Cu4tro



          Son cu4tro las paredes
              [una
                    do2
                 tr3s
                    cu4tro]
          Cu4tro las que me retienen
          Del tiempo han hecho aceite
          Otean dos de ellas el horizonte
          Una se abre,
          la otra contiene
          Me hacen compañía
          Duermo,
                       como,
                  sueño en ellas
          Soy su mirada

unos vecinos entran en el portal, fuera queda la anciana, la vecina demente, la única que habla en un vecindario de mudos que practican la sordera y aspiran a ser ciegos. Permanece un rato sentada en su chandal de colores, en una de las mesas del jardín, sus posaderas, huesudas y erosionadas, son las únicas que doblan las maderas de ese banco en cuanto llega la primavera. Chaqueta de plumones fucsia, manoplas y gorro anclado en las cejas. La Tierra ha superado el ecuador del mes de abril en su trayectoria alrededor del sol pero aquí sigue haciendo frío. Ayer nevó. Fui testigo del desgranamiento del cielo desde mis cu4tro paredes. Antes de ayer también lo hizo. Las ventanas proyectaron la luz cribada por los nimbos en la habitación. En algún lugar algo arde y aquí caen sus cenizas columpiándose de lado a lado. La vecina abandona el banco en el jardín y renqueando alcanza su portal. Aparece tras ella una liebre de orejas blancas. Da cinco pasos y se detiene, con la cabeza gacha y las ojeas pegadas a la espalda, restriega el hocico contra la hierba que se lleva a la boca. Cuatro pasos más y vuelve a detenerse. Sus incisivos siegan el verde mar, sus mejillas se agitan velozmente hasta que sale corriendo. Otro vecino, uno de los sordos y mudos, sale cargando una bolsa de basura, la arroja en el contenedor de reciclaje que le corresponde y desaparece, como la liebre, calle abajo. Es de los que se esconden tras la puerta, resguardado tras sus cu4tro paredes, paredes como las mías, de madera que cruje. Un día, al entrar en el portal, oí que su puerta se abría para inmediatamente cerrarse, subí por las escaleras y no me crucé con nadie, seguí subiendo hasta mi puerta, la que da acceso a mis cu4tro paredes, pero en lugar de entrar en ellas, abrí y cerré de un portazo permaneciendo en el rellano de las escaleras. No pasaron ni diez segundos que su puerta volvió a abrirse, salió y bajó las escaleras hasta perderse en el exterior.

Aquí todos hablamos y escuchamos a nuestras paredes, son una extensión de nuestros sentidos. Sus quejidos y sonidos nos alertan, nos avisan de la presencia de los otros, de sus actividades y evitan los encuentros inesperados. No soy su prisionero sino su huésped, quien anda descalzo sobre su entarimado de madera de tablas paralelas. Las conozco todas ellas, por las formas de los anillos de los árboles que fueron, por su aspereza o suavidad, por las cicatrices del arrastrar de muebles y por el sonido inconfundible de cada una de ellas a mis pies. El edifico entero habla para que los que lo habitamos callemos. Nos auscultamos los unos a los otros. Cada puerta suena distinta, cada vecino tiene un trato distinto con ellas; los hay que las atormentan de un golpe, los que las acompañan suavemente en su recorrido, los que salen y entran con vitalidad, los que se encierran o se asoman sigilosamente, con timidez escurriéndose escalas abajo. Los que suben los peldaños de dos en dos, los que pisan con fuerza, los que bajan de puntillas, los que arrastran los pies, los que saltan escalones en su descenso, los que se detienen a media subida a deshacerse el lazo de los zapatos, los que se desprenden de ellos antes de alcanzar su puerta, los que los arrojan contra la pared justo cruzar el umbral de casa, los que los dejan caer como pájaros muertos sobre el entablado o los que los confinan delicada y ordenadamente sobre sus zapateros en un sonido sordo casi imperceptible. No nos hablamos pero nos escuchamos, en la noche y el día. Sabemos cuando hay invitados: oímos voces nuevas, no familiares. Nuevos timbres. Cuando se bebe, pues el alcohol erradica las voces susurradas y pare risas, o cuando se bebe en exceso y aborta la alegría por los gritos que preceden a los llantos. Lagrimean y suspiran las paredes por las noches, rezuma a través de sus entablados empapelados la vida que pretendemos velar.      

          Son cu4tro las paredes
                   [una
                        dos 
                            tres
                     cu4tro]
         Cu4tro las que me retienen
         Las que me protegen
         Del tiempo han hecho aceite
         Del tiempo guardan polvo
         Soy parte del polvo
         Un simbionte más del organismo que conforma el edificio
         Uno destilado por su arquitectura






Cabellos alborotados




     Es un peine que doma un cabello rebelde
     No hay destino en ello,
     sólo biología y leyes.
     Como lo hicieron antes,
     las cosas ocurren,
     sin oráculo
     sin  profecia
     sin cábala
     ocurrirán mañana
     como lo han hecho hasta ahora;
     con el mismo principio
     con el mismo final
     Siempre la misma vieja memoria
     extendiéndose en el tiempo
     El pájaro surcando círculos
     las ondas de la trucha
     donde el lago se rompe,
     se abre para cerrarse

           Sin sombra
           la realidad carece de sombra
           la memoria carece de forma
           Sin forma

     Toda revolución acaba convertida en peine
     Todos los muertos tienen el mismo final
     Comida para el tiempo
     para el podenco tuerto
     tierra sobre tierra que se traga la tierra
     Corren en la misma dirección
     para llegar a ninguna parte

     La transgresión agotada
     da dentelladas al aire
     traga polvo en su sueño
     que es sabor a muerte por la mañana
     Se enjuaga en el lago
     donde salta la trucha
     donde aguarda siempre la misma muchacha
     de ojos níveos cortados a tijeretazos
     mirada de incontables dimensiones
     que sigue viéndote
     evocándote
     mientras los crímenes se repiten
     en un Universo plano no excavable

     La memoria socava la vida
     la sumerge en un estado somnoliento
     de lento inconsciente
     Su mirada bordada
     refleja mundos distantes
     bajo otro sol
     de otra galaxia
     de silencios que acechan
     de los que nos echan sobre los hombros los muertos
     desde una eternidad caduca
     que se pliega sobre si misma
     donde todo queda solo
     entre cabellos alborotados,
     enmarañados que ondean al viento
     en una tormenta de harina
     por la que pasean furtivamente
     un muerto tras otro
     hasta esa madre de madres
     que acicala dulcemente sobre sus rodillas
     la vida que quiere ser vivida





Cuestiones



Hoy es una de esas tardes en las que el pavimento de las calles se extiende hasta el cielo, abril avanza y la primavera retrocede temerosa. Me he acostumbrado a mis paseos diarios, una acción que articula el espacio y define el tiempo, intensificando mi percepción de las cosas. Me considero un espectador silencioso tras unos pasos siempre dubitativos. Paso parte del día observando cómo la gente interactúa, compite, trabaja o descansa, así como los objetos de creación humana que salpican la ciudad: esculturas, edificios, fuentes, mobiliario urbano, pinturas, carteles, etc… hay tantas cosas que consiguen captar mi atención, que a veces requiero aislarme, encerrarme en la música del reproductor mp3 y centrar mi atención en los pasos de mis pies sobre las aceras.

Cuando no puedo observar la realidad externa, entonces me veo atraído por los mundos virtuales de la ficción que libros, vídeos y música nos ofrecen. Es sorprendente como de la curiosidad por lo real o ficticio, los humanos han sido capaces de ir bordando a lo largo de su historia tanto las actividades artísticas como las científicas, ambas sustentadas en la inusitada curiosidad y nuestra obsesión por observar. Las ciencias naturales y el arte brotan de una misma fuente, de un origen común, que sin embargo los prejuicios de nuestro sistema educativo insisten en delimitar y confrontar continuamente el uno con el otro.

