Rabdomantes (nueve)



Allí descubrieron lo que fue un antiguo río, uno de los que alimentaba la depresión y evitaba su desecación, hasta que llegó la gran sequía. Entonces incluso el río se secó. Su lecho estaba igualmente agrietado. Uno de los márgenes lo constituía una densa mata de cañas agostadas, entre ellas, reposaban un sinfín de esqueletos, cabezas y espinas de carpas resecas, enquistadas en lo que un día fueron lodos. Aske olfateó los cadáveres con sumo interés colándose entre las cañas. Evren prefirió volverse al pueblo, adentrarse en las casas que quedaban en pie.

Eran construcciones viejas, tradicionales, levantadas con piedras y adobe. Apartó la puerta, medio caída y accedió al interior de una de ellas. Una que conservaba su techo cónico de ladrillos de barro. Desde fuera parecía un termitero, dentro una agradable temperatura sorprendió a Evren. Pasó la mano sobre las paredes alzadas con aquella mezcla de arcilla, arena y paja. Estaban frescas. Acercó todo su cuerpo hacia ellas. Reposó sus mejillas para que se refrescaran. El encarnizado calor de los llanos quedaba fuera de la construcción. Al otro lado de la puerta. Se perdía en la altura de la cúpula cónica del edificio, hasta escapar por su orificio central. Era un espacio sencillo. Apenas quedaba nada. Marcas fantasmagóricas en las paredes donde se podía adivinar que había existido una estantería, o sobre las que se apoyaba una cama. Manchas claras que revelaban que algo las había cubierto antes. Pero nada más. El mismo vacío que se respiraba en todos los pueblos abandonados de la zona.

Entró en otra tan hueca como la anterior. En un rincón descubrió un elemento brillante. Una cucharita metálica cubierta de polvo. Bufó y descubrió un mango grabado. Frotó con los dedos. Escupió en ella y volvió a frotar hasta que apareció el total del dibujo decorativo. Formas florales se enlazaban a lo largo del mango, en el extremo oval cóncavo la figura de un animal conformada por lo que parecía ser caligrafía árabe. Contempló un rato el objeto, por arriba y abajo, haciéndolo girar ante sus ojos, hasta guardarlo en un pequeño bolso que colgaba de su cinto. A mamá le gustará, pensó. Ya no existían objetos como aquellos. O bien se heredaban o se debía acudir a los mercados de anticuarios de las grandes ciudades. En ellos todavía era posible adquirir objetos artesanales del pasado. Pensó en su madre. En lo poco que sabía de ella. ¿Dónde había nacido? No podía responderse, porque no lo sabía. Apenas sabía nada de su infancia. Ni de su juventud, ni de nada que no hubiese sido una historia compartida. No hablaban de eso. El pasado de su madre era un gran vacío. Sabía que sus abuelos habitaron una de las numerosas villas que se fueron abandonando a medida que la aridez se extendía por la región, pero no en cual de ellas. Se podían contar a miles. Casi nadie hablaba de ese tema: del éxodo. De cómo tuvo lugar. De la huida masiva de la gente hacia las ciudades. Ya nadie habitaban las tierras del interior, eran un erial en todo su sentido. La vida las había abandonado. Todo el mundo buscó refugio en las grandes ciudades o en la costa. Sólo sabía que su madre, con apenas trece años, siguió a sus padres en su migración del páramo hasta la costa. Allí, junto al mar encontraron refugio. No muy lejos de donde ella vivía ahora, dejando estos paisajes y unas formas de vivir atrás. Llevándoselo todo con en su marcha. Dejando una casa vacía. Como aquellas. Poco más que cuatro paredes y un techo. Paredes con memorias capturadas en ellas. Memorias inasequibles pero que podían percibirse. Estaban allí. Por todas partes. Las sombras, las luces, los tonos en las paredes, todos eran testimonios de algo que había existido.    

Tuvo que cerrar los ojos al salir, cegada por la intensidad de la luz. Otra vez el calor. La incandescencia del sol proyectándose con virulencia sobre la tierra. Trepó sobre los escombros que bloqueaban la entrada a la mezquita, esperando encontrar en ella sombra, el frescor experimentado en las casas, pero parte de la bóveda había cedido. En su caída, el techo había arrastrado a gran parte de la estructura central, el edificio era un gran agujero con una serie de arcadas que no sostenían nada. El cielo. Y con él el sol. El calor.

El alminar seguía en pie entre los escombros. Una torre circular coronada por una caperuza cónica y un pequeño mirador exterior abalconado en la altura. Había una puerta pequeña para acceder a la torre, dentro una escalera de caracol para acceder al balcón. Evren se lo pensó un momento, dudó sobre el estado de los escalones, pero al final la curiosidad la empujó a ascender por ellos. Unos giros sobre el mismo eje y apareció en el balcón. El suelo estaba deteriorado, pisó con cuidado, asegurando cada paso. Había allí dos grandes altavoces que en otros tiempos se habían usado para difundir la llamada a la oración. Una llamada cantada que Evren desconocía completamente. Un sonido reliquia, como las palabras reliquias para describir campos fértiles que sólo los ancianos guardaban en su vocabulario, un mero registro auditivo que había escuchado en algún que otro documental. 

