daban su brazo a torcer. Ni el cáncer que no cesaba en su empeño de expandirse, ni mi abuelo en su empeño de sobrevivirle. Así pues, siempre, a los pocos días de observación, lo enviaban a casa sorprendidos por su repentina recuperación. El doctor cada vez que le firmaba el alta bromeaba con él, con el humor propio del cuerpo de médicos y su irónica manera de convivir próximos a la muerte. Aquellas recuperaciones, que calificaba de milagrosas, decía, eran dignas de estudio. Incomprensible para la ciencia, remarcaba. Las últimas veces, mi abuelo ya no solía escuchar demasiado ni sus comentarios ni sus recomendaciones, mucho menos sus ironías. Años atrás ya había modificado sus hábitos, renunciando al tabaco y reduciendo la ingesta de comidas copiosas. A sus años, se decía, ya no valía la pena regular el placer, después de todo, consideraba todos aquellos años como un gran regalo de tiempo extra. Unos años en los que las cenas se repetían de un día para otro. Hasta donde alcanzan mis recuerdos, sus cenas siempre consistieron en un arroz blanco caldoso con ajos y una tortilla francesa de un huevo y una pizca de sal. Sin variaciones: arroz y tortilla un día, arroz y tortilla al siguiente. Arroz y tortilla hasta el fin de los días. Una dieta para resistirle a la muerte. Su actitud fue siempre la vida. Como la de aquel otro anciano siciliano que me explicaría su viuda años más tarde. "Tres días. Solo tres días antes de morir, le propuse hacerme con algo de veneno y suicidarnos juntos. ¿Sabes qué respondió a mi propuesta? '¿Suicidarnos? Si quieres, tú puedes suicidarte, pero yo confío en vivir todavía un tiempo más'. ¡Tres días! ¡Sólo tres días más tarde moría el desgraciado! De eso ya hace ocho años".

        Nunca me han gustado, y en lo posible siempre he mirado de evitar ir a los hospitales, pero aquella recaída parecía realmente seria. Eso decían los otros, yo no entendía nada. No quería entenderlo. Ya llevaba unos días en el centro y a diferencia de las veces anteriores, no daba señales de recuperación, así que me dispuse a visitarlo. Lo necesitaba de vuelta en casa. Sentado en la butaca de su comedor, y yo a su lado, en el sofá, extinguiendo la tarde hablando de dibujo, libros o ciencia.

*****

El bullicio del ruido de la calle, con sus coches y peatones y de la gente concentrada en la entrada del hospital desapareció a medida que iba adentrándome en sus pasillos, hasta el punto de escuchar tan solo el eco de mis pasos, ese leve tap que producían en el suelo, y cuya presencia añadían un silencio furtivo. De repente me encontraba sólo. Me detuve, desorientado por el vacío experimentado y mareado por el inconfundible olor dulce y penetrante a hospital. Podía oír el latido de mi corazón. Sístole y diástole. Acelerando. La oquedad se hizo patente y se extendió hasta el infinito, fuera del alcance de los sentidos. Bajo el encerado suelo apareció, para inmediatamente desaparecer, la silueta de aquella ballena amorfa y aceitosa que tantas veces había perturbado mis sueños de infancia. Aquel ojo fijo, esa pupila velada acechando mis pasos, siempre condenándome por su destino. Quedé paralizado hasta que una enfermera me arrancó de aquella ilusión.

"¿La habitación cuatrocientos tres? Sí, tuerce en el próximo pasillo a la derecha, y una vez allí, la segunda puerta. Otra vez a mano derecha". Seguí sus indicaciones, hasta dar con la puerta identificada con dicho número. Habitación cuatrocientos tres. Cuatro cero tres. Tres cifras, tres cifras a las que había quedado reducido mi abuelo. Respiré hondo, hice lo posible por secar el sudor frío de las manos y giré el pomo.

El cuarto estaba con claroscuros, con las persianas a medio bajar para evitar el sol de la tarde. Cerca de la ventana destacaba una cama que yacía vacía. La presencia que confirma la carencia. La materialización de la ausencia. Dí unos pasos hacia el interior y enseguida me percaté que el suelo estaba húmedo. Un charco se extendía desde debajo del camastro. Lo seguí y fue al alcanzar el otro lado del lecho cuando lo vi. Sobre la mancha de agua estaba el pez. El pez agitando la cola. El pez de movimientos espasmódicos. El pez fuera del agua. Desorientado. Buscando un mar que le había sido arrebatado. Intentando brazadas imposibles en un medio que ya no era su mar. Hasta que, agónico, cayó de lado y volvió a mirarme fijamente. Hasta el improperio, en una mezcla de mirada piadosa y acusadora. Allí quedó tendido, y yo junto a él, sin mediar palabra, con las dos libretas de dibujo bajo mi brazo. Cautivado por todo lo que aquella mirada expresaba. Por todo lo que no quería entender. Por un imposible.
El mar.
        El imposible.




Re+volvere



La palabra "revolución", después de todo, nació como tecnicismo de la astronomía y se refería a un giro que terminaba en el mismo sitio: re + volvere. El término aludía desde Nicolás Copérnico a la descripción de una órbita completa de un cuerpo celeste. Cuando Copérnico a mediados del siglo XVI escribió De revolutioniobus orbitum coelistium, estaba pensando en el término matemático de "revolución" que implica un "giro" o una "vuelta". En su obra, Copérnico, explicó su teoría en la que establecía que era la Tierra la que se movía sobre su propio eje y alrededor del Sol. El término revolutionibus del título se refiere a las vueltas que describen los planetas en torno a su estrella.Por lo tanto se trata de un movimiento, que nunca puede definir un nuevo comienzo, no nuevo en el sentido casi místico en el que se envuelve hoy en día.

La hemos dotado, a la palabra, de un significado noble y la hemos convertido en un mito. Llamamos revoluciones a todos aquellos aspectos políticos, sociales, artísticos y económicos que introducen cambios radicales de ideas en las poblaciones. Que le dan la vuelta a la forma de ver las cosas. Astronómicamente hablando esperaríamos que con la revolución la órbita cambiase, el cuerpo celeste dibujase a partir de ese momento singular una trayectoria diferente, cuando en realidad los elementos que componen la palabra, los que determinan su significado (se origina en el verbo volvere, del que hemos derivado "volver" y el prefijo re), hacen referencia a que el cuerpo vuelve inevitablemente a su estado originan para iniciar un nuevo giro igual al anterior. El uso actual es convencional y arbitrario, lejos de ceñirse al significado etimológico de la misma.

Fue la enorme convulsión que la obra de Copérnico produjo en el mundo occidental, al desplazar el sistema terrestre, y con ello a los humanos, del centro del Universo, la que hizo que la palabra pasase a adquirir el significado actual que implica un cambio brusco en cualquier campo humano, bien sea el político, el social, el artístico o el económico.

Cuando Stravinsky en 1942 publicó su libro Poética musical, tras impartir una serie de clases en la Universidad de Harvard en la que describe su concepción del proceso creativo, aprovechó para reivindicar su postura de compositor tradicional, alejándose de la imagen de compositor moderno, revolucionario; de la reputación de enfant terrible de la música clásica que su pieza, Le Sacre du printemps estrenada en 1913, le había reportado con su disonancia polifónica.

The Musical Times escribía sobre él: "Todas las señales indican una fuerte reacción contra la pesadilla del ruido y la excentricidad que fue uno de los legados de la Gran Guerra…¿Qué ha sido de las obras que componía el programa del concierto de Stravinsky, que conmocionó hace unos años? Prácticamente toda la colección ya está en la estantería, y permanecerá allí hasta que unos neuróticos hastiados sientan una vez más el deseo de comer despojos y llenar su vientre con los vientos del Este".

Relató, en las páginas de Poética musical, la importancia de la tradición y de la naturaleza ilusoria de las revoluciones aplicadas a los campos artísticos, haciendo para ello uso de una anécdota previamente descrita por el escritor GK Chesterton. Al parecer, cuando Chesterton desembarcó en Calais mantuvo conversación, en una de esas posadas de puerto hoy en día en desaparecidas, con un tabernero francés. El hombre no hacía más que quejarse de la cada vez mayor falta de libertad del país. "Es lamentable haber hecho tres revoluciones para volver a caer sobre el mismo lugar", concluyó el tabernero. Fue entonces, cuando el escritor le contestó que lo que sucedía en el país era una "revolución" en el sentido propio del término, que describe el movimiento de un elemento que recorre una curva cerrada y vuelve así al punto de partida.

