Las cubiertas



En cuanto él entró en la habitación sin avisar, ella corrió a refugiarse al amparo del libro que estaba leyendo. Sentada en su butaca, se aferró a sus cubiertas como si fuesen un salvavidas, cerca del corazón, oprimiendo el título contra su pecho para que no escapase de allí. Revelar la lectura sería revelar una parte de si misma, desnudarse ante él, no quiso nunca ceder aquel espacio de intimidad a aquel hombre. Aquel era el rincón de privacidad que se reservó siempre por si necesitaba reiniciar su vida.
Él ignoró aquel gesto tantas veces presenciado y sin mediar palabra se dirigió a la ventana. La abrió, estudió su alféizar unos segundos y abandonó la habitación como entró, sin decir nada. Con la mirada inclinada, las pupilas perdidas en cualquier cosa, menos en aquella figura que seguía enrocada tras su fortaleza de papel. Volvió al minuto con una figura tallada en forma de ave de presa y un tubo de pegamento, para volver a asomarse a la ventana. Ella siguió atentamente cada uno de sus movimientos, sus idas y venidas. Al silencio tendido entre ambos se había sumado el de una calle poco transitada, interrumpido a momentos por el fragmento de la conversación de unos transeúntes, el sonido mecánico del costurero de abajo y el zureo de unas palomas. 
–¿Qué haces? –preguntó ella al ver que su interrupción se dilataba en el tiempo.
–¿Tú qué crees?
–No sé, ¿interrumpir mi lectura?
–Siempre estás con tus libros –respondió él con medio cuerpo fuera de la ventana.
–Te vas a caer. 
–No, descuida, no voy a caerme. No te librarás de mi tan fácilmente.
–No digas tonterías –aún abrazando el libro se irguió, curiosa por saber que es lo que lo mantenía tan ocupado en "su" ventana–. ¿Vas a decirme qué haces?

Se volvió hacia ella llevándose una mano a los riñones. Ahora la miraba, allí de pie, resguardada tras su lectura. En líneas generales, su cuerpo conservaba las formas femeninas, pero, visto desde aquella distancia, ya dejaba ver los estragos de la edad. Si la piel colgaba arrugada en la barbilla y en la unión del pecho con los sobacos, en la garganta y entre los pechos, la misma piel, parecía haberse vaciado confiriéndole la apariencia de unos sacos achatados e inútiles. Pese a las pérdidas y aumentos debidos a la edad, el cuerpo de ella, en sus ojos, seguía teniendo una feminidad que parecía no querer agotarse. 

–Poner fin a tus quejas –respondió todo satisfecho.
–¿Qué quejas?
–La de las palomas. Llevas semanas…
–Meses.
–Vale, meses, lo que sea, quejándote que su ruido no te deja concentrarte en tu lectura. Ya no te molestarán más.
–¿En serio? –ella se desplazó hasta donde él estaba para comprobar que había hecho. Se asomó a la ventana, en cuyo alféizar lucía, entre excrementos momificados de paloma, la figura del ave de presa– ¿Esto? ¿Esto es todo? ¿La figurilla de un pajarraco?
–No es un pajarraco. Es un halcón.
–Ya bueno, ¿y?
–Las palomas temen a los halcones. Si ven uno aquí no se atreverán a posarse –se defendió él, aunque era consciente que de poco le serviría. En algún momento, atrás en el tiempo, el miedo de ella había ganado la partida entre ellos. Desde un inicio ella se había protegido de la tristeza, protegiéndose así también de la felicidad. Ésta no había gozado nunca de la libertad suficiente para manifestarse entre ellos. De una manera incomprensible, la habían mantenido cautiva. 
–No va a funcionar –aseveró ella–. Enseguida verán que no se mueve.
–Si que funcionará.
–No lo hará. Pronto se pasearán sobre el alféizar y hasta se cagarán sobre tu temido halcón. ¿No podías haber puesto unas varillas como todo el mundo?
–Esto es mucho mejor, ya verás –estaba molesto. Se preguntó porque había aguantado aquello tanto tiempo. Por un instante pensaba que él era el más perjudicado por los temores de ella, que nunca se había atrevido a amarlo, luego, se convencía que la peor herida era la de ella. Que guardándose se lo había perdido todo. A él y a sus hijos. Todo menos las inofensivas ficciones de los libros. Los envidiaba con frecuencia, por la facilidad con la que sus letras se colaban en una vida, que a él le había sido siempre vetada.
–Ya puestos podías haber limpiado el alféizar antes de enganchar a este triste pajarraco aquí –añadió rascando uno de los excrementos secos sobre el marco de la ventana.
–Ya lo haré.
–Seguro, dentro de unos meses –apuntaló ella.
–No, cuando no estés aquí encerrada con tus libros. Para no molestarte.
–Muy considerado. 
   