Su llamada pasó a formar parte de los paisajes sonoros desaparecidos, cuando se aprobó la Ley de Actos de Culto Públicos que prohibió la celebración y exhibición de todo tipo de culto religioso más allá de los templos con el fin de preservar la tranquilidad, la seguridad y la privacidad de todos los ciudadanos. Se le exigía neutralidad a todo. Nada ni nadie podía ser o sentirse agredido u ofendido. Cualquier diferencia debía quedar enclaustrada en el ámbito doméstico e individual, sin exhibirse. La tolerancia consistía en eso, en hacer a los diferentes en invisibles. En desconocerlo todo. En generar distancias entre los individuos. Lo que no se conoce no se puede odiar, alegaban los juristas que elaboraron la ley. La única manera de convivir es desconocernos, ignorar nuestras diferencias, argumentaron los que la apoyaron, los que consiguieron que se aceptase la naturalidad del “encerramiento”. Así fue como se denominó a ese experimento social que obligaba la neutralidad externa en el ámbito público. Con el tiempo lo externo conquistó lo interno. Lo que no se pudo mostrar acabó cayendo también en el olvido interno. Existían grabaciones previas al “encerramiento” en las cuales entre el sonido propio de las ciudades de antaño, con el ruido de los motores, los paso de los peatones, voces sueltas de palabras aireadas en tránsito, sonidos de cafés, de sillas, las ruedecitas de unas maletas arrastrándose, de vendedores anunciando sus ofertas, un perro ladrando en la distancia, el pitido rítmico de un semáforo o la llamada de algún teléfono móvil, entre todo eso, se oía la voz amplificada de algún imán llamando a la oración desde un minarete. En otras se oía en tañer de unas campanas. A estas grabaciones acudían principalmente historiadores y antropólogos. Las había a miles, se guardaban en ficheros digitales, en colecciones de museos y centros académicos, todos ellos bajo la categoría técnica de “Resonancias del pasado: paisajes sonoros”. Evren nunca había sentido curiosidad por esas cosas del pasado. Nacida tras el “encerramiento”  era, como la mayoría de la gente de su generación, una despegada a la historia, la familiar y la social. Un ser tibio e indiferente a lo externo, pues todo parecía redundante. Una repetición constante. Una secuencia infinita de sucesos similares, cuya máxima distracción eran las sesiones de desrealización que le permitían adentrarse en la mente de desconocidos y experimentar así las diferencias que el “encerramiento” habían limado externamente. La historia hacía años que carecía de todo prestigio social, era vista como una ciencia que tendía al conservadurismo, a adormecer la vitalidad de las sociedades, un conocimiento negativo que tendía a generar resentimiento y mala conciencia. Un refugio para los débiles. Es el arte de petrificar la vitalidad de las almas, llegó a clamar un ministro del parlamento de la Oficina. “La historia”, dijo en el mismo discurso, “es una ciencia cuya única función es pasiva, sólo se contenta con conservar el pasado, vivir de ello, sin producir nada nuevo. No queremos, ni vamos a promover algo así desde nuestro gobierno, no nos interesa como sociedad. No queremos vivir anquilosados en el pasado sino proyectarnos hacia el futuro. No vamos a subvencionar su estudio para que el pasado de los objetos nos robe el alma. La necesitamos para seguir adelante, para seguir progresando como llevamos años haciendo, desde los tiempos incluso anteriores a los del Éxodo. Siempre adelante nunca atrás”.    

Desde el balcón la vista era impresionante. El plano, el embudo del lago, los barcos oxidados, las casas derruidas: la nada. Las tierras yermas parecían más grandes, habían ganado en dimensión. El horizonte quedaba más lejos, pero invariable. El mismo color. Las mismas texturas. Todo lo otro se veía reducido. Pequeños detalles depositados aquí y allí para romper la monotonía del paisaje. Allí, acariciada por la brisa, se vio por un momento junto al mar. Respira. Respira. Llenó los pulmones cerrando los ojos, y allí en la altura del minarete, experimentó como si una gran túnica la envolviese. Como si un tejido suave y liviano cubriese su cuerpo, y su campo de visión se viese reducido, enmarcado por el paño que arropaba su cabeza y rostro. Así es como debe ver el mundo, se dijo entrecerrando los párpados. Sujetó con la mano derecha una túnica inexistente a la altura de los labios, cerrando el velo. Quizás así resulte más fácil, sin una visión ancha. Quizás el camino sea más obvio. Más marcado. Sin distracciones alrededor, sólo mirando adelante. No hay más que agachar la cabeza y seguir los pies: primero uno y luego el otro. Imaginó sus botas andando por las calles de su urbanización, descendiendo los peldaños que llevaban a la cala y hundirse ligeramente en la arena. Se sintió abrigada, vestida, enfundada en aquella gran tela blanca de la figura que tanto la inquietaba cuando se cruzaba con ella. Y creyó oír un canto, una oración casi imperceptible, en una lengua incomprensible. Canturreó en un idioma que no existía, en lo que en su imaginario sonaba a árabe y de repente distinguió a un grupo de mujeres, de figuras enfundadas en blanco caminando por el pueblo. Hablaban entre ellas, cargaban bolsas de plástico en sus manos, venían por la calle que llevaba al mercado. Un niño las seguía un par de pasos por detrás, primero saltando sobre un pie y luego cambiando al otro pie. Poco a poco fueron apareciendo más personas, hombres, vestidos de una manera indefinida, borrosa, como sus rostros, en su invención de aquel mundo, la imaginación no sabía que rasgos asignarles. Eran abstractos. Humanos abstractos de movimientos inciertos, tan siquiera sabía en aquella ficción que tareas atribuirles. ¿Qué hacía la gente entonces? ¿Qué consumían? Simplemente se movían, eran figurantes pequeños que observaba desde lo alto del minarete que iban de un lado a otro, como un reducido grupo de hormigas exploradoras. Y poco más allá, el azul del lago y los barcos pesqueros llegando arrastrando con ellos un reguero de aves que aprovechaba sus descartes. Cuando volvió a contemplar lo que pasaba abajo, al poblado, se sorprendió con una niña que la miraba fijamente. ¿Qué hace? ¿Qué mira? Entre el grupo desdibujado y ambiguo de su ficción, aquellos ojos estaban perfectamente definidos. Eran grandes y oscuros, rozando el negro. Le sostenían la mirada. ¿Qué quiere? Inspeccionándola. Examinándola. Interpelándola. ¿Qué quieres? ¿Qué miras? No me mires. Deja de mirarme. Vamos, vete. Déjalo ya. ¡Quieres dejarlo! ¡Qué lo dejes! ¡Déjalo ya! ¡Vete! Venga. Que te vayas. ¡Vete, vete, vete! 

¡Vete,vete,vete! se escuchó en el páramo. El grito se extravió enseguida en aquel vasto espacio tan vació, sólo Aske se volvió sorprendida al escuchar la voz de Evren y corrió hacia ella de vuelta al poblado ladrando. Fue entonces cuando la ficción se disipó, incluidos aquellos ojos. La mirada tan real hasta entonces se había esfumado. No quedaba nada a sus pies, el conjunto de casas derruidas y Aske ladrando. ¿Qué ha sido eso? se preguntó mientras se fregaba los ojos. Y entonces, un sobresalto inesperado: sonó la alarma del seguidor de “las pulgas”. La pantalla parpadeaba informando de un error: una pulga había dejado de emitir señal. Volvió a pitar el aparato. Otra señal se había apagado. Se extinguió una tercera y una cuarta. Oteó en dirección a la localización de las pulgas. Nada. Lo mismo de siempre, campos secos, pero de repente un minúsculo fulgor y una pulga menos en el monitor. Aske seguía ladrando al aire, instando a Evren a bajar del minarete. Dos nuevos chispazos, casi simultáneos y dos señales menos. Los sensores iban expirando, desapareciendo del monitor. ¡Mierda! La voz inquieta de Aske golpeaba los oídos. Eran ladridos intranquilos, nervudos y fibrosos. ¡Calla! gritó Evren sin dejar de observar el monitor. Un nuevo pitido entre los sonidos tendinosos de la perra. ¡Joder, joder! Instintivamente presionó la orden que detenía el rastreo, forzando a los pequeños sensores a detenerse allí donde estuviesen. Aske seguía histérica.

