Rabdomantes (siete)




Fuera Evren vio un sol que andaba bajo, volando caliente y frío, apunto de evaporarse en el mar. Las gaviotas andaban en retirada. Unas pocas siluetas surcaban los peñascos en busca de sus nidos. El viento avanzaba lentamente desde el horizonte, como si empujase piedras frente a sí, como si hubiese tirado las grandes rocas que se asomaban sobre la superficie del mar. Entre ellas descubrió a Köle, con el agua por encima de las rodillas y a Aske ladrando un poco más allá, cerca de la orilla, donde morían agotadas las olas.

El robot se giró hacia la perra y con un golpe de mano le arrojó un mechón de agua que ella intentó capturar con la boca. Luego volvió a ladrar a Köle, quien siguió adentrándose un poco en el agua. Se dobló introduciendo sus brazos bajo la lámina azul para robarle de su intimidad un fajo de algas.

Cerca de la costa no eran tan abundantes, debía caminarse la bahía entera para reunir un buen puñado de las mismas, pero un poco más adentro, traspasada la barrera de las rocas, tras las cuales el suelo marino caía unos cuantos metros, se alzaban verdaderas columnas de algas, más altas que cualquier árbol de los que Evren había visto nunca, con hojas verdes y moradas que ondeaban, mecidas por las corrientes, como si fueran cintas de colores. Conformaban un bosque de algas subacuático. Un bosque en el cual le gustaba a Evren sumergirse. Dejarse tocar. Sentir las largas hojas de las algas golpear suavemente su piel y enredarse en su cuerpo desnudo. Desconocía lo que había más allá de aquel bosque. Este se extendía hasta allí donde alcanzaba su vista. Los rayos de luz penetraban individualizados entre las columnas que servían de refugio y alimento a un gran número de peces.

En ocasiones Evren había visto focas jugando con las cintas, envolviéndose con las algas tal y como hacía ella. Un hombre del pueblo, al que gustaba adentrarse en el mar en un pequeño bote, le explicó que la extensión del bosque era enorme. Que nunca había llegado a sus límites, que la altura de las algas podía alcanzar los doscientos metros, y que más adentro se acumulaban y enroscaban entre ellas hasta formar enormes islas flotantes de algas. Evren soñaba con ver esas islas, pero nunca se había atrevido a embarcarse tan adentro. Prefería la firmeza del desierto bajo sus pies. Adentrarse en ese vacío seco no le asustaba tanto.

Köle siguió un rato rastreando el fondo entre las rocas, colgaba en su espalda el cubo rojo donde iba depositando las cintas de algas que iba recolectando. Evren contemplaba desde los escalones que bajaban a la playa la escena, dejando que la cálida y lenta brisa acabasen de secar su pelo. Había pensado en gritarlos para que volviesen a casa, pero aquella presencia la inhibió.

En el otro extremo de la bahía estaba sentada la figura blanca. Había abandonado su sombra en el callejón para pasear por la arena de la playa. Había allí, sobre la cabeza de la sombra blanca, unas antiguas estructuras talladas en la roca del acantilado. Unas formas milenarias que parecían casas, fachadas cinceladas que recreaban columnas, techos, puertas y ventanas. Eran el domicilio de los muertos. Los antiguos habían recreado sus casas para acoger a los muertos. Para dotarles de un hogar donde reposar. Casas esculpidas unas encima de las otras, cubriendo gran parte de la pared rocosa. Se desconocía como aquellos antiguos, los llamados lícios, los habitantes de “la tierra de las luces”, habían podido tallar las tumbas a tanta altura en aquella época. Las tumbas iban desde bajo el mar, pues algunas habían quedado sumergidas con el tiempo, hasta lo más alto del risco. Como fuese, aquella ciudad esculpida habitada por muertos, había formado desde tiempos inmemorables parte del paisaje de la zona. Otras ciudades como aquella se apreciaban a lo largo de la costa.

Para Evren, la mujer envuelta en blanco formaba tanta parte del paisaje como aquellas reliquias arqueológicas. Una antigualla de otros tiempos. Creía incluso que de alguna manera existía conexión alguna entre ella y aquel antiguo y extraño culto. Atribuía la serenidad de su mirada y sus movimientos al misterio de esa pared de roca. Cuando se lo había sugerido a su madre, esta siempre se lo había desmentido. Le había intentado explicar que el culto de aquella mujer nada tenía que ver con el de los antiguos talladores de rocas, que el de ella no se perdía tan atrás en el tiempo. 

“Mi abuela”, le había dicho, “vestía igual que esta mujer. No sólo ella, sino muchas de las de su edad que vivían en la villa lo hacían. A medida que fueron muriendo, sus creencias y con ellas sus vestimentas fueron desapareciendo. No creo que queden muchas personas que hoy en día crean en esas cosas”.

Aún así, viéndola sentada junto a las tumbas antiguas no podía dejar de establecer un vínculo entre ambas. Las dos eran parte de un pretérito misterioso y desconocido para Evren. Unos mundos tan extintos, como las praderas verdes de los llanos de las que hablaba su madre. Un ayer desvanecido, del cual aquella mujer resurgía como una singularidad. Una presencia fuera de lugar. Algo que la intimidaba.

Se limitó a llamar a Köle a través de su dispositivo y volvió a casa.

**** **** ****              

–¿Has hablado con tu padre últimamente?
–No. ¿Tu?
–Tampoco, ¿por qué debería hacerlo?
Yady tan siquiera levantó la vista del plato. Siguió comiendo.
–No sé, ¿por qué debería hacerlo yo entonces?
–Porque eres su hija. Pensé que quizás te habría llamado. Debería mostrar más interés por ti.
–Pues ya ves que no.
El silencio se extendió entre las dos mujeres. La mesa que las separaba, más que un espacio común parecía una zanja. Tan profunda como el gran barranco que había engullido las aguas de los páramos llevándolas hasta niveles freáticos inalcanzables.
–De todas maneras, no importa mucho –añadió Evren.
–No deberías decir eso.
–Pero es cierto, mama. 
Una nueva pausa.
–¿Sabes?, de vez en cuando me pregunto para qué sirve un padre.
–Evren… algún día deberías llamarlo.
–¿Para qué? 
–Para hablar. Sólo para eso.
–No necesito hablar, mama.
–Todos necesitamos hablar.
–No. No todos.
Evren se levantó de la mesa y dejó el plato en el fregadero.
–Gracias por la cena, mama. Estaba muy rica. Me voy a dormir –depositó un ingrávido beso sobre la frente de la anciana que seguía sentada–. No limpies los platos. Lo hará Köle.

Evren entró en el dormitorio y se encontró con Aske durmiendo al pie de la cama. Decidió no echarla. Miró el monitor de su ordenador en negro. Bajó con la yema de los dedos por el cordón neuronal amagado entre su cabello. Lo tuvo un rato entre sus dedos. Entre la oscuridad de la habitación y el negro mudo de la pantalla. Al final se sumergió en las sábanas, en posición fetal para no darle con los pies a Aske y se durmió casi en el acto.

Yady fregó los platos. Los secó uno a uno con un trapo y los devolvió a la estantería. Siguió luego frotando la olla que dejó bocabajo sobre el fregadero. Pausadamente caminó hacia el dormitorio. Las luces se fueron extinguiendo a su paso, introduciendo la noche en la casa.

En el patio Köle observaba el firmamento. El cielo, un desierto de día, tan despoblado, revelaba en la noche el universo y su vastedad. La oscuridad era el vestido del mundo. La bóveda celeste había sido empapelada con postales de otros tiempos. El androide identificó un nuevo punto de luz, un destello que tuvo lugar hace miles, quizás millones de años y que llegaba hasta él haciendo presente el pasado. Nada de esto debería existir, reflexionó en silencio, no era una deducción suya, lo argumentaban los científicos, lo había leído en alguna parte, la Física no había encontrado la asimetría que debía existir entre materia y antimateria para evitar que ambas se destruyesen. Son imagen y reflejo, opuestos idénticos. ¿Qué asimetría salvó en el principio de los tiempos al Universo a no ser engullido por sí mismo? ¿Cómo pudo la materia imponerse sobre a antimateria? ¿Como pudo dar forma a todo lo que lo rodeaba, incluso a sí mismo? Köle se hacía muchas preguntas, aunque desconocía la razón de las mismas. Desconocía la fuente de su curiosidad. Era un impulso. 




