Mundo de Margaritas




Sabemos lo que es la luz
pero no sabemos decir que es.

El universo no ha sido todavía satisfactoriamente explicado

Seguimos experimentando con la ficción
con el lenguaje
haciéndolo extranjero
desconcertante
sorprendiendo la narración
llevándose a lo ignoto
recordándonos lo que no sabemos
lo mucho que desconocemos

Experimentamos sin saber a dónde vamos
como ratas reconstruyendo el laberinto por resolver
tenemos que mentirnos
el arte de la mentira está en decadencia
son precisas para que brillen las evidencias

como las sombras para apreciar la luz


Podría decirse que el humanismo sigue siendo algo así como una religión secular improvisada, lo que queda de la descomposición europea del mito cristiano. Durante años, los que se oponían a la teoría de Darwin, temían que ésta redujese la humanidad a un ente insignificante. Un animal más. Uno entre los millones que se desplazan por los mares y tierras del planeta. Pero, lejos de eso, el darwinismo no ha hecho sino encumbrar al hombre aún más, si eso era posible, sobre el resto de los organismos. Tras dos siglos sacudiéndose su fe cristiana, la filosofía y la ciencia moderna, siguen anclados en uno de los errores esenciales del cristianismo: pensar que somos radicalmente distintos del resto de los animales.

Los humanistas modernos se aferran a la teoría de la evolución para argumentar que sólo el hombre es capaz de trascender a su innata naturaleza animal y dominar, no sólo su naturaleza, sino el planeta entero. La humana es una especie privilegiada, piensan, es la única que sabe de su existencia accidental y por tanto la única que puede hacerse cargo de su destino.

Siguen arraigados a la idea de que la conciencia, la individualidad y el libre albedrío nos definen como individuos, que son la base de nuestras decisiones, elevándonos por encima de cualquier otro animal. Cuando aquí, en mitad del bosque, como en una calle transitada de cualquier ciudad, los instintos siguen siendo los mismos: buscar comida y aparearse, como cualquier otra bestia que habita la Tierra. Muchas de nuestras decisiones más fatídicas las tomamos sin tener la menor conciencia de ello. ¿Pero qué somos? ¿Qué sería de nosotros si silenciamos de nuestro pensamiento el diálogo de Dios, de la inmortalidad, del progreso de la ciencia y la humanidad? ¿Qué sentido queda entonces, una vez borrada toda esperanza de progreso?

El cristianismo introdujo la percepción, la idea, en Europa, de que la historia humana, tanto la del individuo como la del colectivo humano, ha de tener sentido alguno. El progreso es la nueva máscara con la que el mismo concepto sigue aferrado a nuestra mentalidad: la historia humana, su evolución y su sentido especial en el mundo. En la Grecia y la Roma clásica la historia humana era una serie de ciclos naturales de crecimiento y declive sin fin, como el sueño colectivo repetido infinitamente por los hindúes. En la mente actual humanista sólo se concibe el progreso, como en el capitalismo el crecimiento continuo de la economía. El humano sigue siendo un ser sublime por encima del resto de los organismos vivos, quizás por ello la hipótesis de Gaia de Lovelock, en la que la atmósfera y la superficie de la Tierra conforman un todo para mantener la vida en la tierra, no tenga la aceptación debida en la comunidad científica. Su mundo es circular, no tiene dirección alguna, su único propósito es mantenerse. No hay un espacio especial para el hombre. Poco importa su presencia. Nos arroja a enfrentarnos al vacío existencial como especie.  