La frialdad mecánica de las ciencias, impersonales y objetivas que intentan descifrar la física y la vida, contra la subjetividad de la pasión y las ganas de vivir de las artes creativas. Dos mundos aparentemente antagónicos, el que todo quiere generalizarlo y el que reclama la individualidad que nos diferencia de las bestias naturales.

Haber evolucionado en un Universo concreto, con unas leyes y unas cualidades propias, sin duda alguna ha generado en nuestro cuerpo y en nuestras mentes toda una serie de restricciones insospechadas de las que debemos ser conscientes. Pensamos cómo pensamos, y sentimos cómo sentimos por la naturaleza que nos envuelve. Sin ella no existimos. Nuestra preciada individualidad no es nada, no existe fuera de las leyes generales de la Naturaleza y el Universo.

¿Por qué nos gustan ciertos tipos de música y de arte?
¿Por qué esa propensión a encontrar pautas donde no existen?
¿Por qué mitos y leyendas comparten tantos factores comunes?
¿Por qué algunas imágenes nos resultan tan atractivas?
¿Cómo nuestra experiencia del tiempo y el espacio influencia todo eso?  
¿Cómo determina la estructura de nuestra mente los problemas filosóficos que encontramos desafiantes?

Queda mucho por andar para descifrar como el Universo influye en nuestra perspectiva y nuestra particular manera de mirar el mundo. No somos aves posadas sobre los cables telefónicos que observan cómodamente desde su altura transcurrir la vida, somos observadores inmersos en lo observado, incapaces de independizarnos de nuestra materia de observación, ni como científicos ni como creativos. Estamos compuestos de la misma materia que pretendemos descifrar.





Pájaro roto en la ventana



Pájaro roto en la ventana.
Yo estoy al otro lado.
Asoma una tímida gota escarlata por el pequeño pico curvado. El plumón gris-canela del pecho se infla y desinfla, apagándose sus colores. Le falta energía para contestar al rir-rir-rirrir-chrr-rr-rr-rar con el que le reclaman otros herrerillo capuchinos desde las ramas, todavía desnudas, del árbol. Parpadea el ojo atravesado por la línea ocular negra que resbala mejilla abajo prolongándose a modo de collar bajo su cabeza. Todo él parece tan delicado. Tan frágil.

Y sin embargo que vivos los otros, que rendidos al silencio de sus reclamos, vuelan alejándose al punto de fuga por el cual se escurre el parque. Por allí, del bosque de coníferas llega pausadamente la primavera, escapando de su frondoso sotobosque. Ayer un corzo se dibujó entre la niebla. Antes de ayer una pareja de liebres se perseguía por la hierba ya verde. Pequeños grupos de herrerillos, carboneros, agarradores y reyezuelos llevan días explorando el suelo y corteza del manzano.
Hoy uno a impactado contra el cristal de la ventana.
Es ahora un pájaro roto.
Un cuerpo quebrado al otro lado del vidrio.
¿O estoy ante un espejo?




Hojas secas (XII)



¿Cuánto hay de humano en el ser humano? Bajo la fina gasa de la cultura se desvela la bestia innata. Se dice que fuera de la sociedad sólo pueden existir los dioses y las bestias, pero no es la naturaleza, sino la sociedad, la historia, la que rasga, repetidamente, las gasas de la humanidad. Es la circunstancia de la sociedad la que engendra al bruto. ¿Cómo proteger al hombre contra sí mismo? ¿Cómo protegerlo ante la inhumanidad a la que la historia social los conduce? Así pues, ¿cuánto hay de humano? ¿Preguntamos porque deseamos saber, o porque sabemos que no podemos saber?

–¿Es eso lo que quieres, Olga? –Hermann acurrucado junto al hogar, cogió el hurgón y atizó la lumbre. La leña crujió, suspiró vapor–. ¿Venganza?
–Eso es –asintió–. Es lo que pienso. Cuando se apagan las noches los veo. No consigo quitármelos de la cabeza, Hermann. Quizás para ti, aquello ya forme parte del pasado, pero no para mí. Siguen aquí. Existen.
–También yo –Gustav se alejó de la ventana–, los veo con frecuencia.
Hermann miró asombrado a ambos. Sus mejillas estaban sonrojadas.
–¿Acaso creéis que yo lo he olvidado? –sonó indignado.
 –Nadie ha dicho eso…
–Sí lo has dicho, Olga. Lo has insinuado.
–No quería decir eso. Quería decir…, no sé…, decir que quizás tu puedas vivir con ello, pero yo no. Yo no puedo. No puedo seguir viviendo con ello sin más…, necesito hacer algo con todo lo que me corroe por dentro. Necesito sacarlo de alguna manera…
–¿Vengándote? ¿Crees que eso te hará sentir mejor?
–A mi sí –intervino Gustav–. Creo que sería un halo de luz. Una manera de resarcir el daño sufrido.
Las injusticias son nudos en el discurso de la vida. Nódulos enquistados que obturan el flujo del tiempo.
–No puedo creer lo que estoy oyendo. Pienso que habéis pasado demasiado tiempo con la mirada clavada en el fuego. Sus demonios os nublan la razón… Quizás ha llegado el momento de retirarse a dormir.

Se irguió apoyando el hurgón en la pared. Olga cogió una de sus manos:
–¿Dormir? Sabes que no duermo bien desde entonces, Hermann. ¿Y mañana? ¿Qué pasará mañana? ¿Seguiremos igual? ¿Aterrorizados? ¿Avergonzados? Nada cambiará mañana… nada ha cambiado estos últimos años.
Sus ojos se veían grandes y luminosos. Trémulos. Como los del cordero siguiendo en silencio al matarife. Los mismos ojos mudos y asustados que apenas vio desaparecer en el interior de la casa aquel día. Unos ojos inmensos gritando silenciosamente mientras eran arrastrados a un abismo incomprensible, de una negrura como no había visto nunca hasta entonces.
–No me mires así, Olga.
–¿Cómo?
–Así, como lo haces ahora, con esos ojos –rogó Hermann, liberándose dulcemente de la mano de ella–. No me mires con esos ojos.

Era una mirada insomne y desquiciada. Expresaba el pánico que rememoraba Hermann de aquel día, pero al mismo tiempo desesperación y odio. Hay que cruzarse con una expresión como esa para entender todo lo que siente, porque no se pueden poner palabras a ella. Su descripción se manifiesta como una imposibilidad lingüística, igual que ellos sentían que las palabras no podían traer el nuevo orden de la vida que aquellos acontecimientos les habían exigido. Por eso habían callado tanto tiempo, cada uno inmerso en sus sentimientos. Por ello, o porque quizás, hasta entonces, la razón había sellado sus bocas, censurando verbalizar lo impensable. Poner nombre a un sentimiento implica identificarlo y reconocerlo, y reconocerlo es liberar el sentimiento, dejarlo escapar: expandirse más allá de uno mismo, asomarse al exterior y arremeter irracionalmente con lo que salga al paso. El horror al nombre, a la palabra, había cosido sus labios durante mucho tiempo. Miedo y vergüenza son un hilo fuerte. Se habían resistido a manifestar, pues manifestar puede conllevar a desencadenar nuevos acontecimientos, ejecutar lo exteriorizado. El terror de Hermann no era aquellos ojos indescriptibles que ya conocía, sino la revelación verbal de los mismos por parte de Olga y Gustav: venganza. Ahora que habían reconocido el instinto que tiraba de sus vidas, temía que hubiesen invertido el orden, transgrediendo las normas e invocando así una nueva tragedia.

El pensamiento es libre, la expresión no, por eso se sufre en soledad. Ellos sufrían en soledad, en mundos aislados y opresivos. Los pensamientos son distancia, silencio, intimidad; las palabras implican exposición. Son punzantes abejas que se arrojan como un enjambre entero sobre el otro. Su veneno puede infestar una vida entera. Hazlo, le dijo entonces Olga a Hermann, y lo hizo. Él no había día que no se arrepintiese de ello. Allí estaban sus ojos, esa mirada otra vez, y el verbo de ella: ¡Hazlo!
       ¡Hazlo!
             ¡Hazlo!
                   ¡Hazlo!
                           repitiéndose hasta el infinito.