Rabdomantes (seis)



A Aske le encantaba ser cepillada. Tumbada en el patio, junto al pequeño huerto con los dos árboles, en una mancha luminosa producida por el sol del atardecer, exponía su lomo arqueado, levantando el trasero, para que Evren centrase en esa zona el paso de las púas. Cuando había quedado satisfecha con el raspado en esa zona se giraba sobre su espalda, rindiéndose con las cuatro patas en alto, ofreciendo su fornido pecho al cepillo. El millar de micro-robots yacían en la parcela de luz, atrapando energía solar en una de sus alas que llevaban instaladas a modo de paneles solares. 

Evren se aplicaba en la limpieza de Aske. Deshacía los nudos de su pelaje y retiraba los restos de espigas. Examinaba minuciosamente entre los dedos que no tuviese ninguna herida, que se le hubiese clavado alguna estructura vegetal que pudiese causar una nueva infección. La perra se dejaba hacer pacientemente. No había palabras entre ellas. Evren no las necesitaba. El contacto, la presencia de una y otra lo abarcaba todo. Era el mejor y el único de los posibles lenguajes entre ellas. El rascado en la parte posterior de las orejas era la señal de que la sesión se daba por finalizada. Entonces Aske se levantó, se sacudió, emitió un estornudo de lo más humano y salió corriendo en busca de Yady, la madre de Evren, de quien esperaba que le hiciese entrega de una buena porción de comida. Evren se dirigió a su habitación a finalizar su informe del día para la Oficina.

–Espera Aske, ahora no puedo –Yady andaba ocupada removiendo las cebollas y las guindillas que se freían en la olla–. ¡Köle! –aguardó un momento– ¡Köle! ¿Puedes venir un momento?

Al poco apareció Köle. Era un androide asistente, un modelo sencillo, lejos de la sofisticación y apariencia humana que se le había concedido a los primeros autómatas. La creación de robots con aspecto de hombre o mujer, había sido debatida por teólogos y sociólogos durante años con opiniones contradictorias, unos a favor, otros en contra. Los diseñadores, al margen de los conflictos éticos y morales, optaron por la similitud, por el afán de copiar, bien por falta de poder imaginar nuevas formas o por el antropocentrismo reinante que consideraba a los humanos la forma triunfante de la naturaleza. La que la selección natural había llevado hasta su perfección. Sin embargo pronto descubrieron que el aspecto físico limitaba las posibilidades de los propios autómatas. Que un robot humaniforme sólo podía hacer las mismas cosas que un humano. Mejor, más deprisa, con menos fallos, pero lo mismo en el fondo. Aún así, como sucede siempre, no fueron ni los teólogos, ni los sociólogos, ni los psicólogos, ni los diseñadores, quienes marcaron las pautas, sino esa entidad imprecisa que desde hace años se denominaba, “el mercado”. La demanda. El dinero. Las ventas. Los beneficios acabaron moldeando el aspecto de los robots que convivían con las personas. Los más antropomorfos habían generado cierta repudia entre la población, una reacción negativa que había forzado a los fabricantes a prescindir en la mayoría de los casos de los rasgos humanoides.  

A Köle lo componía un esqueleto y músculos artificiales azulados, sin artificios ni pieles sintéticas que escondiesen su naturaleza mecánica. Su anatomía se había inspirado en la de los grandes primates, con capacidad para desplazarse tanto sobre sus cuatro extremidades, gozando así de una mayor estabilidad, como para erguirse sobre dos patas cuando las tareas lo requerían, liberando así sus manos para desarrollar todo tipo de tareas domésticas. Su cabeza era cónica, un enorme ojo-cámara central azulado, que monopolizaba todo su rostro. Carecía de expresión alguna y de lenguaje corporal. Su voz, era de un timbre metálico cálido. Inalterable, siempre apacible.

En cuanto Aske lo vio entrar por la puerta se lanzó a dar vueltas a su alrededor, a cuatro patas era casi tan alto como ella. Köle miró, analizó la escena y, sin esperar orden alguna, se dirigió a la alacena donde guardaban el pienso de Aske, llenando con ello su plato. La perra olisqueó el cuenco. Miró al androide y meneó, casi imperceptiblemente, la cola. Finalmente se abalanzó sobre la comida. Köle, viendo que el cuenco del agua andaba casi vacío lo rellenó bajo el grifo y lo dispuso junto al de la comida. Aske levantó el morro de la comida y miro brevemente a Köle. Los ojos claros de la perra se cruzaron con el azul fulgente de la lente del androide. Fue un momento, un acto fugaz de comunicación entre ambos. Luego, pasó la lengua sobre sus bigotes y volvió al pienso. 

–¿Puedo ayudar en algo? –preguntó dirigiéndose hacia Yady, quien seguía pendiente del sofrito.

Primero, la anciana despachó al robot con un gesto pausado de mano, un par de golpecitos al aire como quien espanta a una mosca, pero cuando éste se disponía a retirarse, lo detuvo.

–¡Espera! Podrías acercarte un momento a la playa y, si encuentras, traer algunas algas.
–¿Cuántas necesita?
–¿Cuántas? No sé cuántas. Las que puedas. Trae un buen puñado. Al freírse quedan en nada. 
–Entendido.

Köle salió al patio. En el rincón donde la madre de Evren guardaba los utensilios para cuidar el huerto encontró un cubo de plástico rojo. Se lo enganchó en la espalda y caminando a cuatro patas salió a la calle. Aske lo vio pasar, dejó de prestar atención a la comida y miró con sus ojos bien abiertos a Yady. La mujer seguía de espaldas, removiendo las cebollas para evitar que estas se quemasen, las cocía poco a poco para que caramelizasen. Aske lanzó un ladrido. Cuando consiguió que la mirase, movió el rabo enérgicamente y dio un giro sobre sí misma. “Ves si quieres”. Antes de acabar la frase Aske corría tras Köle.

**********

Evren escribió la conclusión del informe: “No hay agua en el cuadrante 37.206101:32.573999”. La sentencia iba precedida de otra donde se especificaba en función de los datos recopilados por las pulgas, la probabilidad de encontrar agua. La conclusión debía ser binaria: “Si hay” o “No hay”, siendo la misma la mayor responsabilidad del agente rabdomante enviado a la sección, al cual sin embargo se le exigía adjuntar todos los datos en bruto para ser incluidos en la base de datos. Releyó la decisión tomada y presionó la tecla de “expedir”. Tanto el informe como los parámetros recogidos en el campo fueron remitidos a la Oficina. Se echó atrás, acomodándose sobre el respaldo de la silla. 
“Recibido” decía el monitor.
Le llegó el aroma dulzón de la cebolla caramelizada desde la cocina y cayó en la cuenta que apenas había comido en todo el día. La tripa se hizo saber. Más allá de su conciencia, el sistema digestivo se había activado, transmitiendo señales, puras sensaciones. Recorrió el pasillo guiada por el olor. Se detuvo junto al marco de la puerta.

Su anciana madre seguía de espaldas concentrada en el sofrito. Al verla, le vino a la cabeza la imagen de un cardo seco. Un cuerpo áspero y agreste, al mismo tiempo que delicadamente quebradizo. Espinoso y delicado, capaz de ser doblegado por un golpe de viento. Permaneció allí un rato, mirándola cocinar. De pequeña había pasado horas sentada en un taburete apreciando la espalda de su madre, mientras aguardaba la cena entretenida con su consola. La estampa difería poco de la de su memoria. La luz, los olores, esas cosas no habían cambiado, pero las sensaciones no eran las mismas. El tiempo confería a un escenario idéntico una perspectiva diferente.
Miró el cuenco de Aske. Quedaba comida. Dirigió una mirada a lo largo del pasillo que llevaba al patio. No vio nada, ningún movimiento. Se aclaró la garganta y entró en la cocina.

