Peces




A la mañana siguiente acompañé a mi abuela al mercado del barrio y escuchamos la historia de la chica que cerró la puerta y fue engullida por el apartamento. Me estremecí por el relato que la tendera relataba a un par de atentas clientes con las intervenciones de su ayudante. Luego descubrí que besugos, merluzas e ictiofauna en general me seguían con la mirada. Acechaban imperceptibles, desde el hielo sobre el que reposaban, fisgoneando cada una de mis acciones. Sus órbitas circulares de pupilas sin párpados examinaban nuestros pasos de un puesto a otro. Cientos de ojos mirones repartidos por todo el mercado. Oteaban mis pasos, cada vez más indecisos e inseguros. El Avia seguía con sus quehaceres ajena a todo aquello, mientras a mí se me calaban los calcetines, embebidos de una humedad fría. Los pies chapoteaban, se hundían para reflotar en un suelo gelatinoso que crujía. Hasta que finalmente cedió y me precipité.
        Hundiéndome.
           Sumergiéndome con la ligereza de una pluma.
                En la verticalidad de una gravedad amortiguada.
                    Cayendo.
                        Cayendo.
                              Cayendo.
                                        Cayendo.

Cayendo con suavidad en una masa acuosa gélida habitada por pupilas fijas y bocas abiertas. Destellos pálidos, esquirlas plateadas que se movían aleatoriamente a mi alrededor. Aparecían y desaparecían trazando órbitas inconsistentes mientras me sumergía en la nada, esa nada que no toma forma, porque no puede contenerse así misma, pero se esconde detrás de todo objeto y persona. Porque lo sólido, lo íntegro, es una mera ilusión visual. Un espejismo. Un error construido en el nervio corneo para superar el vértigo del vacío. Un negar la altura como remedio. Inventamos todo tipo de trampas, resortes, salidas, entradas, pasadizos secretos, puertas, ventanas, sótanos, agujeros, cielos, mares abiertos, ayeres, mañanas, de todo hacemos con todo lo que tenemos a nuestro alcance para superar el mal de altura que conforman el gran vértigo: el de la existencia y también su inevitable cese.

Una fosa abismal en la que me hundía irremediablemente, en su masa acuosa que digiere en su blanda amalgama toda dimensionalidad, volumen, y cualquier otra propiedad física. Aguas que se tragan sin masticar todo aquello que adolece de condición terrenal. Me ahogaba en ellas, y me angustié por un momento, luchando por salir, hasta que llegado un punto, casi dulce, justo antes de no ser consciente ya, caí en la cuenta que yo también soy acuoso. Y estoy vacío, o lleno de vacío, porque el mar se me metió dentro y ya formo parte del él, y ya no tengo porque pensar, ni entender, sólo ser. Dejarme acariciar por las turbulencias sin resistirme, sin cuestionarme. Como las piedras que arrojaba al mar aquel final de verano junto a mi abuelo. Piedras que hacían estallar la mar hacia arriba.






El abuelo



Era setiembre, la primera quincena del mes, la despedida del verano. Con viento de tramontana, arbustos enmarañados y barcas danzando en una mar revuelta. Había caído la tarde, la gente había abandonado la playa y solo restaba el ruido admonitorio del mar arrastrando los guijarros. Al final de la cala, sobre las rocas salientes, un par de pescadores herían el agua con sus anzuelos repetidamente. Lanzándolos una y otra vez. De la mano de mi abuelo llegamos hasta ellos, y mientras entablaban una conversación banal sobre el estado de la mar y la pesca, mi curiosidad infantil se centró en el cubo de plástico de uno de ellos.

Al asomarme a su interior encontré un pez herido. Exasperado. Ahogándose. Sus branquias se expandían y contraían espasmódicamente, pero aún así sus agallas colapsaban en masa ante la ausencia de la ingravidez que le proporcionaba el medio acuoso. La espina dorsal contorsionada y tensa se revolvía en aquel limitado espacio de plástico. Sacudiendo coletazos. Repentinos y violentos coletazos. Sus golpes resonaban en el interior del cubo como las palpitaciones de un corazón arrítmico próximo al desfallecimiento.