Ellas y sus silencios



"Una de las primeras obligaciones que cualquier ciudadano tenía que cumplir, era la de tapar cuidadosamente todas las ventanas de las fachadas. De esta manera, ningún destello de luz podía orientar a los aviones enemigos. Las ciudades quedaban completamente a oscuras, con los vigilantes nocturnos de la defensa antiaérea encargándose de que se cumplieran las normas. Cada casa tenía que preparar un refugio antiaéreo en el sótano, con catres para descansar, cajas y sacos de arena, extintores y algo de comer. Se nos suministró una máscara de gas a cada ciudadano, que siempre teníamos que llevar encima. Casi siempre los ingleses bombardeaban las ciudades alemanas de día, mientras los americanos lo hacían de noche. Nos movíamos como autómatas, nos acostábamos con la mayor cantidad de ropa posible: chandal, botas forradas, chaquetas, pañuelos y gorras. En el bolso guardábamos todos nuestros documentos y las pocas joyas que teníamos. La rutina se repetía día tras día. La alarma sonaba hasta dos veces por noche. Vivíamos como topos". Mi abuela Alicia era una adolescente, todavía no tenía catorce años, cuando estalló la Segunda Guerra Mundial, al acabar era madre de una niña y aguardaba a su marido que había caído prisionero en el frente. De aquel período de su vida apenas habla, como si aquel pasado hubiese quedado sepultado en la profundidad del refugio, atrapado en las ventanas tapiadas que evitaban que escapase la luz. Es muy común entre aquellos que han experimentado los miedos y terrores de la guerra que los recuerdos de esos tiempos se muevan como topos por la memoria, asomándose pocas veces al exterior.

En el colegio se nos explica, en una serie de lecciones escolares, las distintas guerras, sus causas políticas, las económicas, los agentes implicados y las batallas y hechos que decidieron la contienda, pero el pasado es mucho más vasto que la visión histórica. Es un conjunto inmenso de hechos que pueden ser conservados solo si desde el presente estamos dispuestos a adoptarlos. A insertarlos en nuestra propia memoria. Para que el pasado perdure, hay que hacerse cargo desde el presente de que esos vestigios no van a desaparecer, de que esa lección sí que la vamos a aprender; no sólo las explicaciones ad hoc de las causas de la guerra, sino los sentimientos que estas despiertan en el grueso de la población: los civiles. Pero pocas veces se escuchan las voces del pasado porque impera el olvido. Nadie quiere heredar el dolor, ni las incertidumbres, ni mucho menos las manos manchadas de sangre. Así la vida presente resulta más sencilla. También para los que vivieron el pasado, pues los caminos de la memoria nunca son fáciles.

Antonia, mi otra abuela, como Alicia, era una niña de doce años cuando empezó la Guerra Civil española, sus voz pierde firmeza cuando habla de ello, como si el miedo intenso que experimentó entonces siguiese vigente. "Una de las hermanas de madre era monja, me explica, mi padre fue a buscarla al monasterio de Granollers y la trajo a casa. La tuvimos allí escondida. Mi padre era sindicalista de la CNT y eso se lo tenía que callar. No podía hablarlo. Nadie tenía que saber que ella era monja. Cada vez que oíamos alboroto alrededor de casa sufríamos, enseguida pensábamos: a ver si la han cogido… En el pueblo mataron a dos curas, los del POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista). Al padre Eduard y al otro…, ahora no me acuerdo como se llamaba, los tuvimos para doctrina, para poder hacer la comunión, era una persona de allí mismo, conocido por todos…" En este punto de la narración guarda silencio. Uno largo, la memoria va cerrando puertas para evitar que el dolor se exprese, el relato finaliza súbitamente: "Se hizo mucho daño. Se mató a mucha gente y a otros se les hizo sufrir sin necesidad alguna… ¡bah! una mierda todo junto".
   
Elisa en 1992 tenía dieciséis años cuando su pueblo, Rizvanovici en Bosnia fue bombardeado por la artillería de los chetniks (tropas paramilitares serbias). "Cuando las granadas dejaron de caer salí del refugio en el cual mi hermana había dado a luz. La mezquita estaba en ruinas, y a pocos pasos de nuestra casa vi unos niños, de tres y ocho años muertos. El pánico y la muerte estaba por todas partes. Los soldados llegaron y ocuparon el pueblo. Hablaban un serbio lleno de coloquialismos, casi incomprensible, y en sus uniformes llevaban como insignias unas águilas blancas (Las Águilas Blancas, al igual que los Halcones y otros grupos similares eran una de las tropas paramilitares ultranacionalistas que se autodenominaban "chetniks", caracterizadas por el odio a la población bosnia, a los que denominaban "turcos". Su principal reclamo era llevar a cabo una limpieza étnica en Bosnia para reconstruir una Gran Serbia pura). Nos prohibieron salir de casa. Los no serbios no podíamos andar por la calle. Tampoco comprar nada en las tiendas, teníamos que sobrevivir de las reservas que teníamos en casa. Los que se aventuraron a salir no volvieron nunca. Un día los soldados capturaron a todos los hombres del pueblo. Se los llevaron. A mi abuelo de setenta y ocho años le acusaron de matar a un serbio. Lo ejecutaron con un tiro en la cabeza enfrente de mis primos".

A día de hoy sigue sin poder visualizar escenas de violencia por inverosímiles y ficticias que éstas sean explica. Es algo que no puedo controlar, especifica. Su amiga Mirsada, a la que conoció un año más tarde en un campo de refugiados en Suecia, confirma el pánico heredado: "Es como si el pasado, el presente y el futuro sangrasen juntos. Rescatar esos recuerdos es vivir por momentos en un estado de inexistencia, es como estar en ningún sitio y en todos los sitios al mismo tiempo. Las imágenes de esos días son las grandes penas y dolores que nos acompañarán siempre. Soy consciente de ello".

Para muchas de estas mujeres, que entonces fueron niñas, el pasado muchas veces se les presenta escurridizo. Como si no tuvieran pasado, ni control por tanto sobre sus vidas. Los recuerdos son imágenes rápidas y huidizas. Los relatos que conforman su memoria no radican en la Historia, se pierden en otros mares de mareas y oleajes inciertos. Tienen su pasado pero éste se revuelve silencioso en su interior. Nezira a los nueve años tuvo que abandonar Tuzla en compañía de sus padres, y tras una larga travesía por el corazón de Europa encontraron asilo en Suecia. "Los serbios quemaron nuestra casa", me explica. "Entonces no entendí porque lo hicieron ni lo que estaba sucediendo, sólo recuerdo la sensación de pérdida. De irme, dejando atrás todos mis juguetes y libros, no pude salvar nada. Más tarde supe que tampoco se salvó la abuela. Estaba dentro de la casa cuando la prendieron. En aquel momento pensé que ella estaría fuera, como nosotros, en otro lugar… con el tiempo comprendí que nunca salió de casa. A menudo sueño con ella".