–¿Y Aske?
–Ah, ¿ya estás aquí? –preguntó Yady volviéndose momentáneamente–. Ha bajado a la playa con Köle hace un rato. Lo he mandado a buscar unas algas para la cena. Será muy inteligente, pero eficiente, recolectando algas, no mucho…
–Le falta práctica mama, eso es todo. Lleva su tiempo aprender donde crecen. En cuanto tenga más datos y experiencia ya verás como gana en eficacia.
–Si tu lo dices. ¿Me acercas un bote de tomate?
–¿Dónde los guardas, aquí?
La madre miró el armario que Evren estaba apunto de abrir.
–No, en el otro.
La estantería superior estaba atestada de tarros de cristal, muchos de ellos con tomate, triturado y preservado en aceite aromatizado con diferentes hierbas. Otros contenían pimientos rojos laminados, otros berenjenas, otros corazones de alcachofas y otros tipos de cardos, todos ellos debidamente etiquetados con su contenido y fecha de elaboración. Las mismas etiquetas y la misma letra meticulosa que su madre empleaba en esos casos desde que tenía memoria. La grafía algo trémula, pero la misma. Los mismos detalles al cerrar las letras, en sus uniones y en los números arábigos que los databan. Cogió uno y lo dejó sobre la cocina. Al alcance de su madre.
–¿Me lo abres?
Lo abrió y lo dejó en el mismo sitio. La anciana vertió su contenido en la olla. Su contenido se revolvió ante la intromisión de aquel nuevo elemento. Fue un quejido instantáneo. Algo breve. Un burbujeo que liberó un nuevo aroma, uno ligeramente ácido combinado con la intensidad del laurel. La esencia de un hogar. La madre siguió dando vueltas al contenido con el cucharón.

–¿Puedes salir fuera y decirle a Köle que traiga lo que tenga?





Memorias que no historia



"Una de las primeras obligaciones que cualquier ciudadano tenía que cumplir, era la de tapar cuidadosamente todas las ventanas de las fachadas. De esta manera, ningún destello de luz podía orientar a los aviones enemigos. Las ciudades quedaban completamente a oscuras, con los vigilantes nocturnos de la defensa antiaérea encargándose de que se cumplieran las normas. Cada casa tenía que preparar un refugio antiaéreo en el sótano, con catres para descansar, cajas y sacos de arena, extintores y algo de comer. Los ingleses bombardeaban las ciudades alemanas de día, mientras los americanos lo hacían de noche. Nos movíamos como autómatas, nos acostábamos con la mayor cantidad de ropa posible: camisas, pantalones, botas forradas, chaquetas, pañuelos y gorras. En el bolso guardábamos todos nuestros documentos y las pocas joyas que teníamos. La rutina se repetía día tras día. La alarma sonaba hasta dos veces por noche. Vivíamos como topos". Alicia era una adolescente, todavía no tenía catorce años, cuando estalló la Segunda Guerra Mundial, al acabar, era madre de una niña y aguardaba a su marido que había caído prisionero en el frente. De aquel período de su vida dice que apenas habla, como si aquel pasado hubiese quedado sepultado en la profundidad del refugio, atrapado en las ventanas tapiadas que evitaban que escapase la luz. Es común entre aquellos que han experimentado los miedos y terrores de la guerra que los recuerdos de esos tiempos se muevan como topos por la memoria, asomándose pocas veces al exterior, y cuando lo hacen, suele ser a través del mismo resquicio, repitiendo una y otra vez el mismo recuerdo.     

            En el colegio se nos explica, en una serie de lecciones escolares, las distintas guerras: sus causas políticas, las económicas, los agentes implicados y las batallas y hechos que decidieron la contienda, pero el pasado es mucho más vasto que la visión histórica de los libros de texto. Es un conjunto inmenso de hechos que pueden ser conservados sólo si desde el presente estamos dispuestos a adoptarlos, a insertarlos en nuestra propia memoria. Para que el pasado perdure, hay que hacerse cargo desde el presente de que esos vestigios no van a desaparecer, de que esa lección sí que la vamos a aprender; no sólo las explicaciones ad hoc de las causas de la guerra, sino los sentimientos, penurias y traumas que estas despiertan en el grueso de la población: los civiles. Pero pocas veces se escuchan las voces del pasado porque impera el olvido. Nadie quiere heredar el dolor, ni las incertidumbres, ni mucho menos las manos manchadas de sangre. Así la vida presente resulta más sencilla.
También para los que vivieron el pasado, pues los caminos de la memoria nunca son fáciles. No son pocos los psicólogos, psiquiatras y sociólogos modernos que usan la metáfora de “fantasmas” para referirse a los recuerdos traumáticos que quedan atrapados, tanto a nivel individual como a nivel social, por un pasado violento sin resolver. De lo que no se habla perdura como un espectro que no sólo afecta la psicosis individual sino que puede convertirse en un fenómeno social generalizado, creando confusión, tensión e incertidumbre en las comunidades. Escuchar, recordar es el primer paso, pero no suficiente. Los relatos individuales del pasado, al igual que las fotografías de guerra, son muestras crudas de los hechos que por si mismo no representan argumentos, hay que escuchar atentamente y pensar largamente sobre ello, en un acto ético, que permita exorcitar los fantasmas del pasado evitando que vuelvan a manifestarse.

            Antonia, como Alicia, era una niña de doce años cuando empezó la Guerra Civil española, sus voz pierde firmeza cuando habla de ello, como si el miedo intenso que experimentó entonces siguiese vigente. "Una de las hermanas de madre era monja, me explica, mi padre fue a buscarla al monasterio de Granollers y la trajo a casa. Cada vez que oíamos alboroto alrededor de casa sufríamos, enseguida pensábamos: a ver si la han cogido… En el pueblo mataron a dos curas, los del POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista). Al padre Eduardo y al otro…, ahora no me acuerdo como se llamaba, los tuvimos para doctrina, para poder hacer la comunión, era una persona de allí mismo, conocido por todos…" En este punto de la narración guarda silencio. Uno largo, la memoria va cerrando puertas para evitar que el dolor se exprese. El relato finaliza súbitamente: "Se hizo mucho daño. Se mató a mucha gente y a otros se les hizo sufrir sin necesidad alguna… ¡bah! una merda". Como en el caso de Alicia, la luz del rostro de Antonia mengua al hablar de esa época. Las palabras caen de los labios como hojas secas, recuerdos marchitos que se alejan de la boca con un rumbo resentido.
     
            Conversando con gente que ha sufrido estas experiencias, a veces se tiene la impresión que las palabras más que tender puentes, construyen profundidad. Este fue mi impresión cuando conocí a Elisa. La primera impresión es la de una mujer de mediana edad alegre y optimista, de sonrisa fácil, que gusta disfrutar de los pequeños placeres de la vida y reírse de las cosas, pero todo eso cambia cuando su memoria viaja a 1992. Entonces tenía dieciséis años y su pueblo, Rizvanovici, en Bosnia, fue bombardeado por la artillería de los chetniks (tropas paramilitares serbias). "Cuando las granadas dejaron de caer salí del refugio en el cual mi hermana había dado a luz. La mezquita estaba en ruinas, y a pocos pasos de nuestra casa vi unos niños, de tres y ocho años muertos. El pánico y la muerte estaba por todas partes. Los soldados llegaron y ocuparon el pueblo. Hablaban un serbio lleno de coloquialismos, casi incomprensible, y en sus uniformes llevaban como insignias unas águilas blancas (Las Águilas Blancas eran una de las tropas paramilitares ultranacionalistas que se autodenominaban chetniks, caracterizadas por el odio a la población bosnia, a los que denominaban turcos. Su principal reclamo era llevar a cabo una limpieza étnica en Bosnia para reconstruir una Gran Serbia pura). Nos prohibieron salir de casa. Los no serbios no podíamos andar por la calle. Tampoco comprar nada en las tiendas, teníamos que sobrevivir de las reservas que teníamos en casa. Los que se aventuraron a salir no volvieron nunca. Un día los soldados capturaron a todos los hombres del pueblo. Se los llevaron. A mi abuelo de setenta y ocho años le acusaron de matar a un serbio. Lo ejecutaron con un tiro en la cabeza enfrente de mis primos".