En el Mundo de Margaritas soñado por Lovelock y Watson, el planeta había sido sembrado sólo con dos variedades de margaritas: unas blancas y unas negras. Las blancas reflejan la luz y las negras la absorben. En un origen frío, las negras proliferan más, absorben mejor el calor y se expanden por casi la totalidad de la superficie, incrementando la temperatura del planeta, tanto que empiezan a morir y las blancas al reflejar la luz ocupan su lugar, haciendo descender con ello la temperatura del planeta. Las mareas de pétalos blancos y negros se suceden por generaciones hasta que alcanzan un punto de equilibrio, con una temperatura estable favorecida por la presencia de los dos colores. Cuando al Mundo de Margaritas se le incorporan conejos que comen aleatoriamente unas u otras variedades, zorros que cazan los conejos, y otros organismos que hagan el modelo más complejo, la estabilidad se alcanza con mayor velocidad y es más duradera. Mundo de Margaritas demuestra que la estabilidad de los organismos biológicos, el ecosistema terrestre, no requiere de explicación teleológica alguna. Que no hay progreso en el mundo orgánico, la evolución carece de diseño preconcebido, es una sucesión de revoluciones que lo que procuran es que todo quede igual.

En el mundo distópico de Nosotros (1920), de Yevgueni Zamyatin, se lee: 

–¿Te das cuenta de que lo que estás sugiriendo es una revolución?
–Por supuesto, es una revolución. ¿Por qué no?
–Porque no puede haber una revolución. Nuestra revolución fue la última y nunca puede haber otra. Todo el mundo sabe eso.
–Pero querido, tú eres matemático: dime, ¿cuál es el último número?
–Esa pregunta es absurda. Los números son infinitos. No puede haber un último número.
–Entonces, ¿por qué hablas de la última revolución? 





Hay vasos dispuestos en el suelo



        Los charcos invierten el universo
        Hay vasos dispuestos en el suelo
        Vasos encendidos que humean
        Un Cristo barroco se ha descolgado de la cruz
        El cadáver lo cubre un manto negro
        Negras también sus ropas
        Como negras, ahora rojas,
        las manos delictivas
        Oscuras, ensombrecidas, las ruinas
        Como los escombros amontonados

              Se desprende la retina
              cegada por el fuego
              Se nubla la mente que sella los ojos
              Ni ven
              Ni oyen
              Ni sienten

             Son pretérito quemando el futuro
             El viejo mundo se extinguía
             Nada brillaba en sus cenizas

        Los hombres de negro regresarían
        Tampoco se fueron nunca
        Los llevaban zurcidos en el pecho
        bien adentro,
        a doble punto,
        y ellos sin saberlo.
       El Cristo volvería a levantarse
       Suspendido bajo la bóveda
       Una vez más encima de sus cabezas

       Bailarán los paisanos junto a la iglesia
       Bailarán al lindar de los campos
       Irán pasándose las máscaras
       Ahora una, luego otra
       Se las arrancarán y aparecerán otras
       Sus rostros irán transformándose
       El rojo virará a negro
       El negro a púrpura
       El púrpura se revolverá contra el rojo
       Volverán las lluvias y con ellos los charcos

       Volverá a invertirse el universo





Cuando las estrellas dejaron de moverse



Recuerdo perfectamente ese momento en el cual todas las estrellas del firmamento dejaron de moverse.

El universo en su inabarcable infinitud, en la que la energía oscura empuja indefinidamente a las galaxias a alejarse las unas de las otras en una expansión acelerada continua, un día se detuvo ante mis ojos. Todos aquellos incontables astros minúsculos que arden en la oscuridad del cielo, cesaron su actividad para mirar hacia abajo. Al suelo en el que yacía estirado.

No importaba lo que hubiese hecho, ni el tipo de vida que hubiese llevado hasta ese momento; el cielo me rendía tributo, al igual que antes hizo con mis abuelos, y con sus hijos, mis padres y tíos, con algunos de mis amigos en su más tierna juventud, con Xavier, el dueño de la tienda de ultramarinos y su hermano, el rey y más tarde el príncipe coronado también recibieron atención en su momento, como unos cuantos Papas, allá en el Vaticano, tanto honor como el otorgado a "el Chino", el camello de la esquina, donde se cruzaba mi calle con otra, no recuerdo el nombre, una suma o una equis, según se mire, dibujada sobre un barrio esquizofrénico.

No cuenta lo importante o trivial que sea la vida de uno, como tampoco la gloriosa o patética que resulte su muerte, porque al final, en ese momento en el que caemos, cuando se desprende la retina y somos suelo, cientos de billones de estrellas, cada una de ellas, se detendrán para alumbrar la muerte de todo ser humano.




