La canícula



Hace demasiado calor en este ático. Es uno de aquellos días del período canicular que parecen inagotables en esta ciudad. A lo largo del día el sol se ha ido acumulando sobre el techo del terrado, y de ahí a todo el apartamento. Incluso llegada la noche el sofoco es inconmensurable, hasta el punto que las maderas de las ventanas sudan resina. Es tarde y sigues sin aparecer.

Ayer ya no viniste. Estuve esperando por horas. Sentado junto a la puerta, escuchando los mecanismos del ascensor que me llegaban del otro lado de la misma. La activación de sus engranajes era un aliento para la expectativa de tu llegada. Se elevaba mi excitación. Eras tú, me decía a mi mismo, y avivado por la posibilidad me recomponía y procuraba adoptar una actitud que enmascarase mi desespero, hasta que sus poleas se detenían y el sonido del abrir y cerrar de puertas llegaba lejano. De otro rellano. De otro inquilino al que seguro que nadie aguardaba con el mismo anhelo con el que yo te espero.

Me he pasado la tarde aguardando en la terraza. Observando desde aquel punto privilegiado a la gente que pasaba por nuestra calle. Escrutando entre todos los peatones una espesa cabellera rubia. Esa melena rubia que casi siempre recoges en un moño sobre tu tez blanquísima y pecosa. Ese cabello rubio sobre unos hombros redondos de los cuales cuelga un ligero vestido. No lo encontré. No te encontré entre todos ellos, y seguía allí encerrado. Aguardando. En tus ausencias me gusta subir de un salto hasta el muro de la terraza y caminar sobre el mismo, jugar con la posibilidad de la caída. Creyendo que si caigo quizás aparezcas. Me siento por horas sobre la tapia, siempre con la mirada fija en la calle, agasajado por la brisa en mi rostro e imaginando. Allí sentado, en mis largas esperas he fantaseado mucho. He envidiado a los gorriones por sus acrobacias con la libertad, y con la liberación que supondría en esos momentos, en esos días de espera, la capacidad de volar. 



Pero me sé gato y reconozco mis limitaciones, así que seguiré aguardando en la terraza o junto a la puerta. Te espero. Sabes que siempre lo hago. El calor es insoportable, las paredes parecen fundirse y no me queda agua en el bebedero. 

Fotografías Diego Sevilla Ruiz y Alex Paixà.


14 degustaciones:

emmagunst dijo...

Pude verla y sé que va a llegar, como ella sabe que siempre la esperás. Yo que vos la sorprendo y me escapo, como cual gato. Sé libre como él, si también los amos saben que los gatos siempre vuelven...al menos por un rato te sentís gorrión con garras...

Pati dijo...

Entonces... qué te sientes más... ¿Gato o gorrión?? ¿Envidias la capacidad de volar o realmente eres felino?? De todas formas... creo que sigues siendo un romántico empedernido..
Por cierto... No gozo de la compañía que ansío a mi libre albedrío... lástima..
Abrazo.

Aka dijo...

Lo de gorrión con garras sería genial, Emma. Pero como dices, los gatos siempre vuelven, aunque para ello siempre deban escaparse primero. Lo de esperar detrás de la puerta no es más que una treta para salir disparados por ella a la más mínima posibilidad... a ver mundo. Tapias entre balcones o terrazas nunca les han impedido saltar al otro lado a ver que se escondía y caminar a sus anchas por territorios ajenos. Pero siempre vuelven, igual que nosotros siempre volvemos... nos cruzamos y nos cuidamos a ratos.
Un beso

aina dijo...

me ha gustado mucho esta entrada, Aka. al final me dejas la duda de si eres un gato, por aquello del bebedero. De todos modos, eso importa poco, de ser gato las sensaciones serían las mismas y misma también, la sed.

Aka dijo...

Hola Aina, en el texto se trata de un gato, por ello lo del bebedero, pero pueden trasladarse sin problemas a una persona. Como dices, la sed sería la misma mientras se aguarda.
un abrazo

Aka dijo...

Hola Aina, en el texto se trata de un gato, por ello lo del bebedero, pero podría trasladarse sin problemas a una persona. Como dices, la sed sería la misma mientras se aguarda. Quizás más difícil de aplacar una sed que la otra...
un abrazo

kika dijo...

Pero Aka, los gatos no esperan. Son autosuficientes y para lo que necesitan de otro, cualquier otro les sirve. Aún cuando te quieren se sienten tus amos, los dueños de casa, los amos del mundo. Y cuando caen, van siempre de pie...así que nadie nota que han caido.

Aka dijo...

Cierto que los gatos se sienten amos, y cualquier otro les sirve, pero cuando no hay otro no les queda más remedio que esperar. Me gusta pensar que si esperan, cuando abres la puerta acuden corriendo desde donde sea, de la terraza, de casa del vecino, a saludar (o quejarse) aunque solo sea para exigir su comida o dosis de caricias. Se mueven por intereses, pero ¿quién no lo hace?
Lo de la caída es verdad, no pierden la compostura ni tras precipitarse.
beso

vera eikon dijo...

En algunos casos me recreo en la ficción de que esperan por mí. Sin embargo en ocasiones, cuando los dos estamos en casa, y supuestamente a nadie tienen que esperar, si escuchan abrirse la puerta de incendios, los veo salir disparados...Tengo claro que estos gatos no son míos. Yo soy de mis gatos. Bico

María dijo...

Maravillosa metáfora la del gato, que representa a la perfección la imagen de cualquier ser que espera el regreso ansiado.
Es un placer leerte, Aka.
Mil besos.

Aka dijo...

Siempre serás de tus gatos Vera, que salgan corriendo cuando oyen otra puerta o entra alguien es normal. Son curiosos e independientes y toda oportunidad es buena para salir a explorar, ahí radica su atractivo carácter. Pero eso no es incompatible con el hecho de que "esperen" o se alegren de verte, igual que tras sus devaneos por las calles o terrazas siempre vuelvan a casa. Reconocen a la gente, y a su manera son agradecidos. Seguro que os aguardan, pero una vez conocedores de que estáis en casa, una escapada resulta de lo más atractivo, y entonces nos toca a nosotros esperar su vuelta. Nos pertenecemos a nuestros gatos.
besos

Aka dijo...

Gracias por detenerte a leer María, un placer tenerte por aquí.
besos

NuCeLaR dijo...

Llevo muxo tiempo esperando a que los ruidos del ascensor sean por mi, que la espera termine. Alfinal me dejaré caer cual gorrión esperando que la caída no sea dolorosa. Yo no tengo siete vidas.

Un besito gatuno =)

Aka dijo...

Antes de dejarte caer haz como los mininos NuCeLar, y a la que se abra la puerta sal corriendo... dejarse caer cuando no se tiene la garantía de las siete vidas no sé yo...

otro beso gatuno