Hojas secas (V)



Su marcha por donde había venido, constituyó otro momento desaprovechado. ¿Por qué no corrí entonces a buscar la escopeta? Deberían ser sus huesos los que reposasen en la ciénaga. Gustav se había atormentado con esa idea por años. Horas enteras que había dedicado a planear un pretérito ya inalterable. Recurría a sus memorias de aquellos meses, obsesionado con los detalles. Esos detalles en los que podía haber actuado diferente desencadenando así otros futuros. Cualquier otro, daba igual el que se imaginase, era mejor que aquel al cual las circunstancias los había acabado arrastrando a todos ellos.

Cuando se reencontró con él, el domingo que siguió a la visita, debería haber acabado con su vida. Seguirlo al finalizar la misa y saltar sobre él, eso lo hubiese cambiado todo. Degollar a la hiena y arrojarla a los lodos. Tenía tantos enemigos en la comarca, que difícilmente hubiesen dado con él. Al final la culpa hubiese caído sobre algún impuro de la zona. Así era siempre. Esa era la justicia divina de esos tiempos. La rabia de la fiera desatada, que reía y rebuznaba por el país a redoble de tambor, desgarraba preferentemente a los mismos. Muchos fueron los que se aprovecharon de sus coces coléricas, ¿por qué no iba a aprovecharse él también? Nada se lo impedía, no sería la primera vez, cuando el insulto y la humillación se ejecuta desde el poder, se habilita al pueblo para hacer lo propio. El golpeo de los timbales era parte de la nueva naturaleza instaurada. La realidad que hizo nido en muchos hombres. Pero Gustav, no se planteó la posibilidad ese día. En lugar de eso, aguantó la risita farsante y los gestos impostores de Gerhard.

En la pequeña parroquia junto al río, cada domingo de congregación se repetía la misma escena. Todos actuaban igual: sobrellevaban sus abusos en silencio y soledad. El cinismo de Gerhard alcanzaba para cada uno de los allí reunidos. Cuando el padre Dintel hacía mención a los judíos en su sermón, algo que hacía con mucha frecuencia, miraba a éstos de reojo. Les confirmaba así que su secreto estaba a salvo, siempre y cuando, aceptasen sus chantajes. Aquellos que tenían algún antepasado sospechoso escuchaban cabizbajos las violentas diatribas del cura. Ha llegado la hora de la verdad, repetía cada domingo, la humanidad debe elegir de nuevo entre la apariencia y la realidad, entre germanismo y judaísmo, entre el todo y la nada, entre la verdad y la falsedad [*]. Sus palabras caían como latigazos sobre los feligreses. Los que ocultaban algo, imploraban, a ese mismo Dios, al que invocaba el cura, o a cualquier otro, para que su secreto no se diese a conocer. Imploraban por el silencio de Gerhard. Quien sabe cuántas oraciones le dedicaron en la noche de sus hogares antes de entregarse al sueño. Con la caída del sol el musitado sonido de las plegarias poblaba el valle. Tanto mendigar para al final: nada. Se los llevaron. Como el viento se lleva las hojas secas. La fiera, malherida y acorralada, los desgarró de las tierras antes de que le diesen muerte.

Quien no pueda odiar al diablo, tampoco puede amar a Dios. Quien ama a su pueblo debe odiar al destructor de su pueblo, odiarle desde lo más profundo de su alma. ¡Cuándo la luz se pelea con la oscuridad, no hay pactos que valgan! Sólo cabe la lucha a vida o muerte, hasta la destrucción de la una o de la otra. Por eso esta guerra era el único final posible [*]. Así recordaba el sacerdote, desde la altura de su púlpito, con las manos señalando el cielo, a los feligreses el sentido de la guerra y la necesidad de sacrificio. Por parte de todos, sin excepciones. Aquel día, Gustav sintió que aquellas palabras iban expresamente dirigidas a su persona. Que el propio Gerhard había escrito la plática al predicador con el fin de dedicarle, desde su banco una de sus sonrisas con sorna. Escondía cuchillas entre sus dientes. Cuando al acabar la ceremonia le preguntó, en un susurro siseante, si se había repensado su propuesta, Gustav, en una reacción inconsciente y tozuda, reafirmó su negativa. No le entregaría sus tierras.



[*] Extractos de discursos de Dietrich Eckart, mentor de Hitler y uno de los más importantes ideólogos iniciales del nazismo. Los textos se han obtenido del libro: El Reich sagrado del historiador Richard Steigmann-Gall publicado en su versión inglesa por Cambridge University Press en 2003. La ilustración pertenece a un libro infantil anti-semita en cuya leyenda en alemán puede leerse: Cuando veas una cruz recuerda el horrible asesinato cometido por los judíos en el Gólgota (o el Calvario, como es más conocido en castellano el lugar a las afueras de Jerusalén donde Jesucristo fue crucificado). 