Mi lengua


      Mi lengua arrastra un filo
      desafilado que desgarra
      así el dolor grabado del lenguaje es mayor
      su mensaje desenfocado
      desearía inventar palabras
      mi abuelo una vez me dijo:
               inventamos las palabras
               para diferenciarnos de los animales
               úsalas con propiedad
               respétalas

      Con ellas nombramos lo inexplicable
      configuramos a Dios
      en jeroglíficos y cuñas
      pero ni Dios ni las palabras
      consiguieron dar nombre a las emociones
      que yacen en nuestros vientres
      a las que, como hojas de otoño,
      penden de las sábanas al pie de la cama

      así que tuvimos que seguir inventando
      de la talla de piedras
      al fundido de metales
      capturando los principios físicos
      domando los átomos
      jugando bajo arcos geométricos
      con poleas y palancas
      en ecuaciones imposibles
      con nuevos materiales
      nuevas experiencias:
          la gravitación
          los fluidos turbulentos
          y el vacío,
         siempre,
         al final
         siempre el vacío

      el silencio que reposa en nuestros vientres
      una vez agitadas las sábanas,
      queda solo un lenguaje desnudo
      que debe reinventarse.
      Somos hoy como dos animales





Ella



Te escribo porque no quiero perderte en unas memorias que se reescriben continuamente hasta perder su esencia. No quiero ser prisionero de un pasado ficticio, ni mejor ni peor, quiero leerte algún día con el amor que siento estos días por ti. Con tus contradicciones y tu rabia, con tu odio y tus frustraciones. Aunque duelan, porque lo hacen, son punzadas irritantes, prefiero mantener vivo en el día de mañana esta visión que cualquier otra. Es precisamente el pasado, uno demasiado presente, una de las principales causas que nublan tu día a día. Posiblemente, sea también la otra cara de la moneda; la intensidad con la que puedes exprimir la vida cuando la música, el arte o el placer simple y sincero de vivir vela el lastre de antaño. Fueron, son, esos instantes los que me cautivaron. Deseaba ser capaz de dejarme llevar por ellos como tu lo hacías, sin pensar en nada más, dejar atrás el lastre analítico que me conforma. Te seguía e imitaba para aprender de aquel hacer humilde y alegre. No sabía entonces que tras aquellos momentos se proyectaba una extensa sombra, un manto del cual incluso llevando años tirando de él no hemos conseguido ver su fondo. Es una red interminable que recogemos y volcamos sobre el suelo, ahora reducido por el enorme sofá, de la única estancia de la casa. Van apareciendo las presas, quizás las verdaderas presas seamos nosotros, una pequeña barca indefensa lastrada por un inconmensurable pasado que habita un lugar inalcanzable.