Hojas secas (XI)



–Seguro que fue Gerhard –Gustav se incorporó en su asiento–. Seguro que fue él quien los mandó. Me la tenía jurada.
Hermann arrojó la colilla del cigarrillo a las llamas de la chimenea.
–Eso ya no importa –sentenció mientras caminaba a la cocina. Cogió un vaso de las baldas y se sirvió un poco de licor de hierbas–. ¿Alguien quiere un trago?
Gustav negó levantando la mano.
–Licor no, pero un poco más de té… –respondió Olga extendiéndole la taza.
Encendió uno de los fogones y puso agua a calentar en un cazo.
–A mi sí me importa –insistió Gustav levantándose. Observó por la ventana el reflejo de la luna en la nieve. Patinaba sobre el tejado del establo–. Sigo viéndolos cada noche. No consigo olvidarlo.
–Tampoco yo –contestó Hermann mojando los labios en el licor. Ardieron. El alcohol incendió el esófago en su camino interno–, pero saber si fue Gerhard o no quien los envió no va a cambiar nada.
–A mí me ayudaría –aseveró Gustav sin volver la cabeza. El azul de sus iris era el de los ahogados. Hubo un tiempo en el que apreciaba la belleza del azul de los lagos, los sueños que se mecían en sus aguas. Luego las mismas se llenaron de ahogados. Martina se hundía en ellas desesperada, no importaba que cerrase los párpados o se llevase las manos a los ojos, Martina estaba en sus iris. Era allí donde caía, una y otra vez, hasta el fondo, hasta perderse en la profundidad infinita de sus pupilas. Bien adentro en su memoria.
–A mí también –añadió Olga girándose hacia su marido–. Alguien deberá pagar por aquello.
–¿Pagar por aquello? ¿Gerhard? –el tono de Hermann era claramente irónico mientras apartaba el cazo del fuego–. ¿Acaso habéis olvidado dónde vivís? ¡Estamos en la RDA! ¡En la democrática y pacífica RDA! ¡Ahora somos comunistas!Somos los afortunados, los herederos directos de la resistencia alemana contra el nazismo. Aquí nunca hubo nazismo. ¿Vais a denunciar a los camaradas que nos liberaron? Aquí no pasó nada. Nadie es culpable de lo que pasó entonces: ni antes, ni durante, ni después de la guerra. Todos inocentes. Todos héroes antifascistas y anticapitalistas. "El pasado es del Oeste y el futuro es nuestro" –entonó alzando sus brazos y dándole un nuevo trago al licor.
Gustav se giró hacia él:
–Precisamente. Yo sólo quiero que pague Gerhard.
–¿Vas a denunciarlo? ¿Vas a rebelar su pasado nazi a su nuevo partido?
–Si eso vale, ¿por qué no?
–¿Crees que el SDA no lo sabe? Gustav…
–¿Por qué no apareció su nombre en los juicios de Waldheim? Allí estaban todos los nazis.
–A la Guillotina Roja no le interesan tanto los nazis como los anticomunistas. Frau Hilde sólo persigue peces gordos, ricachones y elementos peligrosos para el gobierno. Gerhard no es nadie, es un pobre diablo en un pueblo al que nadie interesa. Ahora es un "buen" comunista.
Volvió a su silla acariciando el hombro de Olga.
–Tómate el té, está caliente –ella cogió la taza ofrecida fregándola con sus manos–. Te irá bien para entrar en calor.
–Gracias. Hermann…
–¿Sí, Olga?
–Quiero venganza.

Las ventiscas borraron algunas memorias de Olga, pero no aquellas. No las de aquellos días. Procuraba no arriesgarse a abrir sus recuerdos, como el amante despechado teme volver a los sobres que contienen las cartas del pasado. Un amor pasado es pretérito, pero sigue estando en el mundo. En otra dimensión, pero presente, como las mentiras sinceras que cobijan las cartas. Desplegando los textos, el antiguo amado, teme que las palabras e imágenes empañadas con el paso de los días, ya insignificantes, vuelvan a la vida. Nadie desea despertar a los fantasmas. Tampoco Olga. Teme que aquel día se le manifieste. Teme apartarse del fuego. Dirigirse al dormitorio. Acostarse y apagar la luz. Que la noche se le eche encima, pues es entonces, cuando el espíritu se manifiesta. Se arrastra bajo la almohada susurrándole sueños incomprensibles, inyectando imágenes de espectros brutales, creadores de confusión y claustrofobia. Son pesadillas geométricas, sin resquicios por los que escaparse. Un cubo de paredes oscuras. Sin luz. Sin puertas ni ventanas. No hay salida, pero ella está dentro. Ellos están dentro. El delirio es ciego. Puede percibir el aliento de sus bocas, el olor de sus cuerpos, su peso sobre ella. Es un oso el que ruge en la nada que la contiene. Vibran sus tímpanos. Sus zarpas rasgan sus ropas y tiran de su pelo.  Embisten como las bestias que son. Duele. Es dolor lo que sube desde la entrepierna hasta la cabeza. Agudo y profundo, como río desbordado, penetra virulento quebrando su cuerpo. Sus garras están en todas partes, son una marea. La manosean y voltean como un juguete roto. El sudor cae hasta las piernas, sujetándola, inmovilizándola. Escucha pasos pesados, plantígrados, animales, bestias, que se mueven a su alrededor. El hedor es aflautado, de tono agudo que todo lo satura. Ella está paralizada. La voz, un espejo resquebrajado, inútil, no sirve para nada. Calla. Ellos gimen, gruñen, chillan, golpean, saltan, ríen. Parecen pasarlo bien, pero ella no puede parar de llorar. El cerdo chilla cuando se le sacrifica, también el ternero se revuelve al ser llevado al matadero, pero el cordero nunca sale corriendo, nunca grita; con los ojos abiertos parecen aceptar el destino, que el hombre, cuchillo en mano, ha decidido para él. Olga es un carnero. Uno merodeado por alimañas. Uno rendido al sacrificio. Paralizado por el pánico.




Mundo de Margaritas




Sabemos lo que es la luz
pero no sabemos decir que es.

El universo no ha sido todavía satisfactoriamente explicado

Seguimos experimentando con la ficción
con el lenguaje
haciéndolo extranjero
desconcertante
sorprendiendo la narración
llevándose a lo ignoto
recordándonos lo que no sabemos
lo mucho que desconocemos

Experimentamos sin saber a dónde vamos
como ratas reconstruyendo el laberinto por resolver
tenemos que mentirnos
el arte de la mentira está en decadencia
son precisas para que brillen las evidencias

como las sombras para apreciar la luz


Podría decirse que el humanismo sigue siendo algo así como una religión secular improvisada, lo que queda de la descomposición europea del mito cristiano. Durante años, los que se oponían a la teoría de Darwin, temían que ésta redujese la humanidad a un ente insignificante. Un animal más. Uno entre los millones que se desplazan por los mares y tierras del planeta. Pero, lejos de eso, el darwinismo no ha hecho sino encumbrar al hombre aún más, si eso era posible, sobre el resto de los organismos. Tras dos siglos sacudiéndose su fe cristiana, la filosofía y la ciencia moderna, siguen anclados en uno de los errores esenciales del cristianismo: pensar que somos radicalmente distintos del resto de los animales.

Los humanistas modernos se aferran a la teoría de la evolución para argumentar que sólo el hombre es capaz de trascender a su innata naturaleza animal y dominar, no sólo su naturaleza, sino el planeta entero. La humana es una especie privilegiada, piensan, es la única que sabe de su existencia accidental y por tanto la única que puede hacerse cargo de su destino.

Siguen arraigados a la idea de que la conciencia, la individualidad y el libre albedrío nos definen como individuos, que son la base de nuestras decisiones, elevándonos por encima de cualquier otro animal. Cuando aquí, en mitad del bosque, como en una calle transitada de cualquier ciudad, los instintos siguen siendo los mismos: buscar comida y aparearse, como cualquier otra bestia que habita la Tierra. Muchas de nuestras decisiones más fatídicas las tomamos sin tener la menor conciencia de ello. ¿Pero qué somos? ¿Qué sería de nosotros si silenciamos de nuestro pensamiento el diálogo de Dios, de la inmortalidad, del progreso de la ciencia y la humanidad? ¿Qué sentido queda entonces, una vez borrada toda esperanza de progreso?

El cristianismo introdujo la percepción, la idea, en Europa, de que la historia humana, tanto la del individuo como la del colectivo humano, ha de tener sentido alguno. El progreso es la nueva máscara con la que el mismo concepto sigue aferrado a nuestra mentalidad: la historia humana, su evolución y su sentido especial en el mundo. En la Grecia y la Roma clásica la historia humana era una serie de ciclos naturales de crecimiento y declive sin fin, como el sueño colectivo repetido infinitamente por los hindúes. En la mente actual humanista sólo se concibe el progreso, como en el capitalismo el crecimiento continuo de la economía. El humano sigue siendo un ser sublime por encima del resto de los organismos vivos, quizás por ello la hipótesis de Gaia de Lovelock, en la que la atmósfera y la superficie de la Tierra conforman un todo para mantener la vida en la tierra, no tenga la aceptación debida en la comunidad científica. Su mundo es circular, no tiene dirección alguna, su único propósito es mantenerse. No hay un espacio especial para el hombre. Poco importa su presencia. Nos arroja a enfrentarnos al vacío existencial como especie.  