            A día de hoy sigue sin poder visualizar escenas de violencia por inverosímiles y ficticias que éstas sean explica. Es algo que no puedo controlar, especifica. La conversación liguera y distendida hasta el momento quedó reducida a un nervudo pintarrajo de carboncillo que se extendió entre nosotros hasta agotar el espacio. La eternidad ha seguido su camino, pero de alguna manera, ella seguía allí, en un pueblo violado. Hay cosas que no pueden olvidarse. La humanidad tampoco debería olvidar. Su amiga Mirsada, a la que conoció un año más tarde en un campo de refugiados en Suecia, confirma el pánico heredado: "Es como si el pasado, el presente y el futuro sangrasen juntos. Rescatar esos recuerdos es vivir por momentos en un estado de inexistencia, es como estar en ningún sitio y en todos los sitios al mismo tiempo. Las imágenes de esos días son las grandes penas y dolores que nos acompañarán siempre. Soy consciente de ello".

            Para muchas de estas mujeres, que entonces fueron niñas, el pasado muchas veces se les presenta escurridizo. Como si no tuvieran pasado, ni control por tanto sobre sus vidas. Los recuerdos son imágenes rápidas y huidizas. Los relatos que conforman su memoria no radican en la Historia, se pierden en otros mares de mareas y oleajes inciertos. Tienen su pasado, pero éste se revuelve silencioso en su interior. Nezira a los nueve años tuvo que abandonar Tuzla en compañía de sus padres, y tras una larga travesía por el corazón de Europa encontraron asilo en Suecia. "Los serbios quemaron nuestra casa", me explica. "Entonces no entendí porque lo hicieron ni lo que estaba sucediendo, sólo recuerdo la sensación de pérdida. De irme, dejando atrás todos mis juguetes y libros. No pude salvar nada. Más tarde supe que tampoco se salvó la abuela. Estaba dentro de la casa cuando la prendieron. En aquel momento pensé que ella estaría fuera, como nosotros, en otro lugar… con el tiempo comprendí que nunca salió de casa. A menudo sueño con ella. Con su idea, porque apenas recuerdo su aspecto, pero si recuerdo bien las llamas". 



Rabdomantes (cinco)




La casa le abrió la puerta al verla llegar. Dentro el aire era fresco, un espacio umbroso de luces tenues, con numerosas estructuras arquitectónicas que esparcían la luminosidad impidiendo la entrada directa del sol. Evren se desprendió del calzado, dejándolo donde cayó de sus pies. Allí había otros zapatos y sandalias de diferentes tamaños pisándose entre ellos. Aske había desaparecido por una de las dos oberturas que ofrecía el recibidor, la que llevaba al patio interior. 

–¿Hola? –preguntó siguiendo a Aske.

Llegó través de un pasillo blanco hasta otra puerta que al abrirse dio paso a una intensa luminosidad. En medio de aquel baño de luz vio la silueta negra de la perra moviéndose frenéticamente entre el algarrobo y el limonero, alrededor de una mujer mayor. Aske se detenía un instante ante la mujer hasta que esta daba una palmada, entonces la perra ladraba con su grave y fornida voz para volver a lanzarse a otra de sus exaltadas carreras. 
–¡Mama! ¿Qué haces aquí fuera con este calor? –preguntó sin dejar el umbral.
–Pimientos –se limitó a decir la mujer levantando una mano llena de guindillas verde amarillentas con un ligero brillo.
Con unos pasos cansados, Yady, se alejó del diminuto huerto hacia su hija. Aske la siguió trotando.
–Iba a preparar la cena –dijo antes de darle dos besos de bienvenida.
–No entiendo porqué sigues haciendo esto.
–¿El qué?
–Cocinar. No lo entiendo. Deberías dejar que Köle se encargase de estas cosas.
–Köle ya se encarga de muchas cosas.
Las dos mujeres entraron de nuevo en casa. Se dirigieron hacia el espacio que acogía la cocina.
–Köle puede ayudarte. Puedes dejar que cocine, sólo dile lo que quieres.
–¿Y a mi?
–¿A ti qué, mama?
–¿A mi, qué me queda a mi?

La mujer había dejado las guindillas sobre la mesa, mientras abría un cajón tras otro buscando algo. Sacó una pequeña olla y siguió indagando en otros compartimentos del mobiliario de la cocina. Abriendo y cerrando portezuelas.

–¿Mama, qué buscas?
–La tapa, hija, la tapa de la olla. A saber dónde la guardó Köle la última vez.
–Pregúntaselo. Por cierto, ¿dónde está? No lo he visto.
–Le he pedido que fuese a buscar unas verduras al Almudí. ¿Dónde la habrá dejado? –la mujer seguía explorando las alacenas.
–Quieres parar. Llámalo. Llámalo y pregúntale dónde está la tapa.
La mujer se detuvo, manteniendo una mano sujeta a una puerta abierta y dirigió su mirada a Evren.
–Quieres parar.
–¿Parar, el qué?
–Pues eso, de hacer lo que haces.
–Pero, ¿qué hago?
–Decirme todo el rato lo que tengo que hacer –volvió a rebuscar entre los objetos de la alacena.
–Es que no entiendo porqué te complicas la vida. Podrías llamar a Köle y …
–Köle, Köle, Köle. ¿No sabes decir otra cosa? Deja de mencionarlo todo el rato.
–Como quieras…, pero no te entiendo. Köle está para eso, para ayudar.
La madre volvió a suspender su búsqueda. Sus ojos empequeñecidos, hundidos en un mar de arrugas, contemplaron a Evren plantada en medio de la habitación.
–Hija, ¿por qué vas cada día a los páramos?
–¿A qué viene esta pregunta ahora?
–Dime, ¿por qué?
–Ya sabes porqué. Hay que buscar agua. Alguien tiene que hacerlo.
–Ya.
–¿Ya? ¿Qué insinuas con “ya”?
–Nada. No insinúo nada.
La mirada menguada de la madre retornó a los objetos almacenados en las estanterías. Evren negó con la cabeza.
–Ven Aske, vamos a ducharnos.

En el vapor de la ducha Evren creyó atisbar la silueta difusa de una ballena elevándose para inmediatamente colapsar. Entre el ruido constante del chorro de agua que masajeaba su espalda empezaron a colarse unos sonidos secos. Empezaron unos pocos, como oquedades que se filtraban en el oído, pero su frecuencia fue en aumento, hasta confundirse con el del agua. Cerró los ojos, pero el golpeteo no cesó. De nada sirvió que presionase sus oídos. No era externo. Los golpes venían de dentro. Y una vez más estaba allí el cuerpo inmenso del cetáceo suspendido entre vaho. El sol se colaba por la claraboya del techo y su luz se difuminaba entre la humedad en suspensión, el contorno del animal iba perdiendo nitidez e intensidad. El ruido cesó en cuanto apagó el grifo. Se sobresaltó cuando una gota condensada cayó a sus espaldas. Un sonido sordo como el que la había atosigado. Una segunda gota se desprendió de la alcachofa de la ducha. Cogió el mango de la misma y lo bajó, depositándolo en el suelo para evitar que otras gotas se precipitasen.

