Rabdomantes (tres)



Llamó a Aske para que volviese. La subió a la parte de atrás del coche y volvieron a la carretera. Tenían camino por delante hasta llegar al punto de prospección designado aquel día. Evren observaba como el globo del sol ganaba altura, sabía que no era así, que el astro en realidad no se alzaba sobre el horizonte, sino que era más bien ella, el horizonte, la tierra entera, que girando en la vacuidad del espacio, se inclinaba lentamente como un navío zozobrante. Aún así, los ojos, la experiencia, la invitaba a describir la realidad con ese lenguaje aunque el conocimiento le advirtiese de que su percepción no era correcta. No podía dejar de verbalizar en sus pensamientos que era el sol el que ascendía y que con ello también lo hacía la temperatura. Evren quería evitar estar allí en el punto álgido. Esperaba acabar el trabajo de campo antes de que eso sucediese y volver a casa a completar el informe. La vegetación reseca era una constante, había momentos en los que uno podría pensar que estaba detenido. Que no avanzaba. Evren desconectaba, miraba sin ver por la ventanilla mientras sus pensamientos volvían esporádicamente a la escena experimentada en su última desrealización. No recordaba haber escuchado ninguna voz interna, como si la conciencia que compartía aquella visión careciese de lenguaje o de pensamiento basado en el lenguaje. Tampoco había pensamientos musicales. No había oído nada más allá de los sonidos externos, el temblor del suelo y la caída de los cuerpos. El interior había sido un silencio absoluto, cuando por regla general las mentes conectadas solían estar llenas de ruido. Ella misma se sabía llena de ruido. Incapaz de silenciarla, su cabeza era un avispero. Debía ser un sueño, pensó, me habré colado en el sueño de alguien. 

Vio de repente una hembra de gamo, con grandes e inocentes ojos, que estaba parada junto a una vieja señal de tráfico oxidada donde se se mostraba un gamo macho saltando. El animal permaneció inmóvil observando el vehículo deslizarse por la carretera. Al instante Evren mandó al coche que frenase. Pocos metros separaban el vehículo de la hembra que seguía inmóvil, con la cabeza vuelta hacia aquel objeto que acababa de atravesar su campo de visión y ahora se había detenido. Evren miró a través del retrovisor si el animal seguía allí. Cuidadosamente se giró, poniéndose de rodillas sobre el asiento. Quería contemplar con calma a esa criatura. Casi nunca se dejaban ver tan dentro de los llanos. La hembra estaba delgada, su pelaje pardo-rojizo tirando a ocre con numerosas motas blancas en el torso, parecía un traje holgado mal dispuesto sobre su esqueleto, con pliegues del manto de pelo colgando por todas partes.

Aske, se había incorporado y miraba en la misma dirección que su compañera de trabajo. En medio de la nada se observaban los tres sujetos, todos ellos sorprendidos por la presencia del otro. Se interrogan entre ellos trasasándose con las miradas. En las enormes pupilas del gamo Evren descubría la naturaleza arisca de esas tierras. Eran unos ojos cándidos, cordiales, enmarcados por unas largas pestañas. Su color era el del suelo. Los expertos seguían sin explicarse como habían conseguido sobrevivir a las severas condiciones de la zona. En otros tiempos abundantes, sus manadas habían desaparecido, sólo se veían individuos sueltos de vez en cuando deambulando por el polvorosos paisaje. Se tenían observaciones de animales mordisqueando el tallo de las graminias de las cuales parecían extraer algún nutriente, pero nadie sabía de donde obtenían el agua suficiente para vivir.

Pasados unos segundos el animal huyó, acelerando el paso entre la vegetación moribunda hasta hacerse pequeño. Con la distancia sus colores fueron fundiéndose con los de la tierra hasta volverse invisible. La naturaleza siempre evadía al humano. Rehuía y evitaba su contacto. ¿Qué explicarán mis ojos? se preguntó Evren cuando dejó de ver al gamo. Volvió a sentarse correctamente y ordenó seguir. Aske permaneció sentada de espaldas viendo como la antigua señal del gamo saltando se precipitaba hacia el punto de fuga. La tierra seguía hundiéndose en su giro y el sol, a cada minuto que pasaba, quedaba más por encima de sus cabezas.

“Las pulgas” llevaban un rato explorando el terreno. De vez en cuando Evren veía un pequeño destello metálico elevarse sobre las matas secas para volver a caer un poco más allá. Tomaban parámetros del suelo y cuando no encontraban lo que buscaban saltaban de aquí para allá, dibujando sobre el monitor de Evren que seguía sus movimientos una línea recta que sube, un giro repentino a la derecha corto, vuelta a la izquierda, un poco más a la izquierda, un ángulo recto que se aleja en dirección opuesta, moviéndose arriba y abajo sobre el dibujo bidimensional que Evren tenía de sus desplazamientos. Danzaban las pulgas unas alrededor de la otra, en comunicación constante entre ellas, tejiendo entre todas una interminable figura sobre las arenas que parecían carecer de sentido alguno. Se alejaban por momentos para luego frenarse y volver sobre sus pasos. Sus trayectorias se entrecruzaban continuamente, sin embargo lo que empezaba pareciendo un movimiento al azar acababa descubriendo como una distribución estable que cubría eficazmente el terreno asignado. Habían sido programados para simular la estrategia pseudoaleatoria que practicaban los animales cuando buscaban alimento, esa mezcla de movimiento browniano con patrones propios de los vuelos de Lévy. Esas caminatas aleatorias aparecían por todas partes, desde la difusión a un nivel microscópico cuando se observaba cómo una proteína encontraba un sitio funcional dentro de la célula, hasta el uso del espacio por los animales, e incluso en la patente incertidumbre de la evolución de los precios en los mercados bursátiles o las opiniones de la gente en una conversación. Evren viendo aquel ajetreo errático no podía dejar de pensar en sus propia actividad. No le costaba imaginarse como un depredador hambriento y agotado, como la hembra de gamo que poco antes se había cruzado con ella, deambulando por la vida, conectando con la mente de otros de manera azarosa esperando encontrar algo. No sabía muy bien el qué. Quizás en realidad tan siquiera quisiera descubrir ese algo que desconocía. Pero veía en la danza dibujada de sus pulgas un reflejo de su vida. Una caminata sin rumbo que daba vueltas sobre si misma.

Era el mismo movimiento que Aske efectuaba cuando buscaba un rastro. Iba de un lado para otro, pero a diferencia de ella, la perra, una vez localizaba un indicio de algo, tiraba del mismo. Seguía su olfato persiguiendo una esencia hasta donde esta la llevase. Evren nunca había actuado así. Nunca había dado el paso de profundizar en nada. No se había aventurado por nuevos senderos. Vibraba siempre alrededor del mismo, lo dejaba brevemente para volver al mismo, desbordarlo por otro lado y acabar de nuevo en su senda. Ese era su territorio. No osaba alejarse del mismo. 

Miró a Aske tumbada bajo el vehículo. El paisaje carecía de sombras, Evren buscó la suya, pero la verticalidad del sol había casi borrado temporalmente su silueta del suelo. Soledad absoluta. No podía disfrutar ni de la compañía de su propia sombra. ¿Dónde se habría refugiado el gamo para evitar el embate del sol a esas horas? Se sentó junto al coche, a la poca umbría que este ofrecía mientras las pulgas seguían haciendo su trabajo. Saboreó con la yema de los dedos el polvo del suelo. Era de textura fina, una tierra limosa constituida de partículas compuestas de fragmentos diminutos de roca y minerales de arcilla. Era el mismo suelo en casi todas partes de ese vasto páramo. Le hubiese sorprendido percibir algo diferente entre sus dedos.  



Rabdomantes (dos)



La tierra despedía vapor. Los campos habían quedado borrados. Velados tras nubes de vaho ancladas a la superficie. Serpenteaban, tiradas por gigantes perezosos e invisibles. Se intuía su presencia. Estaban allí. Tenían que estar allí. Las fuerzas eran patentes. En ocasiones la imagen temblaba. Todo se estremecía. Le seguía unos segundos de vibración, como si el paisaje entero tiritase, hasta que la oscilación se apagaba lentamente. Algo acunaba el horizonte. Lo devolvía al punto de equilibrio restituyendo las fuerzas que habían actuado sobre el mismo. Todo era almagre. El firmamento oxidado sudaba pardo. El cielo se había vuelto arcilloso, de un barro seco con fisuras que parecía poder desconcharse en cualquier momento. 
Ahí, ahí estaban. Esta vez, Evren vio a uno de ellos. Un gigantesco cuerpo cilíndrico, hinchado y aceitoso surgió arqueado de entre la bruma. Era un enorme ballenato alzándose entre los campos, para desaparecer en una estruendosa caída sobre el océano de cardos. Todo volvió a estremecerse. El paisaje parpadeó. Una. Dos. Tres. Cuatro. Hasta cinco veces la imagen desapareció a sus ojos a pesar de que sus pupilas estaban abiertas. En ningún momento la membrana cayó sobre la media luna de sus ojos, fue el mismo paisaje el que se borró para volver inmediatamente a constituirse.
Aquella aparición fue tan inesperada que apenas tuvo tiempo de sorprenderse. Su conciencia seguía sin reaccionar. Le empezaba a llegar todo tipo de información confusa. Los espacios sinápticos eran torrentes turbulentos de neurotransimisores, cargas eléctricas que activaban y desactivaban una compleja red ramificada de neuronas, llevando consigo imágenes, palabras y sonidos. Un mar denso y electrificado que desbordaba la corteza visual. Los ojos de Evren se habían invertido, se habían volcado hacía dentro, mirando lo que se proyectaba sobre la corteza visual. Habían dejado de ver el mundo exterior, nada entraba en su cerebro. A sus ojos, sólo les interesaba la reconstrucción que hacía su interior. 
Fuera no había nada. 
Dentro lo estaba todo.
La bóveda celeste oxidada se abría, se rajaba como un terreno yermo y de entre sus fisuras desbordaban pequeñas criaturas que se precipitaban al vacío. Se desprendían del hueco y caían. Caían por la vertical al encuentro del horizonte. Los cuerpos aceleraban su trayectoria a medida que se desplomaban. Eran humanos, ahora los veía mejor. Cientos. Miles. Cientos de miles, todos ellos viniéndose abajo. Despeñándose desde los barrancos del cielo, cayendo a plomo hasta romperse contra el suelo. Los impactos eran sordos. Sonidos opacos, como gotas de fango. Los oídos de Evren se llenaron del ruido que escapaba de bajo sus botas cuando estas quebraban las conchas secas de caracoles en el campo. Los cuerpos se destrozaban al ver frenada su caída. Cada vez eran más los que se precipitaban desde un firmamento más fracturado. Golpeaban unos cuerpos con otros. Se apilaban los cuerpos blandos unos sobre los otros. Desencajados. Desarticulados. Elementos rotos. Amontonados, levantando una pira inmensa ante los ardientes ojos de Evren. La pupila febril titiritaba, la cornea rebullía inquieta. El ardor se volvió doloroso, extendiéndose desde la parte posterior del cráneo hasta el rostro. La incandescencia de las cuencas oculares parecían emitir luz propia. Tanta que al final lo cegaron todo.