En aquel momento, una deyección verde-fluorescente y fétida cayó del cielo sobre los hombros del halcón impotente. Ella se limitó a emitir un: ¡ajá! y sin más volvió a su butaca. Rendido, recogió el tubo de pegamento del alféizar y abandonó en silencio el cuarto cerrando la puerta tras de sí. Ella rebufó descomprimiendo el libro de su pecho para volver a su lectura. Escudada en su ficción, quedó encerrada en su mundo de condicionales que nunca fueron. Abrazaría. Diría. Haríamos. Disfrutaríamos. Pero no abrazó. Ni dijo. Ni hizo nada, porque el miedo al sufrimiento se lo había arrebatado todo. Desde el primer momento, su relación fue una colección de condicionales, a la espera de algo mejor, mientras prefería vivir en su presente en continua repetición, dejándose llevar por la inercia. Para lo otro, para entregarse a las pasiones sin riesgos, estaban los libros.      






El origen



–Cuando era más joven creía que al envejecer a uno le llegaba la sabiduría, pero eso es una collonada. Lo único que llega es la vejez –rebufa apoyada sobre el bastón.
      
    Cada vez cuesta más seguir el paso de la abuela. Subimos por la calle de la Riereta, y tengo que frenarme, detenerme constantemente para no dejarla atrás. Un par de mujeres, con vestidos de vuelo coloridos y pañuelos a juego abiertos sobre sus cabeza, nos adelantan. A su alrededor orbitan ruidosos tres niños. El Avia levanta la mirada de sus pies por encima de sus gafas y chasquea la lengua. Reanuda su marcha. En una esquina, una par de gatos famélicos husmean una bolsa de basura que alguien ha dejado junto al contenedor. Cuando era niño me llevaba a casa de los abuelos muchos cachorros llenos de sarna que me encontraba en las calles, mis padres nunca habían querido tener en casa mascotas, pero si recuerdo bien, el que entonces me parecía enorme, gato negro de los abuelos. Así que los dejaba allí, a su cuidado, en una cajita de cartón y unas hojas arrugadas de periódico, pero cuando volvía el Avi siempre me decía que se habían escapado. Supongo que los echaban a la calle en cuanto me iba.
      –Mira –dice la abuela, mandándome detener con un suave golpe en el brazo con el bastón–, ese es el balcón. Aquí es donde vivía.
      Me limito a asentir, ahora volverá a explicar cuanto frío pasaron aquel primer invierno cuando dejaron el pueblo para instalarse en Barcelona. Pero, no, en lugar de eso, me sorprende con un nuevo dato. Allí, en el número 19, justo frente al que era su balcón, vivía mi padre. Alguna vez le había oído decir que había vivido con sus padres en el Raval, pero nunca supe donde. Todas mis memorias de los abuelos paternos están vinculadas al piso de Gracia.
      –Así, ¿mamá y papá eran vecinos?
      –Si claro, ¿cómo crees que se conocieron? A través de la ventana. En cuanto tu padre se percató de que tu madre lo miraba desde la ventana del comedor, no hizo más que exhibirse.
      –¿Papá, exhibirse?
      –Sí, allí –señala una ventana en el tercer piso–, se paseaba por su cuarto sin camiseta, con el torso desnudo y salía así también al balcón a fumar cigarrillos. Hacía gimnasia en su habitación, subiendo y bajando una barra para lucir sus músculos.
      