Cuando recogemos las redes aparece tu padre, tu madre, las discusiones en casas, las fiestas con los invitados, el ruido, los viajes en coche desde las montañas yugoslavas de Bosnia hasta la costa croata, el abuelo zapatero, siempre sucio y que no podía pagaros la comida ni a ti ni a tu hermano cuando vuestros padres os dejaban con ellos en verano, tu hermano pidiendo dinero entre los turistas para que tu pudieras comparte un bollo, tus ojitos colgando de la ventana del restaurante soñando con las pizzas que allí se horneaban, el refresco de Miranda que bebían en pajitas los otros niños, los turistas, millonarios en tu imaginación desperdiciando un Coca-Cola en la arena, los hoyos que cavaba la abuela en el jardín para que hicierais vuestras necesidades, los viajes a los mercadillos en el viejo Zastava 750 amarillo del abuelo atiborrado de zapatos para vender, el otro abuelo que se compró un antiguo vagón de tren y lo plantó en una playa de Montenegro donde retirarse con tu abuela porque la brisa y la tierra de allí le sentaba mejor a ella, los veranos en Montenegro, sus playas rocosas y salvajes, el oleaje que te vapuleó y te sacó del mar pero que engulló a la otra niña, la muerte prematura, "no dejes nunca que tu vida dependa de un hombre", te dijo tu abuela con solo once años y nunca lo has olvidado, los tabúes de casa, la mano de tu padre tapándote los ojos cuando alguien se besaba en la televisión, sus gritos por las malas notas del colegio, la rigidez con las tareas académicas, las collejas, los castigos, sus gritos aún mal altos el día que alguien dijo que te habían visto jugar con un niño, las niñas no podían hacer eso, la gente empezaría a hablar, los gritos entre tus padres a través de las paredes, el divorcio, el abandono de tu padre, la madrastra, un personaje sombrío, pérfido, objetos de maleficio y brujería gitana bajo la almohada de tu madre, las sombras de un divorcio nunca entendido, sigue siendo hoy, incluso después de los años que llevas arriando la red de los recuerdos, un misterio con versiones opuestas, un rompecabezas al que le faltan muchas piezas, el hambre de la nevera vacía, la espera de una pensión por parte del padre que nunca llegaba, los estantes de la nevera vaciándose, que tu hermano pequeño consiga alguna moneda para tus bollos ya no era solución para saciar el hueco de tus tripas, entonces la guerra, las noticias desde otros puntos del país, los vecinos, tu madre, todos convencidos de que aquello no llegaría hasta allí, que aquello no podía pasar, que bosnios y serbios siempre habían convivido en aquella ciudad, la ciudad de la sal: Tuzla, pero que sucedió, que un día los serbios, los vecinos, señalaron a los bosnios, acarrear un nombre musulmán de repente constituía un peligro, la circuncisión de tu hermano una evidencia del delito, el delito de ser el otro, el opuesto, el innecesario, el forzado a huir para salvar la vida, el que deja atrás su hogar, cierra la puerta de casa y se lleva consigo sólo la llave, el que divide a la familia para salvarse, el hermano pequeño con unos familiares a Suiza, tu con tu madre, las dos escondidas en un camión a través de las curvas de los Balcanes, bajo una lona de plástico fría, curva a curva, horas y horas hasta aparecer en Croacia, en un lugar desconocido, sin dinero, sin comida, desojados de lo poco que tenías, el deambular pidiendo una ayuda que no llegó por parte de los conocidos, que dejaron de serlo, una Croacia donde el acento bosnio ha dejado de ser bien recibido, hasta llegar a Suecia, allí os envió vuestra madre desesperada, a su campo de refugiados, tu y tu hermano, la alegría adolescente de no entender del todo lo que pasaba, creer que era un situación temporal, un verano, que después Yugoslavia segura existiendo, que el hogar volvería a ser el mismo, viaje de ida y vuelta que nunca regresó, y hacer amigos de otros lugares del mundo en el mismo campo, el pelo crespo de un niño africano, el exotismo de la piel negra, las horas jugando a billar mientras se tramitaban los papeles de asilo, el verse convertido a un número, "niña 2246 del individuo 2035" se lee en el dorso de la foto carnet del campo, tu nombre de flor ha sido encriptado en un código: el 2246, al que los que te acogen te explican como funciona un lavabo, como tirar de la cadena, el concepto de bárbaro, de primitivo, la arrogancia del nórdico, la visión única de hacer las cosas, la lavadora también tiene sus fórmulas, como si nada de eso existiese más allá de las nuevas fronteras, hay que seguir sus instrucciones a rajatabla, hacer