El silencio llegó de la mano de la monotonía. Los grillos seguían frotando los bordes de las alas anteriores entre sí, su sonido era un colchón de calma. Un espacio de serenidad. Allá, en el horizonte podía ver la cola de su perra atizando las espigas secas. El sol había ascendido algo más, brillaba solitario en un cielo despoblado de un azul sedoso monocromo. El panel le informaba de que las baterías estaban recargadas. Desenganchó el cordón neuronal del mismo. Andaba confusa, aturdida como siempre tras una sesión de desrealización. Se sentía mareada, con una profunda sensación de desprotección, ya que por un momento era incapaz de pensar en nada más que lo que había experimentando. La realidad, el sol, el llano, el canto de los ortópteros, todo parecía ser experimentado desde fuera, como si no fuese con ella. La visión seguía titiritando, como si el mundo estuviese constituido de fotogramas, le parecía oír más de la cuenta, con mayor agudeza, el raspado de los grillos no era una masa homogénea, como de costumbre, sino que cada uno tenía su timbre y tono, constituyendo una orquesta compleja. Hasta el cuerpo parecía débil. Mareado. La brecha abierta entre su mundo interior y el exterior requería unos minutos hasta quedar sólidamente sellada. Una vez cerrada, el proceso disociativo acababa y pocas veces Evren daba mucha importancia a lo acontecido durante la conexión.

En casi todas las ocasiones, las conexiones le habían llevado a experimentar circunstancias rutinarias. La mayoría de los usuarios ejercían como “donantes” mientras desarrollaban su vida normal, bien en el trabajo o en el hogar. Ella misma, Evren, se había conectado como donante, alguna que otra vez, mientras llevaba acabo sus prospecciones por los llanos. Tenía dos seguidores que aseguraban que les relajaba pasear, como “receptores” de esa donación, por esos espacios vacíos, pudiendo así evadir la abrumadora densidad de la ciudad que habitaban. 

Así pues, mientras aguarda a que el automóvil cargaba su batería, Evre había desayunado junto al marido de otra mujer en un bloque de la ciudad. En lugar de dar vueltas al cubo fotovoltaico, daba vueltas a una cucharilla en un tazón de leche caliente mientras el hombre hacía lo mismo, intercambiaban alguna mirada o comentaban los titulares del día que llegaban a sus dispositivos. Hablaba y escuchaba en una lengua que no entendía. Sus pensamientos vagueaban en unos fonemas que nunca antes había escuchado y que nunca podría pronunciar, los sonidos se disolvían en imágenes que nunca acababan de conformarse. Media palabra, media imagen eran suficiente a la propietaria de esos pensamientos para traer a su conciencia lo que buscaba. Las reflexiones, la memoria se mostraba como un complejo y multifacético caleidoscopio en continua rotación, mientras observaba al marido dando largos sorbos a su taza.  

Un mañana llevó de las manos a los hijos de una madre hasta la escuela. Sintió el tirar de unas manos pequeñas sobre las suyas y como sus músculos se agarrotaban para evitar que uno de ellos se escurriese al ver la puerta del colegio. La piel de los niños era suave, extremadamente suave y perfumada. El mayor de ellos no paraba de cruzarse con sus piernas, en más de una ocasión la hizo tropezar y tuvo que reconducirlo a su posición. Desde la altura, desde el plano picado de la visión de la madre, el pequeño aún lo parecía más. Más indefenso. Más reducible. Resultaba fácil ejercer la autoridad desde aquella perspectiva. 

A veces se había visto de pie, manteniendo el equilibrio en un vagón repleto de gente, todos ellos de camino al trabajo. Unos sentados, otros de pie, apoyados contra las puertas o sujetos a las barandillas, todos conectados a sus respectivos dispositivos. Incluso ella, o él, el cuerpo a través del cual Evren experimentaba aquel rutinario viaje matutino. Sacudido su cuerpo por el ligero traqueteo del transporte público, sus ojos se concentraban en la lectura de la crónica del último evento deportivo de la noche anterior, mientras el leve roce con una mujer, que se sostenía a su lado, se traducía en una transmisión dulce y placentera bajo su dermis a lo largo de su cuerpo.

Un día pasó un buen rato con el cerebro impregnado por un mar de efluvios y esencias desconocidas. Los sonidos que embutían aquella mente no los había escuchado nunca, no conocía otros idiomas más allá del turco, el kurdo y el inglés, pero aquellos ruidos diferían mucho de cualquier otro idioma que hubiese escuchado antes. Las imágenes también eran diferentes. Vaporosas, parecían perfumadas, de colores virados que se transformaban continuamente, quedaban suspendidas unas sobre las otras, superponiéndose, sumando un color, una imagen, un olor, sobre otro, para reconstruir un todo poliédrico confuso. No fue hasta acabada la sesión, que Evren descifró que había estado encerrada en la mente de un perro. Que lo que había sentido le llegaban a través del olfato de un perro paseando por la calle, al que su dueño le había instalado un cordón neuronal. Evren pensó que tendría que hacer lo mismo con Aske, su perra. No para exponerla en la red como donante a los miles de usuarios desconocidos, sino para conectarse a ella. Para entenderla mejor, para sentir directamente a través de ella esas búsquedas aparentemente tan apasionadas que llevaba a cabo por el páramo, porque ella, mediante sus ojos no conseguía discernir que había de interesante en aquellas áridas tierras.

Evren siempre había buscado experiencias sencillas, nada extraordinarias, pequeños momentos de evasión para sentir como llevaban otros la carga de la vida. Y como Evren, millones de usuarios en el mundo hacían lo mismo. A ratos ejercían como “donantes” cediendo su experiencia cognitiva al mundo, a ratos como “receptores” apropiándose de lo vivido por los donantes. La intimidad había muerto. Incluso la de los espacios más recónditos, los pensamientos conscientes e inconscientes, los sentimientos de todo tipo corrían por lo que la gente creía que era ese mundo intangible de pura liviandad e infinito que denominaban la Red. Solo que sus pensamientos, sus experiencias, sus acciones, sus comentarios, sus sentimientos, no flotaban, en realidad eran inmensos textos de código binario, secuencias interminables de unos y ceros grabados en unidades de almacenamiento gestionadas por un sistema y alojadas en ordenadores que llevaban a cabo 18,743 transacciones por segundo, intercambiando miles de millones de gigabytes, consumiendo más del 6% de la energía mundial y emitiendo grandes cantidades de gases nocivos a la atmósfera. La Red no era una blanca y sedosa nube sino un sucio país pequeño. Un país caldera que devoraba recursos. Sus vidas, sus conciencias era el último de los recursos en sumarse a todo lo que esa maquinaria gestionaba. Todo lo donado, todos los datos personales e íntimos estaban alojados en las máquinas de unas empresas desconocidas gestionadas por extraños en un país donde no había ley alguna. 

Evren desconocía esa realidad. Tampoco le importaba. Casi nadie pensaba en ello. Se ignoraba. El pudor, la idea de individuo como ser libre y autónomo, responsable de su destino, estaba desapareciendo. La privacidad e intimidad habían caído de la escala de valores. La gente no tenía suficiente con pensarse a sí mismo, sino que necesitaban que otros los pensasen, que otros los sintiesen y al mismo tiempo ellos pensar y sentir en y a través de otros. Las emociones, las necesidades, los sentimientos requerían de algo más que los propios recuerdos, experiencias, deseos y sueños. ¿Por qué limitarse a la vida de uno mismo cuando se podía acceder a la vida de todo el mundo? Allí fuera existía un universo mucho más amplio y rico que el diminuto mundo individual. Eran muchos los que querían gozar de esa experiencia, enriquecer su dimensión humana más allá de la suya. Más allá de su materialidad corporal e imaginativa. Renunciaban a su singularidad voluntariamente buscando una unidad imposible. La gente se había vuelto transparente pero en el anonimato. Eran anónimos translúcidos, que sus conocidos no veían, pero que los desconocidos podían penetrar y atravesar sin problemas. Evren era una de ellas. Un pozo de incertidumbres, incluso para sí misma, exhibida a un mundo externo de desconocidos.

Evren se deslizó fuera del vehículo. Se apoyó al mismo. Estaba mareada, una ligera sensación de vértigo seguía instalada en su cuerpo. Los efectos de la desrealización persistían en su cuerpo. Buscó a Aske en el horizonte. El movimiento de la vegetación delató su posición, allí estaba su rabo. Enseguida emergió su cabeza, buscándola a ella con sus ojos brillantes. Su pelaje estaba lleno de espigas y espinas de cadillo. Evren pensó que aquella tarde tendría que lavarla y revisar que ninguna de las espigas se hubiesen clavado entre las almohadillas de sus pies. Hace un par de años una espiga se introdujo dentro de la piel y le causó una dolorosa tumefacción roja que no supo ver. Para cuando la detectó, la infección se había extendido, una serie de enormes granulomas evolucionaron a lo largo de su pata para intentar aislar aquella sustancia extraña afectando al funcionamiento de la misma. No pudo volver a apoyar bien el pie sobre el suelo. A pesar de su cojera crónica seguía disfrutando de la libertad que los yermos campos le brindaban cada día. Evren estaba convencida de la felicidad de Aske constituyendo parte de la brigada de rabdomantes.





Rabdomantes (uno)



Evren se dejaba llevar. El vehículo se desplazaba tan silencioso sobre el terreno, que más que rodar, le daba la sensación de deslizarse sobre el mismo. La suavidad del movimiento invitaba al sueño, la cabeza reclinada sobre la cabecera resbalaba levemente hacia la izquierda, quedando allí colgada, en el hueco que se abría entre los dos asientos. Se permitía extraviar la mirada en el más allá, en el horizonte a la fuga, mientras el sistema automático mantenía el coche en la carretera.   