Hojas secas (IV)



Debí matarlo entonces, masculló Gustav. Aquella idea llevaba años torturando al viejo. Con el paso del tiempo y los acontecimientos, había tenido la ocasión de pensar tantas veces en aquella opción, que la memoria de esos días era un violento remolino que engullía cualquier otro recuerdo. El nodo principal del vórtice que atrapaba su vida era Gebhard. Imaginaba cómo, de haberle pegado un tiro en la primavera que se presentó en su granja, podría haber alterado la historia de sus vidas. Lo veía a menudo, ascendiendo por el camino, con su paso firme y el mentón alto. Sonriente. Sabiéndose vencedor. No venía trajeado con el uniforme, pero su talante era el mismo: prepotente y beligerante. Se había desprendido de la chaqueta y la llevaba doblada sobre el brazo. Era un día sofocante, más propio de verano que de primavera. Le saludó desde lejos a medida que avanzaba entre el florido prado, donde las vacas, ajenas, pacían, en su mayoría, bajo el roble, resguardándose de la canícula; otras pocas chapaleaban en la ciénaga. Mientras, Gustav lo observó subir por el pastizal, extrañado por su visita. Se sabía que en las últimas semanas había frecuentado a otros granjeros del municipio. Se decía que le habían "vendido", cedido, parte de sus tierras. Era un secreto a voces en la comarca. Todos sabían de sus extorsiones, y en que se sustentaban. Quizás por ello, Gustav nunca creyó que tendría que lidiar con él y sus trapicheos. En la noche, junto al fuego, proyectó sobre las brasas, lo fácil que hubiese sido en aquel momento pegarle un tiro desde el granero aquel día. Pero son los actos los que hacen de los hombres y los tiempos aquellos que son. Él no ejecutó aquel disparo, ni pensó ello, y Gebhard prosiguió su ascensión por su propiedad.

Al fin y al cabo, él y su mujer estaban limpios. Sus partidas de nacimiento daban buena cuenta de ello. Eran los documentos que evidenciaban su pureza, los mismos, que en otros casos, constituían una condena. Eran los registros de las iglesias, los que concedían los atropellos de aquella doctrina radicalmente asesina, que galopaba caprichosa y desbocada por aquellas tierras. Una suerte de justicia divina. Gustav así lo interpretó en un principio. Cuando las víctimas eran otros era fácil convocar a los caminos misteriosos de Dios o a los pecados de los sacrificados. Hasta el padre Dinter de la parroquia hablaba de ello en sus alocuciones de los domingos. Había creído en aquello, no sólo a ciegas, sino también con los ojos abiertos. La razón reforzó su creencia, hasta que fue víctima. A partir de entonces, dudó de la justicia y el castigo divino. Fue el tiempo que supuso la muerte de Dios. ¿Por qué el sufrimiento del inocente? Si Dios no tenía nada que ver con su desgracia, y toda ella era obra de la libertad y autonomía del hombre, Dios tampoco debía contar para lo bueno. A un Dios desentendido con su creación, no había manera de preguntarle nada. No cuenta para nada. Muere, como lo hizo para Gustav. No importaba cuanto el sacerdote insistiese en una justicia final universal, Gustav quería la justicia aquí y ahora. Había agotado su paciencia, ese vivir cristiano desde el futuro hacia el presente, esperanzado por una lógica apocalíptica. Deseaba vivir un presente de justicia terrenal y humana que, sin embargo, tampoco llegó. La muerte de Dios fue seguida de la muerte del hombre. De cualquier creencia. Un salto al vacío. Vacío, que el tiempo colmó de pesadumbre.  

Gerhard le dedicó un "buenos días" en cuanto llegó a su altura. Gustav, replicó secamente plantado frente a la puerta. No era bienvenido. Ni allí ni en ningún sitio, los que le abrían su puerta, lo hacían por el respeto y el miedo que su figura infundía, sumisión acentuada desde que era miembro del partido. ¿Puedo ayudarte en algo?, preguntó el granjero. Exhalando, Gerhard se limitó a soltar una risita mefistofélica meneando la cabeza y mirando al suelo.
–Gustav, Gustav, hace años que nos conocemos, ¿no? –se sostenía con las manos en las rodillas– Toda una vida, me atrevería a decir, así que no vale la pena que disimulemos entre nosotros, ¿no? Supongo que habrás…
–Sí. He oído hablar de tus "negocios" con otros granjeros.
-Perfecto –se irguió clavando sus pupilas en las de su interlocutor–. Así ya sabes a que he venido.
–¿Qué es precisamente lo que quieres?
–Poca cosa, Gustav, poca cosa. Parte de esos pastos de allí abajo, los que rodean la ciénaga. Tengo nuevo ganado, ¿sabes?
–Eso he oído. ¿Y a qué precio?
–¿Precio? Vaya, Gustav, me decepcionas. No sabía que cobijabas dentro de ti ese materialismo tan judío. ¿Quizás deba revisar tu partida de nacimiento y la de los tuyos?
–No te molestes, somos puros. Pero supongo, qué eso ya lo sabes. No pienso regalarte mis tierras. No tienes nada. Nada que puedas usar contra mi.
–¿Nada? Gustav, Gustav, todo hombre tiene algo que teme perder. Ser puro no es suficiente en los tiempos que corren, uno debe ser también un buen ciudadano. Raza y pueblo, Gustav, raza y pueblo. Estas son nuestras dos realidades con dos exigencias básicas: el interés común y el sentido del sacrificio. Así pues, ¿eres un buen ciudadano, Gustav?
–¿Qué dudas tienes de ello?
–Tu hijo, Gustav. ¿Cuántos años tiene?
–Sabes perfectamente cuantos años tiene…
–Lo sé, claro que lo sé. El destino de nuestro pueblo debería importarte Gustav. Es más importante que cualquiera de nosotros. Merece nuestro sacrificio.
–Y me importa, Gerhard. ¿Qué te hace pensar lo contrario?
–Te lo he dicho: tu hijo. No lo he visto por las oficinas de reclutamiento…
–Es joven.
–¿Joven? Debería haberse presentado a las oficinas hace meses. ¿Eres consciente de ello?
Gustav guardo silencio un rato. Había conseguido aguantarle la mirada hasta ese momento, en el cual los ojos cayeron. Gerhard sonrió, reconocía aquella expresión del rostro, la había visto tantas veces, y en tantas personas, era la marca que no engaña: el sello de los vencidos.
–Creo que es hora de que te vayas –sentenció Gustav con el sinsabor de saberse perdedor.