las cosas de otra forma es simplemente erróneo, no es posible, como tampoco lo es convivir con tu padre y la madrastra en Suecia, una pesadilla, de vuelta a los insultos, las prohibiciones, están por todas lados, no hagas esto no hagas aquello, no hablar en bosnio en la calle para no avergonzar a tu padre, sus complejos de inmigrante, la negación de su identidad, pretender ser lo que no se es, pretender que los hijos sean lo que no son, aunque sea mediante el castigo, que se te meta en esta cabecita tonta y alocada que aquí los niños no se comportan así, no hables alto, no te muevas tanto, anúlate, pierde tu identidad, si es que esta existe, el verano se acabó y tus pies seguían en Suecia, Yugoslavia seguía rompiéndose, de tu madre apenas recibías noticias, no sabías donde estaba, a veces en Suiza a veces en Tuzla, salvaguardando su propiedad, ¿por qué no vienes aquí mamá?, empiezas el colegio sin entender nada, ni lo que haces allí, ni la lengua que allí se habla, las miradas de los nuevos compañeros son intrigantes, intimidan, el lenguaje se vuelve vergonzoso, se siente ridículo, las risitas por los nuevos, ese grupo heterogéneo en el que estás incluida, la vergüenza, otra vez más, esta vez por no entender lo que el maestro te pregunta, no tener lengua para responder, todas tus viejas palabras aquí no valen nada, carecen de significado, el viejo mundo es eso: viejo, ya no existe, los otros niños ríen, la crueldad, la falta de empatía no es única de los adultos, pasa un año, y otro, tu madre sigue fuera, abriendo y cerrando la puerta del piso de Tuzla para asegurarse que nadie lo ocupa, las fronteras de los países europeos también se han cerrado, te tocó pedir los papeles de asilo que permitan a tu madre reunirte contigo, tu padre no movería un pelo, no le importa, tampoco vosotros parecéis importarle mucho, os trata más bien como un estorbo, la madrastra es aún peor, os ignora como si no existieseis, caminas por tu nueva ciudad sueca con tu hermano de nueve años cogido de la mano, tu lo eres todo para él, eres niña y madre, lo aprendes pronto, solo tu puedes hacer que acepten a tu madre y ésta pueda venir junto a vosotros, ¿cuándo vas a venir mamá?, por fin llega un día tu madre, puedes dejar a tu padre y volver a estar los tres juntos en el nuevo país, en el otro, en el país roto se dibujan nuevas fronteras, la guerra se va apaciguando, los horrores brotando, tu madre sigue preocupada por su, vuestra, propiedad, vuelve a Tuzla a comprobar que el piso sigue allí, que la cerradura es la misma, que la llave, tesoro que cabe en un bolsillo, sigue abriendo la puerta, que existe ese lugar en medio de todo ese terror, el lugar que era antes, aunque nada de todo lo otro sea igual, el marido ya no está, la familia tampoco, los vecinos han cambiado, unos temerosos de los otros, del día a la mañana, cada uno tiene una identidad diferente, ni el idioma que hablan ya es el mismo sin haber cambiado, unos dicen hablar serbio, los otros croata, los otros bosnio, los otros montenegrino, los unos son ortodoxos, los otros musulmanes, los otros católicos, del ateísmo comunista de Tito no queda nada, en tu nuevo país descubres que el árbol de Navidad celebra el nacimiento de Jesús, allí, en Yugoslavia se adornaba para recibir al Año Nuevo, era el Estado quien regalaba al acabar el año un pequeño detalle a los niños, la Navidad nunca ha significado nada, tampoco el Ramadán, ni las oraciones, del Corán nunca habías oído hablar, y sin embargo ahora tu tía insiste en que una nueva vida religiosa es necesaria, de repente sois musulmanes, y tu sin saberlo, las chicas deben comportarse como tal, la hermana de tu madre que bebía, fumaba y se había divorciado y disfrutado de los bailes y los locales nocturnos de Sarajevo, exigía ahora en su nuevo país cubrirse la cabeza, descubrió su identidad en el exilio, nada de eso te interesa, no entiendes que las cosas tengan que cambiar, todo cambia a tu alrededor pero tu no quieres hacerlo, no a merced de lo externo, quieres vestir botas militares de chico y llevar faldas cortas, medias de colores, como Pipi Calzaslargas, tu nueva heroina, que por cierto es sueca, aprendes la nueva lengua, te haces con nuevas palabras y sigues adelante sin que nadie te diga como hacerlo, cometes muchos errores, todos los cometemos incluso teniendo maestros, vivir es equivocarse, lo otro sería ser una mera pieza en el engranaje de la vida, ser parte de un mecanismo, sin individualidad, si algo tienes es individualidad, esa es tu identidad, encajar ya no te importa.