Fuera se sucedía un paisaje intensamente ondulado, que le recordaba que para las fuerzas intrínsecas de la naturaleza, aquella fina piel de la Tierra que habitaban, era poco más que una hoja de papel que podían arrugar y modelar a su antojo. El terreno era monótono, un sube y baja yermo cubierto por pequeñas espigas de gramineas y cardos secos de flores amenazantes. Todo ello llevado hasta el límite, hasta donde se precipita el horizonte en el vacío. Ella no guardaba en su memoria ninguna visión distinta de ese espacio, siempre había sido así, un erial, pero de su madre había escuchado que aquellas tierras no habían sido siempre así. Le costaba dar crédito a las imágenes que le había enseñado de pocas décadas atrás, cuando las colinas constituían un páramo fértil donde se dejaba pastar al ganado. 
No concebía que aquello hubiese sido un todo verde. Verde era el único vocablo que le quedaba para definir algo frondoso o fresco, a veces no entendía a su madre cuando le hablaba, porque usaba unos términos para describir el paisaje de su infancia, de los que ella carecía. No tenía referencias. Ni percepción alguna de lo que representaban una fronda o un herbazal. Ya nadie usaba esas palabras. Habían desaparecido como lo habían hecho las imágenes asociadas a ellas, de visualizar algo similar en el paisaje poco hubiese podido decir de ello, más allá de definirlo como un campo verde. El lenguaje impone una imagen. Cuando la imagen dejo de existir, la palabra falleció con ella. Muchas palabras sobrevivían resguardadas en los mayores, en aquellos que, como su madre, aún tenían en su poder memoria de lo extinto. Muchas palabras, para esa generación que le antecedía, constituían un engranaje afectivo, un resguardo privilegiado de lo que fue y al que sólo podían seguir apegados mediante el sonido de unas palabras que evocaban unas imágenes inexistentes.

Y si lo verde no podía expresarlo más que como verde, Evren disponía de una extensa terminología para describir el extenso paisaje agostado que se desplegaba a lado y lado de la carretera. Requería de ese lenguaje para redactar sus informes, en las que las propiedades del terreno debían quedar bien definidas, siguiendo las directrices de la Oficina. El verde se manifestaba con poca frecuencia en ese suelo mustio y ajado, en pocas ocasiones había tenido que hacer uso del término. Sólo tenía constancia de un fenómeno. El de una floración explosiva que siguió a unos días de tormenta. Una rareza que la sorprendió con una intensidad de colores nunca antes vistos en ese paraje reseco. No supo reflejar el suceso en el informe, se limitó a escribir: verde. 

Hay días en los que pensaba que fue un espejismo. Una alucinación. Un juego de la percepción e incluso algún tipo de interferencia en el sistema nervioso en el que se entremezclaron la realidad con las imágenes que su madre le había enseñado. Otros días confíaba en sus sentidos, los registros de los sensores de ese día confirmaban niveles de humedad nunca antes observados, y la lectura colorimétrica había sido inaudita, muy alejada de la gama ocre que solía definir sus dossiers.

Un pitido agudo interrumpió el duermevela de Evren y el de su perra que hasta entonces había permanecido tumbada en la parte trasera del vehículo. El dispositivo le avisaba de que estaban llegando al puesto donde debía recargar las baterías del coche. Unos metros por delante vio como un pequeño punto negro junto a la carretera iba ganando volumen hasta definirse como una pequeña construcción.

Era un edificio sencillo. Un bloque, casi un cubo perfecto, de paredes oscuras. Toda la edificación estaba barnizada con una tinta fotovoltaica basada en la pervoskita. En algún lugar se observaban grietas, en las esquinas la pintura empezaba a descascarillarse. Una vez el vehículo se detuvo y se conectó para llenar sus baterías casi vacías, Evren descendió del mismo. Abrió la portezuela trasera para dejar que el perro saliese para poder estirar las piernas. En cuanto saltó del mismo, un enjambre de diminutos seres mecánicos se desprendió de su pelaje, la nube describió un pequeño círculo y enseguida desapareció de nuevo sobre el lomo del canino.

Evren inspeccionó el lugar, con el tedio de quien sabe que no va a encontrar nada. Realizaba aquella ruta cada dos meses. El piloto automático siempre paraba en aquel lugar, era el único puesto de repuesto. No tenía constancia de donde estaba el siguiente, nunca se había aventurado tan lejos. La ruta asignada finalizaba no muy lejos de allí, donde el suelo se rompe para conformar el barranco que, dicen los geólogos, succionó el agua de la región. Más allá del mismo no tenía autorización para hacer prospecciones, quedaba fuera de la jurisdicción de la Oficina. Su labor consistía en rastrear a un lado del barranco cualquier posibilidad de encontrar agua, así como reportar las propiedades del suelo bajo las que se escondía el preciado fluido. Toda esa información era centralizada por la Oficina e incorporada a una extensa base de datos de la que se alimentaban los algoritmos que estimaban la viabilidad económica del proyecto.

El chucho, cojo de una pierna, renqueó unos cuantos metros para hacer sus necesidades. Una vez más, la horda de minirobots que reposaban sobre su espinazo alzó el vuelo como si fuesen una misma entidad y se posaron sobre el terroso suelo. Ellos eran el instrumento básico de Evren, sin ellos su trabajo sería imposible. Era una caterva de diminutos autómatas, “las pulgas” los llamaba Evren, dotados con diferentes sensores que se dispersaban por el terreno y registraban datos de humedad y composición del suelo, pero la más importante de sus funciones, era la de medir la conductividad y resistividad del terreno enviándose señales los unos a los otros, conformando una compleja red viviente que intercambiaban información. Cuando los sondeos daban un valor de probabilidad alto, identificaban el lugar exacto, y emitían una señal sonora inaudible, un tono que sólo la perra que siempre había acompañado a Evren en sus prospecciones podía escuchar. La perra se dirigía al foco del sonido y le marcaba el punto. Aquel quedaba registrado como uno susceptible de ser examinado y abrir, en un futuro, un pozo del cual extraer agua, si los algoritmos lo consideraban oportuno. La Oficina hacía esfuerzos enormes por encontrar aguas freáticas dentro de sus fronteras.

El sol, todavía ascendiente, empezaba a caldear el aire. El silencio se manifestaba a través del chirrido monótono de un ejército de grillos. Eran los únicos habitantes de aquellos llanos en aquella incierta localización. Sólo ellos hablaban. Era un sonido tan continuo que al final se volvía imperceptible. Evren sólo tomaba conciencia de ellos cuando por alguna razón dejaban de hacerlo. Sólo entonces, en el silencio, tomaba forma el ruido. El que Evren llevaba consigo. El que la habitaba pero sólo allí advertía. 

Cerró su órbita alrededor del cubo y comprobó a través de la ventanilla como progresaba la recarga de la batería. Aún quedaba un buen rato. Observó a su perra ladeando entre un mar de espigas dobladas, llevaba el morro a pocos centímetros del suelo, olfateando algo, siguiendo un rastro. Cada cierto tiempo levantaba la cabeza entre las panojas resecas, dedicaba una mirada a Evren y volvía a desaparecer inmediatamente, escudriñando lo que Evren consideraba un imposible. Allí no había nada. Sólo un manto de cardos y gramíneas marchitas junto a miles, cientos de miles, de grillos. Aún así el chucho seguía adentrándose en ese manto amarillo y consumido.

Evren le dejó hacer. Ante la expectativa de la espera entró en el vehículo. Se acomodó en el asiento. Rebuscó el cordón neuronal entre su melena ondulada y lo conectó al panel del coche. Deseaba ser usurpada. Entregarse a la red para que alguien raptase su mente. La violase y pudiese experimentar lo que cualquier otro estuviese haciendo en cualquier otro lugar. Lo esencial era donarse. Desvanecerse. Dejar de ser ella misma. Unirse a la comunidad, cada vez más grande, de ciudadanos que concedían sus sueños y vidas a otros.
¿Está segura de querer proceder con la aplicación?, preguntó la computadora. 
"Sí".




Santa Senyora del Bosc



Se llega hasta ella a través de un estrecho sendero que se va adentrando en el fondo de la riera, el bosque seco al principio va volviéndose tupido y la vegetación superponiéndose una sobre la otra. Los pinos quedan atrás y dominan las encinas y algún que otro roble grande en algún recodo oscuro y húmedo. De sus ramas, cubiertas de líquenes en su cara norte, cuelgan largas lianas y enredaderas que descienden desde las copas hasta los pies del camino arcilloso que me llevan al lugar. Hay algún tronco caído, sus vísceras, en descomposición, son ahora el hogar de cientos de insectos que lo devoran por dentro hasta reducirlo a serrín, polvillo amarillento que desprende un intenso aroma de humedad. En algún que otro recodo el aire está inundado por la esencia del otoño que viene, la de las setas que empiezan a emerger entre la hojarasca. La senda se bifurca y una de sus ramas me lleva pendiente abajo, por un paso más estrecho aún, una bajada corta y empinada que sigue el rastro del agua cuando llueve, una zanja abierta por los pequeños torrentes va ribeteando el camino terroso hasta alcanzar un pequeño claro en el bosque. Una explanada diminuta que acoge tres grandes robles que se abren de brazos a un cielo que es un zumbido, el ronroneo incesante de cientos de abejas que vuelan entre las flores de un durillo de porte arbóreo recostado sobre uno de los robles.

La rambla que surca el sombrío valle tiene allí una fuente, una antigua losa que sigue en pie desde el siglo X con una boca de hierro que escupe un pequeño hilo de agua, un filamento que apenas es hilo, sino un goteo constante, que escasamente alcanza para encharcar su base, tan sólo embarra un suelo sediento. Más allá del manantial resulta imposible seguir bajando, arbustos, zarzas y enredaderas sellan el camino del cauce enjugado que se extravía en la penumbra vegetal. Si subo una ligera pendiente por un camino que lleva tiempo sin ser transitado llego a lo que queda de la ermita de Sant Vicenç del Bosc. Su base y muros son de poco más de un metro desde fuera, casi tan anchos como altos; desde su interior, tras descender tres escalones, las paredes de piedras sueltas parecen algo más altas. Musgos, líquenes y helechos habitan los pedruscos que las conforman. Parte de uno de ellos convive con dos encinas que encontraron entre sus minerales donde plantar su simiente y ahora se elevan sobre la ermita configurando una nueva bóveda verde por donde pasea alguna que otra pequeña ave.

