Paseo entre la ventisca



El cielo se volcaba delicadamente sobre el suelo en un movimiento lento y fluido. El mundo había quedado reducido a un torbellino de cenizas blancas que borraba el horizonte. Todo parecía estar suspendido en la nada. Tu estabas a mi lado pero el espacio entre nosotros parecía cada vez mayor. Más espeso y etéreo al mismo tiempo. Simplemente se difuminaba lo que había entre nosotros. Eramos pura ventisca arrastrándonos el uno al otro. Subiendo y bajando, arrojándonos de un lado para otro, de aquí para allá, contra un paisaje que desaparecía en cada uno de nuestros arrebatos.

Cuando la tormenta arrió estaba sólo. Caminé por un campo de nieve sembrado con cabezas de caballo. Sus lenguas congeladas colgaban pintorescas de unas bocas grandes y grotescas. Era un espacio virgen y estéril. Muerto. Allí donde la razón y la palabra son imposibles. Ese punto en el cual se desata la tragedia. Al cerrar los ojos no reconocía a quien veía. ¿Eras tu? Temo que fuese otra persona. Me aterra pensar que he olvidado tus facciones.

El desenlace de la tragedia carece de toda importancia. No se sobrevive a ella, lo que resulta es algo completamente nuevo, distinto a lo que había precedido.
La memoria se puebla de mentiras y el pretérito se vuelve inalcanzable, un mar de ventanas tapiadas.


Pienso a menudo, caminando todavía entre esas cabezas congeladas, en el camino, el sendero que nos llevó ha despojarnos del lenguaje y la conciencia. Sin ellos estamos ahora incapacitados para todo, cayendo corriente abajo arrastrados por unas fuerzas que desconocemos y no controlamos. Entramos, jugando como quien no quiere la cosa, en el espacio de la incertidumbre. Nos dejamos llevar, y ahora, aquí, en este páramo helado y vacío intento volver la vista buscando un paisaje familiar. Sólo veo cabezas equinas de rostros esperpénticos y lengua frías. La palabra también es imposible para ellas. Aquí estamos todos mudos. Un pajarito de las estepas, posado sobre mi labio, se ha llenado el buche con todo mi lenguaje. Despojado de palabras he quedado presos de mis sentimientos. 



A veces se abre bajo nuestros pies



   Salimos una noche calma y clara.
   El mar soñaba. 
   La plata de la luna 
   era la suma de sus sueños.
   Una belleza indescriptible,
   pero su cuerpo era gélido e inquieto.

   Nos transporta casi siempre a su lomo,
   pero a veces no.
   A veces se levanta por encima de nosotros.
   O se abre bajo nuestros pies
   y deja que nos ahoguemos

  Como aquellos cachorros de gato
  que de niño arrojamos al río dentro de un saco
  Aún oigo los maullidos
  Agudos como agujas

Mi hermana pequeña lloraba igual la primera vez que la vi sobre el  regazo de mi madre. Ven acércate, dile hola a tu nueva hermanita. Estaba morada y no paraba de berrear. Su cabecita de ojos velados emitía un sonido que me parecía espeluznante. Insoportable. Vamos hombre, no tengas miedo, acércate… 

   Un enjambre clavándose en el oído.
   Hurgando en el tímpano.
   Las aguas no querían llevárselos.
   Una rama los abrazó frente a nosotros 
   mientras el agua les pasaba por encima.

   Arrojamos piedras.
   La saca no se movía, lloraba
   gritaba, agonizaba
          oía a mi hermanita
          el pecho de mi madre
          desde el rincón las veía
   Las piedras golpeaban la tela
   o hacían explotar el agua hacía arriba
   nuestros gritos coléricos
   y lanzamientos rabiosos 
   extinguieron los chillidos uno a uno.

   Los gatitos dejaron de existir.
   El saco era un trozo de tela sin vida
           (vuelta a su estado natural).
   El enjambre fue disipándose de mi oreja.
   Más sigue aquí, dentro, en la cabeza,
   reverberando en el blanco cráneo.