Hojas secas (III)



Cuando la taza quedó seca, Gustav articuló otro de sus sonido apagados, un cuervo había decidido habitar su pecho. Depositó la porcelana en el suelo y buscó la mirada de Hermann y Olga, que seguían ensimismados entre las flamas. Carraspeó levemente para aclarar la voz en desuso y dijo: Gebhard vino ha verme el otro día…
–¿Otra vez? –interrumpió Hermann– ¿Sigue insistiendo en…?
 –No, no. Ya hace tiempo que no me molesta con eso.
–Entonces, ¿qué quería? Porque ese puerco sólo aparece por aquí cuando le interesa algo –preguntó Hermann encrespado.
–Vino a mofarse… –los ojos de Gustav se apagaron. Encorvado sobre la silla y la cabeza baja, su silueta parecía cada vez más la del cuervo que le había robado la voz.
–¿A mofarse? ¿De qué? ¿De qué puede permitirse el lujo de reírse ese canalla?
–Pues de eso, precisamente de eso…, de lo que lleva tantos años insistiendo –Gustav hizo una pausa para levantar la mirada, encarando a sus dos oyentes–. Vino para "agradecerme", que durante tantos años fuese tan terco como para no venderle los terrenos de la ciénaga…
–¿Agradecer? Ese gorrino no sabe lo que es agradecer.
–Esa fue la expresión que uso.
–Pero no entiendo, ¿dónde está la mofa?
–En lo que me dijo a continuación. Vino para comunicarme, extraoficialmente, que el nuevo plan regional va a expropiar esos terrenos del municipio.  Que la nueva carretera entre Frankfurt y Müncheberg va a pasar por ellos.

Los ojos de Olga, hasta ese momento concentrados en el tizón de la chimenea, se iluminaron aterrados y miraron a Gustav. Giraron de un lado a otro, buscando primero a Gustav y luego a Hermann, para volver a repetir la secuencia, volviendo de un viejo a otro unas cuantas veces más. Las noticias de Gustav hicieron mella en ella. Invocó, impotente, el nombre de su marido, Hermann, esperando una explicación, una reacción al menos, por su parte. Pero el hombre siguió mudo, con las sombras flirteando con sus arrugas. Eran un oleaje que permitía a su rostro disiparse en la negrura del salón. Lo probó con el de Gustav, pero no hubo respuesta. Su rostro también iba y venía, irreal, como si de una ilusión se tratase, de la oscuridad al resplandor de las llamas. La única respuesta: el crepitar del tizón. El silencio volvió a envolver la casa. Lloviznaba fuera, el liviano goteo se dejaba escuchar sobre el tejado. Un arrítmico toc-toc que golpeaba la pizarra y llegaba a sus oídos como un sonido ingrávido, suspendido, como el mugido aislado de una vaca que la niebla trajo desde las dependencias para los animales. Olga volvió a insistir con su marido, la ansiedad la devoraba. Había aprendido a convivir con el pecado, a que aquella mancha tiñese toda su vida, hasta el último de los días, sabía que sólo la abandonaría con el último suspiro. Que incluso se la llevaría consigo al otro lado, cuando, a veces, recuperaba la esperanza, creencia, de que algo más existía. Aunque fuese el infierno, nada podía ser peor que lo vivido, se decía, y sin embargo ahora aquella revelación había venido para alterar su aceptada mortificación. ¿Es que no tendría fin aquel martirio?

El aire que los rodeaba no circulaba, estaba viciado, adormecido y triste, fatigado y atormentado. Funesto. Olga recordó el pez moribundo entre los lodos negros de la turbera. Su ojo fijo, de pupila inmutable, que la miraba hasta el improperio. Una de las paladas ciegas de Hermann lo había malherido y sacado a la superficie. Su cuerpo argénteo había ido resbalando de la amalgama negra que lo contenía, y ahora yacía sobre el ondulante colchón de cárices calcícolas y musgos pardos, aguardando a que alguien le asestase el golpe definitivo. Su ojo parecía suplicar por ello, sin embargo, ella no se lo dio. Nadie. Abandonaron el lugar, calados, naufragando en sus aguas varias veces, dejando al pez agonizando a solas. Se giró un par de veces, en su marcha hacia tierra firme, hasta que dejó de apreciar el centelleo de sus escamas. Una estrella que se había descolgado del cielo. Nunca había pensado en él hasta aquel momento. Había vuelto a aquella escena miles de veces en los últimos años, sus sueños siempre gravitaban alrededor de ella, pero sólo aquella noche evocó aquel detalle; la de aquel absurdo pez que expiraba mientras ellos horadaban la turba.