       Al final, rendido, dejó de moverse, y fue entonces cuando me miró. Percibí el gesto. Atrapado, como si me hubiese arrojado el anzuelo que aún lucía sobre su labio, no pude evitar su mirada inmóvil. Me incomodó hasta el punto, que de tener párpados los peces, se los hubiese bajado para así deshacerme de su visión, y así esconder mi vergüenza. Huir de aquellos ojos piadosos y acusadores al mismo tiempo, que imploraban ser rescatados, ser retornados al mar. No hice nada. No me moví. Ni dije nada. Le negué la vida, como quien niega una limosna, no por falta de buena alma, sino por tener que actuar. Por tener que hacer algo, tomar una decisión que no pude elaborar. Así pues, me limité a observar como se cerraban sus branquias y expiraba. Yo sí cerré los ojos. Los cerré para borrar su imagen de mis retinas, pero al abrirlos, los suyos seguían allí. Me miraba el ojo del pez fijo hasta el improperio, condenándome por su destino. Los gritos de las gaviotas se transformaron en carcajadas despiadadas, y las piedras movidas por el oleaje en murmullos acusadores. El cielo oscureció y pareció caerse de repente, colapsando sobre el mar embravecido. Pese al ruido, se percibía el silencio. Se notaba el frío del mismo, pequeño y furtivo resonaba aquí y allá. Era una especie de amalgama, un contrapunto a la tormenta resonante en el horizonte. Era el sonido paciente e impasible de algo que espera la muerte. El silencio del que sabe que la vida le ha sido negada. El silencio que ya no me abandonaría.

Un enorme cuerpo oscuro con la piel de una ballena, lisa y aceitosa, me acosó aquella noche. Se suspendía en el aire con la ayuda de unas aletas minúsculas y ridículas que no hacían ruido al batir, y una cola que sacudía de manera inquietante y sin necesidad aparente. Pero lo peor de todo es que en su rostro lucía un enorme ojo fijo de pez. Me sobrevolaba y observaba, sin emitir sonido alguno. De eso, del ruido, ya se encargaban las gaviotas que aleteaban a su alrededor o cabalgaban sobre su dorso. Bramaban sin voz un reclamo afónico y ahogado. La escena estaba toda ella envuelta en el silencio resonante y creciente que había experimentado aquella misma tarde en la playa. Cuando desperté sobresaltado, me pareció seguir oyendo bajo mi pecho los coletazos que se resistían a lo imposible. Me atormentó aquella aparición no solo esa noche, sino unas cuantas aquel final de verano. Luego cayó en el olvido hasta bastantes años más tarde.

*****

Deberías ir a verle, me sugirió mi madre, seguro que agradece tu visita, ya sabes cuanto te quiere, añadió para mirar de convencerme.

En los últimos años habían ingresado a mi abuelo varías veces en el hospital, siempre por el cáncer que le había sido detectado más de veinte años atrás. En todo ese tiempo, ni uno ni otro daban su brazo a torcer. Ni el cáncer que no cesaba en su empeño de expandirse, ni mi abuelo en su empeño de sobrevivirle. Así pues, siempre, a los pocos días de observación, lo enviaban a casa sorprendidos por su repentina recuperación. El doctor cada vez que le firmaba el alta bromeaba con él, con el humor propio del cuerpo de médicos y su irónica manera de convivir próximos a la muerte. Aquellas recuperaciones, que calificaba de milagrosas, decía, eran dignas de estudio. Incomprensible para la ciencia, remarcaba. Las últimas veces, mi abuelo ya no solía escuchar demasiado ni sus comentarios ni sus recomendaciones, mucho menos sus ironías. Años atrás ya había modificado sus hábitos, renunciando al tabaco y reduciendo la ingesta de comidas copiosas. A sus años, se decía, ya no valía la pena regular el placer, después de todo, consideraba todos aquellos años como un gran regalo de tiempo extra. Unos años en los que las cenas se repetían de un día para otro. Hasta donde alcanzan mis recuerdos, sus cenas siempre consistieron en un arroz blanco caldoso con ajos y una tortilla francesa de un huevo y una pizca de sal. Sin variaciones: arroz y tortilla un día, arroz y tortilla al siguiente. Arroz y tortilla hasta el fin de los días. Una dieta para resistirle a la muerte. Su actitud fue siempre la vida. Como la de aquel otro anciano siciliano que me explicaría su viuda años más tarde. "Tres días. Solo tres días antes de morir, le propuse hacerme con algo de veneno y suicidarnos juntos. ¿Sabes qué respondió a mi propuesta? '¿Suicidarnos? Si quieres, tú puedes suicidarte, pero yo confío en vivir todavía un tiempo más'. ¡Tres días! ¡Sólo tres días más tarde moría el desgraciado! De eso ya hace ocho años".

