Seguir para no encontrarse



55°5300N 26°3200E  cellisca persistente.  

Jelgava, Letonia. 
marzo1995



Estaba sentada en el rincón más oscuro de la habitación. Una pequeña llama delataba su presencia y posición. 

Aquello era un agujero. Un cochitril sórdido con unos cuantos colchones dispuestos sobre el suelo, botellas consumidas esparcidas por doquier y una cortina lánguida y triste que velaba la vista negando la luz exterior. Acababa de entrar y ya me estaba preguntando qué demonios hacía yo allí. Por qué no habría decidido pasar la noche en el bosque que quedaba junto a la carretera en lugar de esconderme en esta madriguera. Hubiese huido de aquel antro para resguardarme en el bosque sino hubiese estado lloviznando aguanieve.  

El caso es que allí estaba, en aquel apartamento okupa que daba cobijo a autoestopistas y viajeros perdidos sin preguntar nada. Dejé caer la mochila que cargaba sobre mis hombros junto a la puerta y alcancé la ventana procurando no pisar nada. La habitación necesitaba airearse. A todo ello ella permanecía en silencio arrinconada en el suelo jugando con el mechero. No me presenté, pues no quería interrumpir su "concentración". Entonces no tenía mucha experiencia, pero si algo había aprendido durante las semanas anteriores, es a no forzar las conversaciones. La mayoría de los adolescentes y jóvenes que se arrojan a las calles suelen hacerlo para refugiarse de sus propias historias en el silencio. La calle te enseña rápido a desconfiar de los desconocidos, y a apreciar la soledad, evitando entablar conversaciones con cualquiera. Dudé entre abrir la ventana sin más o pedirle permiso. Al final supongo que mis gestos dubitativos me delataron, y desde el suelo me llegó su voz: Jūs varat atvērt logu.
–Perdona…, no entiendo. No hablo tu idioma. ¿Inglés?
Atveriet logu. Puedes abrir la ventana –repitió sin apenas levantar la mirada.
–Gracias –no fue fácil conseguir que el ventanal se abriese. A saber cuánto tiempo llevaba cerrado. La vista era desoladora, bloques de hormigón gigantes de construcción soviética conectados por unas farolas que colgaban mecidas por la brisa sobre una calle ancha y desierta. Suspiré.
–¿No te gustan las vistas? –preguntó desde su rincón.
–Podrían ser mejores. Al menos el barrio parece tranquilo…
–Muerto –sentenció–. En toda la ciudad no hay nadie. Todas son iguales, siempre están vacías.
–Ya. ¿Te importa si fumo? –pregunté mientras me sentaba a cierta distancia de ella y buscaba en mis bolsillos el paquete de tabaco. Cuando di con ellos, le extendí un cigarrillo por si deseaba acompañarme, pero desestimó la oferta con un ligero movimiento de cabeza. Fue al solicitar el mechero para prender el cigarro cuando vi lo que estaba haciendo. Se estaba quemando. Su antebrazo lucía por todas partes pequeños eritemas. Disimulé. No me sorprendió, también mis manos están surcadas por cicatrices. Cortes para avenar el desazón que me habitaba. A veces sucede que el dolor interno es tan fuerte que requerimos lesionarnos. Provocar heridas físicas que anestesien las embestidas del dolor acomodado en nuestras vísceras. No iba a juzgar aquella autolesión, la entendía.



–¿Vives aquí? –pregunté para no pensar en el mechero.
–No, solo estoy de paso… como tú ¿no?– contestó dirigiendo una mirada a mi mochila.
–¿A dónde te diriges? Yo voy a Rïga.
–¿Te importa? No quiero compañía.
–No, no es que me importe. Tampoco yo quiero compartir el viaje. Es hablar por hablar. No tengo sueño.
–Pues si quieres seguir viajando mañana deberías dormir. No es una ruta fácil. Y menos para un chico, no resultáis demasiado atractivos a los conductores.
–Lo he podido comprobar estos días –repliqué mientras rebuscaba en los bajos de la mochila el saco de dormir.
–¿Rïga es dónde has dicho que vas?
–Eso he dicho. ¿Estabas escuchando? Pensaba que no te interesaba.
–No es que me interese. Ni sí ni no. Hablaba por hablar. Como no tienes sueño.
–Empiezo a estar cansado… pero sí, allí me dirijo. ¿Has estado?
Niega con la cabeza. Luego añade: demasiado bella. O eso dicen, así que la evité.
–¿Cómo qué demasiado bella?
–Pues eso, que todo el mundo te dice que Rïga es tan bonita, que si su barrio medieval, sus calles, Rïga bla bla bla, Rïga bli bli bli… Demasiado preciosa. Ni yo estoy a su altura, ni ella a la mía. Me descompondría ante tanta belleza. No creo que pudiese soportarlo. No quiero experimentar ilusiones de ningún tipo en este momento. ¿Por qué vas?
–Pues por todo lo que acabas de comentar. Por ver algo precioso. Lo necesito.
–¿No tenéis nada que valga la pena de allí de donde vengas?¿Por cierto de dónde eres?
–Si claro que hay cosas bellas de donde vengo, pero seguro que son bellezas distintas.
–¿De dónde vienes?
–Del sur. Donde en estos momentos debe ser primavera…, debe hacer sol… en lugar de nevar –creo que en ese momento se me escapó un suspiro.
–¿De que huyes entonces?
–De nada, creo… 
–Pues vuelve.
–No tengo valor para regresar a mí mismo en estos momentos.


8 degustaciones:

emmagunst dijo...

es muy...demasiado profundo, muchos planteos, muchas aristas a la vista y otras tantas ocultas. No sé cómo explicar lo que me pasó al leerlo. Conozco esos viajes interiores y esa soledad del viajero. Esa búsqueda hacia uno mismo...

aina dijo...

Cuando la autolisis no es suficiente...siempre nos resta escapar. Aunque por mucho que uno se aleje no consigue distanciarse de sí mismo.

Pati dijo...

Yo tampoco tengo valor de hacerlo.
Abrazo.

Kristel dijo...

momentos para escapar de todo y de uno mismo, valor y necesidad de huir..
me gusta esta historia

Aka dijo...

Gracias por tu comentario Emma, me alegro que le veas todo lo que pueda quedar escondido o dicho a medias. Escribiendo uno nunca está seguro de hasta que punto es necesario definir las cosas, o si se entienden las entrelíneas con lo ya dicho. Imagino que conocer la soledad del viajero y esa necesidad de reencontrarse, ayuda a la comprensión, y me satisface que hayas reconocido pasajes...
un abrazo

Aka dijo...

Lo de escapar siempre es una alternativa Aina, cierto que no te desprendes de ti mismo, y en el fondo el problema suele ir con nosotros, pero con los pasos es como si lo que te carcome se fuese quedando poco a poco por el camino, o cubriendo con el polvo del mismo, de manera que de alguna manera ayuda al menos a alejarte del problema y así hacer la tarea de aclararse con uno mismo más fácil. Tiempo y espacio obran en el mismo sentido, si te falta tiempo puedes optar por la distancia...
petons

Aka dijo...

Ay Pati, cuesta a veces encontrar el valor para enfrontarse a uno mismo, cada uno debe encontrar el momento para hacerlo... en eso no creo que existan fórmulas. Hay que saber convivir con la soledad de uno para descubrirse otra vez. Ánimos con la búsqueda.
un abrazo

Aka dijo...

gracias Kristel, no se si se requiere o se puede calificar de valor huir de una situación o de si mismo, pero a veces resulta necesario. Me alegro que te guste la historia.
un beso