    Se me escapó una risita imaginando a mi padre elaborando semejante ritual, con lo tosco que es hoy en día, me cuesta verlo como un joven en celo sacando a relucir sus atributos. Siempre entendí que se habían conocido a través de un amigo común, con el cual mi padre solía jugar timbas de póquer. Allí está el disco, «el de la canción del grito», como lo llamaba yo de pequeño, ese elepé de nombre enigmático, Ummagumma, como prueba fehaciente. Aquel disco se lo había ganado en una de esas partidas al amigo común. Era el disco de mi infancia, la canción con la que subía el volumen del tocadiscos e imaginaba que una guitarra eléctrica colgaba de mis hombros mientras agitaba la cabeza ante el arranque de batería propiciado por aquel grito, angustioso e intrigante a la vez. Ese disco y el de las vacas en la cubierta, pasaron a manos de mi padre desde aquel amigo común. Los discos del celestino que unió a mis padres y marcaron mi juventud. Aquella había sido siempre la versión oficial. Nadie, ni yo ni mis hermanos, habíamos preguntado nunca por ello, pero hasta hoy, aquella había la historia de mi génesis. Mi versión. La incuestionable verdad construida alrededor de aquellos discos.
      –Tuve que sentar a La Mare, mi suegra que llevaba años de luto con nosotros, junto al balcón. Como no salía nunca de casa, en cuanto iba de compras, acercaba su balancín al portón de la terraza y allí la dejaba. Al menos ahí servía para algo. Para disuadir a los exhibicionistas, ¿sabes? Pasaba las horas escudriñando el edificio de enfrente y gritaba en cuanto los veía. Los ahuyentaba. Tendrías que haber visto como gritaba, para ayudar en casa no tenía fuerzas, eso decía, pero para gritar no veas. A veces la oía desde el ultramarinos de la esquina.
      –¿Gritando a papá?
      –También, pero no tanto a él, sobretodo a los vecinos del segundo. Era una pareja joven, ya sabes, uno de esos jipis sin valores. En verano se acostaban con la ventana abierta. Sin correr las cortinas ni bajar las persianas. Andaban desnudos todo el día. Un día a él le vi eso…
      –¿Eso?
      –Sí, eso, lo que cuelga y todo lo demás. Al Avi, le caían bien, le encantaba tenerlos como vecinos, sobre todo a ella. Lo pillé varias veces espiándola. La desvergonzada lo sabía y posaba para él. Eran unos exhibicionistas. Les encantaba ser observados, como a tu padre. Bah, suerte que nos fuimos pronto de este piso en cuanto le dieron el nuevo trabajo al Avi.
      
    Dicho eso, vuelve a fijar su mirada en la calzada y sigue con sus pasos cansinos. Hay que acabar el paseo. Otro grupo de mujeres envueltas en gasas de colores nos adelantan. Vuelve a chasquear la lengua, de ella cae un, «cómo ha cambiado este barrio».

No digo nada, pienso que estos nuevos vecinos en el fondo serían más del agrado de la bisabuela y hasta de la propia abuela, son de los que no enseñan nada y cubren todas sus vergüenzas.