También en su Poética musical, aludía a que cuanto más normas, reglas y disciplinas se imponían a un arte, paradójicamente se conseguía una mayor libertad del mismo: "Cuanto más controlado, limitado, analizado y trabajado es el arte, mayor es la libertad de la que goza". Una línea de pensamiento muy similar a la de la escuela de literatura experimental OuLiPo (Ouvrior de Littérature Potentielle, Taller de literatura potencial) creado en 1960, que alejándose del surrealismo y el culto al azar del dadaísmo, se aplican consciente y razonadamente toda una serie de restricciones que les permitan así explorar nuevas formas de creación. ¿Qué es un autor oulipiano?, preguntaba Marcel Benabou "Secretario provisionalmente definitivo" de OuLiPo. "Es una rata que construye ella misma su laberinto del cual se propone salir. ¿Un laberinto de qué? De palabras, sonidos, párrafos, capítulos, bibliotecas, prosa, poesía, y todo eso".

No hay día que me levante que me visualice como una rata construyendo y demoliendo al mismo tiempo el laberinto en el cual me encuentro. Giro sobre mi mismo. Corro. Doble esquinas. Cavo túneles o agujereo paredes. Uso todo tipo de triquiñuelas para encontrar una salida, hasta me asomo por encima de los muros, cruzo entre los setos, y todo para ver que al final siempre acabo en el mismo sitio. Que la entrada y la salida son lo mismo, reflejo una de la otra. Una cinta de Moebius que lleva momentáneamente a otra dimensión pero que acaba retornando en un ciclo interminable al mismo punto.

Los individuos, como las sociedades nos imponemos y nos imponen normas y leyes, como los autores oulipianos o Stravinsky, para hacernos la vida más fácil. La verdadera libertad, el libre albedrío genera vertigo y nos bloquea. Por eso las aceptamos, porque vivir dentro de unos límites resulta más confortable, hasta que el laberinto se cierra demasiado y nos da por salirnos del mismo. Entramos y salimos continuamente. Ese eterno retorno al mismo punto que percibe todo individuo y sociedad, siempre sintiéndose atrapada por las circunstancias del momento, por la inercia histórica que roba su identidad y vitalismo. Circunstancias que condenan al individuo a la desidia, a la apatía generalizada de vivir en un mundo de revoluciones que vuelve una y otra vez a pasar por el mismo punto de origen. "No me quedan ya reservas de paciencia para soportar esta Europa donde el otoño tiene cara de primavera y la primavera olor a otoño", reconoce el personaje Marta de El malentendido de Camus. Otro de sus personajes, Diego, en Estado de sitio, afirma: "Cada uno de nosotros está solo a causa de la cobardía de los otros", en un relato donde la solidaridad es el protagonista ausente, donde la desunión de sus personajes permite el avance imparable de la desgracia. Del cierre del círculo. Un nuevo giro completo sobre la misma órbita. Otra revolución mal llevada y que sin buscarlo se ajusta perfectamente al significado etimológico de la palabra, lejos del mito que le atribuimos.





Cu4tro



          Son cu4tro las paredes
              [una
                    do2
                 tr3s
                    cu4tro]
          Cu4tro las que me retienen
          Del tiempo han hecho aceite
          Otean dos de ellas el horizonte
          Una se abre,
          la otra contiene
          Me hacen compañía
          Duermo,
                       como,
                  sueño en ellas
          Soy su mirada

unos vecinos entran en el portal, fuera queda la anciana, la vecina demente, la única que habla en un vecindario de mudos que practican la sordera y aspiran a ser ciegos. Permanece un rato sentada en su chandal de colores, en una de las mesas del jardín, sus posaderas, huesudas y erosionadas, son las únicas que doblan las maderas de ese banco en cuanto llega la primavera. Chaqueta de plumones fucsia, manoplas y gorro anclado en las cejas. La Tierra ha superado el ecuador del mes de abril en su trayectoria alrededor del sol pero aquí sigue haciendo frío. Ayer nevó. Fui testigo del desgranamiento del cielo desde mis cu4tro paredes. Antes de ayer también lo hizo. Las ventanas proyectaron la luz cribada por los nimbos en la habitación. En algún lugar algo arde y aquí caen sus cenizas columpiándose de lado a lado. La vecina abandona el banco en el jardín y renqueando alcanza su portal. Aparece tras ella una liebre de orejas blancas. Da cinco pasos y se detiene, con la cabeza gacha y las ojeas pegadas a la espalda, restriega el hocico contra la hierba que se lleva a la boca. Cuatro pasos más y vuelve a detenerse. Sus incisivos siegan el verde mar, sus mejillas se agitan velozmente hasta que sale corriendo. Otro vecino, uno de los sordos y mudos, sale cargando una bolsa de basura, la arroja en el contenedor de reciclaje que le corresponde y desaparece, como la liebre, calle abajo. Es de los que se esconden tras la puerta, resguardado tras sus cu4tro paredes, paredes como las mías, de madera que cruje. Un día, al entrar en el portal, oí que su puerta se abría para inmediatamente cerrarse, subí por las escaleras y no me crucé con nadie, seguí subiendo hasta mi puerta, la que da acceso a mis cu4tro paredes, pero en lugar de entrar en ellas, abrí y cerré de un portazo permaneciendo en el rellano de las escaleras. No pasaron ni diez segundos que su puerta volvió a abrirse, salió y bajó las escaleras hasta perderse en el exterior.

Aquí todos hablamos y escuchamos a nuestras paredes, son una extensión de nuestros sentidos. Sus quejidos y sonidos nos alertan, nos avisan de la presencia de los otros, de sus actividades y evitan los encuentros inesperados. No soy su prisionero sino su huésped, quien anda descalzo sobre su entarimado de madera de tablas paralelas. Las conozco todas ellas, por las formas de los anillos de los árboles que fueron, por su aspereza o suavidad, por las cicatrices del arrastrar de muebles y por el sonido inconfundible de cada una de ellas a mis pies. El edifico entero habla para que los que lo habitamos callemos. Nos auscultamos los unos a los otros. Cada puerta suena distinta, cada vecino tiene un trato distinto con ellas; los hay que las atormentan de un golpe, los que las acompañan suavemente en su recorrido, los que salen y entran con vitalidad, los que se encierran o se asoman sigilosamente, con timidez escurriéndose escalas abajo. Los que suben los peldaños de dos en dos, los que pisan con fuerza, los que bajan de puntillas, los que arrastran los pies, los que saltan escalones en su descenso, los que se detienen a media subida a deshacerse el lazo de los zapatos, los que se desprenden de ellos antes de alcanzar su puerta, los que los arrojan contra la pared justo cruzar el umbral de casa, los que los dejan caer como pájaros muertos sobre el entablado o los que los confinan delicada y ordenadamente sobre sus zapateros en un sonido sordo casi imperceptible. No nos hablamos pero nos escuchamos, en la noche y el día. Sabemos cuando hay invitados: oímos voces nuevas, no familiares. Nuevos timbres. Cuando se bebe, pues el alcohol erradica las voces susurradas y pare risas, o cuando se bebe en exceso y aborta la alegría por los gritos que preceden a los llantos. Lagrimean y suspiran las paredes por las noches, rezuma a través de sus entablados empapelados la vida que pretendemos velar.      