Paseo entre la ventisca



El cielo se volcaba delicadamente sobre el suelo en un movimiento lento y fluido. El mundo había quedado reducido a un torbellino de cenizas blancas que borraba el horizonte. Todo parecía estar suspendido en la nada. Tu estabas a mi lado pero el espacio entre nosotros parecía cada vez mayor. Más espeso y etéreo al mismo tiempo. Simplemente se difuminaba lo que había entre nosotros. Eramos pura ventisca arrastrándonos el uno al otro. Subiendo y bajando, arrojándonos de un lado para otro, de aquí para allá, contra un paisaje que desaparecía en cada uno de nuestros arrebatos.

Cuando la tormenta arrió estaba sólo. Caminé por un campo de nieve sembrado con cabezas de caballo. Sus lenguas congeladas colgaban pintorescas de unas bocas grandes y grotescas. Era un espacio virgen y estéril. Muerto. Allí donde la razón y la palabra son imposibles. Ese punto en el cual se desata la tragedia. Al cerrar los ojos no reconocía a quien veía. ¿Eras tu? Temo que fuese otra persona. Me aterra pensar que he olvidado tus facciones.

El desenlace de la tragedia carece de toda importancia. No se sobrevive a ella, lo que resulta es algo completamente nuevo, distinto a lo que había precedido.
La memoria se puebla de mentiras y el pretérito se vuelve inalcanzable, un mar de ventanas tapiadas.


Pienso a menudo, caminando todavía entre esas cabezas congeladas, en el camino, el sendero que nos llevó ha despojarnos del lenguaje y la conciencia. Sin ellos estamos ahora incapacitados para todo, cayendo corriente abajo arrastrados por unas fuerzas que desconocemos y no controlamos. Entramos, jugando como quien no quiere la cosa, en el espacio de la incertidumbre. Nos dejamos llevar, y ahora, aquí, en este páramo helado y vacío intento volver la vista buscando un paisaje familiar. Sólo veo cabezas equinas de rostros esperpénticos y lengua frías. La palabra también es imposible para ellas. Aquí estamos todos mudos. Un pajarito de las estepas, posado sobre mi labio, se ha llenado el buche con todo mi lenguaje. Despojado de palabras he quedado presos de mis sentimientos. 



A veces se abre bajo nuestros pies



   Salimos una noche calma y clara.
   El mar soñaba. 
   La plata de la luna 
   era la suma de sus sueños.
   Una belleza indescriptible,
   pero su cuerpo era gélido e inquieto.

   Nos transporta casi siempre a su lomo,
   pero a veces no.
   A veces se levanta por encima de nosotros.
   O se abre bajo nuestros pies
   y deja que nos ahoguemos

  Como aquellos cachorros de gato
  que de niño arrojamos al río dentro de un saco
  Aún oigo los maullidos
  Agudos como agujas

Mi hermana pequeña lloraba igual la primera vez que la vi sobre el  regazo de mi madre. Ven acércate, dile hola a tu nueva hermanita. Estaba morada y no paraba de berrear. Su cabecita de ojos velados emitía un sonido que me parecía espeluznante. Insoportable. Vamos hombre, no tengas miedo, acércate… 

   Un enjambre clavándose en el oído.
   Hurgando en el tímpano.
   Las aguas no querían llevárselos.
   Una rama los abrazó frente a nosotros 
   mientras el agua les pasaba por encima.

   Arrojamos piedras.
   La saca no se movía, lloraba
   gritaba, agonizaba
          oía a mi hermanita
          el pecho de mi madre
          desde el rincón las veía
   Las piedras golpeaban la tela
   o hacían explotar el agua hacía arriba
   nuestros gritos coléricos
   y lanzamientos rabiosos 
   extinguieron los chillidos uno a uno.