Sobre la evolución de la belleza


Se atribuye a los escolásticos de la Edad Media la expresión “De gustibus et coloribus non est disputandum“, que literalmente se traduce como “sobre gustos y colores no hay disputas”. Expresión proverbial, que al igual que la más popular “sobre gustos no hay nada escrito”, hace incidencia sobre la subjetividad de los gustos personales y la inutilidad de discutir por ellos. Tirso de Molina, en su pieza teatral “El vergonzoso en palacio” publicada por primera vez en su obra miscelánea Los cigarrales de Toledo, publicada en Barcelona en 1624, dejó constancia de la subjetividad de lo bello:
Don Antonio: Y de las dos, ¿a cuál juzgáis, prima, vos, por más bella?
Doña Juana: Más se inclina mi afición a la mayor, aunque mi opinión refuta en parte el vulgo hablador; más en gustos no hay disputa, y más en cosas de amor.
La idea que afirma que la belleza está en el ojo del espectador (subjetivismo) ha sido una de las teorías predominantes en la rama de la filosofía que aborda el campo de la estética. Sus estudiosos llevan años preguntándose: ¿Qué es lo que hace bellas las cosas?, ¿Existen patrones estéticos universales? Curiosamente el concepto “belleza” etimológicamente significa “brillar”, “aparecer”, “ser visto”, y por tanto en un principio se consideraba una cualidad de los seres y los objetos. La belleza se entendía como algo objetivo, concepto que con el tiempo se fue relativizando al admitirse la subjetividad de la experiencia estética y de la belleza. Pero, ¿es realmente subjetiva la experiencia estética?
En el mundo clásico griego se definía la belleza en función de toda una serie de propiedades como el orden, las medidas, las proporciones, el equilibrio, la luminosidad, etc., entendiéndose que unas características resultan más atractivas que otras, hasta que en el siglo XVII el gusto, el placer individual de la contemplación de la belleza, y por tanto la subjetividad, empiezan a cobrar importancia al hablar de belleza. Otra teoría ampliamente extendida, entre aquellos que estudian la belleza, sostiene que los valores estéticos dependen del marco cultural, los individuos pertenecientes a una misma cultura comparten, en lo esencial, unos gustos similares (culturalismo). El filósofo Denis Dutton, frente al subjetivismo y el culturalismo de la belleza, planteó una tesis universalista, considerando que la estética es universal, arraigada en la psicología humana como resultado de la evolución de la especie. Para Dutton, la apreciación de la belleza, en el caso de los humanos, radica en lo virtuoso, encontrando que la belleza reposa sobre las acciones o los objetos bien hechos, de manera que la selección natural habría con el tiempo moldeado el gusto del espectador hacia aquellas acciones u objetos bien hechos al ser estas cosas beneficiosas para la supervivencia. Lo virtuoso se visualizaría como bello ejerciendo atracción y aportando placer a los individuos que la contemplan. La belleza viene así determinada por lo “bien hecho”, y ejerce atracción en la medida que manifiesta las habilidades y destrezas de quien ha fabricado o ejecutado la acción.
Así pues, Dutton, en su conferencia de 2011 en TedEx titulada “A Darwinian theory of beauty“, establece, como la mayoría de los evolucionistas, una relación directa entre la selección sexual y la selección natural. Se da por asumida la importancia de la selección natural sobre la elección de la pareja a la hora de reproducirse. Ello implica, que los caracteres sexuales secundarios, que los individuos de un sexo desarrollan para atraer a los del otro sexo, son señales “honestas” vinculadas a la capacidad de supervivencia del individuo. Esta es la idea más extendida entre los biólogos: la existencia de una relación directa entre la selección sexual y la selección natural.
Por ejemplo, se considera que sólo los pavos reales más enérgicos y más saludables, son capaces de desarrollar una cola-abanico tan grande como para seducir a las hembras y anteponerse a sus competidores. De manera que las características que lo hacen bello y estético a ojos de las hembras, no son más que señales que en el fondo están demostrando su buena condición física, e indirectamente que es portador de unos genes buenos para la supervivencia, permitiendo así a las hembras a tomar decisiones a la hora del apareamiento con consecuencias adaptativas para la población.
Sin embargo, como Richard O. Prum, nos recuerda en su artículo “Aesthetic evolution by mate choice: Darwin’s really dangerous idea“, la idea de Darwin de la selección sexual, no es la de ésta como un mero subproducto de la selección natural, sino la de una fuerza distintiva, en la que las preferencias estéticas y la concepción de belleza por parte de los individuos, no tienen porque vincularse directamente con cualidades que garanticen una mayor supervivencia de los considerados “bellos”.
En la edición de Charles Darwin de The descent of man, and selection in relation to sex, de 1871, puede leerse:
Sentimiento de lo bello.– Se ha afirmado que este sentimiento era también peculiar al hombre; pero cuando vemos aves machos que despliegan ante las hembras sus plumajes de espléndidos colores, mientras que otros, que no pueden ostentar tales adornos, no hacen ninguna demostración semejante, no podemos poner en duda el hecho de que las hembras admiren la hermosura de sus compañeros. Su belleza como objeto de ornamentación no puede negarse, ya que las mismas mujeres se sirven de las plumas de las aves para su tocado. Al mismo tiempo, las dulces melodías del canto de los machos durante la época de la reproducción, son objeto de la admiración ostensible de las hembras. Porque, en efecto, si estas fuesen incapaces de apreciar los magníficos colores, los adornos y la voz de sus machos, todo el cuidado y anhelo que estos ponen en hacer gala de sus encantos, serían inútiles, lo cual no puede admitirse. (El origen del hombre. La selección natural y la sexual. Pág. 53-54 de la versión castellana publicada en 1880 por los editores Trilla y Serra en Barcelona, Imprenta de Damian Vilarnau)