          Son cu4tro las paredes
                   [una
                        dos 
                            tres
                     cu4tro]
         Cu4tro las que me retienen
         Las que me protegen
         Del tiempo han hecho aceite
         Del tiempo guardan polvo
         Soy parte del polvo
         Un simbionte más del organismo que conforma el edificio
         Uno destilado por su arquitectura






Cabellos alborotados




     Es un peine que doma un cabello rebelde
     No hay destino en ello,
     sólo biología y leyes.
     Como lo hicieron antes,
     las cosas ocurren,
     sin oráculo
     sin  profecia
     sin cábala
     ocurrirán mañana
     como lo han hecho hasta ahora;
     con el mismo principio
     con el mismo final
     Siempre la misma vieja memoria
     extendiéndose en el tiempo
     El pájaro surcando círculos
     las ondas de la trucha
     donde el lago se rompe,
     se abre para cerrarse

           Sin sombra
           la realidad carece de sombra
           la memoria carece de forma
           Sin forma

     Toda revolución acaba convertida en peine
     Todos los muertos tienen el mismo final
     Comida para el tiempo
     para el podenco tuerto
     tierra sobre tierra que se traga la tierra
     Corren en la misma dirección
     para llegar a ninguna parte

     La transgresión agotada
     da dentelladas al aire
     traga polvo en su sueño
     que es sabor a muerte por la mañana
     Se enjuaga en el lago
     donde salta la trucha
     donde aguarda siempre la misma muchacha
     de ojos níveos cortados a tijeretazos
     mirada de incontables dimensiones
     que sigue viéndote
     evocándote
     mientras los crímenes se repiten
     en un Universo plano no excavable

     La memoria socava la vida
     la sumerge en un estado somnoliento
     de lento inconsciente
     Su mirada bordada
     refleja mundos distantes
     bajo otro sol
     de otra galaxia
     de silencios que acechan
     de los que nos echan sobre los hombros los muertos
     desde una eternidad caduca
     que se pliega sobre si misma
     donde todo queda solo
     entre cabellos alborotados,
     enmarañados que ondean al viento
     en una tormenta de harina
     por la que pasean furtivamente
     un muerto tras otro
     hasta esa madre de madres
     que acicala dulcemente sobre sus rodillas
     la vida que quiere ser vivida





Cuestiones



Hoy es una de esas tardes en las que el pavimento de las calles se extiende hasta el cielo, abril avanza y la primavera retrocede temerosa. Me he acostumbrado a mis paseos diarios, una acción que articula el espacio y define el tiempo, intensificando mi percepción de las cosas. Me considero un espectador silencioso tras unos pasos siempre dubitativos. Paso parte del día observando cómo la gente interactúa, compite, trabaja o descansa, así como los objetos de creación humana que salpican la ciudad: esculturas, edificios, fuentes, mobiliario urbano, pinturas, carteles, etc… hay tantas cosas que consiguen captar mi atención, que a veces requiero aislarme, encerrarme en la música del reproductor mp3 y centrar mi atención en los pasos de mis pies sobre las aceras.

Cuando no puedo observar la realidad externa, entonces me veo atraído por los mundos virtuales de la ficción que libros, vídeos y música nos ofrecen. Es sorprendente como de la curiosidad por lo real o ficticio, los humanos han sido capaces de ir bordando a lo largo de su historia tanto las actividades artísticas como las científicas, ambas sustentadas en la inusitada curiosidad y nuestra obsesión por observar. Las ciencias naturales y el arte brotan de una misma fuente, de un origen común, que sin embargo los prejuicios de nuestro sistema educativo insisten en delimitar y confrontar continuamente el uno con el otro.

La frialdad mecánica de las ciencias, impersonales y objetivas que intentan descifrar la física y la vida, contra la subjetividad de la pasión y las ganas de vivir de las artes creativas. Dos mundos aparentemente antagónicos, el que todo quiere generalizarlo y el que reclama la individualidad que nos diferencia de las bestias naturales.

Haber evolucionado en un Universo concreto, con unas leyes y unas cualidades propias, sin duda alguna ha generado en nuestro cuerpo y en nuestras mentes toda una serie de restricciones insospechadas de las que debemos ser conscientes. Pensamos cómo pensamos, y sentimos cómo sentimos por la naturaleza que nos envuelve. Sin ella no existimos. Nuestra preciada individualidad no es nada, no existe fuera de las leyes generales de la Naturaleza y el Universo.

¿Por qué nos gustan ciertos tipos de música y de arte?
¿Por qué esa propensión a encontrar pautas donde no existen?
¿Por qué mitos y leyendas comparten tantos factores comunes?
¿Por qué algunas imágenes nos resultan tan atractivas?
¿Cómo nuestra experiencia del tiempo y el espacio influencia todo eso?  
¿Cómo determina la estructura de nuestra mente los problemas filosóficos que encontramos desafiantes?

Queda mucho por andar para descifrar como el Universo influye en nuestra perspectiva y nuestra particular manera de mirar el mundo. No somos aves posadas sobre los cables telefónicos que observan cómodamente desde su altura transcurrir la vida, somos observadores inmersos en lo observado, incapaces de independizarnos de nuestra materia de observación, ni como científicos ni como creativos. Estamos compuestos de la misma materia que pretendemos descifrar.





Pájaro roto en la ventana



Pájaro roto en la ventana.
Yo estoy al otro lado.
Asoma una tímida gota escarlata por el pequeño pico curvado. El plumón gris-canela del pecho se infla y desinfla, apagándose sus colores. Le falta energía para contestar al rir-rir-rirrir-chrr-rr-rr-rar con el que le reclaman otros herrerillo capuchinos desde las ramas, todavía desnudas, del árbol. Parpadea el ojo atravesado por la línea ocular negra que resbala mejilla abajo prolongándose a modo de collar bajo su cabeza. Todo él parece tan delicado. Tan frágil.

Y sin embargo que vivos los otros, que rendidos al silencio de sus reclamos, vuelan alejándose al punto de fuga por el cual se escurre el parque. Por allí, del bosque de coníferas llega pausadamente la primavera, escapando de su frondoso sotobosque. Ayer un corzo se dibujó entre la niebla. Antes de ayer una pareja de liebres se perseguía por la hierba ya verde. Pequeños grupos de herrerillos, carboneros, agarradores y reyezuelos llevan días explorando el suelo y corteza del manzano.
Hoy uno a impactado contra el cristal de la ventana.
Es ahora un pájaro roto.
Un cuerpo quebrado al otro lado del vidrio.
¿O estoy ante un espejo?




Hojas secas (XII)



¿Cuánto hay de humano en el ser humano? Bajo la fina gasa de la cultura se desvela la bestia innata. Se dice que fuera de la sociedad sólo pueden existir los dioses y las bestias, pero no es la naturaleza, sino la sociedad, la historia, la que rasga, repetidamente, las gasas de la humanidad. Es la circunstancia de la sociedad la que engendra al bruto. ¿Cómo proteger al hombre contra sí mismo? ¿Cómo protegerlo ante la inhumanidad a la que la historia social los conduce? Así pues, ¿cuánto hay de humano? ¿Preguntamos porque deseamos saber, o porque sabemos que no podemos saber?

–¿Es eso lo que quieres, Olga? –Hermann acurrucado junto al hogar, cogió el hurgón y atizó la lumbre. La leña crujió, suspiró vapor–. ¿Venganza?
–Eso es –asintió–. Es lo que pienso. Cuando se apagan las noches los veo. No consigo quitármelos de la cabeza, Hermann. Quizás para ti, aquello ya forme parte del pasado, pero no para mí. Siguen aquí. Existen.
–También yo –Gustav se alejó de la ventana–, los veo con frecuencia.
Hermann miró asombrado a ambos. Sus mejillas estaban sonrojadas.
–¿Acaso creéis que yo lo he olvidado? –sonó indignado.
 –Nadie ha dicho eso…
–Sí lo has dicho, Olga. Lo has insinuado.
–No quería decir eso. Quería decir…, no sé…, decir que quizás tu puedas vivir con ello, pero yo no. Yo no puedo. No puedo seguir viviendo con ello sin más…, necesito hacer algo con todo lo que me corroe por dentro. Necesito sacarlo de alguna manera…
–¿Vengándote? ¿Crees que eso te hará sentir mejor?
–A mi sí –intervino Gustav–. Creo que sería un halo de luz. Una manera de resarcir el daño sufrido.
Las injusticias son nudos en el discurso de la vida. Nódulos enquistados que obturan el flujo del tiempo.
–No puedo creer lo que estoy oyendo. Pienso que habéis pasado demasiado tiempo con la mirada clavada en el fuego. Sus demonios os nublan la razón… Quizás ha llegado el momento de retirarse a dormir.