El lavabo seguía sumergido en una espesa nube de vapor, abrió la puerta para que se ventilase la habitación. Pasó el dorso del puño sobre el espejo y despejó un óvalo en el vapor condensado. El agua, el calor, habían alterado el color de sus mejillas. “Los gigantes no existen”, le dijo a su reflejo a medida que éste se enturbiaba de nuevo. “No existen”, insistió volviendo a esclarecer el espejo empañado. Volvió con nitidez su rostro con el pelo pegado a la cabeza. Lo contempló. En el labio inferior destacaba una mancha rojiza tirando a púrpura. Dobló con sus dedos delicadamente el labio para explorar su cara interna y descubrió una pequeña herida sangrante. Todo el interior estaba lleno de diminutas cicatrices. El reverso mostraba un mosaico de enrojecimientos sanguinolentos y porciones de piel despigmentadas por el reiterativo mordisqueo de la zona. El vaho volvió a borrar su imagen del espejo. 

–No existen.


Caminó desnuda hasta al dormitorio y se sentó en el borde de la cama. Aske, tumbada en el suelo, ni se inmutó. El hambre y la obligación de acabar el informe se debatían en su interior. Optó por dejarse caer de espaldas sobre la sábana inmaculada. Estaba perfumada. Permanecería así sólo el tiempo necesario hasta que estuviese seca, pensó cerrando los ojos. No vio nada. Los gigantes habían desaparecido. Abandonó la comodidad de la cama para tumbarse junto a Aske con la mano sobre su barriga, percibiendo el aletargado sube y baja de su respiración. No deseaba otra cosa que cerrar los ojos y no ver nada. Hallarse en un refugio vacío todavía no colonizado por sus sueños o los de otros. Con una conciencia yerma. Con una memoria que no hubiese sido nunca sembrada. 






El sueño de un zapatero




Aquella mañana tu abuelo despertó quejándose de la mala noche pasada. Tu madre, sentada en la cocina, relata la visión de las aves negras que tuvo tu abuelo aquella noche acunado por el peso de los párpados. Tres cuervos, recuerda bien el número que mencionó a tu abuela, le habían atosigado. Caminaba cuesta abajo por la calle adoquinada de su casa en Croacia, dirección al mar, con el trio de córvidos a sus espaldas. Sombras indefinidas que revoloteaban arriba y abajo, sin alejarse, cerca de sus hombros, al ritmo de sus lentos y cautelosos pasos por la pendiente. El mar estaba allí, ante sus ojos, aguardándole, azul, intenso, bajo la luz del sol mediterráneo, con la brisa salitre acariciándole las mejillas, pero no lo alcanzaba. La calle se dilataba estirándose bajo sus pies exhaustos. Los pájaros, sus sombras, le gritaban a la altura de la oreja. Primero a un lado, luego al otro. Cuando abrió los párpados estaba agotado y los oídos le pitaban, albergaba un enjambre de insectos en sus cavidades más internas.

Ella no prestó mucha atención a sus quejas, no era la primera, ni la segunda, eran muchos años de quejas, muchas las veces en las que los sueños perturbaban su descanso, pero aquella sería la última vez que lo escucharía. Aquella tarde, tras el almuerzo se tumbaría a descansar y no volvería a levantarse. Cuando la abuela lo descubrió, no supo que hacer. Fuera, en la calle, nadie se fiaba de nadie. Los croatas católicos buscaban a los serbios ortodoxos para, en el mejor de los casos, expulsarlos de la ciudad. Los bosnios allí eran una entidad difusa, ni amigos ni enemigos de nadie, una minoría despreciada e ignorada. Ella estaba sola, con el abuelo en la habitación, y allí lo dejó todo el día, hasta que llegó la noche y se deslizo en la cama junto a él. Allí todos vivían alucinados, descarnados, como embadurnados en cal, hablando y pensando sin carácter alguno, actuando como un sólo ente, un sólo hombre, con una voz inmunda. La voz de una muerte viva que caminaba por los Balcanes de la costa a las montañas.


A la mañana siguiente la abuela descubrió que el cuerpo de él seguía allí. Que no era una ilusión. Que era una realidad. Que de noche los cuervos se habían llevado lo que lo constituía, dejando allí sólo la vasija del cuerpo. Unas manos pesadas llenas de callos de zurcir zapatos viejos junto al paseo de la playa.   





Rabdomantes (cuatro)





Al aproximarse a la zona urbana lo primero que se divisaba eran los altos brazos  mecánicos de las perforadoras. Como alfileres metálicos se hendían en la superficie hasta hacer brotar el agua. Sobre ellas volaban congregaciones caóticas y ruidosas de pájaros, bandadas de diferentes especies que se graznaban y picoteaban las unas a las otras, mientras aguardaban la emergencia del fluido. Evren mandó bajar la ventanilla del vehículo, le gustaba escuchar el bullicio de las aves concentradas a las afueras de la urbe. Junto a las enormes máquinas, a una distancia prudencial de las brocas, corrían jaurías de perros y otros animales salvajes llegados desde los llanos. Se movían en círculos, se asociaban algunos de ellos para protegerse de otros, todos atraídos por la ansiada humedad. Algunas especies habían aprendido a sobrevivir en el páramo siguiendo a las perforadoras. Allí donde se desplazaba uno de los aparatos automatizados, le iba detrás una horda de animales. Viendo aquel tumulto de animales, Evren, pensaba que sus prospecciones eran en parte aprovechadas por las bestias esquivas de la zona.

Poco antes de alcanzar la vía principal que fluía hacia el interior de la ciudad, el vehículo se desvió por una pequeña carretera, que lejos de la linealidad que atravesaba la yerma planicie, bajaba sinuosa hacia la costa. A los pocos minutos el mundo ocre se precipitaba sobre una lámina de azul intenso, y allí donde ambos confluían se levantaba un pequeño conjunto de construcciones blancas. Aske, hasta entonces adormecida, se enderezó. La brisa que entraba a través de la ventanilla le traía el aroma del mar, el del hogar. Apoyó su hocico sobre el hombro de Evren para saborear mejor el viento. Colgaba su rosada lengua a pocos centímetros de la cara de ella, arrojándole su cálido aliento. Evren rascó su coronilla, le despojó de una espiga que encontró enredada entre su pelaje y luego frotó sus dedos delicadamente bajo una de sus orejas caídas. Aske respondió a eso acercando su rostro aún más, buscando restregarse en el de Evren, hasta que esta lo apartó y dio por acabadas las caricias.

Allí no habían perforadoras a la vista, ni grandes construcciones, el poblado consistía en un conglomerado reducido de edificaciones. Casas geométricas blancas, de una o dos plantas, que parecían encajar unas en las otras como piezas de un gran juego sobre la pendiente que acababa tragada por el mar, un lienzo de azul intenso que se fusionaba con el de la bóveda celeste. El mar echaba espuma al colisionar al pie de las casas y centelleaba. Agachándose sobre el asiento y girando la cabeza Evren imaginó que el mar era el cielo y que el cielo brillante era el mar. No entendía como habiendo crecido allí, con unos ojos alimentados por el mar y la sal permanentemente sobre los labios, siempre había sentido el impulso de adentrarse en los llanos, renunciando al azul. El agua había colmado su visión desde que tenía memoria y sin embargo iba cada día allí donde esta parecía una entelequia. Su vida la conformaban dos vastos desiertos: uno azul y otro marrón. No había nada entre ambos. 

Al pasar junto a un pequeño acantilado se levantaron de golpe miles de gaviotas con gritos penetrantes. Aske ladró a la pequeña nube gris-plateada que subía, bajaba, se desplazaba y se formaba sobre sus cabezas con estrépito. Con la cabeza totalmente fuera del vehículo respondió la perra a la ruidosa nube demencial e indignada. El nuevo y ruidoso cielo de aleteos y plumones las siguió un rato por la carretera hasta que estuvieron suficientemente lejos de los nidos. El cielo volvió a ser azul y el grito de las aves fue callándose poco a poco. Ya casi habían llegado a casa.