   El mar se alzó por encima de nosotros
   tiró de nuestro cabello hacía el fondo
   ahogándonos junto a la suma de sus sueños
   y, como los gatitos, 
   fue como si nunca hubiésemos existido.

         Se enfrío nuestra sangre,
         gélida como sus aguas,
         los pececillos nos mordisquearon,
         al principio hacían cosquillas,
         luego dejé de pensar en ellos.
   
   Dicen que recé,
   que me revolví,
   que agité manos y brazos,
   que invoqué a Dios,
   Nunca antes había rezado.

        El siervo de Dios, es bautizado 
        en el nombre del Creador, 
        y del Redentor, 
       y del Santificador.

   Todos acudieron a rescatar mi alma.
   Tarde, demasiado tarde,
   ninguno quiso perderse mi bautismo, muerte y funeral.
   Me hundí así, nos hundimos esa noche
   calma y clara

   de luna soñada.



Nudo de ámbar



  Al subir, el pez se hace luz en la superficie.
  La mar, hoguera inabarcable, centellea,
  infinitos fulgores viajan sobre sus aguas.
  El líquido es el medio,
  jureles zurcen el mar allí donde se rasga,
  por donde escapa la memoria.

    Nervio
    Soma
    Dendritas
    Sinapsis
    Electricidad
    Impulso
    Umbral
    Despolarización
    Canal iónico
    Potasio (K+)
    Magnesio (Mg2+)
    Calcio (Ca2+)
    Sodio (Na+)
    Cloro (Cl-)
    Potencial eléctrico
    Conducción
    Circuitos
    corrientes cerradas de éter
    Nudos

  Ascenso y descenso de ideas y percepciones
  Marea del espíritu.
  Un hereje pasea por el cielo,
  por encima de las olas y sus transformaciones.
  Lo grande y lo minúsculo se funden en el infinito
  Interminables, sin límites determinantes,
  espacio y tiempo se vuelven estables
  Inmóviles
  Todo ha sido, es y será.
  Son corrientes cerradas de éter
  Nudos

  Dios cuelga de una rama.
  Sus ojos reflejan lo inabarcable
  lo eterno e incalculable 
  lo inmutable de toda transformación.
  Preguntadle al hereje, al blasfemo, si se retrae de lo dicho.
  Ya arde la pira. La soga, el nudo, la ha prendido.
  La brisa mece al Dios inmolado.
     Varilla
     Masa puntual
     Plano vertical
     Oscilación
     Péndulo ideal

  Va y viene
  Va y viene
  En corrientes cerradas de éter
  Nudos
  Una vez pegados sus extremos, 
  queda una curva simple y cerrada
  Un espacio y tiempo total
  Infinitos e inmóviles
  Sin cabida para los dioses

  Cuéntame que recuerdas.
  ¿Qué se siente al volver?
  Sopla por encima de las reminiscencias.
  Raspa la memoria. Líjala. 
  Existe el pasado. Lo vivido y lo imaginado.
  Siempre ha existido.
  Cuéntame, ¿qué has hecho con él?

  Lanzan las redes los pescadores
  cuando la hoguera se apaga en el horizonte.
  Los jureles, ahora, son noche. 
  Siluetas grises a la fuga.
  Las barcazas rasgan la mar,
  fina dermis la suya.
  Dime, ¿qué sentías entonces?  
  La palabra es bruta,
  depredadora,
  materializa lo abstracto.
  Ámbar de emociones.
          عنبر, ámbar, "lo que flota en el mar". 
  Puesta la palabra, el sentimiento queda preso.
  Las palabras siempre quieren decir más de lo que dicen.
  Las palabras no son habladas por la gente
  Hablan a la gente.

  El mar devuelve los muertos,
  expone los hechos,
  más los pescadores los desechan.
  Pero una vez allí flotan, cual ámbar. 
  Quedan a la deriva
  en corrientes cerradas de éter.






Requiem



Llegaré después de tragar agua salada. 
Me encontraréis en vuestras dunas.

Grafiti anónimo leído en una calle de Barcelona.