   Los gatitos dejaron de existir.
   El saco era un trozo de tela sin vida
           (vuelta a su estado natural).
   El enjambre fue disipándose de mi oreja.
   Más sigue aquí, dentro, en la cabeza,
   reverberando en el blanco cráneo.

   El mar se alzó por encima de nosotros
   tiró de nuestro cabello hacía el fondo
   ahogándonos junto a la suma de sus sueños
   y, como los gatitos, 
   fue como si nunca hubiésemos existido.

         Se enfrío nuestra sangre,
         gélida como sus aguas,
         los pececillos nos mordisquearon,
         al principio hacían cosquillas,
         luego dejé de pensar en ellos.
   
   Dicen que recé,
   que me revolví,
   que agité manos y brazos,
   que invoqué a Dios,
   Nunca antes había rezado.

        El siervo de Dios, es bautizado 
        en el nombre del Creador, 
        y del Redentor, 
       y del Santificador.

   Todos acudieron a rescatar mi alma.
   Tarde, demasiado tarde,
   ninguno quiso perderse mi bautismo, muerte y funeral.
   Me hundí así, nos hundimos esa noche
   calma y clara

   de luna soñada.



Nudo de ámbar



  Al subir, el pez se hace luz en la superficie.
  La mar, hoguera inabarcable, centellea,
  infinitos fulgores viajan sobre sus aguas.
  El líquido es el medio,
  jureles zurcen el mar allí donde se rasga,
  por donde escapa la memoria.

    Nervio
    Soma
    Dendritas
    Sinapsis
    Electricidad
    Impulso
    Umbral
    Despolarización
    Canal iónico
    Potasio (K+)
    Magnesio (Mg2+)
    Calcio (Ca2+)
    Sodio (Na+)
    Cloro (Cl-)
    Potencial eléctrico
    Conducción
    Circuitos
    corrientes cerradas de éter
    Nudos

  Ascenso y descenso de ideas y percepciones
  Marea del espíritu.
  Un hereje pasea por el cielo,
  por encima de las olas y sus transformaciones.
  Lo grande y lo minúsculo se funden en el infinito
  Interminables, sin límites determinantes,
  espacio y tiempo se vuelven estables
  Inmóviles
  Todo ha sido, es y será.
  Son corrientes cerradas de éter
  Nudos

  Dios cuelga de una rama.
  Sus ojos reflejan lo inabarcable
  lo eterno e incalculable 
  lo inmutable de toda transformación.
  Preguntadle al hereje, al blasfemo, si se retrae de lo dicho.
  Ya arde la pira. La soga, el nudo, la ha prendido.
  La brisa mece al Dios inmolado.
     Varilla
     Masa puntual
     Plano vertical
     Oscilación
     Péndulo ideal

  Va y viene
  Va y viene
  En corrientes cerradas de éter
  Nudos
  Una vez pegados sus extremos, 
  queda una curva simple y cerrada
  Un espacio y tiempo total
  Infinitos e inmóviles
  Sin cabida para los dioses

  Cuéntame que recuerdas.
  ¿Qué se siente al volver?
  Sopla por encima de las reminiscencias.
  Raspa la memoria. Líjala. 
  Existe el pasado. Lo vivido y lo imaginado.
  Siempre ha existido.
  Cuéntame, ¿qué has hecho con él?

  Lanzan las redes los pescadores
  cuando la hoguera se apaga en el horizonte.
  Los jureles, ahora, son noche. 
  Siluetas grises a la fuga.
  Las barcazas rasgan la mar,
  fina dermis la suya.
  Dime, ¿qué sentías entonces?  
  La palabra es bruta,
  depredadora,
  materializa lo abstracto.
  Ámbar de emociones.
          عنبر, ámbar, "lo que flota en el mar". 
  Puesta la palabra, el sentimiento queda preso.
  Las palabras siempre quieren decir más de lo que dicen.
  Las palabras no son habladas por la gente
  Hablan a la gente.

  El mar devuelve los muertos,
  expone los hechos,
  más los pescadores los desechan.
  Pero una vez allí flotan, cual ámbar. 
  Quedan a la deriva
  en corrientes cerradas de éter.