Aske corría por delante de Evren entre los estrechos espacios que existían entre unos edificios y otros. Sobre las callejas se extendía un mar de telas extendidas de banda a banda, protegiendo del sol un suelo cubierto de cañas, sujetas entre ellas por cuerdas. A pesar de los ángulos rectos de las construcciones, las calles se retorcían como entrañas sobre si mismas, las casas estaban ensamblandas entre ellas para optimizar la relación sol y sombra, con espacios y estrecheces. Existían numerosas pendientes, algunas salvadas con escalones. Era un mundo pequeño, un núcleo de poco más de una cincuentena de casas, con sus callejones de luz y sombra, por los que bajaba Aske siempre acelerada. Pendiente abajo, hacia el mar, allí, donde rompían las olas, en primera línea, estaba su hogar. Se dejaba llevar, con su carrera ladeada y un enérgico movimiento de cola. Había días en los que le gustaba ir más allá de su casa, seguir hasta donde una rampa descendía hasta la pequeña cala y chapotear en la orilla. Se dejaba zarandear por alguna ola para finalmente tenderse junto a la puerta, en una porción de sol, a secarse. Aquel día no llegó a la playa, Evren vio desde atrás como Aske reducía su desenfrenada carrera. Dejó de batir la cola y agachó la cabeza. Evren sabía lo que aquello significaba. La perra pasó de puntillas, encogida, acongojada, ante una forma blanca que permanecía inmóvil en la penumbra. 


Unos ojos negros bordeados de hollín observaron acercarse a Evren. La brisa marina arrojaba algunos mechones de pelo contra su cara. Deshaciéndose de ellos con la mano pasó ante la figura silente sin decir nada. Acelerando el paso. Tomó conciencia de la actividad del corazón bajo su pecho. Golpeaba con más fuerza. Iba en incremento. ¿Por qué está siempre ahí? Nadie sabía mucho de aquella persona que pasaba largas horas sentada frente a su casa. Las mañanas las pasaba en un callejón y las tardes en otro, allí donde el desplazamiento del disco solar proyectaba sombras. Desde ese punto apenas podía ver nada, las fachadas blancas que constituían el callejón y al final del mismo una porción de mar con sus crestas blancas al romperse con lo que debía ser una roca sumergida. A veces se le podía ver, una vez caída la tarde, acercarse hasta la cala y pasear por la arena envuelta en el manto blanco de la cabeza a los pies. Era una prenda sencilla, carente de cosidos, una sola pieza que cerraba delante de la cara por medio de dos broches plateados, entre cuyos pliegues sólo se dejaban ver los dos ojos. Una sombra blanca que tras dejar sus huellas en la playa desaparecía hasta volver al día siguiente a ocupar su lugar en el callejón. Había algo en ella que inquietaba a Evren. Tenía que ser la mirada, sólo podía ser eso, el resto del cuerpo, invisible, se escondía en la mirada. Pero sus ojos tenían una luz, un mirar especial que no había visto en ninguna otra persona. Una luz oscura pero transparente. Parecían condensar toda la luz del mar, el cielo y el desierto juntos. Unos ojos de una belleza y una intensidad que se atrevían a repeler el sol y sus reflejos. Era una mirada que no soñaba con llegar a ser, porque ya era. Era serena. Plácida.






Rabdomantes (tres)



Llamó a Aske para que volviese. La subió a la parte de atrás del coche y volvieron a la carretera. Tenían camino por delante hasta llegar al punto de prospección designado aquel día. Evren observaba como el globo del sol ganaba altura, sabía que no era así, que el astro en realidad no se alzaba sobre el horizonte, sino que era más bien ella, el horizonte, la tierra entera, que girando en la vacuidad del espacio, se inclinaba lentamente como un navío zozobrante. Aún así, los ojos, la experiencia, la invitaba a describir la realidad con ese lenguaje aunque el conocimiento le advirtiese de que su percepción no era correcta. No podía dejar de verbalizar en sus pensamientos que era el sol el que ascendía y que con ello también lo hacía la temperatura. Evren quería evitar estar allí en el punto álgido. Esperaba acabar el trabajo de campo antes de que eso sucediese y volver a casa a completar el informe. La vegetación reseca era una constante, había momentos en los que uno podría pensar que estaba detenido. Que no avanzaba. Evren desconectaba, miraba sin ver por la ventanilla mientras sus pensamientos volvían esporádicamente a la escena experimentada en su última desrealización. No recordaba haber escuchado ninguna voz interna, como si la conciencia que compartía aquella visión careciese de lenguaje o de pensamiento basado en el lenguaje. Tampoco había pensamientos musicales. No había oído nada más allá de los sonidos externos, el temblor del suelo y la caída de los cuerpos. El interior había sido un silencio absoluto, cuando por regla general las mentes conectadas solían estar llenas de ruido. Ella misma se sabía llena de ruido. Incapaz de silenciarla, su cabeza era un avispero. Debía ser un sueño, pensó, me habré colado en el sueño de alguien. 

Vio de repente una hembra de gamo, con grandes e inocentes ojos, que estaba parada junto a una vieja señal de tráfico oxidada donde se se mostraba un gamo macho saltando. El animal permaneció inmóvil observando el vehículo deslizarse por la carretera. Al instante Evren mandó al coche que frenase. Pocos metros separaban el vehículo de la hembra que seguía inmóvil, con la cabeza vuelta hacia aquel objeto que acababa de atravesar su campo de visión y ahora se había detenido. Evren miró a través del retrovisor si el animal seguía allí. Cuidadosamente se giró, poniéndose de rodillas sobre el asiento. Quería contemplar con calma a esa criatura. Casi nunca se dejaban ver tan dentro de los llanos. La hembra estaba delgada, su pelaje pardo-rojizo tirando a ocre con numerosas motas blancas en el torso, parecía un traje holgado mal dispuesto sobre su esqueleto, con pliegues del manto de pelo colgando por todas partes.

Aske, se había incorporado y miraba en la misma dirección que su compañera de trabajo. En medio de la nada se observaban los tres sujetos, todos ellos sorprendidos por la presencia del otro. Se interrogan entre ellos trasasándose con las miradas. En las enormes pupilas del gamo Evren descubría la naturaleza arisca de esas tierras. Eran unos ojos cándidos, cordiales, enmarcados por unas largas pestañas. Su color era el del suelo. Los expertos seguían sin explicarse como habían conseguido sobrevivir a las severas condiciones de la zona. En otros tiempos abundantes, sus manadas habían desaparecido, sólo se veían individuos sueltos de vez en cuando deambulando por el polvorosos paisaje. Se tenían observaciones de animales mordisqueando el tallo de las graminias de las cuales parecían extraer algún nutriente, pero nadie sabía de donde obtenían el agua suficiente para vivir.

Pasados unos segundos el animal huyó, acelerando el paso entre la vegetación moribunda hasta hacerse pequeño. Con la distancia sus colores fueron fundiéndose con los de la tierra hasta volverse invisible. La naturaleza siempre evadía al humano. Rehuía y evitaba su contacto. ¿Qué explicarán mis ojos? se preguntó Evren cuando dejó de ver al gamo. Volvió a sentarse correctamente y ordenó seguir. Aske permaneció sentada de espaldas viendo como la antigua señal del gamo saltando se precipitaba hacia el punto de fuga. La tierra seguía hundiéndose en su giro y el sol, a cada minuto que pasaba, quedaba más por encima de sus cabezas.