Hermann, reiteró levantándose de su silla y encarando a su marido. El hombre le dedicó una mirada para retirarla inmediatamente. ¿Qué puedo decirle?, se preguntaba, ¿qué esperas de mí? ¿Acaso no ves que no tengo palabras? Nunca he sido hombre de palabras. No se me dan bien. He sido hombre de actos. Y mira donde estamos. Somos el producto, el deshecho, de ellos. Hazlo, me dijiste, e hice lo que me pediste. Así que no me pidas ahora que diga algo, porque no puedo. No ahora. La mente de Hermann ardía. Sus pupilas brillaban, proyectaban el incendio interno o, quizás, simplemente reflejaban las ascuas del hogar. Olga permaneció un rato de pie ante él. Su nombre volvió a escurrirse entre sus dientes. Sin vocalizar. Sin esperanza. Ahora sus hombros colgaban, como dos cuerpos inertes, los brazos se habían vuelto pesados, y el corazón, débil, no podía cargar con ellos. Aquellos que habían labrado el campo y cargado fardos tantos años se habían rendido. Su organismo la abandonaba. El pez sobre la turba. El chapoteo. El olor sulfuroso del agua. El cuerpo embarrado. El brillo dorado de la pirita en sus piernas y brazos ennegrecidos. El ojo. Ese ojo de pez. La pupila impasible. Acusadora. El cuerpo denigrado. Deshonrado. Las memorias exhalaban un gusto agrio. Su lengua, cansada, bisbiseaba sonidos confusos, hasta que las cuarteadas manos de Gustav, arroparon sus hombros e invitaron a su rendido cuerpo a volver a su asiento. Poco a poco, hundiéndose en la silla, Olga se apagó.




Hojas secas (II)



El visitante llamó a la puerta. Insistió enseguida. El cielo había empezado a despachar agua. Aquella noche, la tristeza del invierno, otras veces bella, era fría y despiadada. Volvió a golpear la madera hasta que finalmente se abrió y el hombre apareció en el rellano. El recién llegado emitió un simple sonido ronco, como el de una tubería atascada que bloquease su lenguaje. ¿Quién hay ahí fuera?, preguntó ella, desde su silla junto a la chimenea. Él, aferrado a la apertura de la entrada, chasqueó la lengua y con un movimiento de cabeza indicó a la visita que entrase, dándole la espalda. Es Gustav, el vecino, le contestó volviendo a su silla.

La mujer se levantó para darle la bienvenida y ofrecerle su lugar junto a la llar. A la refulgencia bailarina del hogar, las sombras parecían nadar por las arrugas y las cicatrices, que los latigazos de la vida habían dejado sobre el rostro de Gustav. ¿Una taza de té?, dijo ella, al tiempo  que busca entre la penumbra del armario la vasija de porcelana. Gustav, se limitó a emitir otro sonido ronco y ahogado, luego, más relajado, extendió sus piernas ante las de él, Hermann, para calentarse los pies. Anidó en sus manos, aradas como los campos en invierno, la humeante taza que Olga le ofreció, y dejó que el azul triste de su mirada, se extraviase en las llamas del fuego. Daba la impresión que sus ojos, como gotas de agua, iban a evaporarse. Diluirse en un mundo que no pertenecía a aquel presente.

Eran tres siluetas silentes zarandeadas por la lumbre. La estancia parecía una bestia negra descomunal y la claridad de la chimenea su corazón batiente. De tanto en tanto, Hermann suspiraba. Gustav sorbía té. Olga cerraba los ojos. Soplaban las brasas de los recuerdos, aquellos anteriores a aquella serie de horrores. El tiempo pasaba, poco a poco, lo iba distanciando todo y el pretérito cada vez abarcaba una parte mayor de sus vidas, pero aquellos días parecían ser ayer, aquella misma mañana, aguardarles fuera, al otro lado de aquellas paredes. Orientarse en el pasado nunca es fácil, y sin embargo sus pasos volvían siempre sobre aquel nudo de sus vidas. Siempre al mismo punto. No parecía cansarse de soplar y soplar sobre sus brasas para que el recuerdo prendiese. Las ascuas requieren aire para que el fuego no muera, el aire es su combustible. Allí estaban, la monstruosidad y la barbaridad, cabriolando de nuevo sobre la pira del hogar. Por eso no necesitaban hablar. Lenguaje y palabras resultan redundantes cuando se está visualizando lo mismo.