Se irguió apoyando el hurgón en la pared. Olga cogió una de sus manos:
–¿Dormir? Sabes que no duermo bien desde entonces, Hermann. ¿Y mañana? ¿Qué pasará mañana? ¿Seguiremos igual? ¿Aterrorizados? ¿Avergonzados? Nada cambiará mañana… nada ha cambiado estos últimos años.
Sus ojos se veían grandes y luminosos. Trémulos. Como los del cordero siguiendo en silencio al matarife. Los mismos ojos mudos y asustados que apenas vio desaparecer en el interior de la casa aquel día. Unos ojos inmensos gritando silenciosamente mientras eran arrastrados a un abismo incomprensible, de una negrura como no había visto nunca hasta entonces.
–No me mires así, Olga.
–¿Cómo?
–Así, como lo haces ahora, con esos ojos –rogó Hermann, liberándose dulcemente de la mano de ella–. No me mires con esos ojos.

Era una mirada insomne y desquiciada. Expresaba el pánico que rememoraba Hermann de aquel día, pero al mismo tiempo desesperación y odio. Hay que cruzarse con una expresión como esa para entender todo lo que siente, porque no se pueden poner palabras a ella. Su descripción se manifiesta como una imposibilidad lingüística, igual que ellos sentían que las palabras no podían traer el nuevo orden de la vida que aquellos acontecimientos les habían exigido. Por eso habían callado tanto tiempo, cada uno inmerso en sus sentimientos. Por ello, o porque quizás, hasta entonces, la razón había sellado sus bocas, censurando verbalizar lo impensable. Poner nombre a un sentimiento implica identificarlo y reconocerlo, y reconocerlo es liberar el sentimiento, dejarlo escapar: expandirse más allá de uno mismo, asomarse al exterior y arremeter irracionalmente con lo que salga al paso. El horror al nombre, a la palabra, había cosido sus labios durante mucho tiempo. Miedo y vergüenza son un hilo fuerte. Se habían resistido a manifestar, pues manifestar puede conllevar a desencadenar nuevos acontecimientos, ejecutar lo exteriorizado. El terror de Hermann no era aquellos ojos indescriptibles que ya conocía, sino la revelación verbal de los mismos por parte de Olga y Gustav: venganza. Ahora que habían reconocido el instinto que tiraba de sus vidas, temía que hubiesen invertido el orden, transgrediendo las normas e invocando así una nueva tragedia.

El pensamiento es libre, la expresión no, por eso se sufre en soledad. Ellos sufrían en soledad, en mundos aislados y opresivos. Los pensamientos son distancia, silencio, intimidad; las palabras implican exposición. Son punzantes abejas que se arrojan como un enjambre entero sobre el otro. Su veneno puede infestar una vida entera. Hazlo, le dijo entonces Olga a Hermann, y lo hizo. Él no había día que no se arrepintiese de ello. Allí estaban sus ojos, esa mirada otra vez, y el verbo de ella: ¡Hazlo!
       ¡Hazlo!
             ¡Hazlo!
                   ¡Hazlo!
                           repitiéndose hasta el infinito.





Ellas y sus silencios



"Una de las primeras obligaciones que cualquier ciudadano tenía que cumplir, era la de tapar cuidadosamente todas las ventanas de las fachadas. De esta manera, ningún destello de luz podía orientar a los aviones enemigos. Las ciudades quedaban completamente a oscuras, con los vigilantes nocturnos de la defensa antiaérea encargándose de que se cumplieran las normas. Cada casa tenía que preparar un refugio antiaéreo en el sótano, con catres para descansar, cajas y sacos de arena, extintores y algo de comer. Se nos suministró una máscara de gas a cada ciudadano, que siempre teníamos que llevar encima. Casi siempre los ingleses bombardeaban las ciudades alemanas de día, mientras los americanos lo hacían de noche. Nos movíamos como autómatas, nos acostábamos con la mayor cantidad de ropa posible: chandal, botas forradas, chaquetas, pañuelos y gorras. En el bolso guardábamos todos nuestros documentos y las pocas joyas que teníamos. La rutina se repetía día tras día. La alarma sonaba hasta dos veces por noche. Vivíamos como topos". Mi abuela Alicia era una adolescente, todavía no tenía catorce años, cuando estalló la Segunda Guerra Mundial, al acabar era madre de una niña y aguardaba a su marido que había caído prisionero en el frente. De aquel período de su vida apenas habla, como si aquel pasado hubiese quedado sepultado en la profundidad del refugio, atrapado en las ventanas tapiadas que evitaban que escapase la luz. Es muy común entre aquellos que han experimentado los miedos y terrores de la guerra que los recuerdos de esos tiempos se muevan como topos por la memoria, asomándose pocas veces al exterior.

En el colegio se nos explica, en una serie de lecciones escolares, las distintas guerras, sus causas políticas, las económicas, los agentes implicados y las batallas y hechos que decidieron la contienda, pero el pasado es mucho más vasto que la visión histórica. Es un conjunto inmenso de hechos que pueden ser conservados solo si desde el presente estamos dispuestos a adoptarlos. A insertarlos en nuestra propia memoria. Para que el pasado perdure, hay que hacerse cargo desde el presente de que esos vestigios no van a desaparecer, de que esa lección sí que la vamos a aprender; no sólo las explicaciones ad hoc de las causas de la guerra, sino los sentimientos que estas despiertan en el grueso de la población: los civiles. Pero pocas veces se escuchan las voces del pasado porque impera el olvido. Nadie quiere heredar el dolor, ni las incertidumbres, ni mucho menos las manos manchadas de sangre. Así la vida presente resulta más sencilla. También para los que vivieron el pasado, pues los caminos de la memoria nunca son fáciles.

Antonia, mi otra abuela, como Alicia, era una niña de doce años cuando empezó la Guerra Civil española, sus voz pierde firmeza cuando habla de ello, como si el miedo intenso que experimentó entonces siguiese vigente. "Una de las hermanas de madre era monja, me explica, mi padre fue a buscarla al monasterio de Granollers y la trajo a casa. La tuvimos allí escondida. Mi padre era sindicalista de la CNT y eso se lo tenía que callar. No podía hablarlo. Nadie tenía que saber que ella era monja. Cada vez que oíamos alboroto alrededor de casa sufríamos, enseguida pensábamos: a ver si la han cogido… En el pueblo mataron a dos curas, los del POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista). Al padre Eduard y al otro…, ahora no me acuerdo como se llamaba, los tuvimos para doctrina, para poder hacer la comunión, era una persona de allí mismo, conocido por todos…" En este punto de la narración guarda silencio. Uno largo, la memoria va cerrando puertas para evitar que el dolor se exprese, el relato finaliza súbitamente: "Se hizo mucho daño. Se mató a mucha gente y a otros se les hizo sufrir sin necesidad alguna… ¡bah! una mierda todo junto".
   
Elisa en 1992 tenía dieciséis años cuando su pueblo, Rizvanovici en Bosnia fue bombardeado por la artillería de los chetniks (tropas paramilitares serbias). "Cuando las granadas dejaron de caer salí del refugio en el cual mi hermana había dado a luz. La mezquita estaba en ruinas, y a pocos pasos de nuestra casa vi unos niños, de tres y ocho años muertos. El pánico y la muerte estaba por todas partes. Los soldados llegaron y ocuparon el pueblo. Hablaban un serbio lleno de coloquialismos, casi incomprensible, y en sus uniformes llevaban como insignias unas águilas blancas (Las Águilas Blancas, al igual que los Halcones y otros grupos similares eran una de las tropas paramilitares ultranacionalistas que se autodenominaban "chetniks", caracterizadas por el odio a la población bosnia, a los que denominaban "turcos". Su principal reclamo era llevar a cabo una limpieza étnica en Bosnia para reconstruir una Gran Serbia pura). Nos prohibieron salir de casa. Los no serbios no podíamos andar por la calle. Tampoco comprar nada en las tiendas, teníamos que sobrevivir de las reservas que teníamos en casa. Los que se aventuraron a salir no volvieron nunca. Un día los soldados capturaron a todos los hombres del pueblo. Se los llevaron. A mi abuelo de setenta y ocho años le acusaron de matar a un serbio. Lo ejecutaron con un tiro en la cabeza enfrente de mis primos".