–¡Cállate! –Evren sonó crispada.  




Hasta aquí, la noche


Hasta aquí, la noche,
con sus amapolas y fiebres cantadas,
con sus pieles conmovidas, 
entretejiéndose,
ribeteando el tapiz urbano.

Hasta aquí, la noche,
con sus veredas de anhelos pisadas,
con sus tumefactas miradas, 
encuadernándose, 
mecanografiando el deseo urbano. 

Hasta aquí, la noche,
con sus espinas de pescado pintadas,
con sus hambrunas expuestas,
atiborrándose,
lamiendo el infortunio urbano.

Hasta aquí, la noche,
con sus camadas mal amamantadas,
con sus ubres agostadas,
acartonándose,
deleitando el calvario urbano.

Hasta aqui, la noche,
de cuerpo delgado y débil,
corre hacia alguna parte,
a lomos de un burro,
en busca de algo,
–un currusco de pan–
en graneros vacíos
demasiada lluvia
devastadora sequía
estropeada la simiente
espigas podridas
el hambre siempre vaga en desiertos
sean montañas, llanuras o ciudades,
sea un camino o sea otro,
sea en mares o en ríos,
la necesidad viaja dentro,
sorda a profetas, predicadores o poetas,
su madre no halló consuelo,
vistió el velo negro del luto,
encendió la tea de la protesta,
despertó la lava del Etna,
vagó en busca de su hija,
amante de los trigales,
impidió que las semillas medraran,
que brotaran las espigas,
que el trigo germinara.
Nació el pan de la esclavitud
¡La mies, la siega y los graneros!
Vosotros que soñáis, ¡no los olvidéis!
El pobre sueña un pan de ricos,
más sólo tiene bueyes flacos y famélicos,
que guardan el sembrado en sus voraces vientres.
Envueltos en paños azul o rojo,
segadores y sembradores miran al cielo estrellado,
sueñan:
pan blanco de flor de harina
pan de harina fina
pan de harina sin tamizar
pan con sésamo
panes de lemna
panes de amapola
panes de bellotas
panes de habas
panes de algarrobas
panes de garbanzos
de higos secos
de dátiles molidos
de comino
de cilantro y anís,
panes de mendigos
de vagabundos
de pesadez y delirio
de arena, tierra y serrín
pan de fiebres y pesadillas
de mareos e insomnios
de alucinaciones
de toses secas,
diarreas y bubas rojas
escrófulas y epilepsias
de moscas y piojos
chinches y ratas
panes de ofuscación
de caminos perdidos
del andar parasítico de un lugar a otro
panes de miseria.

Hasta aquí, la noche,
de cuerpo delgado y débil,
del sueño del pobre

que no amanece.




Rabdomantes (ocho)



Despertó Evren al día siguiente con la misma sensación de vacío de los últimos meses, que ya sumaban años. Como si acabase de llegar al mundo. Pero lejos de ser un mundo excitante que requiriese ser explorado y experimentado, como el de la infancia, ese nuevo mundo, el nuevo mundo del adulto, era un mundo yermo. Carecía de estímulos. Lejos de ser un vacío liviano, su deshabitado cuerpo parecía constituido de una densidad tan alta, que hasta en la desnudez resultaba cargante y fatigoso.  

Se vistió con las ropas cómodas de trabajo. Se miró en el espejo, para confirmar que la camiseta rojo oscuro del departamento de los rabdomantes no le sentaba bien. Su ánimo no casaba con la vitalidad y ambición que ostentaba esa prenda. La actitud optimista que aspiraba transmitir a aquellos que debían adentrarse en tierras desérticas en busca de agua, no funcionaba con ella. Lejos de no ejercer el efecto deseado, añadía peso, al su ya de por sí insoportable cuerpo. Generalmente se levantaba con la cara hinchada y los ojos congestionados, pero esa mañana su rostro parecía más descansado. 

En el patio, alumbrado por el cálido sol de la mañana, encontró a su madre sentada en la mesita. Desayunaba, acompañando la comida con un pequeño vaso de cristal. Un pequeño recipiente de vidrio en forma de tulipán lleno de un líquido rojizo. Un té de aroma y sabor intenso. La esencia de las mañanas. A pocos metros, en un fogón construido en el patio, una doble tetera seguía calentándose. Había cosas que parecían estar por encima del tiempo y el progreso. 

–Buenos días, mama.
Besó, asomándose desde su espalda, la frente de la anciana.
–Buenos días, hija. ¿Has dormido bien?
–Sí –respondió tomando asiento al otro lado de la mesa–, bastante bien. Estaba agotada anoche. ¿Cómo ha sido tu sueño?
–Mi sueño es frágil, como mi cuerpo.
–¿No te ayudan las pastillas?
La mujer se llevó una cucharada de yogur a la boca.
–Mama, ¿no te tomaste las pastillas?
La mujer siguió callada.
–Ya veo, ¿cuánto hace que no te las tomas?
–Ay hija, déjalo. 
–¿Déjalo? Pero, te aconsejaron su consumo para poder conciliar mejor el sueño. Es por tu bien, mama. Para que no andes tan cansada durante el día.
–No es el sueño interrumpido lo que me cansa.
–¿A no, qué es entonces?
La madre volvió a callar. Cogió yogur de nuevo con la cuchara.
–Dime, mama, ¿qué es lo que te agota?
La mano con la cuchara se había detenido a medio camino, entre la boca y el bol. Suspendida en el aire.
–Dime, mama.
El silencio de nuevo. Un instante de espera hasta que emerge la respuesta:
–La espera, hija.
–¿La espera? 
–Sí, la espera.
–¿Qué espera?
–¿Tu qué crees? Espera, sólo hay una.
–No entiendo nada. 
–Pues está bien claro.
–Si tú lo dices, pero yo, últimamente no te entiendo. No dices más que vaguedades.
–No entiendes, porque no quieres entender, hija.
–No, no entiendo, porque no te quieres hacer entender mama. Y porque no tengo, ni tiempo, ni ganas para adivinanzas.
Evren se levantó de la mesa.
–¡Aske! –gritó buscándola en el patio. 
–Está fuera, en la playa con Köle. Lo he mandado allí para ver si conseguía algunas coquinas antes de que suba la marea.
–Vale. Me voy, mama.
–¿No comes nada?
–No, tengo que trabajar.
–¿Tan siquiera un poco de té?
–No, no me apetece. Nos vemos luego. Cuídate.
Un nuevo beso en la arrugada frente y abandonó el patio.