Queda en el centro un pilar de piedra, una losa recostada a sus pies con una cruz rascada, y un ramillete pequeño y delicado de flores secas que alguien dejó allí hace mucho tiempo. En el lado izquierdo del pilar aparecen cincelados unos cuantos símbolos, la mayoría de ellos demasiado desgastados para leerse, pero uno si es reconocible. Uno de ellos es un mapa. Un mapa de T en O: Orbis Terrae. Un círculo, una letra circular que representa el océano que circunvalaba el mundo y en su interior una letra casi transformada en cruz cuyo brazo largo representa el mediterráneo y los cortos, el Nilo y el mar Negro y el río Don. Arriba Asia, abajo a la izquierda Europa y a la derecha África. Una visión cristiana del mundo, lejos de la realidad terrenal, apartado de la cartografía de los navegantes, un mapa espiritual en cuyo centro yace Jerusalén. El círculo es el “Océano de las tinieblas” o “Mar tenebroso”, como era conocido por los cartógrafos musulmanes del medievo el océano Atlántico, el cual asumían se extendía desde las costas más occidentales de Europa y África hasta las costas de Asia dentro de una esfera que contenía sus aguas y tierras. Descubrir el continente americano debió ser un enorme impacto, una ruptura radical con la visión simbolista del mundo, el mundo divino, el creado por Dios, escondía una nueva tierra que no entraba en la concepción perfecta que representaba el círculo. ¿Había escondido allí Dios el Jardín del  Edén? ¿O deambulaban por allí demonios y otras bestias ajenas al mundo de Dios?

Dicen que sobre el pilar hubo en su tiempo una pequeña figura de madera, de poco más de treinta centímetros, que representaba a la virgen María. Se la conocía como Nuestra Señora del Bosque (Santa Senyora del Bosc), que un día se apareció a un joven pastor que sacaba a pasear a sus ovejas por los alrededores. Acostado a la sombra de un algarrobo escuchó el mugido de los bueyes que araban los campos de los alrededores. Todos ellos, sin excepción, caminaban lentos, pero decididos, en procesión hacia el bosque. Los bóvidos se hundían en la vegetación, llevándose por delante lianas y enredaderas, las zarzaparrillas coronaron sus cornamentas con las que apartaban ramas, abriendo sendero con sus pesadas pezuñas. Las ovejas se sumaron a la procesión, así como los canes que debían contenerlas en los campos, gallos y gallinas que corrían por allí sueltos también se sumaron a la comitiva. El muchacho siguió a sus ovejas, no podía perderlas. Siguió el desfile de bestias por el bosque hasta llegar a aquel pequeño claro, donde la vio. Estaba allí, cerca de la fuente, la pequeña talla de la virgen a la que todos los animales rendían pleitesía, todos ellos emitían sonidos, desde los mugidos de los bueyes, al balar de las ovejas, el cacareo y cloqueo de gallos y gallinas, el piar de las aves desde de las ramas, el zumbido de los insectos y el croar de los sapos que habían seguido el torrente. Era un estruendo gigantesco para recibir la aparición de la Señora del Bosque. La ermita se levantó para dar cobijo a quien tenía a la naturaleza por hogar. El artificio invadió lo natural con su materialidad, su espiritualidad no era suficiente, había que dejar constancia de la misma. Darle forma. Hoy su materialidad casi ha desaparecido. Poco queda de ella y sin embargo al haber sido conquistada de nuevo por la nada, por el entorno, la obra se vuelve aún más material que antes. Su magia es más perceptible que antes, como lo es el papel en un libro de páginas en blanco, o la tela de un lienzo vacío. El vacío, el silencio, la nada, tienen su propio mensaje.

Si uno arrima el oído al muro encarado el este puede oírse una serie de sonidos extraños enjaulados dentro de la piedra. Son pasos. Pies acolchados de jaurías de lobos que trotan en círculos. Se escuchan metálicas las uñas desgastándose en su camino. A pesar de los helechos y los musgos, allí no huele a humedad, el aire es cálido y uno parece estar rodeado por un grupo de canes echándole el aliento, todos ellos con la lengua colgando entre sus colmillos. La ansiedad se huele en ese rincón. La Señora del Bosque encerró a los lobos dentro sus rocas para proteger el ganado de las bestias que habitaban la foresta. Cedió a las demandas de los humanos. Cuando cayó el techo y con ello parte del muro, muchos de ellos quedaron liberados. Saltaron, atravesando la pared, al mundo del cual habían sido excluidos. Reivindicando su naturaleza depredadora. 

Hambrientos, bajaron hasta la aldea. Se les vio rondando junto a los jardines del monasterio. Eran grandes, negros, sombras invisibles al amparo de la noche, con dos puntos de luz. Dos ojos extremadamente blancos, cuencos de leche carentes de iris y pupila. En la noche inacabable de las piedras que los habían retenido, la visión se había sacrificado. La superioridad moral de los animales está fuera de duda. Sólo el hombre piensa conscientemente en el mal mientras sonríe al vecino. El animal no piensa, ni habla, ni siquiera sonríe. Ni vive para matar, ni mata para imperar. Ataca solamente cuando le va la vida en ello. El animal es pacífico e incluso temeroso. La guerra contra las bestias es un conflicto humano, ajeno a los animales. No ha habido nunca disputa entre el hombre y los animales, siempre ha sido una agresión desde lo humano sobre lo animal. Los lobos que deambulaban por las calles no eran la causa sino la consecuencia de la opresión que el hombre había ejercido sobre ellos. Cuentan que aquella noche algunos vecinos desaparecieron, que nunca más se supo de ellos. Sus cuerpos se esfumaron. No había más rastro de la violencia desencadenada por las bestias liberadas que la desaparición de algunas personas. Ni sangre, ni huesos, ni gritos. Una ausencia silenciosa. 
Tampoco los lobos volvieron a ser vistos.
Ni la efigie de la Señora de Bosque se encontró entre los escombros del techo desplomado.
Poco a poco volvió a oírse el color de la naturaleza.
Quien canta siempre una melodía del otro mundo.

Nos alejamos de ella, la destruimos, porque cuando oímos nuestra propia melodía, la que habita nuestra alma, pero no cantada por ella misma, sino emitida por algo o alguien que está fuera físicamente de a quien pertenece esa melodía, sentimos miedo. Nadie puede escapar al dictado imperiosos de esa voz. Cuando alguien se encuentra frente a aquel llamamiento de su propia alma exteriorizada, la atracción es fatal. Por eso se evita. Siempre se ha evitado escuchar a la naturaleza. Para evitar que nos penetre de nuevo.




Ese algo que me busca


Subía. Primero un pie, pausado, cachazudo, cansado, que se afianzó sobre el peldaño, luego el otro se levantó, frágil y tembloroso. Orquestaba el movimiento una rodilla rígida, enquistada por el tiempo, y una mano, de papel arrugado, que se sujetaba a la barandilla, que sube, o baja, en la entrada que lleva al tren de cercanías. El segundo pie seguía suspendido en el aire, aún no había sobrepasado a la pierna que le antecedía, cuando en un gesto minúsculo, la vista de la mujer, en una cabeza enclavada en una espalda que lastra demasiado pasado, se cruzó con la mía que descendía rápida por la boca de la estación. 
Era una mirada que no veía. Se proyectaba.
Palpaba el vacío.
No tenía luz. Pero tampoco sombras.
Era algo ruidoso que llegaba desde el silencio.
Algo que no entiendo o entiendo demasiado.
La luz que ciega al salir de un túnel.
Un algo que parte del inconsciente buscando la conciencia.
Un algo que me busca para revelarse.
Que se ha revelado pero se ha desvanecido.
Un algo que al contenerlo todo no contiene nada.
Un algo de silencio que da paso al más estruendoso de los sonidos.
Un algo que no encuentro al otro lado de la ventanilla, donde los árboles se desenfocan y desaparecen.

Mi imagen se refleja en el cristal, pero no me devuelve lo que la mirada de esa mujer me ha transmitido. Temo que se pierda, como el sol se está perdiendo tras la cordillera. Una chispa y el cielo se apaga. Mudo. El mundo sigue sumido en el monótono traqueteo del convoy que avanza sobre la cicatriz dentada que lo guía. 

Me bajo en la estación que me corresponde. Quizás debería seguir, ver donde me lleva la dejadez, pero los automatismos se imponen. Somos pocos, no llegamos a la decena los que abandonamos el ferrocarril y rápidamente nos dispersamos por la plaza de la estación en diferentes direcciones. Cojo el paseo que baja al centro al pueblo. Alguien está apilando las sillas de la terraza. Otro con el pie acaba de sellar la persiana de un comercio. Bajo por la calle solo. Hace bochorno, hay cierta neblina sobre los adoquines, perceptible en los tramos donde irradian las farolas. Un hombre viene a mi encuentro. Echa humo por nariz y boca. Una gasa de vaho embala su rostro hasta que estoy muy cerca. Es un hombre mayor, de aspecto modesto, que camina con la cabeza algo ladeada y fuma. Su cabello es blanco. Brilla bajo la luz del fanal público, como su piel blanca cubierta de póstulas rojas. Parece contemplar algo del exterior que nos envuelve, pero en realidad sus ojos lechosos miran al vacío. Percibo otra vez el vértigo. Siento un escalofrío y aparto la mirada de él. Por un instante he salido de mí mismo y me he visto como él me ve. Mientras estamos fundidos el uno con el otro, el viejo y yo, puedo entrever por un momento mi propio fin. 
No sólo el mío. 
Sino el fin. 
Un destello sordo y la ceguera de nuevo.
Ese algo a la deriva en el oceano vacuo.
Desconozco quien guia mis pasos.
Intuyo que ese algo me está rondando.
Miro, pero no veo. 
El hecho de no ver.
Lo que se busca no puede verse.
Me busca invisible para abandonarme.
Sabe que quiero capturarlo. Fijarlo.
Cartografiarlo. Poner coordenadas al infinito.
Escribirlo.
Porque los mapas se “leen” no se “ven”.
Construir con palabras una prótesis a la exhibición inagotable de la vida.
Pero ese algo que me permitiría combatir la memoria es escurridizo.
Me lleva de paseo para perderme.
Quizás para escucharlo.
Para ensordecerme con su ruido.

Me duermo al final hostigado por las sombras minúsculas que siempre se cobijan entre la cornea y la pupila. Nadan ante el diafragma circular. Le gritan pero la pupila es sorda. No escucha los secretos que le descubren. El cansancio me va venciendo. El pliegue de piel va cubriendo el esqueleto de mis ojos. Ahora las sombras son invisibles. Duermo.