Tomaszów Mazowiecki, 1976 (Polonia) - Immigrants Boat (acrílicos y óleos)


Hojas secas (X)



Olga, Hermann y Gustav no tenían memoria de esos acontecimientos, sólo recreaciones ficticias a partir de las habladurías de los vecinos. Nunca de testigos directos, sino de un paisano, que ha oído a otro decir, que se dice por allí, que cuando los rojos ocuparon el pueblo Gerhard los recibió con los brazos abiertos. Hay habladurías en las que incluso descolgó una bandera soviética de la ventana. Si hombre, la que confiscó a Karin al registrar su casa. Es cierto, su amante era comunista. ¿Qué fue de ella? No se sabe nada, la envió a Berlín y no volvió. ¿Y con el novio?¿El comunista? He oído que acabó en Buchenwald. Las mujeres platicaban mientras cargaban el cesto de carbón o se internaban en el bosque a proveerse de leña para mantener calientes unos hogares vacíos de hombres. Mientras hurgaban el suelo en busca de raíces que roer con los dientes. Mientras alimentaban las monturas de los nuevos habitantes o limpiaban, de las calles, el estiércol de las mismas. El frío del invierno contenía el hedor agrio de los excrementos y urines de los cuadrúpedos. Primero fue el heno el requisado de todas las casas, luego, los alimentos. Los nuevos inquilinos se colaron en los sótanos, en las casas, en las despensas, en las tiendas, encontraban cualquier orificio donde se había podido esconder comida. Abrían frenéticos los portones de los armarios, tiraban de los cajones. Los portazos saltaban de casa en casa a ritmo de kalinka. Rebuscaban detrás de los anaqueles de la cocina revolviéndolo todo. Se llevaron todas las conservas. Todo el grano. Donde su instinto no llegaba, lo hacía el de los perros que tiraban de sus correas. Con la derrota llegó la hambruna.

Tres años antes Isabelle había sido voluntaria en Polonia, limpiando las granjas de los deportados que no habían superado el examen racial. Tenían que dejar sus viviendas y pertenencias a los colonos alemanes. Los expropiados sólo pudieron llevarse con ellos un total de treinta quilos. Los militares desordenaban las casas, arrastrando grandes bultos y muebles de un lado a otro, creando nuevos espacios. La mayoría de los objetos acababan, para desesperación de sus propietarios, amontonados enfrente del edificio. Una enorme pila de bienes. Hombres, mujeres y niños, de pie desesperados, llorando sin saber que hacer con todo aquello. Su mundo desparramado en la calle, junto a sus almas.

Los niños lloraban. Las madres lloraban. El cielo lloraba. Todo lloraba: el colchón, el reloj de pared, los libros destripados, los platos y vasos quebrados, las lámparas, las sillas, los cuadros que representan la naturaleza polaca. Una pira abstracta y un par de maletas. Sólo podían cargar un par de maletas. Se agachaban e instintivamente, con lágrimas en los ojos, las llenaban con ropa, porcelana Chodziez, cubertería, fotografías retratando a familiares, sortijas de todo tipo, cartas recibidas, libros, saquitos con frutos secos, mantas, sábanas, jabón, cepillos, tijeras, lentes, documentos, llaves, y quilos y más quilos de incertidumbre. Isabelle, veía marcharse esas figuras negro-grisáceas de sus hogares; luego se ponía el delantal, barría, quitaba el polvo de las estanterías, limpiaba las vajillas, la cocina, las sábanas que habían dejado atrás, y cuando todo estaba listo adornaba la mesa de la casa con un mantel bordado y un ramo de flores para acoger a la nueva familia alemana que ocuparía la casa.