Fue en otro invierno, uno que no se fue nunca, cuando los tres hendieron los musgos de la ciénaga. Con pico y pala removieron la turba escarchada que crujía bajo sus pies, y dejaron que las oscuras aguas subyacentes acogiesen su pecado. El suelo gruñía cada uno de sus movimientos, balanceándolos, tirando quejicoso de sus pies hacia abajo, cual animal lastimero que no desea ser abandonado. Quisieron creer que el hielo se lo tragaría, que aquel horror, su monstruosidad, desaparecería en el impenetrable fluido; pero habían despedazado sus conciencias, y eso, ni la acidez de la turbera, ni la nieve que el invierno extendería sobre su fosa, podían abarcarlo. Aquel hoyo lo había roto todo, era el punto y final del acto que engendraría sus peores pesadillas. Aún, años más tarde, sentados junto al fuego, recordaban que antes de abandonar la ciénaga rezaron. Sus ojos como gotas de lluvia, extraviados entre la vida y la muerte de aquellos tiempos, se llenaron de la nada. Con sus plegarias buscaron fuerzas en Dios que los liberase del pecado. ¿Cómo podía ser Dios de ayuda alguna? Obviamente no fue Dios quien creó el pecado, sino al contrario.




Hojas secas (I)



Era otro día de aquellos en que caían de los labios hojas secas, recuerdos marchitos alejándose de la boca con un rumbo resentido. De aquellos, en los que comunicarse resultaba agotador, pues las palabras ancladas, tenían que extraerse de las grutas de las encías. Donde las palabras, en lugar de tender puentes, se ponen a construir profundidad, abriendo una enorme boca entre ambos.

El invierno había entrado fiero, hosco y frío. En cuanto el sol quedó bajo sus pies, y a medida que las estrellas se descolgaban de un cielo que se apagaba, el paisaje se pobló con bramidos místicos. Las vacas respondían a las voces de sus crías con un mugido que estremecía el herbal. La pena, como bestia liberada, serpenteaba con el viento en todas direcciones; de aquí allá, difundiendo su amargura. Las garzas, pesadas, alzaron el vuelo desde el pastizal. El bateo de sus alas, era un sonido tosco y sordo, como unas pezuñas en carrera. Una vacada perdiéndose en el cielo.

De la niebla espesa que desde el bosque lamía la oscuridad, emergió un haz luminoso que se coló por los resquicios de las contraventanas. La luz guillotineó el techo, para desaparecer enseguida, haciendo más oscura la oscuridad. El pozo abierto por la conversación lo engulló todo de repente. Negro plúmbeo. Un nervudo pintarrajo de carboncillo extendiéndose hasta agotar el espacio.

Oyeron detenerse el motor de un automóvil. Se abrió y cerró el portón. En ese momento, él hubiese deseado tener un perro que le advirtiese de esas visitas inesperadas, pero su boca todavía recordaba el sabor de la sangre. En cuanto sus párpados caían, corría colina arriba empujado por la jauría de canes que habían enviado tras ellos. El terror le gritaba: "¡Corre, corre, no mires atrás!", mientras las piernas, extenuadas, le pedían esconderse entre los arbustos de la maquia. En cuanto lo hizo, uno de los perros lo encontró y ambos cuerpos se fundieron. Fueron uno por una eternidad, condensada en un instante, hasta que consiguió apuñalarlo y la sangre del animal se le metió en la boca. La eternidad ha seguido su camino, pero él seguía allí, en compañía del pavor a los perros y el sabor de su sangre. Hay cosas que no se pueden olvidar.

Eran demasiadas las cosas que, ninguno de ellos, no podían olvidar, de todo lo sucedido en ese período de sus vidas. Él y ella compartían los silencios, de la memoria que andaba a su manera errante, pero que siempre volvía temeraria a esos días. Aquellos, en que los recuerdos quedaron atrapados en un estrecho corredor lleno de cuerpos y lamentos. Gente desfigurada. Tullidos. Colmillos. Gritos. Vejaciones. Vaginas asaltadas. Mujeres de almas enlutadas con criaturas en el regazo. ¿Cuántas veces rezaron entonces esperando un milagro que detuviese ese horror? El milagro nunca llegó. Al final lo entendieron. No existía el milagro, pero sí su derrota.

 Las memorias mudas que se leían respectivamente en sus miradas eran testigo de ello. Cuando uno de ellos intentaba hablar de lo sucedido entonces, las palabras no fluían, caían de la boca como hojas secas.
Arrastradas por la gravitación de la vergüenza.
La ley universal de los humillados que impide que su voz se alce.






Cuentos de la extinción



Los han soñado desde hace 33.000 años. Quedan pinturas de esos años en sus cuevas, montañas de fotografías y películas de los últimos siglos… y sin embargo ellos ya no están. Ya sólo quedan recuerdos entre los más ancianos de ellos, de los afortunados que los vieron andando, descansando, recostados contra horizontes que ya no existen. Se han desvanecido. Jirafas, elefantes, rinocerontes, tigres, linces, gorilas, orangutanes, osos, lobos, ranas, lagartos, abejas, peces, plantas, etc…Todos ellos conforman un imaginario del pasado con el que ahora solo pueden pintarse sueños.

Hubo un momento en que percibimos que la naturaleza andaba enlutada, venerando a esa luz que es la vida que parecía escapársele. Pero ese momento pasó, ahora somos nosotros los que llevamos su luto, porque la vida sin ellos ha cambiado de significado. Los mundos de nuestra memoria, son sólo eso: memoria. Han dejado de existir. Hemos puesto límites al misterio infinito de lo vivo. A la riqueza de esos universos microscópicos donde se sentía el latir de las células. Su exuberancia se ha difuminado ante nuestra mirada impasible. No existe el solsticio, no volverán, aquello fue un holocausto. Debemos ser conscientes de ello. Afrontarlo y avergonzarnos por ver venir la tragedia sin hacer nada.