En el párrafo anterior y otros a lo largo del libro, Darwin hace, una y otra vez, referencia explícita a una concepción estética de la selección sexual. Sugiere que cada especie ha desarrollado sus propios “ideales de belleza”, y que por tanto puede entenderse que los ornamentos sexuales secundarios son totalmente arbitrarios. Tienen éxito entre los individuos de una población porque son los preferidos, aquellos por los cuales los individuos han desarrollado un mayor gusto estético y consideran más bellos y por tanto deseables. En definitiva se trata de una cuestión de gustos, sin ninguna otra carga significativa.
Según Prum, los cantos, los ornamentos y las danzas de los pájaros no han evolucionado porque indiquen la presencia de unos buenos genes, sino simplemente porque los animales que los escogen se ven atraídos por ellos, les gustan esos caracteres de una manera puramente arbitraria. Dichos caracteres no son objetivamente informativos, sino subjetivamente placenteros. Al subyugar la selección sexual bajo la selección natural, estamos negando la capacidad de los animales y por lo tanto de nosotros mismos, de tener experiencias subjetivas. Desde que la evolución se coló en el mundo de la psicología, los psicologos evolucionistas han mirado de justificar todas las conductas desde un prisma evolutivo, donde todo tiene que tener sentido y poder justificarse biológicamente.
En las páginas de su reciente libro “The evolution of beauty: How Darwin’s forgotten theory of mate choice shapes the animal world – and us“, argumenta la relevancia de la experiencia subjetiva, recuperando así el concepto de belleza y de lo estético al campo de la biología y las ciencias. En ellas resalta la importancia de la arbitrariedad, sus años de estudios de comportamiento animal en aves, le han llevado a concluir que las aves escogen a unos machos con una serie de cualidades simplemente porque les gustan, por placer, no porque esas cualidades sean objetivamente informativas de otras cualidades. Desde 1982 ha estado observando el comportamiento y la evolución de unos pequeños pájaros nativos de la América tropical pertenecientes a la familia Pipridae, popularmente conocidos como saltarines, bailarines o manaquines, en los cuales los machos de las 54 especies ostentan coloridas plumas, largas colas, extravagantes reclamos o ejecutan curiosas danzas para atraer a las hembras. Para Prum, la especializada combinación de cantos, coreografías, conductas y colores, son un gran ejemplo de “radiación estética“: una muestra de 54 conceptos diferentes de belleza que han conducido a las especies hasta su morfología y aspecto actual.
La idea no es nueva, dice, un siglo atrás, el genetista Ronald Fisher ya llamó la atención sobre aquellos caracteres extremos de algunos organismos, que sólo podían explicarse por un proceso de co-evolución entre el atractivo de los mismos y su desarrollo, que al final podían llevar a las especies a un camino sin salida elaborando unos caracteres que lejos de mejorar su supervivencia la dificultaban. Pero al igual que Darwin, su idea fue mayoritariamente ignorada.
Desde un principio Darwin remarcó la importancia de la selección sexual como algo al margen de la selección natural, donde la estética y el deseo subjetivo jugaban un papel importante, donde las hembras eran las que escogían y por tanto podían actuar como importantes agentes evolutivos. No sorprende que la idea no gustase ni cuajase entre sus contemporáneos en la patriarcal Inglaterra Victoriana. Fue Alfred Russel Wallace, quien contribuyó con Darwin en la definición de selección natural, quien convenció a Darwin de que la selección sexual debía estar subyugada y relacionada con la selección natural. Sus convicciones religiosas y sociales de la época, así como su concepción de que la selección natural era suficiente para explicar el proceso evolutivo, condujeron a que al final se aceptase que la selección sexual estaba estrechamente ligada a la selección natural, como un mero producto de la misma. Dos procesos con resultados iguales, como dejaría constancia en su libro Natural selection and tropical nature (1895):
“…si existe una correlación entre los ornamentos y la salud, vigorosidad o mejores cualidades para sobrevivir, entonces la selección sexual del color o del ornamento, de lo cual hay pocas evidencias, resulta innecesaria, porque la selección natural, la cual se admite como la “vera causa”, produce por si misma los mismos resultados… La selección sexual es así innecesaria al resultar totalmente inefectiva.” [pp. 378–379]
La influencia de Wallace ha llegado hasta el día de hoy. Para Prum, el rechazo general de la selección sexual como algo diferente, no es meramente científica, sino que tienen unas profundas connotaciones sociales y filosóficas, en las que el placer y la experiencia subjetiva del mismo, se dejan fuera de la ecuación si no es para encajar en el concepto de la selección natural. Se trata de una visión “higiénica”, ética y moral, donde el placer no puede ser subjetivo, debe tener una razón de ser. Un temor a que las preferencias femeninas sean potenciales agentes de cambio, donde su autonomía sexual, lleve a elecciones puramente estéticas actuando así como una fuerza evolutiva más que puede generar belleza sin utilidad y funcionalidad alguna.
Como Prum dice “Si mencionas algo relativo a ciencia feminista, recibes inmediatamente una serie de comentarios negativos, pero la idea detrás del libro no es la de acomodar la ciencia con los principios feministas. Es más bien el descubrir conceptos feministas dentro de la propia biología“. La libre elección no es una mera ideología, emerge de la evolución, y al mismo tiempo se convierte en un moldeador de la propia evolución. Así pues podríamos deducir que Prum se adhiere al subjetivismo que defienden los filósofos que se dedican al estudio de la estética y la belleza: la belleza está en el ojo del espectador. Y esa belleza subjetiva es un una importante pieza de los mecanismos evolutivos que van moldeando los organismos.