Había visto los efectos del hambre y la incertidumbre en los rostros de la gente. Los cuerpos enflaquecidos de los vencidos y los niños huérfanos, se mezclaban con los de los jamelgos y los chuchos huesudos. Juntos pululaban por todos lados buscando algo que mascar. Todas esas pieles descarnadas rastreaban algo con lo que desgastar las muelas y ejercitar los músculos maseteros. La carestía devoraba su rostro, su humanidad, sólo los ojos mantenían vida en unas facciones que se disolvían. La escasez convierte a la población en seres mudos. Sin habla. Sin moral ni conciencia. No dejaría que eso le sucediese a ella, ahora que eran ellos los invadidos, intuyó enseguida que para ello lo mejor era ganarse la confianza de uno de los oficiales soviéticos. Un hombre que la protegiese de los saqueos, que le garantizase un mínimo de comodidades. Si lo trataba bien, quizás incluso consiguiese algunos privilegios. Chocolate. Nueces. Pan. Huevos. Algo de carne. Adios a la sopa de patata rayada.

Era una mujer joven, modesta, de caderas anchas, que no usaba ni maquillaje ni pendientes, rubia con una corona de trenzas, forjada en los cánones del ideario gobernante, y aún así no había conseguido cónyuge alguno. Antes de la guerra acudió a uno de los Lebensborn, Fuente de Vida, donde las mujeres solteras se ofrecían para ser fecundadas por los sementales más idóneos según el régimen. Hermann y Gustav visitaban cada año la feria de Frankfurt am Oder con el fin de alquilar un toro terminal para incrementar el peso y crecimiento de sus terneros. Seleccionaban animales de complexión fuerte, de raza pura, padres reconocidos, libres de enfermedades de transmisión sexual y carácter bravo. El toro calmado es más impredecible. Más peligroso que el bravo. La uniformidad del ganado dependía de la pureza del macho. Los ganaderos siempre lo han sabido. El régimen lo sabía: para eso había creado el Tribunal de Salud Hereditaria que aprobaba la procreación de las parejas. "La mujer también tiene su campo de batalla; con cada niño que trae al mundo y ofrece a la nación participa en la lucha por el bien de ésta".

Diez días después de la menstruación Isabelle fue examinada médicamente por los especialistas del Lebensborn y se acostó con un miembro de las SS. El diagnóstico de embarazo fue negativo. Volvieron a repetirlo con otro hombre de las tropas. La gestación tampoco funcionó. Ni una tercera ni una cuarta vez, en cada intento la preñez le fue denegada. Al final el equipo médico la designó como una bevölkerungpolitische blindgäger: un "fracaso demográfico". Nadie quiso casarse con ella. Ahora, veía en el invasor, al igual que Gerhard, una oportunidad de empezar una nueva vida. Un par de buenas comidas al día y seguridad física, bien valía el no cerrarse de piernas a un oficial soviético. Otras podían reducir sus vidas a alimentarse de raíces usurpadas al bosque, a comerse las hierbas como las bestias y el ganado, pero ella no. Su vientre nunca gestaría la cría de uno de aquellos hombres del Este. Lo importante era que el hambre quedase al otro lado de la puerta. Que pasase de largo. Sobrevivir a la Historia, siempre traidora con la vida. Disfruta de la guerra, le dijo una vez un gerente del Lebensborn al abandonarlo, porque la paz será terrible. Ni corazón ni cerebro, la que manda es la barriga. Cuando el hambre asoma, se piensa y se actúa con el estómago.




Hojas secas (IX)



Llegó el panadero agitado, venía de la ciudad, donde había oído que los bolcheviques habían cruzado el Óder. Aquella noticia hizo que Gerhard determinase arrojar su copia de Mein Kampf a las llamas como ya habían hecho otros vecinos antes. Se hizo con ella un par de días después de quedar ensimismado por el río de fuego que atravesó el corazón de Berlín en enero de 1933. De los hombres de camisas pardas y botas negras, marchando alineados y en perfecto orden, con antorchas en las manos y entonando canciones marciales. El centro de la ciudad era un vasto clamor, un bosque de brazos saludando al río con olas de fuego bajo banderas y estandartes. Gerhard como otros había trepado a una estatua para tener una mejor vista del espectáculo, las ramas de los árboles y fachadas de los edificios colindantes también habían sido ocupados. Se unió a las voces que cantaban:

La bandera en alto, la compañía en formación cerrada,
las SA marchan con paso decidido y silencioso.
Los camaradas fusilados por el frente rojo y los reaccionarios
marchan en espíritu en nuestra formación.
La calle libre para los batallones marrones,
la calle libre para los soldados que desfilan.
Millones, llenos de esperanza, miran la swastika;
el día rompe, para el pan y la libertad.       
Por última vez es lanzada la llamada,
para la pelea todos estamos listos.
Pronto ondearán las banderas de Hitler en cada calle
la esclavitud durará tan sólo un poco más.