“Las pulgas” llevaban un rato explorando el terreno. De vez en cuando Evren veía un pequeño destello metálico elevarse sobre las matas secas para volver a caer un poco más allá. Tomaban parámetros del suelo y cuando no encontraban lo que buscaban saltaban de aquí para allá, dibujando sobre el monitor de Evren que seguía sus movimientos una línea recta que sube, un giro repentino a la derecha corto, vuelta a la izquierda, un poco más a la izquierda, un ángulo recto que se aleja en dirección opuesta, moviéndose arriba y abajo sobre el dibujo bidimensional que Evren tenía de sus desplazamientos. Danzaban las pulgas unas alrededor de la otra, en comunicación constante entre ellas, tejiendo entre todas una interminable figura sobre las arenas que parecían carecer de sentido alguno. Se alejaban por momentos para luego frenarse y volver sobre sus pasos. Sus trayectorias se entrecruzaban continuamente, sin embargo lo que empezaba pareciendo un movimiento al azar acababa descubriendo como una distribución estable que cubría eficazmente el terreno asignado. Habían sido programados para simular la estrategia pseudoaleatoria que practicaban los animales cuando buscaban alimento, esa mezcla de movimiento browniano con patrones propios de los vuelos de Lévy. Esas caminatas aleatorias aparecían por todas partes, desde la difusión a un nivel microscópico cuando se observaba cómo una proteína encontraba un sitio funcional dentro de la célula, hasta el uso del espacio por los animales, e incluso en la patente incertidumbre de la evolución de los precios en los mercados bursátiles o las opiniones de la gente en una conversación. Evren viendo aquel ajetreo errático no podía dejar de pensar en sus propia actividad. No le costaba imaginarse como un depredador hambriento y agotado, como la hembra de gamo que poco antes se había cruzado con ella, deambulando por la vida, conectando con la mente de otros de manera azarosa esperando encontrar algo. No sabía muy bien el qué. Quizás en realidad tan siquiera quisiera descubrir ese algo que desconocía. Pero veía en la danza dibujada de sus pulgas un reflejo de su vida. Una caminata sin rumbo que daba vueltas sobre si misma.

Era el mismo movimiento que Aske efectuaba cuando buscaba un rastro. Iba de un lado para otro, pero a diferencia de ella, la perra, una vez localizaba un indicio de algo, tiraba del mismo. Seguía su olfato persiguiendo una esencia hasta donde esta la llevase. Evren nunca había actuado así. Nunca había dado el paso de profundizar en nada. No se había aventurado por nuevos senderos. Vibraba siempre alrededor del mismo, lo dejaba brevemente para volver al mismo, desbordarlo por otro lado y acabar de nuevo en su senda. Ese era su territorio. No osaba alejarse del mismo. 

Miró a Aske tumbada bajo el vehículo. El paisaje carecía de sombras, Evren buscó la suya, pero la verticalidad del sol había casi borrado temporalmente su silueta del suelo. Soledad absoluta. No podía disfrutar ni de la compañía de su propia sombra. ¿Dónde se habría refugiado el gamo para evitar el embate del sol a esas horas? Se sentó junto al coche, a la poca umbría que este ofrecía mientras las pulgas seguían haciendo su trabajo. Saboreó con la yema de los dedos el polvo del suelo. Era de textura fina, una tierra limosa constituida de partículas compuestas de fragmentos diminutos de roca y minerales de arcilla. Era el mismo suelo en casi todas partes de ese vasto páramo. Le hubiese sorprendido percibir algo diferente entre sus dedos.  



Rabdomantes (dos)



La tierra despedía vapor. Los campos habían quedado borrados. Velados tras nubes de vaho ancladas a la superficie. Serpenteaban, tiradas por gigantes perezosos e invisibles. Se intuía su presencia. Estaban allí. Tenían que estar allí. Las fuerzas eran patentes. En ocasiones la imagen temblaba. Todo se estremecía. Le seguía unos segundos de vibración, como si el paisaje entero tiritase, hasta que la oscilación se apagaba lentamente. Algo acunaba el horizonte. Lo devolvía al punto de equilibrio restituyendo las fuerzas que habían actuado sobre el mismo. Todo era almagre. El firmamento oxidado sudaba pardo. El cielo se había vuelto arcilloso, de un barro seco con fisuras que parecía poder desconcharse en cualquier momento. 
Ahí, ahí estaban. Esta vez, Evren vio a uno de ellos. Un gigantesco cuerpo cilíndrico, hinchado y aceitoso surgió arqueado de entre la bruma. Era un enorme ballenato alzándose entre los campos, para desaparecer en una estruendosa caída sobre el océano de cardos. Todo volvió a estremecerse. El paisaje parpadeó. Una. Dos. Tres. Cuatro. Hasta cinco veces la imagen desapareció a sus ojos a pesar de que sus pupilas estaban abiertas. En ningún momento la membrana cayó sobre la media luna de sus ojos, fue el mismo paisaje el que se borró para volver inmediatamente a constituirse.
Aquella aparición fue tan inesperada que apenas tuvo tiempo de sorprenderse. Su conciencia seguía sin reaccionar. Le empezaba a llegar todo tipo de información confusa. Los espacios sinápticos eran torrentes turbulentos de neurotransimisores, cargas eléctricas que activaban y desactivaban una compleja red ramificada de neuronas, llevando consigo imágenes, palabras y sonidos. Un mar denso y electrificado que desbordaba la corteza visual. Los ojos de Evren se habían invertido, se habían volcado hacía dentro, mirando lo que se proyectaba sobre la corteza visual. Habían dejado de ver el mundo exterior, nada entraba en su cerebro. A sus ojos, sólo les interesaba la reconstrucción que hacía su interior. 
Fuera no había nada. 
Dentro lo estaba todo.
La bóveda celeste oxidada se abría, se rajaba como un terreno yermo y de entre sus fisuras desbordaban pequeñas criaturas que se precipitaban al vacío. Se desprendían del hueco y caían. Caían por la vertical al encuentro del horizonte. Los cuerpos aceleraban su trayectoria a medida que se desplomaban. Eran humanos, ahora los veía mejor. Cientos. Miles. Cientos de miles, todos ellos viniéndose abajo. Despeñándose desde los barrancos del cielo, cayendo a plomo hasta romperse contra el suelo. Los impactos eran sordos. Sonidos opacos, como gotas de fango. Los oídos de Evren se llenaron del ruido que escapaba de bajo sus botas cuando estas quebraban las conchas secas de caracoles en el campo. Los cuerpos se destrozaban al ver frenada su caída. Cada vez eran más los que se precipitaban desde un firmamento más fracturado. Golpeaban unos cuerpos con otros. Se apilaban los cuerpos blandos unos sobre los otros. Desencajados. Desarticulados. Elementos rotos. Amontonados, levantando una pira inmensa ante los ardientes ojos de Evren. La pupila febril titiritaba, la cornea rebullía inquieta. El ardor se volvió doloroso, extendiéndose desde la parte posterior del cráneo hasta el rostro. La incandescencia de las cuencas oculares parecían emitir luz propia. Tanta que al final lo cegaron todo.

El silencio llegó de la mano de la monotonía. Los grillos seguían frotando los bordes de las alas anteriores entre sí, su sonido era un colchón de calma. Un espacio de serenidad. Allá, en el horizonte podía ver la cola de su perra atizando las espigas secas. El sol había ascendido algo más, brillaba solitario en un cielo despoblado de un azul sedoso monocromo. El panel le informaba de que las baterías estaban recargadas. Desenganchó el cordón neuronal del mismo. Andaba confusa, aturdida como siempre tras una sesión de desrealización. Se sentía mareada, con una profunda sensación de desprotección, ya que por un momento era incapaz de pensar en nada más que lo que había experimentando. La realidad, el sol, el llano, el canto de los ortópteros, todo parecía ser experimentado desde fuera, como si no fuese con ella. La visión seguía titiritando, como si el mundo estuviese constituido de fotogramas, le parecía oír más de la cuenta, con mayor agudeza, el raspado de los grillos no era una masa homogénea, como de costumbre, sino que cada uno tenía su timbre y tono, constituyendo una orquesta compleja. Hasta el cuerpo parecía débil. Mareado. La brecha abierta entre su mundo interior y el exterior requería unos minutos hasta quedar sólidamente sellada. Una vez cerrada, el proceso disociativo acababa y pocas veces Evren daba mucha importancia a lo acontecido durante la conexión.