Dejar en las puertas del local las vestiduras, los pecados, y sobre todo la memoria



Casi recién aterrizado en Barcelona, me reuní ayer con dos amigos para acudir a un concierto en el característico barrio de Gràcia. El evento estaba programado para ejecutarse en la sala de actuaciones de la Asociación Cultural Magia Roja, que lleva un buen tiempo apostando por las músicas y las muestras de arte alternativas en una ciudad cada vez más asfixiada por su éxito turístico, pero al final, dado que el ayuntamiento les exige la insonorización adecuada del local para seguir con su programa, han tenido que cerrar puertas y arrancar un crowfunding entre sus socios y visitantes para poder cubrir los gastos de la insonorización de la sala. Obligados a cerrar sus puertas, finalmente encontraron un espacio alternativo a la vuelta de la esquina, en una antigua casa del barrio ocupada y bautizada como La Usurpada. Fue en su primera planta donde al final las dos bandas recién llegadas de Francia ejecutaron sus piezas musicales.

Primero actuaron el duo zOH compuesto por H (Heloïse Zamzam) controlando los dispositivos electrónico, los viejos radiocasetes y cintas magnéticas, y haciendo las voces, mientras su compañero O (Olmo Uiutna) seguía las mezclas y los sonidos hipnóticos de ella con sus improvisaciones de batería. Les siguió el duo de Toulouse, Nibul, en las que los tonos del saxófono de uno de ellos y los ritmos de percusión del otro generan un embudo sonoro que busca fagocitar a la audiencia en una masa sonora.