        Nunca me han gustado, y en lo posible siempre he mirado de evitar ir a los hospitales, pero aquella recaída parecía realmente seria. Eso decían los otros, yo no entendía nada. No quería entenderlo. Ya llevaba unos días en el centro y a diferencia de las veces anteriores, no daba señales de recuperación, así que me dispuse a visitarlo. Lo necesitaba de vuelta en casa. Sentado en la butaca de su comedor, y yo a su lado, en el sofá, extinguiendo la tarde hablando de dibujo, libros o ciencia.

*****

El bullicio del ruido de la calle, con sus coches y peatones y de la gente concentrada en la entrada del hospital desapareció a medida que iba adentrándome en sus pasillos, hasta el punto de escuchar tan solo el eco de mis pasos, ese leve tap que producían en el suelo, y cuya presencia añadían un silencio furtivo. De repente me encontraba sólo. Me detuve, desorientado por el vacío experimentado y mareado por el inconfundible olor dulce y penetrante a hospital. Podía oír el latido de mi corazón. Sístole y diástole. Acelerando. La oquedad se hizo patente y se extendió hasta el infinito, fuera del alcance de los sentidos. Bajo el encerado suelo apareció, para inmediatamente desaparecer, la silueta de aquella ballena amorfa y aceitosa que tantas veces había perturbado mis sueños de infancia. Aquel ojo fijo, esa pupila velada acechando mis pasos, siempre condenándome por su destino. Quedé paralizado hasta que una enfermera me arrancó de aquella ilusión.

"¿La habitación cuatrocientos tres? Sí, tuerce en el próximo pasillo a la derecha, y una vez allí, la segunda puerta. Otra vez a mano derecha". Seguí sus indicaciones, hasta dar con la puerta identificada con dicho número. Habitación cuatrocientos tres. Cuatro cero tres. Tres cifras, tres cifras a las que había quedado reducido mi abuelo. Respiré hondo, hice lo posible por secar el sudor frío de las manos y giré el pomo.

El cuarto estaba con claroscuros, con las persianas a medio bajar para evitar el sol de la tarde. Cerca de la ventana destacaba una cama que yacía vacía. La presencia que confirma la carencia. La materialización de la ausencia. Dí unos pasos hacia el interior y enseguida me percaté que el suelo estaba húmedo. Un charco se extendía desde debajo del camastro. Lo seguí y fue al alcanzar el otro lado del lecho cuando lo vi. Sobre la mancha de agua estaba el pez. El pez agitando la cola. El pez de movimientos espasmódicos. El pez fuera del agua. Desorientado. Buscando un mar que le había sido arrebatado. Intentando brazadas imposibles en un medio que ya no era su mar. Hasta que, agónico, cayó de lado y volvió a mirarme fijamente. Hasta el improperio, en una mezcla de mirada piadosa y acusadora. Allí quedó tendido, y yo junto a él, sin mediar palabra, con las dos libretas de dibujo bajo mi brazo. Cautivado por todo lo que aquella mirada expresaba. Por todo lo que no quería entender. Por un imposible.
El mar.
        El imposible.




Re+volvere



La palabra "revolución", después de todo, nació como tecnicismo de la astronomía y se refería a un giro que terminaba en el mismo sitio: re + volvere. El término aludía desde Nicolás Copérnico a la descripción de una órbita completa de un cuerpo celeste. Cuando Copérnico a mediados del siglo XVI escribió De revolutioniobus orbitum coelistium, estaba pensando en el término matemático de "revolución" que implica un "giro" o una "vuelta". En su obra, Copérnico, explicó su teoría en la que establecía que era la Tierra la que se movía sobre su propio eje y alrededor del Sol. El término revolutionibus del título se refiere a las vueltas que describen los planetas en torno a su estrella.Por lo tanto se trata de un movimiento, que nunca puede definir un nuevo comienzo, no nuevo en el sentido casi místico en el que se envuelve hoy en día.