¿Cuántas veces había entonado ese cántico en los últimos años? Muchas, pero ahora que los bolcheviques estaban a un día de camino, estaba predispuesto a olvidarse de los camaradas fusilados en el frente rojo, de los camaradas enviados al frente. Abriría sus brazos a la esclavitud de sus camaradas, a los camaradas comunistas que traían pan y libertad al pueblo. La swastika la sustituiría por la hoz y el martillo, el rojo sangre lo compartían ambas banderas. Brazalete y uniforme, como cualquier otro documento que pudiese relacionarlo con el partido derrotado, se fundieron en la estufa. Un nuevo partido, una nueva vida le aguardaban. Dobro pozhalovat tavárishch, así recibiría a las tropas soviéticas cuando llegasen al pueblo. Llevaba semanas practicando las frases de ruso que recordaba de sus estudios, aquellas que pensaba que podría utilizar.

Cuando finalmente el ejercito ruso apareció por el camino, la gente corrió a refugiarse a sus hogares. Se oyó un pequeño tiroteo a la entrada, la resistencia queda de unos vecinos. Aullaban y ladraban los perros de unos y otros, su sonido llegaba de todas partes, superado por rápidos estallidos. El estruendo del cañón de un tanque ligero T-26 dejó un eco suspendido en el aire. Al retirase el eco se hizo brevemente el silencio. La casa de donde provenía la resistencia quedó perforada, con las entrañas de madera colgando, expirando humo. Nadie volvió a disparar. Inmediatamente llegaron enormes columnas de camiones remolcando piezas de artillería, las ruidosas cadenas de los tanques rodando sobre el camino, el intenso olor del combustible, de la caballería con sus relinches, sus movimientos bruscos, los carros llenos de heno cubiertos con telas. Los soldados iban sentados, sin decir nada, en los camiones que los conducían hacia su objetivo: Berlín. El grueso de la columna pasó de largo, sólo un pequeño destacamento se quedó para hacerse con provisiones. Un conjunto de hombres variopintos, enfundados en gruesas y velludas chaquetas de cuero, pantalones abombados, botas y vendas que subían de los tobillos hasta la pantorrilla.

Se oyó un disparo huérfano. La que sería la segunda tumba fuera del camposanto del cementerio parroquial. El soldado Johann antes de dejar el pueblo le dejó una pistola a Elena. "Mátate antes que caer en manos de los rusos", le dijo, y eso hizo ella. El soldado de infantería no se lo perdonaría nunca. Cuando regresó del campo de prisioneros, se le vio acudir con frecuencia al bosque, allí donde los ciudadanos creyeron conveniente enterrar a Elena. En el claro dentro de la oscura frondosidad que se abre entre las cortezas bermejas de los pinos silvestres y el gris de los abetos; árboles que crecen erectos punzando el cielo. Un mar de alfileres infinito a ojos de los cuervos en el cual destaca el claro. Les gusta bajar hasta allí, otear desde las ramas que cierran el círculo. Agitar los tallos para que la nieve caiga cual lluvia desde las alturas hasta el hueco. Chasquean sus picos y graznan unos y otros en asamblea, de lo que ven cuando suben al inmenso cielo, por debajo de las nubes. Los anchos campos zurcidos por agujas verdes, y lo que hay allí abajo. Está cubierto de huesos. El campo entero está cubierto de huesos humanos, de un extremo a otro.