El patio de luces (6)



Aquella misma tarde había quedado en la vermutería de la calle Bruniquer con Patricia. La elección no había sido aleatoria, posiblemente aquel diminuto local enquistado en una esquina, alejada de las calles centrales de Gracia tan concurridas por los turistas en cuanto caía la tarde, era de los pocos que había sobrevivido a las innumerables bajadas de persiana de un comercio vecinal para levantarse a los pocos días metamorfoseado en algo completamente diferente. Las mesas de la mayoría de los cafés y bodegas del barrio que compartimos en el pasado ya no existían, pero allí, entre algunas viejas barricas y ante la atenta mirada de una pequeña barra que no exhibía más que unos sencillos berberechos, anchoas, boquerones en vinagre, aceitunas y navajas, perduraba una de las mesas de mármol empotrada contra el rincón del local donde tantas veces nos habíamos reunido años atrás. Cuando llegué, ella ya estaba dentro, encajada entre las dos paredes que constituían el recodo donde la había visto por última vez casi tres años atrás. Me alegré de verla. Andaba ensimismada en una libreta que solo logré descubrir una vez que llamé su atención y levantó la cabeza, las páginas aparecieron entonces reposando sobre el mármol de entre su larga melena ondulada. Cuando todavía nos estábamos haciendo las preguntas de rigor, propias de quienes llevan una larga temporada sin verse, la dueña del local, con su ajuar característico de un delantal y unas zapatillas a cuadros de andar por casa, nos interrumpió para preguntarnos que deseábamos. 

–Yo tomaré un vermut –respondió Patricia sin dudar.
–¿Con sifón?
–Si, por favor.
–Y, ¿usted?
–Pues, yo creo que me decantaré por una cerveza –contesté.
–¿De barril?
–No, de botella, una mediana. Sin vaso.
–¿Alguna cosa más?
–Una de patatas de bolsa –añadió Patricia.
–Vale. Un vermut con sifón, una mediana y unas patatas. Ahora os lo traigo.
En cuanto la mujer se dirigió a la barra, Patricia opinó sobre mi elección.
–Deberías haber pedido un vermut.
–¿Por qué?
–Porque estamos en una vermutería, cerveza puedes tomar en cualquier sitio. Un buen vermut no es tan fácil de encontrar.
–Pero a estas horas de la tarde no me apetece un vermut, al mediodía quizás, pero ahora me apetece más una cerveza.
–¿Ni aunque sea para acompañarme? El vermut no se puede beber sólo, debe hacerse en compañía.
–¿No había escuchado eso nunca? Te lo inventas. Me he tomado muchos vermuts.
–Tu, porque eres un animal poco social. Ya te digo yo, que lo normal es compartirlo. Tu experiencia no cuenta, porque tu comportamiento nunca ha destacado por ser “normal”.
–Gracias. Creo que me tomaré eso como un cumplido –la propietaria volvió junto a nosotros. Interrumpió la conversación el sonido agudo, casi metálico, del vaso de vermut y el botellín de cerveza al percutir contra el mármol. El del sifón fue un sonido más ronco, pesado, en contraste con la brillantez del platito blanco que acogía a las patatas fritas que habían sido rociadas con una salsa picante que les confería unas motas anaranjadas.
–¿Está todo bien? –inquirió la dueña antes de retirarse.
–Todo bien –confirmó Patricia– O, ¿quieres alguna cosa más?
–Esta todo bien. Perfecto –corroboré a la mujer que dicho eso, se alejó como había venido, silenciosa, con pasos cortos y arrastrados, como si fuese así limpiando el suelo con las zapatillas. 
No tardó en ocupar su posición tras la barra, donde apenas asomaba su cabeza. Por encima de la misma, unas estanterías saturadas de botellas de vermut de color indefinido por el polvo acumulado, y sifones enfundados en sus mallas de coloridos plásticos. A sus espaldas, contorsionándose junto a la barra unos refrigeradores de madera adheridos a la pared, con portezuelas a diferentes niveles. Al otro lado de la barra un hombre de poblada barba grisácea agotaba una cerveza, pinchaba un berberecho, pasaba de página el periódico, atendía a lo que decían en la televisión suspendida sobre la puerta y daba conversación a la dueña. Todo al mismo tiempo. Una pareja de vecinos, que debían rondar los sesenta años, sentados bajo el monitor, triangulaban la cháchara con la mujer tras la barra y el barbudo multitarea. Eran unos asiduos en la bodega. Que los identificara como tal, revelaba que también yo lo era. O estaba en el proceso de serlo.
–Así, ¿has decidido asentarte aquí una temporada? –preguntó mientras se hacía con una de las crujientes tentaciones.  
–Eso creo. No lo tengo claro. Bueno, ya sabes, me conoces. Pero digamos que sí. La idea de momento es quedarme unos meses por aquí, al menos lo que dure el verano y luego ya se verá.
–Qué bien, así tendremos ocasión de vernos más veces y sin la urgencia de las últimas veces –degustó la patata–. Mmm, están buenas.  

Conocía a Patricia del verano que siguió al estío almeriense, el aire vaporoso que me había causado su primera impresión no me había abandonado nunca, aquella tarde, en la vermutería volví a sentirlo. Hice entonces, al poco de conocerla, un dibujo de ella, un esbozo ingenuo y espontáneo usando el poso de un café en la libreta de notas. Unos pocos trazos gruesos ocres de ondas que descendían desde su cabeza, cubriendo gran parte de un rostro casi vacío, blanco, sólo cruzado por una boca ancha, hasta fusionarse con un vestido gaseoso que le confería un aspecto incorpóreo, como si se tratase de un ser volátil envuelto en una nube de locura ligera que la trasladase de un sitio para otro. Me pareció haber visto ese dibujo no hace mucho, no recuerdo donde lo guardo, pero por ahí, en algún sitio debe andar. Posiblemente en el armario de las libretas.

Por aquel entonces, en aquel verano pretérito, ella trabajaba en la librería Tartessos, en el barrio gótico. Lo había comentado en un encuentro anterior, no el nombre del establecimiento, que no me atreví a preguntar, pero sí su oficio y la zona, así que una mañana me dediqué a deambular por el barrio. Entré en varias de las entonces numerosas librerías de libros nuevos y de segunda mano que enriquecían las calles del distrito. Me asomaba cuidadosamente en algunas de ellas, inspeccionando primero a través del escaparate para no encontrarme por sorpresa con su presencia. Cuando no la veía desde fuera, entonces cruzaba el umbral de la puerta para adentrarme en esas cuevas colmadas de páginas escritas. Entrar en ellas siempre generaba cierta fascinación, el olor del papel recién impreso o el del viejo humedecido con sus páginas virando del blanco al amarillo, entraba seducido entre el surtido de aromas que activaban algo instintivo en mi, pero la posibilidad de encontrar a Patricia entre ellos era el súmmum. Al final la encontré en Tartessos, un local de techo alto, con estanterías que se enfilaban por sus paredes hasta sus confines, y en la que se respiraba un gran desorden. La entropía propia de los libros que se movían, que estaban vivos, que no eran mero adorno. Miles de libros se amontonaban en sus estantes, cientos lo hacían sobre las mesas o en el suelo, junto a la bicicleta del que era el dueño del negocio. Y entre todo aquel mar de letras estaba ella con su sonrisa amplia. Siempre adornaba su rostro con esa sonrisa dulce, esa boca ancha enmarcada por la larga melena espiral y el vestido largo y holgado, como el de mi dibujo. Creo que nunca llegué a ver sus pies, ni si llevaba calzado, ¿para que necesitaría una persona tan etérea una prenda tan mundana? Los zapatos son para los que se ven forzados a pisar el asfalto, ella parecía flotar sobre el mismo. 

Tenía conocimiento de todos los libros que escondía aquella tienda, incluso los que habitaban sus rincones más viejos. Tiraba de uno y otro y al final siempre acaba apareciendo el libro por el cual el cliente había preguntado. De existir varias ediciones de un mismo título, desentrañaba sus secretos, la calidad de la traducción, el interés del prólogo o de la impresión de cada una de ellas. Aquella mañana le pregunté, aparentando una sorpresa poco creíble por encontrármela allí, por “Las noches blancas” de Dostoievski. Aún hoy me pregunto porqué tomé aquella elección. ¿Por qué Dostoievski? ¿Por qué sus noches blancas? El cuento ya lo había leído. Ya tenía una copia del mismo en casa. No deseaba ser vinculado a su protagonista, ese ser desvalido y timorato, que rehuye de su realidad y se esconde de la misma, como si la única redención posible, a su turbio pasado de sufrimiento, fuese la soledad. Me aterraba la idea de convertirme en un misántropo melancólico. No quería ser visto así, y sin embargo allí estaba preguntando, mostrando un gran interés, por las diferentes ediciones que tenían de aquel narrador nostálgico y de su amor nunca consumado por Nástenka. Si mal no recuerdo, compré dos ediciones de bolsillo distintas, dos colecciones de sus cuentos que contenían diferentes relatos. También debería guardarlos todavía por aquí, en alguna de las estanterías. 