En el Mundo de Margaritas soñado por Lovelock y Watson, el planeta había sido sembrado sólo con dos variedades de margaritas: unas blancas y unas negras. Las blancas reflejan la luz y las negras la absorben. En un origen frío, las negras proliferan más, absorben mejor el calor y se expanden por casi la totalidad de la superficie, incrementando la temperatura del planeta, tanto que empiezan a morir y las blancas al reflejar la luz ocupan su lugar, haciendo descender con ello la temperatura del planeta. Las mareas de pétalos blancos y negros se suceden por generaciones hasta que alcanzan un punto de equilibrio, con una temperatura estable favorecida por la presencia de los dos colores. Cuando al Mundo de Margaritas se le incorporan conejos que comen aleatoriamente unas u otras variedades, zorros que cazan los conejos, y otros organismos que hagan el modelo más complejo, la estabilidad se alcanza con mayor velocidad y es más duradera. Mundo de Margaritas demuestra que la estabilidad de los organismos biológicos, el ecosistema terrestre, no requiere de explicación teleológica alguna. Que no hay progreso en el mundo orgánico, la evolución carece de diseño preconcebido, es una sucesión de revoluciones que lo que procuran es que todo quede igual.

En el mundo distópico de Nosotros (1920), de Yevgueni Zamyatin, se lee: 

–¿Te das cuenta de que lo que estás sugiriendo es una revolución?
–Por supuesto, es una revolución. ¿Por qué no?
–Porque no puede haber una revolución. Nuestra revolución fue la última y nunca puede haber otra. Todo el mundo sabe eso.
–Pero querido, tú eres matemático: dime, ¿cuál es el último número?
–Esa pregunta es absurda. Los números son infinitos. No puede haber un último número.
–Entonces, ¿por qué hablas de la última revolución? 





Hay vasos dispuestos en el suelo



        Los charcos invierten el universo
        Hay vasos dispuestos en el suelo
        Vasos encendidos que humean
        Un Cristo barroco se ha descolgado de la cruz
        El cadáver lo cubre un manto negro
        Negras también sus ropas
        Como negras, ahora rojas,
        las manos delictivas
        Oscuras, ensombrecidas, las ruinas
        Como los escombros amontonados

              Se desprende la retina
              cegada por el fuego
              Se nubla la mente que sella los ojos
              Ni ven
              Ni oyen
              Ni sienten

             Son pretérito quemando el futuro
             El viejo mundo se extinguía
             Nada brillaba en sus cenizas

        Los hombres de negro regresarían
        Tampoco se fueron nunca
        Los llevaban zurcidos en el pecho
        bien adentro,
        a doble punto,
        y ellos sin saberlo.
       El Cristo volvería a levantarse
       Suspendido bajo la bóveda
       Una vez más encima de sus cabezas

       Bailarán los paisanos junto a la iglesia
       Bailarán al lindar de los campos
       Irán pasándose las máscaras
       Ahora una, luego otra
       Se las arrancarán y aparecerán otras
       Sus rostros irán transformándose
       El rojo virará a negro
       El negro a púrpura
       El púrpura se revolverá contra el rojo
       Volverán las lluvias y con ellos los charcos

       Volverá a invertirse el universo





Cuando las estrellas dejaron de moverse



Recuerdo perfectamente ese momento en el cual todas las estrellas del firmamento dejaron de moverse.

El universo en su inabarcable infinitud, en la que la energía oscura empuja indefinidamente a las galaxias a alejarse las unas de las otras en una expansión acelerada continua, un día se detuvo ante mis ojos. Todos aquellos incontables astros minúsculos que arden en la oscuridad del cielo, cesaron su actividad para mirar hacia abajo. Al suelo en el que yacía estirado.

No importaba lo que hubiese hecho, ni el tipo de vida que hubiese llevado hasta ese momento; el cielo me rendía tributo, al igual que antes hizo con mis abuelos, y con sus hijos, mis padres y tíos, con algunos de mis amigos en su más tierna juventud, con Xavier, el dueño de la tienda de ultramarinos y su hermano, el rey y más tarde el príncipe coronado también recibieron atención en su momento, como unos cuantos Papas, allá en el Vaticano, tanto honor como el otorgado a "el Chino", el camello de la esquina, donde se cruzaba mi calle con otra, no recuerdo el nombre, una suma o una equis, según se mire, dibujada sobre un barrio esquizofrénico.

No cuenta lo importante o trivial que sea la vida de uno, como tampoco la gloriosa o patética que resulte su muerte, porque al final, en ese momento en el que caemos, cuando se desprende la retina y somos suelo, cientos de billones de estrellas, cada una de ellas, se detendrán para alumbrar la muerte de todo ser humano.




Mi lengua


      Mi lengua arrastra un filo
      desafilado que desgarra
      así el dolor grabado del lenguaje es mayor
      su mensaje desenfocado
      desearía inventar palabras
      mi abuelo una vez me dijo:
               inventamos las palabras
               para diferenciarnos de los animales
               úsalas con propiedad
               respétalas

      Con ellas nombramos lo inexplicable
      configuramos a Dios
      en jeroglíficos y cuñas
      pero ni Dios ni las palabras
      consiguieron dar nombre a las emociones
      que yacen en nuestros vientres
      a las que, como hojas de otoño,
      penden de las sábanas al pie de la cama

      así que tuvimos que seguir inventando
      de la talla de piedras
      al fundido de metales
      capturando los principios físicos
      domando los átomos
      jugando bajo arcos geométricos
      con poleas y palancas
      en ecuaciones imposibles
      con nuevos materiales
      nuevas experiencias:
          la gravitación
          los fluidos turbulentos
          y el vacío,
         siempre,
         al final
         siempre el vacío

      el silencio que reposa en nuestros vientres
      una vez agitadas las sábanas,
      queda solo un lenguaje desnudo
      que debe reinventarse.
      Somos hoy como dos animales





Ella



Te escribo porque no quiero perderte en unas memorias que se reescriben continuamente hasta perder su esencia. No quiero ser prisionero de un pasado ficticio, ni mejor ni peor, quiero leerte algún día con el amor que siento estos días por ti. Con tus contradicciones y tu rabia, con tu odio y tus frustraciones. Aunque duelan, porque lo hacen, son punzadas irritantes, prefiero mantener vivo en el día de mañana esta visión que cualquier otra. Es precisamente el pasado, uno demasiado presente, una de las principales causas que nublan tu día a día. Posiblemente, sea también la otra cara de la moneda; la intensidad con la que puedes exprimir la vida cuando la música, el arte o el placer simple y sincero de vivir vela el lastre de antaño. Fueron, son, esos instantes los que me cautivaron. Deseaba ser capaz de dejarme llevar por ellos como tu lo hacías, sin pensar en nada más, dejar atrás el lastre analítico que me conforma. Te seguía e imitaba para aprender de aquel hacer humilde y alegre. No sabía entonces que tras aquellos momentos se proyectaba una extensa sombra, un manto del cual incluso llevando años tirando de él no hemos conseguido ver su fondo. Es una red interminable que recogemos y volcamos sobre el suelo, ahora reducido por el enorme sofá, de la única estancia de la casa. Van apareciendo las presas, quizás las verdaderas presas seamos nosotros, una pequeña barca indefensa lastrada por un inconmensurable pasado que habita un lugar inalcanzable.