A día de hoy sigue sin poder visualizar escenas de violencia por inverosímiles y ficticias que éstas sean explica. Es algo que no puedo controlar, especifica. Su amiga Mirsada, a la que conoció un año más tarde en un campo de refugiados en Suecia, confirma el pánico heredado: "Es como si el pasado, el presente y el futuro sangrasen juntos. Rescatar esos recuerdos es vivir por momentos en un estado de inexistencia, es como estar en ningún sitio y en todos los sitios al mismo tiempo. Las imágenes de esos días son las grandes penas y dolores que nos acompañarán siempre. Soy consciente de ello".

Para muchas de estas mujeres, que entonces fueron niñas, el pasado muchas veces se les presenta escurridizo. Como si no tuvieran pasado, ni control por tanto sobre sus vidas. Los recuerdos son imágenes rápidas y huidizas. Los relatos que conforman su memoria no radican en la Historia, se pierden en otros mares de mareas y oleajes inciertos. Tienen su pasado pero éste se revuelve silencioso en su interior. Nezira a los nueve años tuvo que abandonar Tuzla en compañía de sus padres, y tras una larga travesía por el corazón de Europa encontraron asilo en Suecia. "Los serbios quemaron nuestra casa", me explica. "Entonces no entendí porque lo hicieron ni lo que estaba sucediendo, sólo recuerdo la sensación de pérdida. De irme, dejando atrás todos mis juguetes y libros, no pude salvar nada. Más tarde supe que tampoco se salvó la abuela. Estaba dentro de la casa cuando la prendieron. En aquel momento pensé que ella estaría fuera, como nosotros, en otro lugar… con el tiempo comprendí que nunca salió de casa. A menudo sueño con ella".




Hojas secas (XI)



–Seguro que fue Gerhard –Gustav se incorporó en su asiento–. Seguro que fue él quien los mandó. Me la tenía jurada.
Hermann arrojó la colilla del cigarrillo a las llamas de la chimenea.
–Eso ya no importa –sentenció mientras caminaba a la cocina. Cogió un vaso de las baldas y se sirvió un poco de licor de hierbas–. ¿Alguien quiere un trago?
Gustav negó levantando la mano.
–Licor no, pero un poco más de té… –respondió Olga extendiéndole la taza.
Encendió uno de los fogones y puso agua a calentar en un cazo.
–A mi sí me importa –insistió Gustav levantándose. Observó por la ventana el reflejo de la luna en la nieve. Patinaba sobre el tejado del establo–. Sigo viéndolos cada noche. No consigo olvidarlo.
–Tampoco yo –contestó Hermann mojando los labios en el licor. Ardieron. El alcohol incendió el esófago en su camino interno–, pero saber si fue Gerhard o no quien los envió no va a cambiar nada.
–A mí me ayudaría –aseveró Gustav sin volver la cabeza. El azul de sus iris era el de los ahogados. Hubo un tiempo en el que apreciaba la belleza del azul de los lagos, los sueños que se mecían en sus aguas. Luego las mismas se llenaron de ahogados. Martina se hundía en ellas desesperada, no importaba que cerrase los párpados o se llevase las manos a los ojos, Martina estaba en sus iris. Era allí donde caía, una y otra vez, hasta el fondo, hasta perderse en la profundidad infinita de sus pupilas. Bien adentro en su memoria.
–A mí también –añadió Olga girándose hacia su marido–. Alguien deberá pagar por aquello.
–¿Pagar por aquello? ¿Gerhard? –el tono de Hermann era claramente irónico mientras apartaba el cazo del fuego–. ¿Acaso habéis olvidado dónde vivís? ¡Estamos en la RDA! ¡En la democrática y pacífica RDA! ¡Ahora somos comunistas!Somos los afortunados, los herederos directos de la resistencia alemana contra el nazismo. Aquí nunca hubo nazismo. ¿Vais a denunciar a los camaradas que nos liberaron? Aquí no pasó nada. Nadie es culpable de lo que pasó entonces: ni antes, ni durante, ni después de la guerra. Todos inocentes. Todos héroes antifascistas y anticapitalistas. "El pasado es del Oeste y el futuro es nuestro" –entonó alzando sus brazos y dándole un nuevo trago al licor.
Gustav se giró hacia él:
–Precisamente. Yo sólo quiero que pague Gerhard.
–¿Vas a denunciarlo? ¿Vas a rebelar su pasado nazi a su nuevo partido?
–Si eso vale, ¿por qué no?
–¿Crees que el SDA no lo sabe? Gustav…
–¿Por qué no apareció su nombre en los juicios de Waldheim? Allí estaban todos los nazis.
–A la Guillotina Roja no le interesan tanto los nazis como los anticomunistas. Frau Hilde sólo persigue peces gordos, ricachones y elementos peligrosos para el gobierno. Gerhard no es nadie, es un pobre diablo en un pueblo al que nadie interesa. Ahora es un "buen" comunista.
Volvió a su silla acariciando el hombro de Olga.
–Tómate el té, está caliente –ella cogió la taza ofrecida fregándola con sus manos–. Te irá bien para entrar en calor.
–Gracias. Hermann…
–¿Sí, Olga?
–Quiero venganza.

Las ventiscas borraron algunas memorias de Olga, pero no aquellas. No las de aquellos días. Procuraba no arriesgarse a abrir sus recuerdos, como el amante despechado teme volver a los sobres que contienen las cartas del pasado. Un amor pasado es pretérito, pero sigue estando en el mundo. En otra dimensión, pero presente, como las mentiras sinceras que cobijan las cartas. Desplegando los textos, el antiguo amado, teme que las palabras e imágenes empañadas con el paso de los días, ya insignificantes, vuelvan a la vida. Nadie desea despertar a los fantasmas. Tampoco Olga. Teme que aquel día se le manifieste. Teme apartarse del fuego. Dirigirse al dormitorio. Acostarse y apagar la luz. Que la noche se le eche encima, pues es entonces, cuando el espíritu se manifiesta. Se arrastra bajo la almohada susurrándole sueños incomprensibles, inyectando imágenes de espectros brutales, creadores de confusión y claustrofobia. Son pesadillas geométricas, sin resquicios por los que escaparse. Un cubo de paredes oscuras. Sin luz. Sin puertas ni ventanas. No hay salida, pero ella está dentro. Ellos están dentro. El delirio es ciego. Puede percibir el aliento de sus bocas, el olor de sus cuerpos, su peso sobre ella. Es un oso el que ruge en la nada que la contiene. Vibran sus tímpanos. Sus zarpas rasgan sus ropas y tiran de su pelo.  Embisten como las bestias que son. Duele. Es dolor lo que sube desde la entrepierna hasta la cabeza. Agudo y profundo, como río desbordado, penetra virulento quebrando su cuerpo. Sus garras están en todas partes, son una marea. La manosean y voltean como un juguete roto. El sudor cae hasta las piernas, sujetándola, inmovilizándola. Escucha pasos pesados, plantígrados, animales, bestias, que se mueven a su alrededor. El hedor es aflautado, de tono agudo que todo lo satura. Ella está paralizada. La voz, un espejo resquebrajado, inútil, no sirve para nada. Calla. Ellos gimen, gruñen, chillan, golpean, saltan, ríen. Parecen pasarlo bien, pero ella no puede parar de llorar. El cerdo chilla cuando se le sacrifica, también el ternero se revuelve al ser llevado al matadero, pero el cordero nunca sale corriendo, nunca grita; con los ojos abiertos parecen aceptar el destino, que el hombre, cuchillo en mano, ha decidido para él. Olga es un carnero. Uno merodeado por alimañas. Uno rendido al sacrificio. Paralizado por el pánico.




Mundo de Margaritas




Sabemos lo que es la luz
pero no sabemos decir que es.