******   

Un nuevo día. 
Un nuevo cuadrante. 
Un nuevo paisaje. 
Misma aridez. 
Un campo de girasoles heridos por exceso de sol junto a la carretera. Evren apenas miraba. Dormitaba en su asiento, le gustaba la sensación fronteriza de la ensoñación, en la que la conciencia tenía constancia de los suspiros de su subconsciente. De niña, y más tarde de adolescente también, programaba el despertador para que sonase temprano, mucho antes de la hora a la que se la requería despierta, para poder así disfrutar de un tiempo de reposo en la cama. Un tiempo soñoliento para disfrutarlo a conciencia. No durmiendo sino estando allí, tumbada, entre las sábanas, con los ojos pesados, necesitados de más horas de sueño, debatiéndose entre el sueño y el desvelo. Miraba entonces de recuperar imágenes y escenas recreadas por su cerebro a lo largo de la noche, traerlas a la conciencia para poder recrearse en ellas como si conformasen parte de la realidad. No quería relegarlas al mundo orínico sino transferirlas al mundo real. Creía entonces que lo que consiguiese retener en su memoria algún día constituiría la realidad. Su realidad. ¿Acaso existía alguna otra?

Tras un par de horas por una de las carreteras que se dirigía al Este, hacia el gran barranco, el vehículo se desvió por un sendero terroso que se adentraba zigzagueando en el un paisaje sembrado con piedras. Circular por aquella pista no era un deslizamiento suave, todo vibraba. La cabina sufría las sacudidas de las ruedas al rodar sobre una roca o caer en un pequeño hoyo. Aske, hasta entonces tumbada en la parte posterior se sentó sobre sus posaderas, y en más de una ocasión una pequeña nube de pulgas se desprendió temporalmente de su lomo para inmediatamente volver a desaparecer en su denso pelaje negro. Evren se ajustó el cinturón de seguridad para evitar golpearse inmersa en ese zarandeo continuo.

Al fondo, en el horizonte, se iba dibujando el destino. Sobresalían en el paisaje plano un conjunto de pequeñas edificaciones, un minarete erguido como una aguja y un conglomerado de troncos secos y retorcidos, todos ellos reverenciando a un cielo diáfano. Un azul que se intensificaba a medida que subía por la cúpula, con un sol banco amarillento enceguecedor cerca de su punto más álgido. Parecía una bola de fuego capaz de hacer arder como la yesca las construcciones a las que se dirigía Evren. 

Se detuvo el coche a la sombra de una de las edificaciones. Eran ruinas, lo que quedaba de un antiguo poblado levantado a orillas de un gran lago. Del lago quedaba su hondonada, una enorme depresión que se hundía suavemente hasta donde alcanzaba la vista. Un embudo monumental de piel cuarteada. El terreno parecía un mosaico monocromo, un puzzle de arcilla con enormes quebrados. Aquí y allá se veían barcazas y algún que otro barco de pesca volcados. Ladeados sobre sus carcasas oxidadas como peces muertos, con redes y otros utensilios esparcidos a sus alrededor, como si de sus tripas se tratase. Algunas embarcaciones reposaban próximas a lo que en otros tiempos constituyó la orilla. Otras se perdían en el horizonte. Un par de pasarelas de madera se adentraban en unas aguas ilusorias, constituyendo un embarcadero irreal del cual pendían ahorcadas dos barcas.


Evren contempló el lugar. No había estado nunca antes en aquella zona. No era el primer lago expirado que veía, pero sí de unas dimensiones tan grandes como aquellas. Era un pequeño mar interior. Apenas podía percibir la otra orilla, ni adivinar donde quedaba el núcleo del lago. El lugar donde se hundía hasta alcanzar su mayor profundidad: poco más de treinta metros según los datos de los que disponía. En algunos lugares quedaban manchas harinosas, brillos albinos de sales incrustadas en las arcillas. 

Buscó en la Red de Nubes información sobre el lugar, pero no consiguió conexión. Su señal no cubría aquella parte del mundo, sólo le llegaba información a través de los sistemas de posicionamiento de la Oficina. Para todo lo otro, aquella zona no estaba conectada. No existía. Lo mejor sería acabar el trabajo cuanto antes y abandonar ese no-lugar. Transmitió las coordenadas del cuadrante a cubrir a las pulgas. Estas abandonaron inmediatamente el cuerpo de Aske en un revuelo y se dirigieron al este del poblado. La perra las siguió tras lanzar una mirada a Evren. Ves, le animó ésta con un gesto de brazo.





Rabdomantes (siete)




Fuera Evren vio un sol que andaba bajo, volando caliente y frío, apunto de evaporarse en el mar. Las gaviotas andaban en retirada. Unas pocas siluetas surcaban los peñascos en busca de sus nidos. El viento avanzaba lentamente desde el horizonte, como si empujase piedras frente a sí, como si hubiese tirado las grandes rocas que se asomaban sobre la superficie del mar. Entre ellas descubrió a Köle, con el agua por encima de las rodillas y a Aske ladrando un poco más allá, cerca de la orilla, donde morían agotadas las olas.

El robot se giró hacia la perra y con un golpe de mano le arrojó un mechón de agua que ella intentó capturar con la boca. Luego volvió a ladrar a Köle, quien siguió adentrándose un poco en el agua. Se dobló introduciendo sus brazos bajo la lámina azul para robarle de su intimidad un fajo de algas.