Johann les hizo compañía, le veían aparecer entre el ramaje y doblegarse en medio del círculo, mostrándoles la nuca.  Sumiso a la quietud de aquel laberinto ancho de árboles en el que descansaba Elena. De allí no se regresaba. No había salida. Cada una de sus visitas constreñía el cosido. Las aves, negras sombras bajo el sol, veían al hombre andar y desandar el sendero, como hilo mirando de cerrar el desgarro ocasionado por su pistola. El disparo fue el nudo que urdió con mayor firmeza sus vidas. La detonación que resonó en la aldea. La que hizo correr a los recién llegados al refugio de las esquinas. La que provocó que los caballos se alterasen, que relinchasen. El sordo estallido se perdió entre el sonido metálico de las herraduras zapateando el empedrado. Fue entonces cuando Gerhard salió al encuentro de los invasores, era un Gerhard nuevo y renovado, sin uniforme pardo, sin otras insignias que la más amistosa de sus sonrisas y alguna que otra frase en ruso. Parecía que llevaba una vida entera esperándolos.

La historia tiene muchas verdades. La guerra muchas más. Quizás ninguna sea cierta. Quizás lo sean todas.




Hojas secas (VIII)



Gerhard, el padre Dintel, Hermann, Gustav, el cartero Tobias, le secretaria Greta, todos eran rumores sobre lo que aquel desfile harapiento que habían presenciado significaba. Se vivía de rumores, todo era confuso. Gerhard descolgó el marco con la fotografía del líder de la pared de su oficina; en un rincón de la habitación, brillaban trémulos los ojos de un ratón. Encorvado en la sombra, el diminuto cuerpo temblaba, el corazón, bum-bum, latía acelerado, bumbum-bumbum-bumbum, hasta que de un golpe, un gato le hundió el cráneo. Un breve sonido agudo y desagradable y un fino hilo de sangre escapándose por el hocico. La cabeza crujió entre los dientes del felino. El depredador dio unos cuantos cabeceos rápidos y veloces, vapuleando a la presa hasta que ésta quedó inmóvil. Ofrendó el ratón muerto, boca arriba, a los pies de Gerhard. Allí tenía, frente a él, el cuerpo blando del animal. Espantó al minino de una patada –¡aparta mala bestia!–, que corrió al otro lado de la casa. Cogiendo el ratón por el rabo, lo arrojó por la ventana.

Se sabe, experimentos científicos lo han confirmado, que las ratas salvajes pueden morir de ataques al corazón al ser forzadas a escuchar la grabación de una lucha entre un gato y una rata.

Toda la gente del valle, los del pueblo y los de las granjas, durmieron aquellos días sintiendo un cuchillo en el gaznate. Un filo burdo que podía rebanarlos en cualquier momento. La gente lucía medias lunas en sus brazos: se agarraba tan fuerte a si mismos. Al viejo señor Sintram lo encontró una vecina colgado de la lámpara del comedor. A sus pies una silla caída. Sobre la mesa, ligeramente apartada del centro de la habitación, descansaba la copia de "Mi lucha". Las páginas del libro alimentaron chimeneas y estufas de muchos hogares. Los rumores condenaron sus páginas a ser quemadas. Sublimación de sus letras en sombrías columnas de humo. Llegaban tiempos de abjuración.

Pronto empezarían a aparecer manchas de sangre en la nieve de las colinas que resguardaban el valle. Aquel día, mientras descolgaban el cuerpo inerte, flácido y pálido del señor Sintram, sólo los perros manchaban la nieve de amarillo con su orina.