La hemos dotado, a la palabra, de un significado noble y la hemos convertido en un mito. Llamamos revoluciones a todos aquellos aspectos políticos, sociales, artísticos y económicos que introducen cambios radicales de ideas en las poblaciones. Que le dan la vuelta a la forma de ver las cosas. Astronómicamente hablando esperaríamos que con la revolución la órbita cambiase, el cuerpo celeste dibujase a partir de ese momento singular una trayectoria diferente, cuando en realidad los elementos que componen la palabra, los que determinan su significado (se origina en el verbo volvere, del que hemos derivado "volver" y el prefijo re), hacen referencia a que el cuerpo vuelve inevitablemente a su estado originan para iniciar un nuevo giro igual al anterior. El uso actual es convencional y arbitrario, lejos de ceñirse al significado etimológico de la misma.

Fue la enorme convulsión que la obra de Copérnico produjo en el mundo occidental, al desplazar el sistema terrestre, y con ello a los humanos, del centro del Universo, la que hizo que la palabra pasase a adquirir el significado actual que implica un cambio brusco en cualquier campo humano, bien sea el político, el social, el artístico o el económico.

Cuando Stravinsky en 1942 publicó su libro Poética musical, tras impartir una serie de clases en la Universidad de Harvard en la que describe su concepción del proceso creativo, aprovechó para reivindicar su postura de compositor tradicional, alejándose de la imagen de compositor moderno, revolucionario; de la reputación de enfant terrible de la música clásica que su pieza, Le Sacre du printemps estrenada en 1913, le había reportado con su disonancia polifónica.

The Musical Times escribía sobre él: "Todas las señales indican una fuerte reacción contra la pesadilla del ruido y la excentricidad que fue uno de los legados de la Gran Guerra…¿Qué ha sido de las obras que componía el programa del concierto de Stravinsky, que conmocionó hace unos años? Prácticamente toda la colección ya está en la estantería, y permanecerá allí hasta que unos neuróticos hastiados sientan una vez más el deseo de comer despojos y llenar su vientre con los vientos del Este".

Relató, en las páginas de Poética musical, la importancia de la tradición y de la naturaleza ilusoria de las revoluciones aplicadas a los campos artísticos, haciendo para ello uso de una anécdota previamente descrita por el escritor GK Chesterton. Al parecer, cuando Chesterton desembarcó en Calais mantuvo conversación, en una de esas posadas de puerto hoy en día en desaparecidas, con un tabernero francés. El hombre no hacía más que quejarse de la cada vez mayor falta de libertad del país. "Es lamentable haber hecho tres revoluciones para volver a caer sobre el mismo lugar", concluyó el tabernero. Fue entonces, cuando el escritor le contestó que lo que sucedía en el país era una "revolución" en el sentido propio del término, que describe el movimiento de un elemento que recorre una curva cerrada y vuelve así al punto de partida.

También en su Poética musical, aludía a que cuanto más normas, reglas y disciplinas se imponían a un arte, paradójicamente se conseguía una mayor libertad del mismo: "Cuanto más controlado, limitado, analizado y trabajado es el arte, mayor es la libertad de la que goza". Una línea de pensamiento muy similar a la de la escuela de literatura experimental OuLiPo (Ouvrior de Littérature Potentielle, Taller de literatura potencial) creado en 1960, que alejándose del surrealismo y el culto al azar del dadaísmo, se aplican consciente y razonadamente toda una serie de restricciones que les permitan así explorar nuevas formas de creación. ¿Qué es un autor oulipiano?, preguntaba Marcel Benabou "Secretario provisionalmente definitivo" de OuLiPo. "Es una rata que construye ella misma su laberinto del cual se propone salir. ¿Un laberinto de qué? De palabras, sonidos, párrafos, capítulos, bibliotecas, prosa, poesía, y todo eso".

No hay día que me levante que me visualice como una rata construyendo y demoliendo al mismo tiempo el laberinto en el cual me encuentro. Giro sobre mi mismo. Corro. Doble esquinas. Cavo túneles o agujereo paredes. Uso todo tipo de triquiñuelas para encontrar una salida, hasta me asomo por encima de los muros, cruzo entre los setos, y todo para ver que al final siempre acabo en el mismo sitio. Que la entrada y la salida son lo mismo, reflejo una de la otra. Una cinta de Moebius que lleva momentáneamente a otra dimensión pero que acaba retornando en un ciclo interminable al mismo punto.