En un par de generaciones caerán en el olvido. No se les mencionará, sus nombres serán palabras vacías de sentido, al que sólo el mundo académico e historiadores volverán como lo hicimos nosotros con el tilancino, el bandicoot de pies de cerdo, el dodó, el norfolk kaká, el antílope azul, el tigre del Cáspio, el Quagga, el perico de Seychelles, el Wallaby de cola puntiaguda, el toolache wallaby, el dugong de Steller, el emu negro, el bilby, el ciervo de Schomburgk,  el jambato esquelético, la rana amarilla de Maracay, el sapo dorado, el solitario de Rodrigues, el alca gigante, el escribano patilargo, el zampullín del lago Atiitlán, el nínox reidor, el pinzón koa mayor, el bucardo, el guará, el lirón gigante de Mallorca, el elefante cartaginés, la foca monje del Caribe, la pantera nebulosa de Formosa, los lémures gigantes, el león negro del Cabo, el tigre de Java, la pika corsa, el oso del Atlas, el león marino del Japón, la lagartija del desparecido islote de Ses Rates, el olivo de Santa Helena, o el sándalo de Juan Fernández de Chile, cuya aromática madera condenó a la especie a existir como imágenes religiosas y cajas de reliquias. Nombres exóticos que la mayoría de gente no asociaban a nada. Carecían de la imagen. Habían incluso dejado de ser parte del imaginario humano. Un goteo constante de extinciones desde nuestra aparición que tuvo su apogeo a lo largo del siglo XXI.

Antropoceno, le llamamos a ese período en que nuestra presencia alteró completamente y para siempre el mundo natural y con ello, irremediablemente, a nosotros mismos. En el mundo científico se conoció como la sexta extinción, la que introdujo el silencio en bosques y junglas. Ya nada canta en la rambla en la que jugaba de pequeño. Los atardeceres dorados, que mueren entre los sauces llorones de su cauce, lo hacen sin el croar de las ranas y sin el revoloteo de los murciélagos. El sol vuelve, emerge a las pocas horas, pero ya sin los mirlos y los ruiseñores alabando el nuevo día. Allí chapoteábamos los niños con los pantalones arremangados capturando renacuajos en los cuencos de nuestras manos. En una de sus fuentes, donde se internaba en el bosque, era incluso encontrar larvas de salamandra. Bañarse en verano, en una de las pozas que mantenían agua a la sombra de los zarzales, rodeado de zapateros deslizándose sobre sus aguas o insectos nadadores de espalda remando vigorosamente con sus largas y peludas patas traseras. Marc, el hijo del ferretero, cazaba allí los pájaros cantores, que lloraban en su balcón, con trampas de pegamento. Cuando más tarde llevé a mi hijo a ese lugar apenas se observaban un par de lavanderas caminando gracilmente entre el agua encharcada y el plof de alguna rana verde al sumergirse en ellas. No vimos libélulas ni caballitos del diablo entre los cañizares y las colas de caballo que crecían en las orillas. Mi nieto no ha visto lavanderas ni ranas verdes, sólo unas aguas eutroficadas tomadas por las algas y aparentemente vacías. Un espacio moribundo, al cual van a dar el golpe de gracia, urbanizando la zona. Nadie lo lamenta porque el rincón, sin vida, no tiene valor alguno, más que para unos cuantos viejos nostálgicos que guardamos escenas de otros tiempos cuando todavía era posible ver alguna serpiente deslizándose en sus aguas, o zorros y tejones caminando de puntillas por su cuenca seca.

Cada extinción deja un vacío, siempre hay alguien que siente que le han arrancado un pedazo de vida. Fuimos, somos y seremos verdugos y víctimas. Hasta que al final no nos quede otro rol que el de víctima. Descubriremos vida en otros planetas, comprobaremos satisfechos que la vida es replicable en otros lugares y otras condiciones. Que su naturaleza y estructura puede reducirse a una visión mecanicista, que existe también un orden biológico en el Universo, que la evolución no es un proceso juguetón y caprichoso, que hemos sido capaces de entender sus secretos y domarlos para nuestro uso. Nos convenceremos de nuestros hallazgos, hipótesis y teorías, y del precio que tuvimos que pagar por ello: dejar de soñar con ellos. Quizás entonces comprendamos la pérdida, nuestra incapacidad de reproducir la diversidad infinita, porque nuestra mente no la abarca. El infinito se le escapará siempre, puede intuirse pero entenderse, por ello quizás lo simplificamos todo. Hasta el mundo que nos rodea, para controlarlo mejor, reduciendo sus variables a su mínima expresión. Sólo lo básico, lo útil permanecerá.




Cada cierto tiempo



Cada cierto tiempo un cuervo me atraviesa dejando tras de sí un graznido sordo. Su voz ronca, reverbera en la vasija que es mi cuerpo, hasta instalarse en un quebrado. La fragilidad me define. Es sólo cuestión de tiempo, sibila alguien tras mi oreja. Pero nunca hay nadie. Solo manchas que bailan ante mis pupilas. Una llama azul de azufre se consume en la palma de mi mano. Es sólo cuestión de tiempo, me susurra el oído, todo tiene su tiempo. Hasta la muerte tiene el suyo, sólo que ella no lo sabe. No hay nada tan mal valorado como la vida.