Cerca de la costa no eran tan abundantes, debía caminarse la bahía entera para reunir un buen puñado de las mismas, pero un poco más adentro, traspasada la barrera de las rocas, tras las cuales el suelo marino caía unos cuantos metros, se alzaban verdaderas columnas de algas, más altas que cualquier árbol de los que Evren había visto nunca, con hojas verdes y moradas que ondeaban, mecidas por las corrientes, como si fueran cintas de colores. Conformaban un bosque de algas subacuático. Un bosque en el cual le gustaba a Evren sumergirse. Dejarse tocar. Sentir las largas hojas de las algas golpear suavemente su piel y enredarse en su cuerpo desnudo. Desconocía lo que había más allá de aquel bosque. Este se extendía hasta allí donde alcanzaba su vista. Los rayos de luz penetraban individualizados entre las columnas que servían de refugio y alimento a un gran número de peces.

En ocasiones Evren había visto focas jugando con las cintas, envolviéndose con las algas tal y como hacía ella. Un hombre del pueblo, al que gustaba adentrarse en el mar en un pequeño bote, le explicó que la extensión del bosque era enorme. Que nunca había llegado a sus límites, que la altura de las algas podía alcanzar los doscientos metros, y que más adentro se acumulaban y enroscaban entre ellas hasta formar enormes islas flotantes de algas. Evren soñaba con ver esas islas, pero nunca se había atrevido a embarcarse tan adentro. Prefería la firmeza del desierto bajo sus pies. Adentrarse en ese vacío seco no le asustaba tanto.

Köle siguió un rato rastreando el fondo entre las rocas, colgaba en su espalda el cubo rojo donde iba depositando las cintas de algas que iba recolectando. Evren contemplaba desde los escalones que bajaban a la playa la escena, dejando que la cálida y lenta brisa acabasen de secar su pelo. Había pensado en gritarlos para que volviesen a casa, pero aquella presencia la inhibió.

En el otro extremo de la bahía estaba sentada la figura blanca. Había abandonado su sombra en el callejón para pasear por la arena de la playa. Había allí, sobre la cabeza de la sombra blanca, unas antiguas estructuras talladas en la roca del acantilado. Unas formas milenarias que parecían casas, fachadas cinceladas que recreaban columnas, techos, puertas y ventanas. Eran el domicilio de los muertos. Los antiguos habían recreado sus casas para acoger a los muertos. Para dotarles de un hogar donde reposar. Casas esculpidas unas encima de las otras, cubriendo gran parte de la pared rocosa. Se desconocía como aquellos antiguos, los llamados lícios, los habitantes de “la tierra de las luces”, habían podido tallar las tumbas a tanta altura en aquella época. Las tumbas iban desde bajo el mar, pues algunas habían quedado sumergidas con el tiempo, hasta lo más alto del risco. Como fuese, aquella ciudad esculpida habitada por muertos, había formado desde tiempos inmemorables parte del paisaje de la zona. Otras ciudades como aquella se apreciaban a lo largo de la costa.

Para Evren, la mujer envuelta en blanco formaba tanta parte del paisaje como aquellas reliquias arqueológicas. Una antigualla de otros tiempos. Creía incluso que de alguna manera existía conexión alguna entre ella y aquel antiguo y extraño culto. Atribuía la serenidad de su mirada y sus movimientos al misterio de esa pared de roca. Cuando se lo había sugerido a su madre, esta siempre se lo había desmentido. Le había intentado explicar que el culto de aquella mujer nada tenía que ver con el de los antiguos talladores de rocas, que el de ella no se perdía tan atrás en el tiempo. 

“Mi abuela”, le había dicho, “vestía igual que esta mujer. No sólo ella, sino muchas de las de su edad que vivían en la villa lo hacían. A medida que fueron muriendo, sus creencias y con ellas sus vestimentas fueron desapareciendo. No creo que queden muchas personas que hoy en día crean en esas cosas”.

Aún así, viéndola sentada junto a las tumbas antiguas no podía dejar de establecer un vínculo entre ambas. Las dos eran parte de un pretérito misterioso y desconocido para Evren. Unos mundos tan extintos, como las praderas verdes de los llanos de las que hablaba su madre. Un ayer desvanecido, del cual aquella mujer resurgía como una singularidad. Una presencia fuera de lugar. Algo que la intimidaba.

Se limitó a llamar a Köle a través de su dispositivo y volvió a casa.

**** **** ****              

–¿Has hablado con tu padre últimamente?
–No. ¿Tu?
–Tampoco, ¿por qué debería hacerlo?
Yady tan siquiera levantó la vista del plato. Siguió comiendo.
–No sé, ¿por qué debería hacerlo yo entonces?
–Porque eres su hija. Pensé que quizás te habría llamado. Debería mostrar más interés por ti.
–Pues ya ves que no.
El silencio se extendió entre las dos mujeres. La mesa que las separaba, más que un espacio común parecía una zanja. Tan profunda como el gran barranco que había engullido las aguas de los páramos llevándolas hasta niveles freáticos inalcanzables.
–De todas maneras, no importa mucho –añadió Evren.
–No deberías decir eso.
–Pero es cierto, mama. 
Una nueva pausa.
–¿Sabes?, de vez en cuando me pregunto para qué sirve un padre.
–Evren… algún día deberías llamarlo.
–¿Para qué? 
–Para hablar. Sólo para eso.
–No necesito hablar, mama.
–Todos necesitamos hablar.
–No. No todos.
Evren se levantó de la mesa y dejó el plato en el fregadero.
–Gracias por la cena, mama. Estaba muy rica. Me voy a dormir –depositó un ingrávido beso sobre la frente de la anciana que seguía sentada–. No limpies los platos. Lo hará Köle.

Evren entró en el dormitorio y se encontró con Aske durmiendo al pie de la cama. Decidió no echarla. Miró el monitor de su ordenador en negro. Bajó con la yema de los dedos por el cordón neuronal amagado entre su cabello. Lo tuvo un rato entre sus dedos. Entre la oscuridad de la habitación y el negro mudo de la pantalla. Al final se sumergió en las sábanas, en posición fetal para no darle con los pies a Aske y se durmió casi en el acto.

Yady fregó los platos. Los secó uno a uno con un trapo y los devolvió a la estantería. Siguió luego frotando la olla que dejó bocabajo sobre el fregadero. Pausadamente caminó hacia el dormitorio. Las luces se fueron extinguiendo a su paso, introduciendo la noche en la casa.