Cuando recogemos las redes aparece tu padre, tu madre, las discusiones en casas, las fiestas con los invitados, el ruido, los viajes en coche desde las montañas yugoslavas de Bosnia hasta la costa croata, el abuelo zapatero, siempre sucio y que no podía pagaros la comida ni a ti ni a tu hermano cuando vuestros padres os dejaban con ellos en verano, tu hermano pidiendo dinero entre los turistas para que tu pudieras comparte un bollo, tus ojitos colgando de la ventana del restaurante soñando con las pizzas que allí se horneaban, el refresco de Miranda que bebían en pajitas los otros niños, los turistas, millonarios en tu imaginación desperdiciando un Coca-Cola en la arena, los hoyos que cavaba la abuela en el jardín para que hicierais vuestras necesidades, los viajes a los mercadillos en el viejo Zastava 750 amarillo del abuelo atiborrado de zapatos para vender, el otro abuelo que se compró un antiguo vagón de tren y lo plantó en una playa de Montenegro donde retirarse con tu abuela porque la brisa y la tierra de allí le sentaba mejor a ella, los veranos en Montenegro, sus playas rocosas y salvajes, el oleaje que te vapuleó y te sacó del mar pero que engulló a la otra niña, la muerte prematura, "no dejes nunca que tu vida dependa de un hombre", te dijo tu abuela con solo once años y nunca lo has olvidado, los tabúes de casa, la mano de tu padre tapándote los ojos cuando alguien se besaba en la televisión, sus gritos por las malas notas del colegio, la rigidez con las tareas académicas, las collejas, los castigos, sus gritos aún mal altos el día que alguien dijo que te habían visto jugar con un niño, las niñas no podían hacer eso, la gente empezaría a hablar, los gritos entre tus padres a través de las paredes, el divorcio, el abandono de tu padre, la madrastra, un personaje sombrío, pérfido, objetos de maleficio y brujería gitana bajo la almohada de tu madre, las sombras de un divorcio nunca entendido, sigue siendo hoy, incluso después de los años que llevas arriando la red de los recuerdos, un misterio con versiones opuestas, un rompecabezas al que le faltan muchas piezas, el hambre de la nevera vacía, la espera de una pensión por parte del padre que nunca llegaba, los estantes de la nevera vaciándose, que tu hermano pequeño consiga alguna moneda para tus bollos ya no era solución para saciar el hueco de tus tripas, entonces la guerra, las noticias desde otros puntos del país, los vecinos, tu madre, todos convencidos de que aquello no llegaría hasta allí, que aquello no podía pasar, que bosnios y serbios siempre habían convivido en aquella ciudad, la ciudad de la sal: Tuzla, pero que sucedió, que un día los serbios, los vecinos, señalaron a los bosnios, acarrear un nombre musulmán de repente constituía un peligro, la circuncisión de tu hermano una evidencia del delito, el delito de ser el otro, el opuesto, el innecesario, el forzado a huir para salvar la vida, el que deja atrás su hogar, cierra la puerta de casa y se lleva consigo sólo la llave, el que divide a la familia para salvarse, el hermano pequeño con unos familiares a Suiza, tu con tu madre, las dos escondidas en un camión a través de las curvas de los Balcanes, bajo una lona de plástico fría, curva a curva, horas y horas hasta aparecer en Croacia, en un lugar desconocido, sin dinero, sin comida, desojados de lo poco que tenías, el deambular pidiendo una ayuda que no llegó por parte de los conocidos, que dejaron de serlo, una Croacia donde el acento bosnio ha dejado de ser bien recibido, hasta llegar a Suecia, allí os envió vuestra madre desesperada, a su campo de refugiados, tu y tu hermano, la alegría adolescente de no entender del todo lo que pasaba, creer que era un situación temporal, un verano, que después Yugoslavia segura existiendo, que el hogar volvería a ser el mismo, viaje de ida y vuelta que nunca regresó, y hacer amigos de otros lugares del mundo en el mismo campo, el pelo crespo de un niño africano, el exotismo de la piel negra, las horas jugando a billar mientras se tramitaban los papeles de asilo, el verse convertido a un número, "niña 2246 del individuo 2035" se lee en el dorso de la foto carnet del campo, tu nombre de flor ha sido encriptado en un código: el 2246, al que los que te acogen te explican como funciona un lavabo, como tirar de la cadena, el concepto de bárbaro, de primitivo, la arrogancia del nórdico, la visión única de hacer las cosas, la lavadora también tiene sus fórmulas, como si nada de eso existiese más allá de las nuevas fronteras, hay que seguir sus instrucciones a rajatabla, hacer las cosas de otra forma es simplemente erróneo, no es posible, como tampoco lo es convivir con tu padre y la madrastra en Suecia, una pesadilla, de vuelta a los insultos, las prohibiciones, están por todas lados, no hagas esto no hagas aquello, no hablar en bosnio en la calle para no avergonzar a tu padre, sus complejos de inmigrante, la negación de su identidad, pretender ser lo que no se es, pretender que los hijos sean lo que no son, aunque sea mediante el castigo, que se te meta en esta cabecita tonta y alocada que aquí los niños no se comportan así, no hables alto, no te muevas tanto, anúlate, pierde tu identidad, si es que esta existe, el verano se acabó y tus pies seguían en Suecia, Yugoslavia seguía rompiéndose, de tu madre apenas recibías noticias, no sabías donde estaba, a veces en Suiza a veces en Tuzla, salvaguardando su propiedad, ¿por qué no vienes aquí mamá?, empiezas el colegio sin entender nada, ni lo que haces allí, ni la lengua que allí se habla, las miradas de los nuevos compañeros son intrigantes, intimidan, el lenguaje se vuelve vergonzoso, se siente ridículo, las risitas por los nuevos, ese grupo heterogéneo en el que estás incluida, la vergüenza, otra vez más, esta vez por no entender lo que el maestro te pregunta, no tener lengua para responder, todas tus viejas palabras aquí no valen nada, carecen de significado, el viejo mundo es eso: viejo, ya no existe, los otros niños ríen, la crueldad, la falta de empatía no es única de los adultos, pasa un año, y otro, tu madre sigue fuera, abriendo y cerrando la puerta del piso de Tuzla para asegurarse que nadie lo ocupa, las fronteras de los países europeos también se han cerrado, te tocó pedir los papeles de asilo que permitan a tu madre reunirte contigo, tu padre no movería un pelo, no le importa, tampoco vosotros parecéis importarle mucho, os trata más bien como un estorbo, la madrastra es aún peor, os ignora como si no existieseis, caminas por tu nueva ciudad sueca con tu hermano de nueve años cogido de la mano, tu lo eres todo para él, eres niña y madre, lo aprendes pronto, solo tu puedes hacer que acepten a tu madre y ésta pueda venir junto a vosotros, ¿cuándo vas a venir mamá?, por fin llega un día tu madre, puedes dejar a tu padre y volver a estar los tres juntos en el nuevo país, en el otro, en el país roto se dibujan nuevas fronteras, la guerra se va apaciguando, los horrores brotando, tu madre sigue preocupada por su, vuestra, propiedad, vuelve a Tuzla a comprobar que el piso sigue allí, que la cerradura es la misma, que la llave, tesoro que cabe en un bolsillo, sigue abriendo la puerta, que existe ese lugar en medio de todo ese terror, el lugar que era antes, aunque nada de todo lo otro sea igual, el marido ya no está, la familia tampoco, los vecinos han cambiado, unos temerosos de los otros, del día a la mañana, cada uno tiene una identidad diferente, ni el idioma que hablan ya es el mismo sin haber cambiado, unos dicen hablar serbio, los otros croata, los otros bosnio, los otros montenegrino, los unos son ortodoxos, los otros musulmanes, los otros católicos, del ateísmo comunista de Tito no queda nada, en tu nuevo país descubres que el árbol de Navidad celebra el nacimiento de Jesús, allí, en Yugoslavia se adornaba para recibir al Año Nuevo, era el Estado quien regalaba al acabar el año un pequeño detalle a los niños, la Navidad nunca ha significado nada, tampoco el Ramadán, ni las oraciones, del Corán nunca habías oído hablar, y sin embargo ahora tu tía insiste en que una nueva vida religiosa es necesaria, de repente sois musulmanes, y tu sin saberlo, las chicas deben comportarse como tal, la hermana de tu madre que bebía, fumaba y se había divorciado y disfrutado de los bailes y los locales nocturnos de Sarajevo, exigía ahora en su nuevo país cubrirse la cabeza, descubrió su identidad en el exilio, nada de eso te interesa, no entiendes que las cosas tengan que cambiar, todo cambia a tu alrededor pero tu no quieres hacerlo, no a merced de lo externo, quieres vestir botas militares de chico y llevar faldas cortas, medias de colores, como Pipi Calzaslargas, tu nueva heroina, que por cierto es sueca, aprendes la nueva lengua, te haces con nuevas palabras y sigues adelante sin que nadie te diga como hacerlo, cometes muchos errores, todos los cometemos incluso teniendo maestros, vivir es equivocarse, lo otro sería ser una mera pieza en el engranaje de la vida, ser parte de un mecanismo, sin individualidad, si algo tienes es individualidad, esa es tu identidad, encajar ya no te importa.