Al fondo de la librería, alejado del ajetreo de los compradores, fue donde me enseñó por vez primera su proyecto de libro. Un poemario ilustrado con fotografías de Chloé, una chica francesa, llegada desde Normandia y con un humor más variable que el de las mareas de sus playas nativas. Trabajaban en la misma calle. Patricia en la librería y Chloé en el restaurante de bagels. Eran casi vecinas, tan sólo un pequeño establecimiento, que se dedicaba a crear marcos artesanales para cuadros, se interponía entre ambas. Las fluctuantes demandas del mercado turístico que haría metástasis en los próximos años fulminarían los tres negocios en poco tiempo. La pequeña y dinámica Chloé pasaba horas en aquel establecimiento preparando y sirviendo esos panecillos circulares a los que se les roba el centro y que hasta entonces yo desconocía. Por no ser los bocadillos allí servidos, de una mera barra de cuarto de pan blanco, el lugar gozó por un cierto tiempo de cierto éxito comercial. Aquellos panecillos que se cocían en agua aromatizada con miel antes de ser horneados para que ganasen en densidad, gustaban y tenían una clientela fija. Hicimos del lugar un punto de encuentro aquel verano. Yo que seguía esperando la resolución de unas becas solicitadas y acudiendo a las llamadas de una empresa de trabajo temporal de vez en cuando, disponía de tiempo para vagabundear por las mañanas por los callejones, sentarme en las plazoletas a ojear algún libro o entretenerme elaborando garabatos de tinta china. Podía pasar hasta una hora aguardando en uno de los bancos de la plaza de la Villa de Madrid, la hora acordada para encontrarnos en el restaurante de bagels. Patricia y Chloé no podían ser más diferentes, mientras Patricia era aire, un soplido suave de calma, como una brisa, Chloé era pura materia. Todo acción. Su pasión, lejos del restaurante, era la fotografía y se entregaba a ella a todas horas. Cuando podía, robaba imágenes a la urbe y sus integrantes llevada de un sitio a otro por una bicicleta de paseo adornada con topos de colores. Patricia hablaba pausadamente, escuchando, Chloé era un aguacero de verano, un chaparrón de ideas que como un vendaval sacudía las conversaciones y las arrojaba de un lado a otro. Igual que la podías ver pasar por una callejuela rodando a toda velocidad sobre su moteado vehículo, podía zarandear una charla cualquiera para llevarla vertiginosamente hasta lo que quería expresar, sin escuchar y sin importarle lo más mínimo de lo que se estaba hablando. Lo importante era exteriorizar lo que en aquel momento pensaba. Patricia, etérea, se mostraba encandilada por la intensidad de Chloé y el empuje que ésta añadía a su vida. La francesa le entregaba casi diariamente nuevas fotografías, la mayoría en blanco y negro, movidas y difusas, como si tan siquiera se hubiese detenido o bajado de la bicicleta para llevar a cabo la toma de las mismas. En primera instancia podía apreciarse en ellas la vibración y flujo de la urbe, sin embargo al leer los versos que Patricia añadía a la imagen, la figuración metamorfoseaba para representar sosiego, la quietud que queda cuando alrededor todo se vuelve borroso. Cuando la bruma, silenciosa, nada calmosa como un animal sobre el pavimento.

Patricia sabía beneficiarse de la turbulencia normanda. Ponía palabras a las formas inquietas que captaba la lente de Chloé, quien nunca satisfecha con los espectros que capturaba en sus negativos, no cesaba en su empeño buscando el desenfoque perfecto, el que según ella captaba el instante, la realidad del momento, pero sin detener el movimiento. Quería narrar con cada toma lo visto, lo que conocía de las calles, pero que al mismo tiempo las imágenes fuesen estéticas, atemporales, mágicas y utópicas, enfocadas en la belleza más que en la realidad. “Por eso deben estar desenfocadas”, decía, “para desprenderse de los matices reales de la escena que pudiesen constreñir su eternidad”. “Mi fotografía”, añadía, “es una anticipación, una profecía del futuro y de la muerte, ese paso que deja atrás el mundo conocido, ese a partir del cual todo se vuelve incierto”. Eran escenas en las que abundaban los claroscuros, los contrastes de luz y sombra que acentuaban las asimetrías y deformaciones de los paisajes retratados, a los que Patricia debía devolver su composición armónica mediante la lírica.                

Patricia tenía ese don, el de alterar las cosas sin estridencias, con palabras y gestos modestos. Sutiles. A veces, casi imperceptibles.

En uno de los encuentros de aquel primer verano, paseando por el  barrio gótico, al acabar su turno en la librería, ella me dio la mano para que cambiara de dirección. Fue un gesto suave, pero firme, sentí su mano llevando a la mía por un momento breve, apenas hasta que mis pasos rectificaron su ruta, luego la retiro con ligereza, como si se desvaneciera entre mis dedos. Sentí el vació que quedó entre la palma y la pinza de mis dedos. Ella no le dio la más mínima importancia a aquel minúsculo gesto, pero en mi generó un sentimiento contradictorio, como no podía ser de otra manera, por un lado, lástima de no poder seguir caminando por la calle cogido de su mano, porque la sensación había sido de lo más agradable y me hubiese encantado andar por el centro sincronizando mis pasos y los movimientos de mi brazo con el suyo, por sentir mía parte de su levedad y que la gente nos viese pasear juntos, pero al mismo tiempo alegría porque esa irrealidad abstracta de la que parecía estar constituida seguía intacta y con ello nuestra amistad. Patricia no era material. No era sexual. Nuestro vínculo, el que estaba engendrándose, no podría embarrarse con el deseo carnal. Me sentí afortunado y liberado por aquel pensamiento a medida que el cosquilleo depositado por su mano se diluía en mi palma. Nunca creí que la felicidad se pudiese alcanzar con tan poco.


–¿Todavía dibujas? –preguntó Patricia. Había mojado los labios con el vermut y detenido el vaso allí, a medio camino, cerca de su rostro pintado por los destellos proyectados por el recipiente vítreo.
–A veces. Va a temporadas.
–¿Te animarías a hacer una o dos ilustraciones?
–¿Para quién?
–Para mi –hizo una pausa para dar un pequeño sorbo. Esta vez apartó el vaso de su boca para dejarlo sobre la mesa–. Me han pedido un cuento en una revista literaria, y aunque todavía no lo tengo escrito, he pensado que si todavía dibujas podrías ilustrarlo.
–¿Tienes algo en mente?
–Algo, pero nada definitivo de momento. Le estoy dando vueltas. Me han pedido que el texto tenga un contexto político. No estoy muy acostumbrada a este tipo de escritos, así que voy buscando como enfocarlo.
–¿Tiene que ser de política actual? ¿Con políticos del país?
–Se supone. Tengo una idea, algo que lleva unos días rondando por la cabeza pero no acabo de visualizarlo.
–¿De qué se trata? Cuenta –le animé curioso por escuchar la trama, robando una de las patatas picantes del platillo. 
–Es sólo un esbozo, no sé como desarrollar la idea ni hacia donde llevarla de momento, pero tengo una imagen. No definida, pero es la siguiente. A ver como la explico. Imagina un lugar, un espacio indefinido, uno al que se llega a través de caminos sin orillas, un horizonte plano donde parezca que no hay nada. Un paisaje desteñido, homogéneo, sin elementos diferenciales en los que reposar la vista. Hasta el cielo es incoloro, aparece blanco. Había pensado en un blanco hueso, no uno cualquiera, este tono. Lejos del blanco puro y perfecto, el cielo de ese no-lugar es sucio, un color mate carente de todo brillo. Ausente de vida. Tiene que ser un lugar vacío que transmita insensibilidad. Imagínate que habitaras la cuenca de un cráneo. Esa es la luz, la sensación que quiero transmitir. ¿Lo ves? ¿Imaginas un sitio así?
Asentí mientras daba un trago al botellín. Patricia prosiguió con su relato.
–En medio de ese espacio, de ese desierto horizontal, hay vida. Puede escucharse desde lejos el ruido de unos animales, y si avanzamos hacia la fuente del sonido por el sendero sin márgenes, llegamos hasta ellos. Allí está, un pequeño conjunto de animales. Todavía no veo bien de que animal se trata, la imagen es borrosa, pero no son animales salvajes, eso lo tengo claro. Son animales de granja. Mansos y domesticados. Son ellos, allí están todos ellos…
–¿Quién? 
–Los políticos. Todos ellos. Los de ahora y los de antes. Porque ese no-lugar tampoco tiene tiempo. Allí han tomado forma todos los políticos actuales, en el futuro, una vez muertos, van reencarnándose en un animal domesticado. Forman todos ellos un rebaño, todos iguales, de todos los colores e ideologías. Imagina, a Rajoy, Felipe, Aznar, Pujol, Soraya, Mas, ZP, Fraga, Rivera, Pablo Iglesias, Aguirre, Cifuentes, Colau, Anna Gabriel, Susana Díaz, Montoro… buf, bueno, todos ellos hacinados y apacentando juntos. Cuando mueren aparecen allí, se integran a la manada.
–Pero, ¿todavía no sabes de que animal se trata?
–No. Primero pensé en una piara de cerdos. En una granja en medio de ese paisaje infinito y un pequeño lodazal por el cual siguen peleándose entre ellos por revolcarse en sus aguas y refrescarse con su barro. Pero me parece que la metáfora de vincular cerdos con políticos ha sido demasiado usada. Pobres gorrinos. Así que pensaba en otro tipo de animal, alguno más pasivo, menos protestón y guerrero, uno que aceptase su posición de animal sumiso. Vacas quizás. Son animales apacibles, me los imagino a todos ellos allí, filosofando sobre su destino, la razón que los ha llevado a acabar convertidos en ungulados tranquilos pastando en un campo yermo, aislados de cualquier otra forma de vida. Preguntándose, ¿por qué? ¿Por qué ellos? ¿Dónde estamos? ¿Dónde está todo el mundo? Otros lamentándose de los tiempo pasados, de aquellos en los que gozaron de poder, para verse ahora así, conectados a una máquina que exprime sus tetillas rigurosamente, cada día, sin indulgencia alguna, una ventosa que succiona y succiona hasta que no queda nada. Hasta dejarlos secos cada día, para repetir la operación al día siguiente. Uno al lado del otro, quejándose de esa injusticia.
–¿No son las vacas unos animales demasiado majestuosos para un político reencarnado?
–¿Sí? ¿Eso te parece?
–No sé, son tan bonitas. Hasta me parece bestias orgullosas. 
–¿Una majada de ovejas, mejor?
–Me parecen demasiado complacientes, demasiado ordenadas. El relato parecería demasiado inverosímil. ¿Qué te parece un rebaño de cabras? Las cabras son independientes, de comportamientos errantes, amantes de las alturas. En vez de gorrinos empujándose por un baño de fango, podrían ser cabras desplazándose por subirse a lo alto de las únicas ramas secas existentes en aquel páramo infinito.

Había vuelto a la sierra de Alhamilla, a la casa de aquel hombre abandonado en las montañas con sus cabras. Veía en el macho cabrio renegrido que me observada desde el tejado de la casa, unos ojos familiares, un movimiento vacilante inconfundible en el cual el blanco de los ojos se deja ver por arriba o por debajo. El ojo izquierdo hace un guiño, descontrolado mientas observa al resto de cabras, y la boca de vez en cuando le hace un óvalo hacia el ojo del tic. Ese macho cabrio es Rajoy. Ese es el no-lugar que Patricia había visualizado. Le mencioné el pastor. Un hombre sencillo y rudo, de ropas sucias y gastadas, de la cuerda que mantenía los pantalones en su lugar, de sus manos quebradas que cada día retorcían las tetillas de las cabras exigiendo su leche. Le gustó el personaje, creía que podría encajar en el relato. Todo un parlamento de cabras sometido a un campechano y bruto hombre de ojos arrastrados, que sobrevive en un yermo rajado sin orillas, desbordando la vista, con un cráneo por cúpula. 
Anotó contenta las ideas en la libretita y alzó el vaso para que me uniese a un brindis. Golpeé con mi botellín, cristal contra cristal. Bebimos.