Se la maldice muchas veces. Odiamos los lunes, el mal tiempo, al vecino, sus gustos musicales, las noches solitarias, los miércoles por su mediocridad… tantas cosas, hasta que llegue el momento, ese infinitesimal instante, en que toda esta abundancia deje de existir. Todo desaparecerá. Incluida la muerte. Su posibilidad.

A medida que el cuervo se distancia de mí, lo oigo hundiéndose sordamente en mis lejanas aguas. Escucho la caída, el chapoteo de sus plumas. El líquido infiltrándose a través de las barbas hasta el raquis. Lo etéreo transformándose en plomo. Veo el peso de la vida. El desamparo de un desfile solitario. Su ahogo en un cubículo sin dimensiones, donde luz y sombras son fantasmas quietos. En ese interior fracturado vive y muere el silencio buscado. Si diese un grito me rompería por todas partes. Por eso callo. Prisión, libertad. Son las palabras que vienen a mi mente. El ave sigue allí. El plumaje empapado un saco de piedras que tira hacia abajo. Libertad no es lo que deseo, eso todavía no tiene nombre. No ha sido mencionado. Su voz quizás se esconda en un lugar recóndito. La profundidad de las aguas que se llevan al cuervo quizás escondan el vocablo. Moriré de sed antes de beber de ellas. Son aguas ciegas y serenas donde la vista nunca debería adentrarse. La mirada de los vivos debería estar vetada. Allí los colores son pesadamente sombríos, la fragancia morada, el aire amargo. Sigo respirando. El cuerpo del animal ha desaparecido. El mío continua vibrando por el impacto del cuervo. Por un momento no temo nada, soy feliz. Quizás. Mi mente no piensa en palabras, no tiene pensamientos, sino música. Sonidos que creía entumecidos me envuelven. Me atraviesan sus sonidos, soy su fuente y receptor, estremeciendo mi cuerpo. Anulan. Aniquilan mi ser. Más allá de la libertad, me deslizan a otra dimensión. Al momento perfecto donde todo desaparece. Donde el grito es posible. Donde es canto.



Desayuno





La abuela se ha pedido un café exprés y una ensaimada. Ese ha sido, hasta donde alcanza mi memoria, su desayuno favorito cuando lo tomamos en una granja[1]. Ahora, a sus noventa y cuatro años, justifica la ternura de la ensaimada como la más apropiada para su dentadura, esa dentadura postiza, que de pequeño me impresionaba tanto ver, cada noche, sumergida en una vaso de burbujas efervescentes. Aïssa y yo hemos optado por un cortado y un croissant cada uno. En cuanto la abuela nos descubre sonriendo, por un comentario de Aïssa en inglés, sobre el deleite con el cual la abuela saborea su ensaimada, la deja a un lado y pregunta todo curiosa:
–¿De que se ríe ésta ahora?
–De nada abuela, le encanta ver como disfrutas de la comida.
–Ah, y tanto que la disfruto… pasamos mucha hambre, ¿sabes? –cuando habla del pasado, suele hacerlo en plural, nunca en primera persona, como si hubiese sido parte de algo y no hubiese adquirido su singularidad hasta la muerte del abuelo.
–¿Durante la guerra? –interpela inmediatamente Aïssa.
–Sí, durante y después. Nos comíamos hasta las vainas de las… esto… las alubias, esas que una vez secas se quitan; pues nosotros las dejábamos unas horas en remojo, las hervíamos y no las comíamos. Lo hervíamos todo, para aprovecharlo al máximo. No se despreciaba nada. El maíz, las zanahorias, las patatas, todas sus partes eran comestibles. En el pequeño huerto del patio de la casa, mi padre cultivaba alubias, maíz y judías, que nos ayudaron a pasar mejor la guerra. ¡Ay!, mi padre tenía un genio –se sonríe, y levanta los ojos, como si lo buscase en su memoria–,  aún parece que lo vea… el día que estábamos tostando unas de las castañas, esas que recogíamos en el bosque de camino a Olot. Todo y haberlas cortado, empezaron a petar, se asustó tanto, que las arrojó todas con la parrilla incluida al suelo y empezó a saltar sobre ellas. Chof, chof, chof, hasta que quedaron todas aplastadas, mientras gritaba, “¡ya no explotaréis más!” Era muy buena persona, muy buena, pero gastaba un genio.
–¿Y pan? ¿Comían pan? –me pregunta Aïssa.
–Supongo que algo comerían –me limito a responder, pero ella insiste: “Pregúntaselo”, así que le transmito a la abuela su interés. Más de medio siglo las separa, pero ambas comparten el haber padecido la guerra en su juventud, y el hambre que trae consigo.
–¡No! Para conseguir un poco de pan había que hacer unas colas… ¡Madre mía que colas! Los dos hornos de Anglés estaban casi siempre vacíos, sin nada que hacer, y cuando les llegaba algo de harina y preparaban algo de pan, se montaban unas colas que era casi imposible conseguir nada –hoy no hay comida que no acompañe con una buena rebanada de pan–. Mi madre, la semana que conseguíamos traer a casa un duro, que entonces eran de plata, era la más feliz del mundo y corríamos al pueblo a comprar comida para toda la semana. Existía un lugar, “La Cooperativa” de la colonia industrial de Bonmatí, de la que éramos socios, donde podíamos comprar de los campesinos de la zona. Pero conseguir un duro, no era algo común. Costaban mucho de ganar.
–¿Los ganabais trabajando en los telares? –pregunto.
–No. Yo trabajé de niña en la fábrica textil de Burés, a las afueras de Anglés. ¿Sabes dónde está la estación de tren? –asiento con la cabeza invitándola a seguir con su relato– Pues allí, estaba justo enfrente de la estación, ahora no sé si sigue allí, pero era una cosa enorme. Me levantaba a las cinco de la madrugada y trabajaba hasta las dos de la tarde.
–¿Trabajabas de cinco a dos?
–Sí, con media hora para desayunar si te traías algo de casa para comer. Una semana trabajaba con mi madre en ese relevo, y a la siguiente cambiábamos de dos de la tarde a doce de la noche. Mi madre y yo trabajábamos codo a codo, ella era responsable de dos telares y yo de otros dos. Ella ganaba 31 pesetas a la semana y yo 22. Yo era joven, así que me tocaba menos dinero…
–¿A qué edad empezaste a trabajar allí?
–A los once… era muy joven. Con once años ya estaba allí –se le apaga la voz–, pero con la guerra pararon los telares. Desmantelaron la fábrica de Anglés para reconvertirla en fábrica de proyectiles. Hasta vino un ruso, “el Ruso”, como le llamábamos todos, para ayudar a montarla. La otra, la fábrica de Bonmatí, donde trabajaba mi padre, no me acuerdo si dejó de funcionar durante la guerra. Pero aquella era más chiquita… Mmmm, Dios mío, si hemos vivido y visto cosas.