Los individuos, como las sociedades nos imponemos y nos imponen normas y leyes, como los autores oulipianos o Stravinsky, para hacernos la vida más fácil. La verdadera libertad, el libre albedrío genera vertigo y nos bloquea. Por eso las aceptamos, porque vivir dentro de unos límites resulta más confortable, hasta que el laberinto se cierra demasiado y nos da por salirnos del mismo. Entramos y salimos continuamente. Ese eterno retorno al mismo punto que percibe todo individuo y sociedad, siempre sintiéndose atrapada por las circunstancias del momento, por la inercia histórica que roba su identidad y vitalismo. Circunstancias que condenan al individuo a la desidia, a la apatía generalizada de vivir en un mundo de revoluciones que vuelve una y otra vez a pasar por el mismo punto de origen. "No me quedan ya reservas de paciencia para soportar esta Europa donde el otoño tiene cara de primavera y la primavera olor a otoño", reconoce el personaje Marta de El malentendido de Camus. Otro de sus personajes, Diego, en Estado de sitio, afirma: "Cada uno de nosotros está solo a causa de la cobardía de los otros", en un relato donde la solidaridad es el protagonista ausente, donde la desunión de sus personajes permite el avance imparable de la desgracia. Del cierre del círculo. Un nuevo giro completo sobre la misma órbita. Otra revolución mal llevada y que sin buscarlo se ajusta perfectamente al significado etimológico de la palabra, lejos del mito que le atribuimos.





Cu4tro



          Son cu4tro las paredes
              [una
                    do2
                 tr3s
                    cu4tro]
          Cu4tro las que me retienen
          Del tiempo han hecho aceite
          Otean dos de ellas el horizonte
          Una se abre,
          la otra contiene
          Me hacen compañía
          Duermo,
                       como,
                  sueño en ellas
          Soy su mirada

unos vecinos entran en el portal, fuera queda la anciana, la vecina demente, la única que habla en un vecindario de mudos que practican la sordera y aspiran a ser ciegos. Permanece un rato sentada en su chandal de colores, en una de las mesas del jardín, sus posaderas, huesudas y erosionadas, son las únicas que doblan las maderas de ese banco en cuanto llega la primavera. Chaqueta de plumones fucsia, manoplas y gorro anclado en las cejas. La Tierra ha superado el ecuador del mes de abril en su trayectoria alrededor del sol pero aquí sigue haciendo frío. Ayer nevó. Fui testigo del desgranamiento del cielo desde mis cu4tro paredes. Antes de ayer también lo hizo. Las ventanas proyectaron la luz cribada por los nimbos en la habitación. En algún lugar algo arde y aquí caen sus cenizas columpiándose de lado a lado. La vecina abandona el banco en el jardín y renqueando alcanza su portal. Aparece tras ella una liebre de orejas blancas. Da cinco pasos y se detiene, con la cabeza gacha y las ojeas pegadas a la espalda, restriega el hocico contra la hierba que se lleva a la boca. Cuatro pasos más y vuelve a detenerse. Sus incisivos siegan el verde mar, sus mejillas se agitan velozmente hasta que sale corriendo. Otro vecino, uno de los sordos y mudos, sale cargando una bolsa de basura, la arroja en el contenedor de reciclaje que le corresponde y desaparece, como la liebre, calle abajo. Es de los que se esconden tras la puerta, resguardado tras sus cu4tro paredes, paredes como las mías, de madera que cruje. Un día, al entrar en el portal, oí que su puerta se abría para inmediatamente cerrarse, subí por las escaleras y no me crucé con nadie, seguí subiendo hasta mi puerta, la que da acceso a mis cu4tro paredes, pero en lugar de entrar en ellas, abrí y cerré de un portazo permaneciendo en el rellano de las escaleras. No pasaron ni diez segundos que su puerta volvió a abrirse, salió y bajó las escaleras hasta perderse en el exterior.