El universo no ha sido todavía satisfactoriamente explicado

Seguimos experimentando con la ficción
con el lenguaje
haciéndolo extranjero
desconcertante
sorprendiendo la narración
llevándose a lo ignoto
recordándonos lo que no sabemos
lo mucho que desconocemos

Experimentamos sin saber a dónde vamos
como ratas reconstruyendo el laberinto por resolver
tenemos que mentirnos
el arte de la mentira está en decadencia
son precisas para que brillen las evidencias

como las sombras para apreciar la luz


Podría decirse que el humanismo sigue siendo algo así como una religión secular improvisada, lo que queda de la descomposición europea del mito cristiano. Durante años, los que se oponían a la teoría de Darwin, temían que ésta redujese la humanidad a un ente insignificante. Un animal más. Uno entre los millones que se desplazan por los mares y tierras del planeta. Pero, lejos de eso, el darwinismo no ha hecho sino encumbrar al hombre aún más, si eso era posible, sobre el resto de los organismos. Tras dos siglos sacudiéndose su fe cristiana, la filosofía y la ciencia moderna, siguen anclados en uno de los errores esenciales del cristianismo: pensar que somos radicalmente distintos del resto de los animales.

Los humanistas modernos se aferran a la teoría de la evolución para argumentar que sólo el hombre es capaz de trascender a su innata naturaleza animal y dominar, no sólo su naturaleza, sino el planeta entero. La humana es una especie privilegiada, piensan, es la única que sabe de su existencia accidental y por tanto la única que puede hacerse cargo de su destino.

Siguen arraigados a la idea de que la conciencia, la individualidad y el libre albedrío nos definen como individuos, que son la base de nuestras decisiones, elevándonos por encima de cualquier otro animal. Cuando aquí, en mitad del bosque, como en una calle transitada de cualquier ciudad, los instintos siguen siendo los mismos: buscar comida y aparearse, como cualquier otra bestia que habita la Tierra. Muchas de nuestras decisiones más fatídicas las tomamos sin tener la menor conciencia de ello. ¿Pero qué somos? ¿Qué sería de nosotros si silenciamos de nuestro pensamiento el diálogo de Dios, de la inmortalidad, del progreso de la ciencia y la humanidad? ¿Qué sentido queda entonces, una vez borrada toda esperanza de progreso?

El cristianismo introdujo la percepción, la idea, en Europa, de que la historia humana, tanto la del individuo como la del colectivo humano, ha de tener sentido alguno. El progreso es la nueva máscara con la que el mismo concepto sigue aferrado a nuestra mentalidad: la historia humana, su evolución y su sentido especial en el mundo. En la Grecia y la Roma clásica la historia humana era una serie de ciclos naturales de crecimiento y declive sin fin, como el sueño colectivo repetido infinitamente por los hindúes. En la mente actual humanista sólo se concibe el progreso, como en el capitalismo el crecimiento continuo de la economía. El humano sigue siendo un ser sublime por encima del resto de los organismos vivos, quizás por ello la hipótesis de Gaia de Lovelock, en la que la atmósfera y la superficie de la Tierra conforman un todo para mantener la vida en la tierra, no tenga la aceptación debida en la comunidad científica. Su mundo es circular, no tiene dirección alguna, su único propósito es mantenerse. No hay un espacio especial para el hombre. Poco importa su presencia. Nos arroja a enfrentarnos al vacío existencial como especie.  

En el Mundo de Margaritas soñado por Lovelock y Watson, el planeta había sido sembrado sólo con dos variedades de margaritas: unas blancas y unas negras. Las blancas reflejan la luz y las negras la absorben. En un origen frío, las negras proliferan más, absorben mejor el calor y se expanden por casi la totalidad de la superficie, incrementando la temperatura del planeta, tanto que empiezan a morir y las blancas al reflejar la luz ocupan su lugar, haciendo descender con ello la temperatura del planeta. Las mareas de pétalos blancos y negros se suceden por generaciones hasta que alcanzan un punto de equilibrio, con una temperatura estable favorecida por la presencia de los dos colores. Cuando al Mundo de Margaritas se le incorporan conejos que comen aleatoriamente unas u otras variedades, zorros que cazan los conejos, y otros organismos que hagan el modelo más complejo, la estabilidad se alcanza con mayor velocidad y es más duradera. Mundo de Margaritas demuestra que la estabilidad de los organismos biológicos, el ecosistema terrestre, no requiere de explicación teleológica alguna. Que no hay progreso en el mundo orgánico, la evolución carece de diseño preconcebido, es una sucesión de revoluciones que lo que procuran es que todo quede igual.

En el mundo distópico de Nosotros (1920), de Yevgueni Zamyatin, se lee: 

–¿Te das cuenta de que lo que estás sugiriendo es una revolución?
–Por supuesto, es una revolución. ¿Por qué no?
–Porque no puede haber una revolución. Nuestra revolución fue la última y nunca puede haber otra. Todo el mundo sabe eso.
–Pero querido, tú eres matemático: dime, ¿cuál es el último número?
–Esa pregunta es absurda. Los números son infinitos. No puede haber un último número.
–Entonces, ¿por qué hablas de la última revolución? 





Hay vasos dispuestos en el suelo



        Los charcos invierten el universo
        Hay vasos dispuestos en el suelo
        Vasos encendidos que humean
        Un Cristo barroco se ha descolgado de la cruz
        El cadáver lo cubre un manto negro
        Negras también sus ropas
        Como negras, ahora rojas,
        las manos delictivas
        Oscuras, ensombrecidas, las ruinas
        Como los escombros amontonados

              Se desprende la retina
              cegada por el fuego
              Se nubla la mente que sella los ojos
              Ni ven
              Ni oyen
              Ni sienten

             Son pretérito quemando el futuro
             El viejo mundo se extinguía
             Nada brillaba en sus cenizas

        Los hombres de negro regresarían
        Tampoco se fueron nunca
        Los llevaban zurcidos en el pecho
        bien adentro,
        a doble punto,
        y ellos sin saberlo.
       El Cristo volvería a levantarse
       Suspendido bajo la bóveda
       Una vez más encima de sus cabezas

       Bailarán los paisanos junto a la iglesia
       Bailarán al lindar de los campos
       Irán pasándose las máscaras
       Ahora una, luego otra
       Se las arrancarán y aparecerán otras
       Sus rostros irán transformándose
       El rojo virará a negro
       El negro a púrpura
       El púrpura se revolverá contra el rojo
       Volverán las lluvias y con ellos los charcos

       Volverá a invertirse el universo





Cuando las estrellas dejaron de moverse



Recuerdo perfectamente ese momento en el cual todas las estrellas del firmamento dejaron de moverse.

El universo en su inabarcable infinitud, en la que la energía oscura empuja indefinidamente a las galaxias a alejarse las unas de las otras en una expansión acelerada continua, un día se detuvo ante mis ojos. Todos aquellos incontables astros minúsculos que arden en la oscuridad del cielo, cesaron su actividad para mirar hacia abajo. Al suelo en el que yacía estirado.

No importaba lo que hubiese hecho, ni el tipo de vida que hubiese llevado hasta ese momento; el cielo me rendía tributo, al igual que antes hizo con mis abuelos, y con sus hijos, mis padres y tíos, con algunos de mis amigos en su más tierna juventud, con Xavier, el dueño de la tienda de ultramarinos y su hermano, el rey y más tarde el príncipe coronado también recibieron atención en su momento, como unos cuantos Papas, allá en el Vaticano, tanto honor como el otorgado a "el Chino", el camello de la esquina, donde se cruzaba mi calle con otra, no recuerdo el nombre, una suma o una equis, según se mire, dibujada sobre un barrio esquizofrénico.

No cuenta lo importante o trivial que sea la vida de uno, como tampoco la gloriosa o patética que resulte su muerte, porque al final, en ese momento en el que caemos, cuando se desprende la retina y somos suelo, cientos de billones de estrellas, cada una de ellas, se detendrán para alumbrar la muerte de todo ser humano.