En el patio Köle observaba el firmamento. El cielo, un desierto de día, tan despoblado, revelaba en la noche el universo y su vastedad. La oscuridad era el vestido del mundo. La bóveda celeste había sido empapelada con postales de otros tiempos. El androide identificó un nuevo punto de luz, un destello que tuvo lugar hace miles, quizás millones de años y que llegaba hasta él haciendo presente el pasado. Nada de esto debería existir, reflexionó en silencio, no era una deducción suya, lo argumentaban los científicos, lo había leído en alguna parte, la Física no había encontrado la asimetría que debía existir entre materia y antimateria para evitar que ambas se destruyesen. Son imagen y reflejo, opuestos idénticos. ¿Qué asimetría salvó en el principio de los tiempos al Universo a no ser engullido por sí mismo? ¿Cómo pudo la materia imponerse sobre a antimateria? ¿Como pudo dar forma a todo lo que lo rodeaba, incluso a sí mismo? Köle se hacía muchas preguntas, aunque desconocía la razón de las mismas. Desconocía la fuente de su curiosidad. Era un impulso. 




Rabdomantes (seis)



A Aske le encantaba ser cepillada. Tumbada en el patio, junto al pequeño huerto con los dos árboles, en una mancha luminosa producida por el sol del atardecer, exponía su lomo arqueado, levantando el trasero, para que Evren centrase en esa zona el paso de las púas. Cuando había quedado satisfecha con el raspado en esa zona se giraba sobre su espalda, rindiéndose con las cuatro patas en alto, ofreciendo su fornido pecho al cepillo. El millar de micro-robots yacían en la parcela de luz, atrapando energía solar en una de sus alas que llevaban instaladas a modo de paneles solares. 

Evren se aplicaba en la limpieza de Aske. Deshacía los nudos de su pelaje y retiraba los restos de espigas. Examinaba minuciosamente entre los dedos que no tuviese ninguna herida, que se le hubiese clavado alguna estructura vegetal que pudiese causar una nueva infección. La perra se dejaba hacer pacientemente. No había palabras entre ellas. Evren no las necesitaba. El contacto, la presencia de una y otra lo abarcaba todo. Era el mejor y el único de los posibles lenguajes entre ellas. El rascado en la parte posterior de las orejas era la señal de que la sesión se daba por finalizada. Entonces Aske se levantó, se sacudió, emitió un estornudo de lo más humano y salió corriendo en busca de Yady, la madre de Evren, de quien esperaba que le hiciese entrega de una buena porción de comida. Evren se dirigió a su habitación a finalizar su informe del día para la Oficina.

–Espera Aske, ahora no puedo –Yady andaba ocupada removiendo las cebollas y las guindillas que se freían en la olla–. ¡Köle! –aguardó un momento– ¡Köle! ¿Puedes venir un momento?

Al poco apareció Köle. Era un androide asistente, un modelo sencillo, lejos de la sofisticación y apariencia humana que se le había concedido a los primeros autómatas. La creación de robots con aspecto de hombre o mujer, había sido debatida por teólogos y sociólogos durante años con opiniones contradictorias, unos a favor, otros en contra. Los diseñadores, al margen de los conflictos éticos y morales, optaron por la similitud, por el afán de copiar, bien por falta de poder imaginar nuevas formas o por el antropocentrismo reinante que consideraba a los humanos la forma triunfante de la naturaleza. La que la selección natural había llevado hasta su perfección. Sin embargo pronto descubrieron que el aspecto físico limitaba las posibilidades de los propios autómatas. Que un robot humaniforme sólo podía hacer las mismas cosas que un humano. Mejor, más deprisa, con menos fallos, pero lo mismo en el fondo. Aún así, como sucede siempre, no fueron ni los teólogos, ni los sociólogos, ni los psicólogos, ni los diseñadores, quienes marcaron las pautas, sino esa entidad imprecisa que desde hace años se denominaba, “el mercado”. La demanda. El dinero. Las ventas. Los beneficios acabaron moldeando el aspecto de los robots que convivían con las personas. Los más antropomorfos habían generado cierta repudia entre la población, una reacción negativa que había forzado a los fabricantes a prescindir en la mayoría de los casos de los rasgos humanoides.  

A Köle lo componía un esqueleto y músculos artificiales azulados, sin artificios ni pieles sintéticas que escondiesen su naturaleza mecánica. Su anatomía se había inspirado en la de los grandes primates, con capacidad para desplazarse tanto sobre sus cuatro extremidades, gozando así de una mayor estabilidad, como para erguirse sobre dos patas cuando las tareas lo requerían, liberando así sus manos para desarrollar todo tipo de tareas domésticas. Su cabeza era cónica, un enorme ojo-cámara central azulado, que monopolizaba todo su rostro. Carecía de expresión alguna y de lenguaje corporal. Su voz, era de un timbre metálico cálido. Inalterable, siempre apacible.

En cuanto Aske lo vio entrar por la puerta se lanzó a dar vueltas a su alrededor, a cuatro patas era casi tan alto como ella. Köle miró, analizó la escena y, sin esperar orden alguna, se dirigió a la alacena donde guardaban el pienso de Aske, llenando con ello su plato. La perra olisqueó el cuenco. Miró al androide y meneó, casi imperceptiblemente, la cola. Finalmente se abalanzó sobre la comida. Köle, viendo que el cuenco del agua andaba casi vacío lo rellenó bajo el grifo y lo dispuso junto al de la comida. Aske levantó el morro de la comida y miro brevemente a Köle. Los ojos claros de la perra se cruzaron con el azul fulgente de la lente del androide. Fue un momento, un acto fugaz de comunicación entre ambos. Luego, pasó la lengua sobre sus bigotes y volvió al pienso. 

–¿Puedo ayudar en algo? –preguntó dirigiéndose hacia Yady, quien seguía pendiente del sofrito.

Primero, la anciana despachó al robot con un gesto pausado de mano, un par de golpecitos al aire como quien espanta a una mosca, pero cuando éste se disponía a retirarse, lo detuvo.

–¡Espera! Podrías acercarte un momento a la playa y, si encuentras, traer algunas algas.
–¿Cuántas necesita?
–¿Cuántas? No sé cuántas. Las que puedas. Trae un buen puñado. Al freírse quedan en nada. 
–Entendido.