Aquí todos hablamos y escuchamos a nuestras paredes, son una extensión de nuestros sentidos. Sus quejidos y sonidos nos alertan, nos avisan de la presencia de los otros, de sus actividades y evitan los encuentros inesperados. No soy su prisionero sino su huésped, quien anda descalzo sobre su entarimado de madera de tablas paralelas. Las conozco todas ellas, por las formas de los anillos de los árboles que fueron, por su aspereza o suavidad, por las cicatrices del arrastrar de muebles y por el sonido inconfundible de cada una de ellas a mis pies. El edifico entero habla para que los que lo habitamos callemos. Nos auscultamos los unos a los otros. Cada puerta suena distinta, cada vecino tiene un trato distinto con ellas; los hay que las atormentan de un golpe, los que las acompañan suavemente en su recorrido, los que salen y entran con vitalidad, los que se encierran o se asoman sigilosamente, con timidez escurriéndose escalas abajo. Los que suben los peldaños de dos en dos, los que pisan con fuerza, los que bajan de puntillas, los que arrastran los pies, los que saltan escalones en su descenso, los que se detienen a media subida a deshacerse el lazo de los zapatos, los que se desprenden de ellos antes de alcanzar su puerta, los que los arrojan contra la pared justo cruzar el umbral de casa, los que los dejan caer como pájaros muertos sobre el entablado o los que los confinan delicada y ordenadamente sobre sus zapateros en un sonido sordo casi imperceptible. No nos hablamos pero nos escuchamos, en la noche y el día. Sabemos cuando hay invitados: oímos voces nuevas, no familiares. Nuevos timbres. Cuando se bebe, pues el alcohol erradica las voces susurradas y pare risas, o cuando se bebe en exceso y aborta la alegría por los gritos que preceden a los llantos. Lagrimean y suspiran las paredes por las noches, rezuma a través de sus entablados empapelados la vida que pretendemos velar.      

          Son cu4tro las paredes
                   [una
                        dos 
                            tres
                     cu4tro]
         Cu4tro las que me retienen
         Las que me protegen
         Del tiempo han hecho aceite
         Del tiempo guardan polvo
         Soy parte del polvo
         Un simbionte más del organismo que conforma el edificio
         Uno destilado por su arquitectura






Cabellos alborotados




     Es un peine que doma un cabello rebelde
     No hay destino en ello,
     sólo biología y leyes.
     Como lo hicieron antes,
     las cosas ocurren,
     sin oráculo
     sin  profecia
     sin cábala
     ocurrirán mañana
     como lo han hecho hasta ahora;
     con el mismo principio
     con el mismo final
     Siempre la misma vieja memoria
     extendiéndose en el tiempo
     El pájaro surcando círculos
     las ondas de la trucha
     donde el lago se rompe,
     se abre para cerrarse

           Sin sombra
           la realidad carece de sombra
           la memoria carece de forma
           Sin forma

     Toda revolución acaba convertida en peine
     Todos los muertos tienen el mismo final
     Comida para el tiempo
     para el podenco tuerto
     tierra sobre tierra que se traga la tierra
     Corren en la misma dirección
     para llegar a ninguna parte

     La transgresión agotada
     da dentelladas al aire
     traga polvo en su sueño
     que es sabor a muerte por la mañana
     Se enjuaga en el lago
     donde salta la trucha
     donde aguarda siempre la misma muchacha
     de ojos níveos cortados a tijeretazos
     mirada de incontables dimensiones
     que sigue viéndote
     evocándote
     mientras los crímenes se repiten
     en un Universo plano no excavable

     La memoria socava la vida
     la sumerge en un estado somnoliento
     de lento inconsciente
     Su mirada bordada
     refleja mundos distantes
     bajo otro sol
     de otra galaxia
     de silencios que acechan
     de los que nos echan sobre los hombros los muertos
     desde una eternidad caduca
     que se pliega sobre si misma
     donde todo queda solo
     entre cabellos alborotados,
     enmarañados que ondean al viento
     en una tormenta de harina
     por la que pasean furtivamente
     un muerto tras otro
     hasta esa madre de madres
     que acicala dulcemente sobre sus rodillas
     la vida que quiere ser vivida





Cuestiones



Hoy es una de esas tardes en las que el pavimento de las calles se extiende hasta el cielo, abril avanza y la primavera retrocede temerosa. Me he acostumbrado a mis paseos diarios, una acción que articula el espacio y define el tiempo, intensificando mi percepción de las cosas. Me considero un espectador silencioso tras unos pasos siempre dubitativos. Paso parte del día observando cómo la gente interactúa, compite, trabaja o descansa, así como los objetos de creación humana que salpican la ciudad: esculturas, edificios, fuentes, mobiliario urbano, pinturas, carteles, etc… hay tantas cosas que consiguen captar mi atención, que a veces requiero aislarme, encerrarme en la música del reproductor mp3 y centrar mi atención en los pasos de mis pies sobre las aceras.