Paseo entre la ventisca



El cielo se volcaba delicadamente sobre el suelo en un movimiento lento y fluido. El mundo había quedado reducido a un torbellino de cenizas blancas que borraba el horizonte. Todo parecía estar suspendido en la nada. Tu estabas a mi lado pero el espacio entre nosotros parecía cada vez mayor. Más espeso y etéreo al mismo tiempo. Simplemente se difuminaba lo que había entre nosotros. Eramos pura ventisca arrastrándonos el uno al otro. Subiendo y bajando, arrojándonos de un lado para otro, de aquí para allá, contra un paisaje que desaparecía en cada uno de nuestros arrebatos.

Cuando la tormenta arrió estaba sólo. Caminé por un campo de nieve sembrado con cabezas de caballo. Sus lenguas congeladas colgaban pintorescas de unas bocas grandes y grotescas. Era un espacio virgen y estéril. Muerto. Allí donde la razón y la palabra son imposibles. Ese punto en el cual se desata la tragedia. Al cerrar los ojos no reconocía a quien veía. ¿Eras tu? Temo que fuese otra persona. Me aterra pensar que he olvidado tus facciones.

El desenlace de la tragedia carece de toda importancia. No se sobrevive a ella, lo que resulta es algo completamente nuevo, distinto a lo que había precedido.
La memoria se puebla de mentiras y el pretérito se vuelve inalcanzable, un mar de ventanas tapiadas.


Pienso a menudo, caminando todavía entre esas cabezas congeladas, en el camino, el sendero que nos llevó ha despojarnos del lenguaje y la conciencia. Sin ellos estamos ahora incapacitados para todo, cayendo corriente abajo arrastrados por unas fuerzas que desconocemos y no controlamos. Entramos, jugando como quien no quiere la cosa, en el espacio de la incertidumbre. Nos dejamos llevar, y ahora, aquí, en este páramo helado y vacío intento volver la vista buscando un paisaje familiar. Sólo veo cabezas equinas de rostros esperpénticos y lengua frías. La palabra también es imposible para ellas. Aquí estamos todos mudos. Un pajarito de las estepas, posado sobre mi labio, se ha llenado el buche con todo mi lenguaje. Despojado de palabras he quedado presos de mis sentimientos. 



A veces se abre bajo nuestros pies



   Salimos una noche calma y clara.
   El mar soñaba. 
   La plata de la luna 
   era la suma de sus sueños.
   Una belleza indescriptible,
   pero su cuerpo era gélido e inquieto.

   Nos transporta casi siempre a su lomo,
   pero a veces no.
   A veces se levanta por encima de nosotros.
   O se abre bajo nuestros pies
   y deja que nos ahoguemos

  Como aquellos cachorros de gato
  que de niño arrojamos al río dentro de un saco
  Aún oigo los maullidos
  Agudos como agujas

Mi hermana pequeña lloraba igual la primera vez que la vi sobre el  regazo de mi madre. Ven acércate, dile hola a tu nueva hermanita. Estaba morada y no paraba de berrear. Su cabecita de ojos velados emitía un sonido que me parecía espeluznante. Insoportable. Vamos hombre, no tengas miedo, acércate… 

   Un enjambre clavándose en el oído.
   Hurgando en el tímpano.
   Las aguas no querían llevárselos.
   Una rama los abrazó frente a nosotros 
   mientras el agua les pasaba por encima.

   Arrojamos piedras.
   La saca no se movía, lloraba
   gritaba, agonizaba
          oía a mi hermanita
          el pecho de mi madre
          desde el rincón las veía
   Las piedras golpeaban la tela
   o hacían explotar el agua hacía arriba
   nuestros gritos coléricos
   y lanzamientos rabiosos 
   extinguieron los chillidos uno a uno.

   Los gatitos dejaron de existir.
   El saco era un trozo de tela sin vida
           (vuelta a su estado natural).
   El enjambre fue disipándose de mi oreja.
   Más sigue aquí, dentro, en la cabeza,
   reverberando en el blanco cráneo.

   El mar se alzó por encima de nosotros
   tiró de nuestro cabello hacía el fondo
   ahogándonos junto a la suma de sus sueños
   y, como los gatitos, 
   fue como si nunca hubiésemos existido.

         Se enfrío nuestra sangre,
         gélida como sus aguas,
         los pececillos nos mordisquearon,
         al principio hacían cosquillas,
         luego dejé de pensar en ellos.
   
   Dicen que recé,
   que me revolví,
   que agité manos y brazos,
   que invoqué a Dios,
   Nunca antes había rezado.

        El siervo de Dios, es bautizado 
        en el nombre del Creador, 
        y del Redentor, 
       y del Santificador.

   Todos acudieron a rescatar mi alma.
   Tarde, demasiado tarde,
   ninguno quiso perderse mi bautismo, muerte y funeral.
   Me hundí así, nos hundimos esa noche
   calma y clara

   de luna soñada.



Nudo de ámbar



  Al subir, el pez se hace luz en la superficie.
  La mar, hoguera inabarcable, centellea,
  infinitos fulgores viajan sobre sus aguas.
  El líquido es el medio,
  jureles zurcen el mar allí donde se rasga,
  por donde escapa la memoria.

    Nervio
    Soma
    Dendritas
    Sinapsis
    Electricidad
    Impulso
    Umbral
    Despolarización
    Canal iónico
    Potasio (K+)
    Magnesio (Mg2+)
    Calcio (Ca2+)
    Sodio (Na+)
    Cloro (Cl-)
    Potencial eléctrico
    Conducción
    Circuitos
    corrientes cerradas de éter
    Nudos

  Ascenso y descenso de ideas y percepciones
  Marea del espíritu.
  Un hereje pasea por el cielo,
  por encima de las olas y sus transformaciones.
  Lo grande y lo minúsculo se funden en el infinito
  Interminables, sin límites determinantes,
  espacio y tiempo se vuelven estables
  Inmóviles
  Todo ha sido, es y será.
  Son corrientes cerradas de éter
  Nudos

  Dios cuelga de una rama.
  Sus ojos reflejan lo inabarcable
  lo eterno e incalculable 
  lo inmutable de toda transformación.
  Preguntadle al hereje, al blasfemo, si se retrae de lo dicho.
  Ya arde la pira. La soga, el nudo, la ha prendido.
  La brisa mece al Dios inmolado.
     Varilla
     Masa puntual
     Plano vertical
     Oscilación
     Péndulo ideal

  Va y viene
  Va y viene
  En corrientes cerradas de éter
  Nudos
  Una vez pegados sus extremos, 
  queda una curva simple y cerrada
  Un espacio y tiempo total
  Infinitos e inmóviles
  Sin cabida para los dioses

  Cuéntame que recuerdas.
  ¿Qué se siente al volver?
  Sopla por encima de las reminiscencias.
  Raspa la memoria. Líjala. 
  Existe el pasado. Lo vivido y lo imaginado.
  Siempre ha existido.
  Cuéntame, ¿qué has hecho con él?