Mi lengua


      Mi lengua arrastra un filo
      desafilado que desgarra
      así el dolor grabado del lenguaje es mayor
      su mensaje desenfocado
      desearía inventar palabras
      mi abuelo una vez me dijo:
               inventamos las palabras
               para diferenciarnos de los animales
               úsalas con propiedad
               respétalas

      Con ellas nombramos lo inexplicable
      configuramos a Dios
      en jeroglíficos y cuñas
      pero ni Dios ni las palabras
      consiguieron dar nombre a las emociones
      que yacen en nuestros vientres
      a las que, como hojas de otoño,
      penden de las sábanas al pie de la cama

      así que tuvimos que seguir inventando
      de la talla de piedras
      al fundido de metales
      capturando los principios físicos
      domando los átomos
      jugando bajo arcos geométricos
      con poleas y palancas
      en ecuaciones imposibles
      con nuevos materiales
      nuevas experiencias:
          la gravitación
          los fluidos turbulentos
          y el vacío,
         siempre,
         al final
         siempre el vacío

      el silencio que reposa en nuestros vientres
      una vez agitadas las sábanas,
      queda solo un lenguaje desnudo
      que debe reinventarse.
      Somos hoy como dos animales





Ella



Te escribo porque no quiero perderte en unas memorias que se reescriben continuamente hasta perder su esencia. No quiero ser prisionero de un pasado ficticio, ni mejor ni peor, quiero leerte algún día con el amor que siento estos días por ti. Con tus contradicciones y tu rabia, con tu odio y tus frustraciones. Aunque duelan, porque lo hacen, son punzadas irritantes, prefiero mantener vivo en el día de mañana esta visión que cualquier otra. Es precisamente el pasado, uno demasiado presente, una de las principales causas que nublan tu día a día. Posiblemente, sea también la otra cara de la moneda; la intensidad con la que puedes exprimir la vida cuando la música, el arte o el placer simple y sincero de vivir vela el lastre de antaño. Fueron, son, esos instantes los que me cautivaron. Deseaba ser capaz de dejarme llevar por ellos como tu lo hacías, sin pensar en nada más, dejar atrás el lastre analítico que me conforma. Te seguía e imitaba para aprender de aquel hacer humilde y alegre. No sabía entonces que tras aquellos momentos se proyectaba una extensa sombra, un manto del cual incluso llevando años tirando de él no hemos conseguido ver su fondo. Es una red interminable que recogemos y volcamos sobre el suelo, ahora reducido por el enorme sofá, de la única estancia de la casa. Van apareciendo las presas, quizás las verdaderas presas seamos nosotros, una pequeña barca indefensa lastrada por un inconmensurable pasado que habita un lugar inalcanzable.


Cuando recogemos las redes aparece tu padre, tu madre, las discusiones en casas, las fiestas con los invitados, el ruido, los viajes en coche desde las montañas yugoslavas de Bosnia hasta la costa croata, el abuelo zapatero, siempre sucio y que no podía pagaros la comida ni a ti ni a tu hermano cuando vuestros padres os dejaban con ellos en verano, tu hermano pidiendo dinero entre los turistas para que tu pudieras comparte un bollo, tus ojitos colgando de la ventana del restaurante soñando con las pizzas que allí se horneaban, el refresco de Miranda que bebían en pajitas los otros niños, los turistas, millonarios en tu imaginación desperdiciando un Coca-Cola en la arena, los hoyos que cavaba la abuela en el jardín para que hicierais vuestras necesidades, los viajes a los mercadillos en el viejo Zastava 750 amarillo del abuelo atiborrado de zapatos para vender, el otro abuelo que se compró un antiguo vagón de tren y lo plantó en una playa de Montenegro donde retirarse con tu abuela porque la brisa y la tierra de allí le sentaba mejor a ella, los veranos en Montenegro, sus playas rocosas y salvajes, el oleaje que te vapuleó y te sacó del mar pero que engulló a la otra niña, la muerte prematura, "no dejes nunca que tu vida dependa de un hombre", te dijo tu abuela con solo once años y nunca lo has olvidado, los tabúes de casa, la mano de tu padre tapándote los ojos cuando alguien se besaba en la televisión, sus gritos por las malas notas del colegio, la rigidez con las tareas académicas, las collejas, los castigos, sus gritos aún mal altos el día que alguien dijo que te habían visto jugar con un niño, las niñas no podían hacer eso, la gente empezaría a hablar, los gritos entre tus padres a través de las paredes, el divorcio, el abandono de tu padre, la madrastra, un personaje sombrío, pérfido, objetos de maleficio y brujería gitana bajo la almohada de tu madre, las sombras de un divorcio nunca entendido, sigue siendo hoy, incluso después de los años que llevas arriando la red de los recuerdos, un misterio con versiones opuestas, un rompecabezas al que le faltan muchas piezas, el hambre de la nevera vacía, la espera de una pensión por parte del padre que nunca llegaba, los estantes de la nevera vaciándose, que tu hermano pequeño consiga alguna moneda para tus bollos ya no era solución para saciar el hueco de tus tripas, entonces la guerra, las noticias desde otros puntos del país, los vecinos, tu madre, todos convencidos de que aquello no llegaría hasta allí, que aquello no podía pasar, que bosnios y serbios siempre habían convivido en aquella ciudad, la ciudad de la sal: Tuzla, pero que sucedió, que un día los serbios, los vecinos, señalaron a los bosnios, acarrear un nombre musulmán de repente constituía un peligro, la circuncisión de tu hermano una evidencia del delito, el delito de ser el otro, el opuesto, el innecesario, el forzado a huir para salvar la vida, el que deja atrás su hogar, cierra la puerta de casa y se lleva consigo sólo la llave, el que divide a la familia para salvarse, el hermano pequeño con unos familiares a Suiza, tu con tu madre, las dos escondidas en un camión a través de las curvas de los Balcanes, bajo una lona de plástico fría, curva a curva, horas y horas hasta aparecer en Croacia, en un lugar desconocido, sin dinero, sin comida, desojados de lo poco que tenías, el deambular pidiendo una ayuda que no llegó por parte de los conocidos, que dejaron de serlo, una Croacia donde el acento bosnio ha dejado de ser bien recibido, hasta llegar a Suecia, allí os envió vuestra madre desesperada, a su campo de refugiados, tu y tu hermano, la alegría adolescente de no entender del todo lo que pasaba, creer que era un situación temporal, un verano, que después Yugoslavia segura existiendo, que el hogar volvería a ser el mismo, viaje de ida y vuelta que nunca regresó, y hacer amigos de otros lugares del mundo en el mismo campo, el pelo crespo de un niño africano, el exotismo de la piel negra, las horas jugando a billar mientras se tramitaban los papeles de asilo, el verse convertido a un número, "niña 2246 del individuo 2035" se lee en el dorso de la foto carnet del campo, tu nombre de flor ha sido encriptado en un código: el 2246, al que los que te acogen te explican como funciona un lavabo, como tirar de la cadena, el concepto de bárbaro, de primitivo, la arrogancia del nórdico, la visión única de hacer las cosas, la lavadora también tiene sus fórmulas, como si nada de eso existiese más allá de las nuevas fronteras, hay que seguir sus instrucciones a rajatabla, hacer las cosas de otra forma es simplemente erróneo, no es posible, como tampoco lo es convivir con tu padre y la madrastra en Suecia, una pesadilla, de vuelta a los insultos, las prohibiciones, están por todas lados, no hagas esto no hagas aquello, no hablar en bosnio en la calle para no avergonzar a tu padre, sus complejos de inmigrante, la negación de su identidad, pretender ser lo que no se es, pretender que los hijos sean lo que no son, aunque sea mediante el castigo, que se te meta en esta cabecita tonta y alocada que aquí los niños no se comportan así, no hables alto, no te muevas tanto, anúlate, pierde tu identidad, si es que esta existe, el verano se acabó y tus pies seguían en Suecia, Yugoslavia seguía rompiéndose, de tu madre apenas recibías noticias, no sabías donde estaba, a veces en Suiza a veces en Tuzla, salvaguardando su propiedad, ¿por qué no vienes aquí mamá?, empiezas el colegio sin entender nada, ni lo que haces allí, ni la lengua que allí se habla, las miradas de los nuevos compañeros son intrigantes, intimidan, el lenguaje se vuelve vergonzoso, se siente ridículo, las risitas por los nuevos, ese grupo heterogéneo en el que estás incluida, la vergüenza, otra vez más, esta vez por no entender lo que el maestro te pregunta, no tener lengua para responder, todas tus viejas palabras aquí no valen nada, carecen de significado, el viejo mundo es eso: viejo, ya no existe, los otros niños ríen, la crueldad, la falta de empatía no es única de los adultos, pasa un año, y otro, tu madre sigue fuera, abriendo y cerrando la puerta del piso de Tuzla para asegurarse que nadie lo ocupa, las fronteras de los países europeos también se han cerrado, te tocó pedir los papeles de asilo que permitan a tu madre reunirte contigo, tu padre no movería un pelo, no le importa, tampoco vosotros parecéis importarle mucho, os trata más bien como un estorbo, la madrastra es aún peor, os ignora como si no existieseis, caminas por tu nueva ciudad sueca con tu hermano de nueve años cogido de la mano, tu lo eres todo para él, eres niña y madre, lo aprendes pronto, solo tu puedes hacer que acepten a tu madre y ésta pueda venir junto a vosotros, ¿cuándo vas a venir mamá?, por fin llega un día tu madre, puedes dejar a tu padre y volver a estar los tres juntos en el nuevo país, en el otro, en el país roto se dibujan nuevas fronteras, la guerra se va apaciguando, los horrores brotando, tu madre sigue preocupada por su, vuestra, propiedad, vuelve a Tuzla a comprobar que el piso sigue allí, que la cerradura es la misma, que la llave, tesoro que cabe en un bolsillo, sigue abriendo la puerta, que existe ese lugar en medio de todo ese terror, el lugar que era antes, aunque nada de todo lo otro sea igual, el marido ya no está, la familia tampoco, los vecinos han cambiado, unos temerosos de los otros, del día a la mañana, cada uno tiene una identidad diferente, ni el idioma que hablan ya es el mismo sin haber cambiado, unos dicen hablar serbio, los otros croata, los otros bosnio, los otros montenegrino, los unos son ortodoxos, los otros musulmanes, los otros católicos, del ateísmo comunista de Tito no queda nada, en tu nuevo país descubres que el árbol de Navidad celebra el nacimiento de Jesús, allí, en Yugoslavia se adornaba para recibir al Año Nuevo, era el Estado quien regalaba al acabar el año un pequeño detalle a los niños, la Navidad nunca ha significado nada, tampoco el Ramadán, ni las oraciones, del Corán nunca habías oído hablar, y sin embargo ahora tu tía insiste en que una nueva vida religiosa es necesaria, de repente sois musulmanes, y tu sin saberlo, las chicas deben comportarse como tal, la hermana de tu madre que bebía, fumaba y se había divorciado y disfrutado de los bailes y los locales nocturnos de Sarajevo, exigía ahora en su nuevo país cubrirse la cabeza, descubrió su identidad en el exilio, nada de eso te interesa, no entiendes que las cosas tengan que cambiar, todo cambia a tu alrededor pero tu no quieres hacerlo, no a merced de lo externo, quieres vestir botas militares de chico y llevar faldas cortas, medias de colores, como Pipi Calzaslargas, tu nueva heroina, que por cierto es sueca, aprendes la nueva lengua, te haces con nuevas palabras y sigues adelante sin que nadie te diga como hacerlo, cometes muchos errores, todos los cometemos incluso teniendo maestros, vivir es equivocarse, lo otro sería ser una mera pieza en el engranaje de la vida, ser parte de un mecanismo, sin individualidad, si algo tienes es individualidad, esa es tu identidad, encajar ya no te importa.