Cuando no puedo observar la realidad externa, entonces me veo atraído por los mundos virtuales de la ficción que libros, vídeos y música nos ofrecen. Es sorprendente como de la curiosidad por lo real o ficticio, los humanos han sido capaces de ir bordando a lo largo de su historia tanto las actividades artísticas como las científicas, ambas sustentadas en la inusitada curiosidad y nuestra obsesión por observar. Las ciencias naturales y el arte brotan de una misma fuente, de un origen común, que sin embargo los prejuicios de nuestro sistema educativo insisten en delimitar y confrontar continuamente el uno con el otro.

La frialdad mecánica de las ciencias, impersonales y objetivas que intentan descifrar la física y la vida, contra la subjetividad de la pasión y las ganas de vivir de las artes creativas. Dos mundos aparentemente antagónicos, el que todo quiere generalizarlo y el que reclama la individualidad que nos diferencia de las bestias naturales.

Haber evolucionado en un Universo concreto, con unas leyes y unas cualidades propias, sin duda alguna ha generado en nuestro cuerpo y en nuestras mentes toda una serie de restricciones insospechadas de las que debemos ser conscientes. Pensamos cómo pensamos, y sentimos cómo sentimos por la naturaleza que nos envuelve. Sin ella no existimos. Nuestra preciada individualidad no es nada, no existe fuera de las leyes generales de la Naturaleza y el Universo.

¿Por qué nos gustan ciertos tipos de música y de arte?
¿Por qué esa propensión a encontrar pautas donde no existen?
¿Por qué mitos y leyendas comparten tantos factores comunes?
¿Por qué algunas imágenes nos resultan tan atractivas?
¿Cómo nuestra experiencia del tiempo y el espacio influencia todo eso?  
¿Cómo determina la estructura de nuestra mente los problemas filosóficos que encontramos desafiantes?

Queda mucho por andar para descifrar como el Universo influye en nuestra perspectiva y nuestra particular manera de mirar el mundo. No somos aves posadas sobre los cables telefónicos que observan cómodamente desde su altura transcurrir la vida, somos observadores inmersos en lo observado, incapaces de independizarnos de nuestra materia de observación, ni como científicos ni como creativos. Estamos compuestos de la misma materia que pretendemos descifrar.





Pájaro roto en la ventana



Pájaro roto en la ventana.
Yo estoy al otro lado.
Asoma una tímida gota escarlata por el pequeño pico curvado. El plumón gris-canela del pecho se infla y desinfla, apagándose sus colores. Le falta energía para contestar al rir-rir-rirrir-chrr-rr-rr-rar con el que le reclaman otros herrerillo capuchinos desde las ramas, todavía desnudas, del árbol. Parpadea el ojo atravesado por la línea ocular negra que resbala mejilla abajo prolongándose a modo de collar bajo su cabeza. Todo él parece tan delicado. Tan frágil.

Y sin embargo que vivos los otros, que rendidos al silencio de sus reclamos, vuelan alejándose al punto de fuga por el cual se escurre el parque. Por allí, del bosque de coníferas llega pausadamente la primavera, escapando de su frondoso sotobosque. Ayer un corzo se dibujó entre la niebla. Antes de ayer una pareja de liebres se perseguía por la hierba ya verde. Pequeños grupos de herrerillos, carboneros, agarradores y reyezuelos llevan días explorando el suelo y corteza del manzano.
Hoy uno a impactado contra el cristal de la ventana.
Es ahora un pájaro roto.
Un cuerpo quebrado al otro lado del vidrio.
¿O estoy ante un espejo?




Hojas secas (XII)



¿Cuánto hay de humano en el ser humano? Bajo la fina gasa de la cultura se desvela la bestia innata. Se dice que fuera de la sociedad sólo pueden existir los dioses y las bestias, pero no es la naturaleza, sino la sociedad, la historia, la que rasga, repetidamente, las gasas de la humanidad. Es la circunstancia de la sociedad la que engendra al bruto. ¿Cómo proteger al hombre contra sí mismo? ¿Cómo protegerlo ante la inhumanidad a la que la historia social los conduce? Así pues, ¿cuánto hay de humano? ¿Preguntamos porque deseamos saber, o porque sabemos que no podemos saber?