Köle salió al patio. En el rincón donde la madre de Evren guardaba los utensilios para cuidar el huerto encontró un cubo de plástico rojo. Se lo enganchó en la espalda y caminando a cuatro patas salió a la calle. Aske lo vio pasar, dejó de prestar atención a la comida y miró con sus ojos bien abiertos a Yady. La mujer seguía de espaldas, removiendo las cebollas para evitar que estas se quemasen, las cocía poco a poco para que caramelizasen. Aske lanzó un ladrido. Cuando consiguió que la mirase, movió el rabo enérgicamente y dio un giro sobre sí misma. “Ves si quieres”. Antes de acabar la frase Aske corría tras Köle.

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Evren escribió la conclusión del informe: “No hay agua en el cuadrante 37.206101:32.573999”. La sentencia iba precedida de otra donde se especificaba en función de los datos recopilados por las pulgas, la probabilidad de encontrar agua. La conclusión debía ser binaria: “Si hay” o “No hay”, siendo la misma la mayor responsabilidad del agente rabdomante enviado a la sección, al cual sin embargo se le exigía adjuntar todos los datos en bruto para ser incluidos en la base de datos. Releyó la decisión tomada y presionó la tecla de “expedir”. Tanto el informe como los parámetros recogidos en el campo fueron remitidos a la Oficina. Se echó atrás, acomodándose sobre el respaldo de la silla. 
“Recibido” decía el monitor.
Le llegó el aroma dulzón de la cebolla caramelizada desde la cocina y cayó en la cuenta que apenas había comido en todo el día. La tripa se hizo saber. Más allá de su conciencia, el sistema digestivo se había activado, transmitiendo señales, puras sensaciones. Recorrió el pasillo guiada por el olor. Se detuvo junto al marco de la puerta.

Su anciana madre seguía de espaldas concentrada en el sofrito. Al verla, le vino a la cabeza la imagen de un cardo seco. Un cuerpo áspero y agreste, al mismo tiempo que delicadamente quebradizo. Espinoso y delicado, capaz de ser doblegado por un golpe de viento. Permaneció allí un rato, mirándola cocinar. De pequeña había pasado horas sentada en un taburete apreciando la espalda de su madre, mientras aguardaba la cena entretenida con su consola. La estampa difería poco de la de su memoria. La luz, los olores, esas cosas no habían cambiado, pero las sensaciones no eran las mismas. El tiempo confería a un escenario idéntico una perspectiva diferente.
Miró el cuenco de Aske. Quedaba comida. Dirigió una mirada a lo largo del pasillo que llevaba al patio. No vio nada, ningún movimiento. Se aclaró la garganta y entró en la cocina.

–¿Y Aske?
–Ah, ¿ya estás aquí? –preguntó Yady volviéndose momentáneamente–. Ha bajado a la playa con Köle hace un rato. Lo he mandado a buscar unas algas para la cena. Será muy inteligente, pero eficiente, recolectando algas, no mucho…
–Le falta práctica mama, eso es todo. Lleva su tiempo aprender donde crecen. En cuanto tenga más datos y experiencia ya verás como gana en eficacia.
–Si tu lo dices. ¿Me acercas un bote de tomate?
–¿Dónde los guardas, aquí?
La madre miró el armario que Evren estaba apunto de abrir.
–No, en el otro.
La estantería superior estaba atestada de tarros de cristal, muchos de ellos con tomate, triturado y preservado en aceite aromatizado con diferentes hierbas. Otros contenían pimientos rojos laminados, otros berenjenas, otros corazones de alcachofas y otros tipos de cardos, todos ellos debidamente etiquetados con su contenido y fecha de elaboración. Las mismas etiquetas y la misma letra meticulosa que su madre empleaba en esos casos desde que tenía memoria. La grafía algo trémula, pero la misma. Los mismos detalles al cerrar las letras, en sus uniones y en los números arábigos que los databan. Cogió uno y lo dejó sobre la cocina. Al alcance de su madre.
–¿Me lo abres?
Lo abrió y lo dejó en el mismo sitio. La anciana vertió su contenido en la olla. Su contenido se revolvió ante la intromisión de aquel nuevo elemento. Fue un quejido instantáneo. Algo breve. Un burbujeo que liberó un nuevo aroma, uno ligeramente ácido combinado con la intensidad del laurel. La esencia de un hogar. La madre siguió dando vueltas al contenido con el cucharón.

–¿Puedes salir fuera y decirle a Köle que traiga lo que tenga?





Memorias que no historia



"Una de las primeras obligaciones que cualquier ciudadano tenía que cumplir, era la de tapar cuidadosamente todas las ventanas de las fachadas. De esta manera, ningún destello de luz podía orientar a los aviones enemigos. Las ciudades quedaban completamente a oscuras, con los vigilantes nocturnos de la defensa antiaérea encargándose de que se cumplieran las normas. Cada casa tenía que preparar un refugio antiaéreo en el sótano, con catres para descansar, cajas y sacos de arena, extintores y algo de comer. Los ingleses bombardeaban las ciudades alemanas de día, mientras los americanos lo hacían de noche. Nos movíamos como autómatas, nos acostábamos con la mayor cantidad de ropa posible: camisas, pantalones, botas forradas, chaquetas, pañuelos y gorras. En el bolso guardábamos todos nuestros documentos y las pocas joyas que teníamos. La rutina se repetía día tras día. La alarma sonaba hasta dos veces por noche. Vivíamos como topos". Alicia era una adolescente, todavía no tenía catorce años, cuando estalló la Segunda Guerra Mundial, al acabar, era madre de una niña y aguardaba a su marido que había caído prisionero en el frente. De aquel período de su vida dice que apenas habla, como si aquel pasado hubiese quedado sepultado en la profundidad del refugio, atrapado en las ventanas tapiadas que evitaban que escapase la luz. Es común entre aquellos que han experimentado los miedos y terrores de la guerra que los recuerdos de esos tiempos se muevan como topos por la memoria, asomándose pocas veces al exterior, y cuando lo hacen, suele ser a través del mismo resquicio, repitiendo una y otra vez el mismo recuerdo.     