En casi todas las ocasiones, las conexiones le habían llevado a experimentar circunstancias rutinarias. La mayoría de los usuarios ejercían como “donantes” mientras desarrollaban su vida normal, bien en el trabajo o en el hogar. Ella misma, Evren, se había conectado como donante, alguna que otra vez, mientras llevaba acabo sus prospecciones por los llanos. Tenía dos seguidores que aseguraban que les relajaba pasear, como “receptores” de esa donación, por esos espacios vacíos, pudiendo así evadir la abrumadora densidad de la ciudad que habitaban. 

Así pues, mientras aguarda a que el automóvil cargaba su batería, Evre había desayunado junto al marido de otra mujer en un bloque de la ciudad. En lugar de dar vueltas al cubo fotovoltaico, daba vueltas a una cucharilla en un tazón de leche caliente mientras el hombre hacía lo mismo, intercambiaban alguna mirada o comentaban los titulares del día que llegaban a sus dispositivos. Hablaba y escuchaba en una lengua que no entendía. Sus pensamientos vagueaban en unos fonemas que nunca antes había escuchado y que nunca podría pronunciar, los sonidos se disolvían en imágenes que nunca acababan de conformarse. Media palabra, media imagen eran suficiente a la propietaria de esos pensamientos para traer a su conciencia lo que buscaba. Las reflexiones, la memoria se mostraba como un complejo y multifacético caleidoscopio en continua rotación, mientras observaba al marido dando largos sorbos a su taza.  

Un mañana llevó de las manos a los hijos de una madre hasta la escuela. Sintió el tirar de unas manos pequeñas sobre las suyas y como sus músculos se agarrotaban para evitar que uno de ellos se escurriese al ver la puerta del colegio. La piel de los niños era suave, extremadamente suave y perfumada. El mayor de ellos no paraba de cruzarse con sus piernas, en más de una ocasión la hizo tropezar y tuvo que reconducirlo a su posición. Desde la altura, desde el plano picado de la visión de la madre, el pequeño aún lo parecía más. Más indefenso. Más reducible. Resultaba fácil ejercer la autoridad desde aquella perspectiva. 

A veces se había visto de pie, manteniendo el equilibrio en un vagón repleto de gente, todos ellos de camino al trabajo. Unos sentados, otros de pie, apoyados contra las puertas o sujetos a las barandillas, todos conectados a sus respectivos dispositivos. Incluso ella, o él, el cuerpo a través del cual Evren experimentaba aquel rutinario viaje matutino. Sacudido su cuerpo por el ligero traqueteo del transporte público, sus ojos se concentraban en la lectura de la crónica del último evento deportivo de la noche anterior, mientras el leve roce con una mujer, que se sostenía a su lado, se traducía en una transmisión dulce y placentera bajo su dermis a lo largo de su cuerpo.

Un día pasó un buen rato con el cerebro impregnado por un mar de efluvios y esencias desconocidas. Los sonidos que embutían aquella mente no los había escuchado nunca, no conocía otros idiomas más allá del turco, el kurdo y el inglés, pero aquellos ruidos diferían mucho de cualquier otro idioma que hubiese escuchado antes. Las imágenes también eran diferentes. Vaporosas, parecían perfumadas, de colores virados que se transformaban continuamente, quedaban suspendidas unas sobre las otras, superponiéndose, sumando un color, una imagen, un olor, sobre otro, para reconstruir un todo poliédrico confuso. No fue hasta acabada la sesión, que Evren descifró que había estado encerrada en la mente de un perro. Que lo que había sentido le llegaban a través del olfato de un perro paseando por la calle, al que su dueño le había instalado un cordón neuronal. Evren pensó que tendría que hacer lo mismo con Aske, su perra. No para exponerla en la red como donante a los miles de usuarios desconocidos, sino para conectarse a ella. Para entenderla mejor, para sentir directamente a través de ella esas búsquedas aparentemente tan apasionadas que llevaba a cabo por el páramo, porque ella, mediante sus ojos no conseguía discernir que había de interesante en aquellas áridas tierras.

Evren siempre había buscado experiencias sencillas, nada extraordinarias, pequeños momentos de evasión para sentir como llevaban otros la carga de la vida. Y como Evren, millones de usuarios en el mundo hacían lo mismo. A ratos ejercían como “donantes” cediendo su experiencia cognitiva al mundo, a ratos como “receptores” apropiándose de lo vivido por los donantes. La intimidad había muerto. Incluso la de los espacios más recónditos, los pensamientos conscientes e inconscientes, los sentimientos de todo tipo corrían por lo que la gente creía que era ese mundo intangible de pura liviandad e infinito que denominaban la Red. Solo que sus pensamientos, sus experiencias, sus acciones, sus comentarios, sus sentimientos, no flotaban, en realidad eran inmensos textos de código binario, secuencias interminables de unos y ceros grabados en unidades de almacenamiento gestionadas por un sistema y alojadas en ordenadores que llevaban a cabo 18,743 transacciones por segundo, intercambiando miles de millones de gigabytes, consumiendo más del 6% de la energía mundial y emitiendo grandes cantidades de gases nocivos a la atmósfera. La Red no era una blanca y sedosa nube sino un sucio país pequeño. Un país caldera que devoraba recursos. Sus vidas, sus conciencias era el último de los recursos en sumarse a todo lo que esa maquinaria gestionaba. Todo lo donado, todos los datos personales e íntimos estaban alojados en las máquinas de unas empresas desconocidas gestionadas por extraños en un país donde no había ley alguna. 

Evren desconocía esa realidad. Tampoco le importaba. Casi nadie pensaba en ello. Se ignoraba. El pudor, la idea de individuo como ser libre y autónomo, responsable de su destino, estaba desapareciendo. La privacidad e intimidad habían caído de la escala de valores. La gente no tenía suficiente con pensarse a sí mismo, sino que necesitaban que otros los pensasen, que otros los sintiesen y al mismo tiempo ellos pensar y sentir en y a través de otros. Las emociones, las necesidades, los sentimientos requerían de algo más que los propios recuerdos, experiencias, deseos y sueños. ¿Por qué limitarse a la vida de uno mismo cuando se podía acceder a la vida de todo el mundo? Allí fuera existía un universo mucho más amplio y rico que el diminuto mundo individual. Eran muchos los que querían gozar de esa experiencia, enriquecer su dimensión humana más allá de la suya. Más allá de su materialidad corporal e imaginativa. Renunciaban a su singularidad voluntariamente buscando una unidad imposible. La gente se había vuelto transparente pero en el anonimato. Eran anónimos translúcidos, que sus conocidos no veían, pero que los desconocidos podían penetrar y atravesar sin problemas. Evren era una de ellas. Un pozo de incertidumbres, incluso para sí misma, exhibida a un mundo externo de desconocidos.

Evren se deslizó fuera del vehículo. Se apoyó al mismo. Estaba mareada, una ligera sensación de vértigo seguía instalada en su cuerpo. Los efectos de la desrealización persistían en su cuerpo. Buscó a Aske en el horizonte. El movimiento de la vegetación delató su posición, allí estaba su rabo. Enseguida emergió su cabeza, buscándola a ella con sus ojos brillantes. Su pelaje estaba lleno de espigas y espinas de cadillo. Evren pensó que aquella tarde tendría que lavarla y revisar que ninguna de las espigas se hubiesen clavado entre las almohadillas de sus pies. Hace un par de años una espiga se introdujo dentro de la piel y le causó una dolorosa tumefacción roja que no supo ver. Para cuando la detectó, la infección se había extendido, una serie de enormes granulomas evolucionaron a lo largo de su pata para intentar aislar aquella sustancia extraña afectando al funcionamiento de la misma. No pudo volver a apoyar bien el pie sobre el suelo. A pesar de su cojera crónica seguía disfrutando de la libertad que los yermos campos le brindaban cada día. Evren estaba convencida de la felicidad de Aske constituyendo parte de la brigada de rabdomantes.