–¿Es eso lo que quieres, Olga? –Hermann acurrucado junto al hogar, cogió el hurgón y atizó la lumbre. La leña crujió, suspiró vapor–. ¿Venganza?
–Eso es –asintió–. Es lo que pienso. Cuando se apagan las noches los veo. No consigo quitármelos de la cabeza, Hermann. Quizás para ti, aquello ya forme parte del pasado, pero no para mí. Siguen aquí. Existen.
–También yo –Gustav se alejó de la ventana–, los veo con frecuencia.
Hermann miró asombrado a ambos. Sus mejillas estaban sonrojadas.
–¿Acaso creéis que yo lo he olvidado? –sonó indignado.
 –Nadie ha dicho eso…
–Sí lo has dicho, Olga. Lo has insinuado.
–No quería decir eso. Quería decir…, no sé…, decir que quizás tu puedas vivir con ello, pero yo no. Yo no puedo. No puedo seguir viviendo con ello sin más…, necesito hacer algo con todo lo que me corroe por dentro. Necesito sacarlo de alguna manera…
–¿Vengándote? ¿Crees que eso te hará sentir mejor?
–A mi sí –intervino Gustav–. Creo que sería un halo de luz. Una manera de resarcir el daño sufrido.
Las injusticias son nudos en el discurso de la vida. Nódulos enquistados que obturan el flujo del tiempo.
–No puedo creer lo que estoy oyendo. Pienso que habéis pasado demasiado tiempo con la mirada clavada en el fuego. Sus demonios os nublan la razón… Quizás ha llegado el momento de retirarse a dormir.

Se irguió apoyando el hurgón en la pared. Olga cogió una de sus manos:
–¿Dormir? Sabes que no duermo bien desde entonces, Hermann. ¿Y mañana? ¿Qué pasará mañana? ¿Seguiremos igual? ¿Aterrorizados? ¿Avergonzados? Nada cambiará mañana… nada ha cambiado estos últimos años.
Sus ojos se veían grandes y luminosos. Trémulos. Como los del cordero siguiendo en silencio al matarife. Los mismos ojos mudos y asustados que apenas vio desaparecer en el interior de la casa aquel día. Unos ojos inmensos gritando silenciosamente mientras eran arrastrados a un abismo incomprensible, de una negrura como no había visto nunca hasta entonces.
–No me mires así, Olga.
–¿Cómo?
–Así, como lo haces ahora, con esos ojos –rogó Hermann, liberándose dulcemente de la mano de ella–. No me mires con esos ojos.

Era una mirada insomne y desquiciada. Expresaba el pánico que rememoraba Hermann de aquel día, pero al mismo tiempo desesperación y odio. Hay que cruzarse con una expresión como esa para entender todo lo que siente, porque no se pueden poner palabras a ella. Su descripción se manifiesta como una imposibilidad lingüística, igual que ellos sentían que las palabras no podían traer el nuevo orden de la vida que aquellos acontecimientos les habían exigido. Por eso habían callado tanto tiempo, cada uno inmerso en sus sentimientos. Por ello, o porque quizás, hasta entonces, la razón había sellado sus bocas, censurando verbalizar lo impensable. Poner nombre a un sentimiento implica identificarlo y reconocerlo, y reconocerlo es liberar el sentimiento, dejarlo escapar: expandirse más allá de uno mismo, asomarse al exterior y arremeter irracionalmente con lo que salga al paso. El horror al nombre, a la palabra, había cosido sus labios durante mucho tiempo. Miedo y vergüenza son un hilo fuerte. Se habían resistido a manifestar, pues manifestar puede conllevar a desencadenar nuevos acontecimientos, ejecutar lo exteriorizado. El terror de Hermann no era aquellos ojos indescriptibles que ya conocía, sino la revelación verbal de los mismos por parte de Olga y Gustav: venganza. Ahora que habían reconocido el instinto que tiraba de sus vidas, temía que hubiesen invertido el orden, transgrediendo las normas e invocando así una nueva tragedia.

El pensamiento es libre, la expresión no, por eso se sufre en soledad. Ellos sufrían en soledad, en mundos aislados y opresivos. Los pensamientos son distancia, silencio, intimidad; las palabras implican exposición. Son punzantes abejas que se arrojan como un enjambre entero sobre el otro. Su veneno puede infestar una vida entera. Hazlo, le dijo entonces Olga a Hermann, y lo hizo. Él no había día que no se arrepintiese de ello. Allí estaban sus ojos, esa mirada otra vez, y el verbo de ella: ¡Hazlo!
       ¡Hazlo!
             ¡Hazlo!
                   ¡Hazlo!
                           repitiéndose hasta el infinito.