Paseo entre la ventisca



El cielo se volcaba delicadamente sobre el suelo en un movimiento lento y fluido. El mundo había quedado reducido a un torbellino de cenizas blancas que borraba el horizonte. Todo parecía estar suspendido en la nada. Tu estabas a mi lado pero el espacio entre nosotros parecía cada vez mayor. Más espeso y etéreo al mismo tiempo. Simplemente se difuminaba lo que había entre nosotros. Eramos pura ventisca arrastrándonos el uno al otro. Subiendo y bajando, arrojándonos de un lado para otro, de aquí para allá, contra un paisaje que desaparecía en cada uno de nuestros arrebatos.

Cuando la tormenta arrió estaba sólo. Caminé por un campo de nieve sembrado con cabezas de caballo. Sus lenguas congeladas colgaban pintorescas de unas bocas grandes y grotescas. Era un espacio virgen y estéril. Muerto. Allí donde la razón y la palabra son imposibles. Ese punto en el cual se desata la tragedia. Al cerrar los ojos no reconocía a quien veía. ¿Eras tu? Temo que fuese otra persona. Me aterra pensar que he olvidado tus facciones.

El desenlace de la tragedia carece de toda importancia. No se sobrevive a ella, lo que resulta es algo completamente nuevo, distinto a lo que había precedido.
La memoria se puebla de mentiras y el pretérito se vuelve inalcanzable, un mar de ventanas tapiadas.


Pienso a menudo, caminando todavía entre esas cabezas congeladas, en el camino, el sendero que nos llevó ha despojarnos del lenguaje y la conciencia. Sin ellos estamos ahora incapacitados para todo, cayendo corriente abajo arrastrados por unas fuerzas que desconocemos y no controlamos. Entramos, jugando como quien no quiere la cosa, en el espacio de la incertidumbre. Nos dejamos llevar, y ahora, aquí, en este páramo helado y vacío intento volver la vista buscando un paisaje familiar. Sólo veo cabezas equinas de rostros esperpénticos y lengua frías. La palabra también es imposible para ellas. Aquí estamos todos mudos. Un pajarito de las estepas, posado sobre mi labio, se ha llenado el buche con todo mi lenguaje. Despojado de palabras he quedado presos de mis sentimientos. 



A veces se abre bajo nuestros pies



   Salimos una noche calma y clara.
   El mar soñaba. 
   La plata de la luna 
   era la suma de sus sueños.
   Una belleza indescriptible,
   pero su cuerpo era gélido e inquieto.

   Nos transporta casi siempre a su lomo,
   pero a veces no.
   A veces se levanta por encima de nosotros.
   O se abre bajo nuestros pies
   y deja que nos ahoguemos

  Como aquellos cachorros de gato
  que de niño arrojamos al río dentro de un saco
  Aún oigo los maullidos
  Agudos como agujas

Mi hermana pequeña lloraba igual la primera vez que la vi sobre el  regazo de mi madre. Ven acércate, dile hola a tu nueva hermanita. Estaba morada y no paraba de berrear. Su cabecita de ojos velados emitía un sonido que me parecía espeluznante. Insoportable. Vamos hombre, no tengas miedo, acércate… 

   Un enjambre clavándose en el oído.
   Hurgando en el tímpano.
   Las aguas no querían llevárselos.
   Una rama los abrazó frente a nosotros 
   mientras el agua les pasaba por encima.

   Arrojamos piedras.
   La saca no se movía, lloraba
   gritaba, agonizaba
          oía a mi hermanita
          el pecho de mi madre
          desde el rincón las veía
   Las piedras golpeaban la tela
   o hacían explotar el agua hacía arriba
   nuestros gritos coléricos
   y lanzamientos rabiosos 
   extinguieron los chillidos uno a uno.

   Los gatitos dejaron de existir.
   El saco era un trozo de tela sin vida
           (vuelta a su estado natural).
   El enjambre fue disipándose de mi oreja.
   Más sigue aquí, dentro, en la cabeza,
   reverberando en el blanco cráneo.

   El mar se alzó por encima de nosotros
   tiró de nuestro cabello hacía el fondo
   ahogándonos junto a la suma de sus sueños
   y, como los gatitos, 
   fue como si nunca hubiésemos existido.

         Se enfrío nuestra sangre,
         gélida como sus aguas,
         los pececillos nos mordisquearon,
         al principio hacían cosquillas,
         luego dejé de pensar en ellos.
   
   Dicen que recé,
   que me revolví,
   que agité manos y brazos,
   que invoqué a Dios,
   Nunca antes había rezado.

        El siervo de Dios, es bautizado 
        en el nombre del Creador, 
        y del Redentor, 
       y del Santificador.

   Todos acudieron a rescatar mi alma.
   Tarde, demasiado tarde,
   ninguno quiso perderse mi bautismo, muerte y funeral.
   Me hundí así, nos hundimos esa noche
   calma y clara

   de luna soñada.