–Deberías haber pedido un vermut.




El patio de luces (5)



Había pasado allí, en el parque natural, todo un verano durante mis años de estudios universitarios, ayudando a un chico en unos experimentos que formarían parte de su tesis doctoral. No recuerdo el año exacto, pero debía ser a finales de los años noventa del pasado siglo. Yo y otro compañero de clase, nos presentamos como voluntarios para participar en los experimentos de campo, la estancia estaba cubierta, la administración del parque había puesto a disposición una casa en Rodalquilar, sólo teníamos que comprar los billetes de autobús hasta Almería y algo de dinero para comida. Aquel año, del pueblo antiguo no quedaba nada, cuando llegamos, las casas estaban medio derruidas, y sus interiores y exteriores mostraban grandes manchas negras fruto de grandes llamas. El complejo minero había sido expropiado, y los que alegaban ser descendientes de los mineros que en su día habitaron aquellas casas simples, fueron forzados a abandonar las residencias. Al hacerlo, tras semanas de conflicto, se aseguraron que nadie las ocuparía en su lugar. Ante sus puertas, así como entre los espacios que las separaban, se amontonaban enormes bultos carbonizados entre los que era posible distinguir colchones destripados calcinados con sus enormes tripas de muelles cubiertos de tizne y polvo, así como maderos que antes de consumirse habían conformado un mueble. Más tarde, en los días sucesivos, descubriría entre los escombros de aquellas hogueras toda suerte de objetos, desde sartenes a libros que no habían desaparecido del todo entre las llamas que sus propietarios habían prendido pocos días antes de nuestra llegada, como acto reivindicativo por el desahucio de los inmuebles. Parte de los techos se habían derrumbado, acumulando escombro en la sombra de su interior. Era un pueblo fantasmagórico, de paredes ribeteadas por borrones de hollín. La nuestra, era la única casa que sobrevivía, las únicas paredes blancas inmaculadas entre un desierto de casas que se desmoronaban bajo el sol almeriense. Sobre nosotros, la mina de oro, cuya última actividad tuvo lugar en 1966, con sus balsas circulares donde se destilaba el oro mediante una serie de complejos lavados, incluyendo una de las fases el uso de una solución cianurada, y el esqueleto de sus estructuras transportadoras que salvaba desniveles de un tanque a otro hasta completar todo el proceso. La explotación llevaba años clausurada, pero los suelos y las aguas acuíferas de la zona, seguían exhibiendo altos niveles de arsénico y plomo, entre otros metales utilizados en la obtención del oro. Entre las casas vacías había lo que en su momento había sido una fuente pública. Desprendía un olor extraño. Al accionar su mecanismo, dejaba ir agua, pero cuanto más se la dejaba correr, más turbia se volvía ésta, hasta el punto que al final era sedimento el que vertía de su boca. El olor no cesaba nunca. Era el mismo hedor que exhalaban los grifos de la casa que nos habían cedido. También la ducha, pasado un rato empezaba a hipar y su agua a espesarse. Si para entonces uno no había enjuagado su cabeza, lo mejor era abandonar la bañera y esclarecerse el cabello bajo el grifo del baño antes de que éste también empezase a devolver sedimentos. Independientemente del champú usado, cabello y cuerpo conservaban siempre un olor sulfuroso. El agua nunca era incolora y transparente, era de un amarillo ligero virando a rojizo a medida que los sedimentos ganaban presencia.

Jordi, quien estaba entonces acabando su doctorado, nos informó, que nadie de los alrededores debía saber lo que estábamos haciendo, ni que vivíamos en aquella casa. “No somos bienvenidos, bueno… de hecho son los ecologistas los que no son bienvenidos, pero para muchos, un biólogo, un ecólogo, un ecologista, son todos iguales. Sin distinción", nos alertó. La casa, la única que seguía en pie en toda la colonia minera, se suponía estaba reservada para los voluntarios del cuerpo de bomberos de la zona, así que desde el parque le sugirieron que para ahorrarse problemas lo mejor era no mencionar que estábamos allí. La panadera del pueblo, a pocos cientos de metros de nuestra base, en la parte nueva del pueblo, dirección a la playa, nos miraba de reojo cada vez que acudíamos a comprar el pan. Era una de aquellas mujeres pequeñas, encorvadas por la edad, de tez morena cuya frente el sol y viento del levante habían moldeado con profundos surcos. Las manos con las cuales despachaba el pan y en las que recibía nuestras monedas estaban encartonadas, adustas como el paisaje de la zona. Un erial yermo y árido salpicado por alguna palmera datilera de vez en cuando y líneas de agaves limitando, a ambos lados, carreteras y caminos. Para evitar levantar sospechas, solíamos abastecernos en el supermercado o los puestos del mercado de San José a kilómetros de distancia. 

Sólo en un local, el Hostal Diego’s, regido por Diego padre, su mujer y Diego hijo, un chiquillo que entonces tendría diez o doce años, emplazado en el Pozo de los Frailes, cerca del área de estudio, conocían nuestra verdadera actividad. Pasamos mediodías y tardes enteras allí, así que resultaba inútil ocultar nuestra presencia y ocupación. El grandote Diego padre, bromeaba sobre nuestros horarios, éramos los "catalanes locos". Las únicas personas que bajo la canícula del verano nos pasábamos horas bajo el sol a pleno mediodía, protegidos eso sí, bajo pañuelos y sombreros de esparto. Acentuó aún más lo de "locos", cuando supo que el material de nuestro estudio no eran otro que las tarántulas que habitaban un yermo no muy lejos de su establecimiento. Un campo seco, salpicado con azufaifos, palmitos, cornicabras, lentiscos y grandes cepellones de esparto dispersos aquí y allá, el resto dominado por gramíneas marchitas que habían caído rendidas por el sol en un suelo rojizo quebrado. En ese terreno polvoriento lleno de piedras, anidaban las tarántulas, cavando pequeñas perforaciones las hembras en las que resguardarse de las altas temperaturas durante el día, y desde donde acechar a sus presas por la noche. Los machos, para liberarse de las tareas domésticas, se contentaban con guarecerse a la sombra de cualquier piedra o mata arbustiva hasta la llegada del crepúsculo cuando se dedicaban a vagabundear en busca de comida o de alguna hembra. Allí pasábamos horas y días enteros, marcando las patas de las arañas con esmaltes de uñas de colores durante el día y siguiendo su actividad durante la noche. Probamos todo tipo de combinaciones de horarios, desde levantarnos tarde, ir al mediodía a trabajar y aguardar en el Hostal Diego’s a que cayera la noche para enlazar, hasta volver a casa, dormir unas horas y levantarnos a las dos de la madrugada para volver al trabajo y desayunar en el Hostal Diego’s, a dormir siesta, ir incluso de fiesta a San José a tomar algo fresco y volver a medianoche al trabajo, y así alterando y experimentando horarios hasta dar con el más conveniente, que parecía no ser ninguno. Como fuese, acabamos con las 24 horas capturadas entre las lineas de agaves que limitaban los caminos de el Pozo de los Frailes a Rodalquilar, y de Rodalquilar a San José. Todos los caminos nos llevaban tarde o temprano al Hostal Diego’s, su diana y sus dardos y los juegos con el pequeño Diego, a quien Jordi encandilaba con algunos juegos malabares de sus tiempos mozos y su estruendosa risa. La pasión por lo que hacía era tanta, que los constantes cambios de horarios no parecían hacer mella en su energía. Unos cuantos cafés diarios ayudaban, pero vigor y vivacidad era interna, no precisaba de estupefacientes externos.

De las pocas veces que el automóvil escapó de aquella estrecha red de caminos, una de ellas fue precisamente para visitar la Sierra Alhamilla que se levantaba ante nosotros siempre y el pueblo de Níjar. Del pueblo no recuerdo mucho, poco más allá de calles empinadas, casas de una planta,  con terrados en lugar de tejados, caladas de blanco, flores en los balcones y numerosos cestos, sombreros y otros objetos elaborados con esparto mostrados en las aceras de las tiendas de artesanos y vendedores de souvenirs, junto a telares de jarapas y piezas de alfarería almeriense. Los edificios, desde la distancia, se deslizaban alrededor de un barranco emborronado por la calima. Si recuerdo en cambio muy bien a aquel anciano pastor que encontramos más tarde, lejos, muy lejos de cualquier villa y rastro de población humana a la que nos habíamos dejado llevar por el coche entre senderos que trepaban polvorientos y llenos de guijarros secos y quebradizos por la sierra, al ritmo enfurecido del radiocasete alimentado con una cinta de Jello Biafra and the Mojo Nixon, que nos hacía sentir como un avanzadilla de vaqueros exploradores. No recuerdo su nombre, pero sí la imagen de aquel pequeño hombre ajado, de camisa desabotonada, pantalones sujetos por una cuerda a modo de cinturón y botas de agua de plástico rotas, dejando a la vista la protuberancia de uno de sus tobillos que asomaba por la raja de un plástico demasiado viejo. Un hombre de risa fácil y amigable que nos invitó, sorprendido, pero agradecido, por aquella visita inesperada que se había adentrado sin saberlo en sus tierras. Vivía el hombre allí aislado, con la única compañía de sus cabras. Consumía un cigarro detrás de otro. “Hace años me prohibieron fumar. También me prohibieron beber. Les escuché. Luego mi mujer murió. Si un hombre no puede follar, ni fumar ni beber, ¿qué le queda? Nada. Así que volví a fumar y beber”. Nos enseñó a ordeñar las cabras. Plantó un pequeño taburete ante nosotros, trajo una cabra cuya enorme ubre delataba su gran carga de leche y nos dio indicaciones de como proceder una vez dispuso bajo los dos pezones un cubo. Llegado mi turno, la leche no salía. “Aprieta la tetilla con ganas, muchacho. Retuércela como si fuese la de una mujer”, el hombre reía ante mis intentos infructuosos, cauteloso y temeroso por dañar a la cabra, “Pocas tetas debes haber tocado en tu vida muchacho. Hay que estrujarlas”. Al final, ruborizado tuve que rendirme a la evidencia: no iba a salir leche de esas mamas. No al menos agasajadas por mis manos. El pastor constató mi inaptitud cuando tomó asiento en el taburete y en un momento vació la ubre del paciente animal. Llenando un pequeño cazo nos lo tendió. “Probad. Es la mejor leche de la zona”. Los tres intercambiamos miradas, buscando el consenso, la confirmación de los otros de que nadie quedaría sin probar la leche. Antes, paseando por entre el cercado de las cabras, nos había relatado como hacía años que ningún veterinario visitaba sus animales. “Me fijé en lo que les inyectaban y ahora lo hago yo mismo. Me ahorro así pagarles”, argumentó. De intoxicarnos, lo haríamos todos juntos. No lo más inteligente, pero lo más solidario. La leche estaba cálida, todavía conservaba el calor del animal, era un líquido blanco hueso con tímidos tonos dorados, de un sorprendente sabor dulce. Nada que ver con el gusto con el que nos encontramos dos días más tarde cuando siguiendo las instrucciones del pastor calentamos la leche que nos regaló en un cazo a fuego suave durante un tiempo determinado, el líquido tratado, resultó mucho más agrio y fuerte. No pudimos beberlo.