Si algo tienen en común ambas formaciones es su búsqueda, a través de la improvisación y los ruidos orgánicos alejados de las notas predefinidas, de un espacio y una huida de cualquier configuración melódica o armónica, encontrar mediante la repetición y la conexión de sonidos y ritmos, la fantasía de vencer la direccionalidad de la música, del relato que los humanos, como buenos Homo narrans tendemos a buscar en todo. Es obvio que la comunicación y el lenguaje, no son una característica humana, muchas especies vivas disponen de mecanismos de comunicación; con la llegada de la primavera resulta sencillo descubrir los cantos de las aves en los árboles, incluso para aquellos que no salen de la ciudad, o los bailes de las abejas, las danzas de las moscas diminutas alrededor del vinagre o las frutas maduras sobre la mesa de la cocina. Muchas criaturas tienen lenguajes de comunicación, hasta las plantas, esos seres hasta hace poco "vegetativos" (no biológicamente, que siguen siéndolo, sino como metáfora de pasividad, de inactividad) demuestran comunicarse mediante la emisión de productos químicos lanzados al aire o a través de las complejas redes de los hongos que habitan sus raíces y comunican unas con otras. Así pues, no es el lenguaje, ni la comunicación, lo que nos hace especiales pero su uso para crear relatos, para narrar historias. Somos unos Homo narrans, y ello implica la necesidad de encuadrar toda nuestra vida en un contexto narrativo, en una historia con direccionalidad, un relato que progresa desde el principio hasta su desenlace final.

zOH y Nibul forman parte del conjunto de músicos que tratan de romper con el relato, de vencer la direccionalidad impuesta por la existencia del tiempo, buscando a través de la improvisación y la indeterminación de las alturas, las duraciones, los modos de ataque, y la inyección de efectos azarosos, desestruturar el tiempo. Hacerlo irreconocible.

De tener transcripción sus ejecuciones se parecerían bastante a las de Stockhausen en su pieza: Aus den silben Tagen (En los siete días), que dicen así:

Circa cuatro intérpretes
DURACIONES CORRECTAS

Toque un sonido
siga tocándolo
hasta que sienta 
que debería parar

toque otra vez un sonido
siga tocándolo
hasta que sienta
que debería parar

siga haciéndolo
deténgase
cuando sienta
que debería detenerse

pero así esté tocando o haya dejado de tocar
siga escuchando a los otros
en el mejor de los casos toque
cuando los demás estén escuchando

no ensaye

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Es obvio que en esta pieza Stockhausen no buscaba sonidos prefijados con precisión, más bien esperaba de sus músicos que consiguieran liberarse y desestructurar sus hábitos mecánicos de ejecución logrando una improvisación comprometida de los mismos. Algo así es lo que podría decirse de los dos dúos franceses que desataron su música desestructurada en la casa ocupada de Gràcia. Es la suya una música que desde su concepción excluye gran parte de los supuestos aceptados por el sentido común. Una música que no puede ser grabada en disco o casete, pues su proceso aleatorio imposibilita la creación de piezas musicales a la clásica usanza, y aún así, en una mesita junto a la puerta estaban desplegados como abanico unos cuantos CDs y cintas magnéticas con grabaciones de ambas formaciones. Un intento de cautivar una música que está circunscrita a la interpretación en vivo y mejor si es, como anoche, en círculos íntimos y pequeños, entre buscadores y seguidores incondicionales de músicas nuevas. La compresión en sistemas de grabación no le sientan bien, en ellas no se perciben los colores, el espacio extendiéndose desde el propio sonido. En palabras de Heloïse Zamzam, sólo buscan divertirse y adentrarse cada noche en un espacio diferente, alcanzar a través de la música un vacío activo virtual, componer silencio a través del ruido y huir en sus actuaciones de la tiranía de la audiencia.

El concierto fue un encuentro poético de sonido, que logró difuminar por un momento las extensiones del tiempo, diseñando espacios virtualmente desiertos en los que cada pequeño evento sonoro tenía la condición de ser único en un enorme mural hipnótico que se enfrentó a la idea de temporalidad y direccionalidad del Homo narrans que somos. Como sucede en los rituales sufí, quien quiere acercarse a sus músicas debe dejar en las puertas del local sus vestiduras, sus pecados, y sobre todo, su memoria. Ignorar sus nociones previas de lo que es música, lo que es artístico y como recibir el arte, estando así dispuesto a recibir una nueva clase de conocimiento. En la unión entre ejecutor y receptor es cuando su música cobra sentido, pues la suya es una música que existe sólo cuando alguien la escucha. No existe en la partitura ni en la concepción, tan sólo en la ejecución del momento. Esa es su magia.