            Traduzco a Aïssa lo narrado por mi abuela, en castellano consigue entender algo, pero en catalán no, y mi abuela, por mucho que lo intente, no puede mantener una conversación en castellano. Empieza la oración en castellano y sin darse cuenta a media frase ya ha vuelto al catalán. Aïssa me anima a seguir indagando en su vida durante la guerra civil.
–¿No te parece interesante saber como vivió aquello? –deja ir al descubrir mi reticencia a seguir con esa cháchara– A mí me parece de lo más interesante. Ojalá alguno de mis abuelos siguiese vivo para poder hablar de estos temas. Tendría cientos de preguntas que formularles.
–En Anglés, guerra guerra, no hubo –contesta mi abuela ante la insistencia de Aïssa–, pero al principio pasaron cosas muy gordas.
–¿Entre los vecinos?
–Sí. Se mato a gente. Estaba ese, al que llamaban “el Moreno”, que se encargaba de coger a gente por las calles del pueblo y meterlos en prisión. Dependiendo de cuanto podían pagarle, les dejaba salir más pronto o más tarde. Cuando entraron los nacionales, con los moros delante, alguien se debía de haber chivado, porque corrieron a buscarlo. Nosotros vivíamos aquí, y él vivía cuatro o cinco casas más abajo, al otro lado de la calle. Para su suerte, se había ido antes, atravesó el Ter, se refugió en la ermita de Sant Julià y de allí a Francia. Allí se lo encontró mi padre, hasta que se volvió a los meses, cuando confirmamos que no lo buscaban… Los curas no tuvieron tanta suerte –guarda silencio.
–¿Quién mató a los curas? –la animo a seguir con la historia.
–A esos, los mataron los del PUP, PUM, como se llamasen…
–El POUM –intervengo.
–Sí, esos, los del POUM. Al monseñor Eduardo y al otro, ahora no me acuerdo de su nombre, los tuvimos en el pueblo, enseñando “doctrina” para poder hacer la comunión. Era un persona de Anglés, conocido por todos… –vuelve a guardar silencio. Esta vez más largo–. Se hizo mucho daño. Se mato a mucha gente y a otros se les hizo sufrir después de la guerra sin necesidad alguna… ¡bah! Una mierda. Pero que coño, estamos vivos, ¿no? Y por muchos años más si Dios quiere.
            Coño, si que lo entiende Aïssa, aún en su forma catalana, le hace gracia que mi abuela use con tanta frecuencia dicha expresión. Cuando termino de traducirle su relato, busca su mirada, sus diminutos ojos refugiados en un complejo mar de arrugas. La admira, admira la relativa naturalidad con la que es capaz de hablar de ese período de su vida, porque ella no puede hacerlo sin quebrarse. La guerra de Bosnia de la que huyó con catorce años y la llevó hasta Suecia sigue demasiado presente. Quizás cuando tenga su edad, pueda hablar de ello sin dolor, me dirá más tarde. Se sonríen la una a la otra, con tristeza, reconociéndose, para luego volver cada una a su taza de café.     




[1] En Cataluña, se conocen como “granja” a los bares donde se acude básicamente a desayunar o merendar, tomar café y bollería. Antiguamente eran lecherías donde la gente acudía a adquirir leche fresca y productos derivados frescos, que fueron convirtiéndose en sitios para desayunos, ofreciendo café, chocolates, horchata, helados y bollería.