            En el colegio se nos explica, en una serie de lecciones escolares, las distintas guerras: sus causas políticas, las económicas, los agentes implicados y las batallas y hechos que decidieron la contienda, pero el pasado es mucho más vasto que la visión histórica de los libros de texto. Es un conjunto inmenso de hechos que pueden ser conservados sólo si desde el presente estamos dispuestos a adoptarlos, a insertarlos en nuestra propia memoria. Para que el pasado perdure, hay que hacerse cargo desde el presente de que esos vestigios no van a desaparecer, de que esa lección sí que la vamos a aprender; no sólo las explicaciones ad hoc de las causas de la guerra, sino los sentimientos, penurias y traumas que estas despiertan en el grueso de la población: los civiles. Pero pocas veces se escuchan las voces del pasado porque impera el olvido. Nadie quiere heredar el dolor, ni las incertidumbres, ni mucho menos las manos manchadas de sangre. Así la vida presente resulta más sencilla.
También para los que vivieron el pasado, pues los caminos de la memoria nunca son fáciles. No son pocos los psicólogos, psiquiatras y sociólogos modernos que usan la metáfora de “fantasmas” para referirse a los recuerdos traumáticos que quedan atrapados, tanto a nivel individual como a nivel social, por un pasado violento sin resolver. De lo que no se habla perdura como un espectro que no sólo afecta la psicosis individual sino que puede convertirse en un fenómeno social generalizado, creando confusión, tensión e incertidumbre en las comunidades. Escuchar, recordar es el primer paso, pero no suficiente. Los relatos individuales del pasado, al igual que las fotografías de guerra, son muestras crudas de los hechos que por si mismo no representan argumentos, hay que escuchar atentamente y pensar largamente sobre ello, en un acto ético, que permita exorcitar los fantasmas del pasado evitando que vuelvan a manifestarse.

            Antonia, como Alicia, era una niña de doce años cuando empezó la Guerra Civil española, sus voz pierde firmeza cuando habla de ello, como si el miedo intenso que experimentó entonces siguiese vigente. "Una de las hermanas de madre era monja, me explica, mi padre fue a buscarla al monasterio de Granollers y la trajo a casa. Cada vez que oíamos alboroto alrededor de casa sufríamos, enseguida pensábamos: a ver si la han cogido… En el pueblo mataron a dos curas, los del POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista). Al padre Eduardo y al otro…, ahora no me acuerdo como se llamaba, los tuvimos para doctrina, para poder hacer la comunión, era una persona de allí mismo, conocido por todos…" En este punto de la narración guarda silencio. Uno largo, la memoria va cerrando puertas para evitar que el dolor se exprese. El relato finaliza súbitamente: "Se hizo mucho daño. Se mató a mucha gente y a otros se les hizo sufrir sin necesidad alguna… ¡bah! una merda". Como en el caso de Alicia, la luz del rostro de Antonia mengua al hablar de esa época. Las palabras caen de los labios como hojas secas, recuerdos marchitos que se alejan de la boca con un rumbo resentido.
     
            Conversando con gente que ha sufrido estas experiencias, a veces se tiene la impresión que las palabras más que tender puentes, construyen profundidad. Este fue mi impresión cuando conocí a Elisa. La primera impresión es la de una mujer de mediana edad alegre y optimista, de sonrisa fácil, que gusta disfrutar de los pequeños placeres de la vida y reírse de las cosas, pero todo eso cambia cuando su memoria viaja a 1992. Entonces tenía dieciséis años y su pueblo, Rizvanovici, en Bosnia, fue bombardeado por la artillería de los chetniks (tropas paramilitares serbias). "Cuando las granadas dejaron de caer salí del refugio en el cual mi hermana había dado a luz. La mezquita estaba en ruinas, y a pocos pasos de nuestra casa vi unos niños, de tres y ocho años muertos. El pánico y la muerte estaba por todas partes. Los soldados llegaron y ocuparon el pueblo. Hablaban un serbio lleno de coloquialismos, casi incomprensible, y en sus uniformes llevaban como insignias unas águilas blancas (Las Águilas Blancas eran una de las tropas paramilitares ultranacionalistas que se autodenominaban chetniks, caracterizadas por el odio a la población bosnia, a los que denominaban turcos. Su principal reclamo era llevar a cabo una limpieza étnica en Bosnia para reconstruir una Gran Serbia pura). Nos prohibieron salir de casa. Los no serbios no podíamos andar por la calle. Tampoco comprar nada en las tiendas, teníamos que sobrevivir de las reservas que teníamos en casa. Los que se aventuraron a salir no volvieron nunca. Un día los soldados capturaron a todos los hombres del pueblo. Se los llevaron. A mi abuelo de setenta y ocho años le acusaron de matar a un serbio. Lo ejecutaron con un tiro en la cabeza enfrente de mis primos".

            A día de hoy sigue sin poder visualizar escenas de violencia por inverosímiles y ficticias que éstas sean explica. Es algo que no puedo controlar, especifica. La conversación liguera y distendida hasta el momento quedó reducida a un nervudo pintarrajo de carboncillo que se extendió entre nosotros hasta agotar el espacio. La eternidad ha seguido su camino, pero de alguna manera, ella seguía allí, en un pueblo violado. Hay cosas que no pueden olvidarse. La humanidad tampoco debería olvidar. Su amiga Mirsada, a la que conoció un año más tarde en un campo de refugiados en Suecia, confirma el pánico heredado: "Es como si el pasado, el presente y el futuro sangrasen juntos. Rescatar esos recuerdos es vivir por momentos en un estado de inexistencia, es como estar en ningún sitio y en todos los sitios al mismo tiempo. Las imágenes de esos días son las grandes penas y dolores que nos acompañarán siempre. Soy consciente de ello".

            Para muchas de estas mujeres, que entonces fueron niñas, el pasado muchas veces se les presenta escurridizo. Como si no tuvieran pasado, ni control por tanto sobre sus vidas. Los recuerdos son imágenes rápidas y huidizas. Los relatos que conforman su memoria no radican en la Historia, se pierden en otros mares de mareas y oleajes inciertos. Tienen su pasado, pero éste se revuelve silencioso en su interior. Nezira a los nueve años tuvo que abandonar Tuzla en compañía de sus padres, y tras una larga travesía por el corazón de Europa encontraron asilo en Suecia. "Los serbios quemaron nuestra casa", me explica. "Entonces no entendí porque lo hicieron ni lo que estaba sucediendo, sólo recuerdo la sensación de pérdida. De irme, dejando atrás todos mis juguetes y libros. No pude salvar nada. Más tarde supe que tampoco se salvó la abuela. Estaba dentro de la casa cuando la prendieron. En aquel momento pensé que ella estaría fuera, como nosotros, en otro lugar… con el tiempo comprendí que nunca salió de casa. A menudo sueño con ella. Con su idea, porque apenas recuerdo su aspecto, pero si recuerdo bien las llamas".