Aquel hombre simple, llevaba toda su vida en aquella montaña, siempre al cuidado de sus animales. Habló, al humo del tabaco que se consumía enganchado en sus labios tronchados por el sol y el viento de la sierra, de sus sueños juveniles de abandonar aquel lugar. De unirse a sus primos, que migraron a la periferia de Barcelona, a trabajar de camareros. Escuchó de ellos relatos sobre turistas rubias, mujeres de largas y pálidas piernas que se bañaban en bikinis en la costa catalana, mientras allí, su madre y otras mujeres seguían adentrándose en el mar con vestidos de franela en cuyas faldas habían cosido pequeñas plomadas para evitar que se levantasen al entrar en el agua. “Me hubiese gustado unirme a mis primos, pero mi padre a golpe de cinturón me hizo entender que mi lugar estaba allí, con las cabras”. Se casó, pero no tuvo hijos, no quería que nadie heredase el rebaño que lo habían retenido. “El día que muera serán libres”. El corral de madera era un elemento decorativo, una construcción adyacente a una pequeña edificación de piedras secas que constituía la casa del propietario del ganado cabrío que se manifestaba por todas partes. Un macho cabrío grande y olor tan penetrante como el color tizón de su pelaje, nos observaba desde el tejado de la casa, al igual que seguía con la mirada al resto de animales subidos a cualquier elemento, desde las vallas que debían contenerlas, a las rocas circundantes del camino, o, a las ramas de los dos acebuches que parecían vivir en simbiosis con las piedras que constituían la casa. Estábamos sitiados por cuadrúpedos que mascaban algo, incansablemente, moviendo en círculos el mechón de pelos largos que colgaba sobre sus barbas, mientras conversábamos junto a la puerta. La sierra parecía estar llena de ojos. Sin duda eran sus oteadores, las miradas que vagaban por el talud del monte, sus verdaderas propietarias. El día de su muerte, el único liberado sería él, pensé mirando a mi alrededor. El resto ya lo eran. Probablemente siempre fueron libres, condena sólo fue la suya.

Nos fuimos, seguimos el sendero una vez más con el radiocasete rugiendo mientras subíamos para obtener una visión extensa de aquel paraje desértico de hermosa fragilidad y tan sumamente sencillo, en la que la gente sobrevive como en cualquier otro sitio en medio de sus diarias contrariedades. El pastor había fantaseado con las turistas ligeras de ropa que se acercaban a la ciudad de Barcelona, de boca de sus primos, los cuales casi seguro nunca mencionaron la desorientación, el desarraigo que todo desplazamiento infringe en los humanos, que pudieron experimentar al habitar los entonces los barrios periféricos, tan diferente de las pequeñas aldeas que brotaban de la sierra. No fue el único, en numerosas conversaciones con gente en los mercados o en locales, muchos hacían referencia a familiares que llevaban décadas viviendo en Barcelona, ésta ciudad construida por todos y tan capaz de engullirnos a todos. Aquel páramo me cautivó desde el primer momento, sustituí la verticalidad de la ciudad por la horizontalidad del desierto. Allí la soledad que ya llevaba un tiempo rondándome se sentía cómoda. No enclaustrada. Podía estirarse hasta el infinito. El coche nos llevaba de un lado a otro, zigzagueando la ladera, permitiéndonos apreciar las luces que el sol proyectaba en cada una de las ásperas sierras y sus puntos de unión marcados por barrancos y ramblas secas. Jordi paró el motor alcanzado un punto suficientemente alto. Saltamos fuera del vehículo para apreciar las vistas. Aquel día, la calina era enorme, desde la altura, el Cabo de Gata parecía envuelto en papel de celofán, como si los plásticos sucios de los invernaderos que lo preceden lo hubiesen abarcado todo, mar incluido. Un mar acerado de olas quietas, una franja acuosa que se precipita en el horizonte.

Del Níjar del que me hablaba aquel muchacho, mientras engullía el shawarma de pollo, apenas recordaba nada, pero el encuentro con aquel hombre que habitaba en su sierra, perdido en uno de sus senderos, lo había conservado siempre bien fresco. Es curioso el funcionamiento de la memoria y sus mecanismos de selección. Habían pasado veinte años aproximadamente de aquella experiencia y la veía, sin escuchar a mi interlocutor, como si estuviese ahí de nuevo. Hasta creí apreciar de nuevo la calidez de la leche dulce besando mis labios. 

Aquel verano de trabajo en Almería, compartiendo la fascinación de Jordi por la investigación y la estadística, siempre consideré que fueron el desencadenante en mi firme decisión de querer dedicarme a la investigación, a la ecología evolutiva concretamente. Ahí cambié. No fui consciente al momento, me pasó desapercibido el cambio, lo asumí como algo intrínseco, nada anómalo, pero mi cambio no paso inadvertido a todo el mundo. La que entonces era mi novia en la facultad fue la primera en darse cuenta, el mismo día que regresé a Barcelona, tras darme uno de sus hercúleos abrazos de oso, como ella los llamaba, al bajar del autobús, me hizo saber el cambio que se estaba gestando dentro de mi. Lo había percibido en mis escritos, en las cartas que le había mandado desde Almería. El tono había cambiado, también el contenido, pero sobre todo la visión de las cosas. Eso dijo. Había cerrado mi ojo sensible, aquel nutrido por el sentimentalismo empático y el gusto estético por el lirismo del Romanticismo del que tanto me había nutrido en la adolescencia, empezaba a dar muestras de agotamiento, o cambio por una pasión creciente por la materialidad del lenguaje. Mi yo del adolescente lírico de los años previos, estaba naufragando, y su escritura se hundía conmigo. Los textos de las cartas se habían despersonalizado, sus letras se habían objetualizado, vuelto más analíticas, licuando mi propia identidad anterior por una nueva más escéptica y distante. Un yo científico se estaba fraguando destituyendo para eso al amante del artificio retórico, pero más importante aún, erradicando el elemento personal que pudiese confundir al sujeto con el enunciado. Al parecer las últimas cartas que le dirigí no eran confesionales, apenas daba cuenta de mis sentimientos, mis problemas privados o sufrimientos, eran meras descripciones realistas de mi vida en Rodalquilar, del trabajo realizado en el Pozo de los Frailes y nuestros avances en los experimentos. Llegó a decir que leyéndome había perdido la ilusión referencial que identificaba aquellas experiencias conmigo, que podía ser cualquier otro el que hablaba y daba cuentas de sus aventuras y observaciones del mundo exterior, que mi mundo interior había quedado al margen, exiliado. El contenido de las cartas no daban pie a la ambigüedad. Rezumaban neutralidad en cada uno de sus trazos. Hasta los dibujos que solíamos incluir en nuestra correspondencia habían usurpado mi yo antiguo. Eran bosquejos simples del paisaje que afrontaba cada mañana. Un horizonte plano, sutilmente ondulado, con alguna que otra palmera. O una capilla abandonada, muros carcomidos con piedras amontonadas a sus pies, y una puerta rota, abierta como una boca de grito mudo en medio del desierto. En una de ellas incluí un esquema del área de trabajo con apuntes sobre el diseño experimental y su distribución sobre el croquis adjunto. La ciencia, la pasión por observar, describir y analizar lo natural me había poseído. No pudo, no supo, o simplemente no quiso entenderlo. Pocos meses más tarde ponía fin a una relación que había durado varios años.

“En esta ciudad es tan fácil sentirse alienado”. El joven de Níjar había acabado su comida y acomodado con la espalda contra la pared y la cerveza en su mano derecha. “¿Has leído este libro?” Me enseñó la solapa de una pequeña edición de bolsillo que guardaba en su pequeña bolsa. Se trataba de “La Peste” de Albert Camus. “Me está costando un poco, pero hay días que en Barcelona me siento como uno de los personajes de Orán. Con la soledad que describe padecen todos los individuos, donde nadie espera la ayuda del vecino, y cada uno avanza solo en su preocupación. El Orán en cuarentena es como esta ciudad. En Níjar nunca me he sentido así. Nunca llegaría a convertirse en Orán por mucho que la peste llegase a ella”. De nuevo volví a codiciar el reposo espiritual de aquel individuo y su firme confianza depositada en un paraíso material. No osé decir nada, no me sentía con autoridad alguna para desgranar su utopia. Hacía mucho tiempo que la experiencia se había ensañado con cada uno de mis intentos de cumplir mis sueños. Quizás, el secreto de los sueños consiste precisamente en dejarlos en eso, en preservarlos como anhelos, lejos del alcance, en maravillas que se nos aparecen de vez en cuando para revelar otras posibilidades, pero sin correr tras ellos. Cada sueño realizado ha sido una decepción. La decepción debe ser el elemento primario con el que están moldeados los sueños. Está en su naturaleza. Preferí callar, callar y oprimir mi versión más negativa para pensar que era posible, que allí en las laderas yermas de Sierra Alhamilla, no muy lejos de donde un día habitó aquel hombre solitario amarrado a un rebaño de cabras, existía una población, un universo cerrado, en las que los sentimientos y los comportamientos de las personas mantenían siempre su humanidad por encima de cualquier adversidad. Ni sometida al ataque de una plaga como la descrita por Camus, aseguraba aquel muchacho, sus conciudadanos se darían la espalda los unos a los otros, se plantearían la situación en la que se encuentran, ni al parecer, nunca se levantan desorientados. Mientras tanto, yo sigo soñando con despertar un día así: no desorientado.

Fotografías de Aka (Rodalquilar 1996)