  Lanzan las redes los pescadores
  cuando la hoguera se apaga en el horizonte.
  Los jureles, ahora, son noche. 
  Siluetas grises a la fuga.
  Las barcazas rasgan la mar,
  fina dermis la suya.
  Dime, ¿qué sentías entonces?  
  La palabra es bruta,
  depredadora,
  materializa lo abstracto.
  Ámbar de emociones.
          عنبر, ámbar, "lo que flota en el mar". 
  Puesta la palabra, el sentimiento queda preso.
  Las palabras siempre quieren decir más de lo que dicen.
  Las palabras no son habladas por la gente
  Hablan a la gente.

  El mar devuelve los muertos,
  expone los hechos,
  más los pescadores los desechan.
  Pero una vez allí flotan, cual ámbar. 
  Quedan a la deriva
  en corrientes cerradas de éter.






Requiem



Llegaré después de tragar agua salada. 
Me encontraréis en vuestras dunas.

Grafiti anónimo leído en una calle de Barcelona.


Tomaszów Mazowiecki, 1976 (Polonia) - Immigrants Boat (acrílicos y óleos)


Hojas secas (X)



Olga, Hermann y Gustav no tenían memoria de esos acontecimientos, sólo recreaciones ficticias a partir de las habladurías de los vecinos. Nunca de testigos directos, sino de un paisano, que ha oído a otro decir, que se dice por allí, que cuando los rojos ocuparon el pueblo Gerhard los recibió con los brazos abiertos. Hay habladurías en las que incluso descolgó una bandera soviética de la ventana. Si hombre, la que confiscó a Karin al registrar su casa. Es cierto, su amante era comunista. ¿Qué fue de ella? No se sabe nada, la envió a Berlín y no volvió. ¿Y con el novio?¿El comunista? He oído que acabó en Buchenwald. Las mujeres platicaban mientras cargaban el cesto de carbón o se internaban en el bosque a proveerse de leña para mantener calientes unos hogares vacíos de hombres. Mientras hurgaban el suelo en busca de raíces que roer con los dientes. Mientras alimentaban las monturas de los nuevos habitantes o limpiaban, de las calles, el estiércol de las mismas. El frío del invierno contenía el hedor agrio de los excrementos y urines de los cuadrúpedos. Primero fue el heno el requisado de todas las casas, luego, los alimentos. Los nuevos inquilinos se colaron en los sótanos, en las casas, en las despensas, en las tiendas, encontraban cualquier orificio donde se había podido esconder comida. Abrían frenéticos los portones de los armarios, tiraban de los cajones. Los portazos saltaban de casa en casa a ritmo de kalinka. Rebuscaban detrás de los anaqueles de la cocina revolviéndolo todo. Se llevaron todas las conservas. Todo el grano. Donde su instinto no llegaba, lo hacía el de los perros que tiraban de sus correas. Con la derrota llegó la hambruna.

Tres años antes Isabelle había sido voluntaria en Polonia, limpiando las granjas de los deportados que no habían superado el examen racial. Tenían que dejar sus viviendas y pertenencias a los colonos alemanes. Los expropiados sólo pudieron llevarse con ellos un total de treinta quilos. Los militares desordenaban las casas, arrastrando grandes bultos y muebles de un lado a otro, creando nuevos espacios. La mayoría de los objetos acababan, para desesperación de sus propietarios, amontonados enfrente del edificio. Una enorme pila de bienes. Hombres, mujeres y niños, de pie desesperados, llorando sin saber que hacer con todo aquello. Su mundo desparramado en la calle, junto a sus almas.

Los niños lloraban. Las madres lloraban. El cielo lloraba. Todo lloraba: el colchón, el reloj de pared, los libros destripados, los platos y vasos quebrados, las lámparas, las sillas, los cuadros que representan la naturaleza polaca. Una pira abstracta y un par de maletas. Sólo podían cargar un par de maletas. Se agachaban e instintivamente, con lágrimas en los ojos, las llenaban con ropa, porcelana Chodziez, cubertería, fotografías retratando a familiares, sortijas de todo tipo, cartas recibidas, libros, saquitos con frutos secos, mantas, sábanas, jabón, cepillos, tijeras, lentes, documentos, llaves, y quilos y más quilos de incertidumbre. Isabelle, veía marcharse esas figuras negro-grisáceas de sus hogares; luego se ponía el delantal, barría, quitaba el polvo de las estanterías, limpiaba las vajillas, la cocina, las sábanas que habían dejado atrás, y cuando todo estaba listo adornaba la mesa de la casa con un mantel bordado y un ramo de flores para acoger a la nueva familia alemana que ocuparía la casa.

Había visto los efectos del hambre y la incertidumbre en los rostros de la gente. Los cuerpos enflaquecidos de los vencidos y los niños huérfanos, se mezclaban con los de los jamelgos y los chuchos huesudos. Juntos pululaban por todos lados buscando algo que mascar. Todas esas pieles descarnadas rastreaban algo con lo que desgastar las muelas y ejercitar los músculos maseteros. La carestía devoraba su rostro, su humanidad, sólo los ojos mantenían vida en unas facciones que se disolvían. La escasez convierte a la población en seres mudos. Sin habla. Sin moral ni conciencia. No dejaría que eso le sucediese a ella, ahora que eran ellos los invadidos, intuyó enseguida que para ello lo mejor era ganarse la confianza de uno de los oficiales soviéticos. Un hombre que la protegiese de los saqueos, que le garantizase un mínimo de comodidades. Si lo trataba bien, quizás incluso consiguiese algunos privilegios. Chocolate. Nueces. Pan. Huevos. Algo de carne. Adios a la sopa de patata rayada.

Era una mujer joven, modesta, de caderas anchas, que no usaba ni maquillaje ni pendientes, rubia con una corona de trenzas, forjada en los cánones del ideario gobernante, y aún así no había conseguido cónyuge alguno. Antes de la guerra acudió a uno de los Lebensborn, Fuente de Vida, donde las mujeres solteras se ofrecían para ser fecundadas por los sementales más idóneos según el régimen. Hermann y Gustav visitaban cada año la feria de Frankfurt am Oder con el fin de alquilar un toro terminal para incrementar el peso y crecimiento de sus terneros. Seleccionaban animales de complexión fuerte, de raza pura, padres reconocidos, libres de enfermedades de transmisión sexual y carácter bravo. El toro calmado es más impredecible. Más peligroso que el bravo. La uniformidad del ganado dependía de la pureza del macho. Los ganaderos siempre lo han sabido. El régimen lo sabía: para eso había creado el Tribunal de Salud Hereditaria que aprobaba la procreación de las parejas. "La mujer también tiene su campo de batalla; con cada niño que trae al mundo y ofrece a la nación participa en la lucha por el bien de ésta".

Diez días después de la menstruación Isabelle fue examinada médicamente por los especialistas del Lebensborn y se acostó con un miembro de las SS. El diagnóstico de embarazo fue negativo. Volvieron a repetirlo con otro hombre de las tropas. La gestación tampoco funcionó. Ni una tercera ni una cuarta vez, en cada intento la preñez le fue denegada. Al final el equipo médico la designó como una bevölkerungpolitische blindgäger: un "fracaso demográfico". Nadie quiso casarse con ella. Ahora, veía en el invasor, al igual que Gerhard, una oportunidad de empezar una nueva vida. Un par de buenas comidas al día y seguridad física, bien valía el no cerrarse de piernas a un oficial soviético. Otras podían reducir sus vidas a alimentarse de raíces usurpadas al bosque, a comerse las hierbas como las bestias y el ganado, pero ella no. Su vientre nunca gestaría la cría de uno de aquellos hombres del Este. Lo importante era que el hambre quedase al otro lado de la puerta. Que pasase de largo. Sobrevivir a la Historia, siempre traidora con la vida. Disfruta de la guerra, le dijo una vez un gerente del Lebensborn al abandonarlo, porque la paz será terrible. Ni corazón ni cerebro, la que manda es la barriga. Cuando el hambre asoma, se piensa y se actúa con el estómago.