La gente no sabía que hacer con aquella muerte, el padre Dintel dijo que no había sitio para él en el camposanto: "No se lleva a la Iglesia a aquellos que se han dado muerte, para que su sangre no mancille el pavimento del templo de Dios". Al final, la Iglesia y el pueblo decidieron negarle la sepultura cristiana, así como cualquier tipo de duelo, oraciones y misas. Como no consiguieron un ataúd, acomodaron su cuerpo en un viejo armario. No hubo comitiva fúnebre. Dos hombres abrieron una fosa en un campo abandonado, sacaron tambaleantes el armario del carro y lo bajaron al agujero con la ayuda de dos cuerdas. Las sogas chirriaban en su descenso, golpeando el armario a un lado y otro de la tumba, balanceándose en un movimiento pendular, tal y como había visto la vecina, al entrar en el comedor, hacer a la sombra del señor Sintram. Nadie acudió al acto. Los encargados de deshacerse del cadáver, el sepulturero y el matarife del pueblo, depositaron unas cuantas piedras grandes y pesadas sobre el ropero que hizo de ataúd, luego arrojaron tierra sobre la fosa hasta que, palada a palada, su vacío quedó lleno. Atizaron el suelo con las herramientas, pisaron con firmeza sobre él, asegurándose que quedaba bien compactado, y abandonaron el lugar. Fue la primera sepultura fuera del cementerio en muchos años, sólo las más ancianas recordaban el caso de una criatura que murió sin llegar a ser bautizada. Ya nadie recordaba donde descansaban los restos de aquel niño. Tampoco hoy se sabe donde fue enterrado el señor Sintram, los efectos de la muerte son demoledores, pues si al principio la resisten los recuerdos personales y la memoria colectiva de la vida de unos y otros, la niebla del olvido va borrando el rastro de la existencia de miles, millones de seres humanos. A la tumba abandonada del viejo Sintram le seguirían otras muchas fosas fuera de los lugares sagrados. Florecerían como las campanillas de invierno perforan la nieve y se exponen péndulas al gélido viento de febrero, para desaparecer al llegar la primavera. Para entonces, ya nada queda de ellas que evidencie su existencia, pero los bulbos aguardan pacientes al nuevo invierno que tiene que llegar.




Hojas secas (VII)



–Hermann… –rogó Olga.
–¿Qué, Olga? ¿Acaso no es verdad lo que digo? Alimentamos al monstruo, convivimos con él, le aplaudimos. Se hizo tan grande que era imparable. La bestia desencadenada no paró hasta que quedó saciada. El valle es una tumba. ¡Alemania lo es! Europa entera es un cementerio. Cada día caminamos sobre nuestros muertos. Poco importa de donde fuesen, a que dios rezasen, o lo que hiciesen, son todos nuestros: los de aquí y los de allí. Les creímos cuando decían que la bestia quería asaltarnos desde las estepas del este. Alentamos sus locuras. "Si nosotros, no podemos quebrar la amenaza de la fiera, ¿quién iba a poder hacerlo?", nos preguntaron, y respondimos: ¡Nadie! Y acertamos… ¡Nadie pudo detener a la fiera! Tampoco nosotros. Nos llamaron a la "guerra total". Esa era la solución. ¡Qué ilusión ofrecer nuestra preciosa sangre en su lucha! Teníamos que darlo todo para no perderlo todo. ¿No es lo mismo? ¿No se pierde todo cuando se da todo? Nos dijeron que no era apropiado soñar con la paz, que el pueblo alemán sólo debe pensar en la guerra. "La guerra más total y más radical es también la más corta". Insuflamos el monstruo en las almas de nuestros jóvenes y les animamos a sacrificarse. Fueron a la caza de la fiera y ésta les siguió hasta casa. La llamamos y vino…

Era un ruido sordo suspendido sobre el páramo nevado. Vehículos, la mayoría camiones, circulaban pesadamente por el camino en dirección a la ciudad. Entre ellos, arrastrando sus pasos, se movían unas figuras de mirada vacía. Los ojos, como pequeñas luciérnagas, rutilaban en sus rostros opacos, sucios y agotados. Eran miradas ausentes concentradas en sus pasos. Los uniformes gastados y rotos no causaban la misma impresión que cuando vieron partir esos mismos ejércitos. Era un desfile en desbandada de miserables salpicados de barro. De Cojos, y brazos y cabezas envueltos en vendajes inmundos. Escoltaban carros cargados con heno tirados por grandes caballos polacos de crines embarradas. Chiquillos a los que las chaquetas les quedaban largas, con los cascos, demasiados grandes, bailando sobre sus cabeza, caminaban junto a hombres canosos y barbudos de uniformes recosidos. No había oficiales uniformados entre ellos. Los soldados en retirada carecen de la constitución física y las agallas de los que marchan al frente. Los mismos hombres resultaban ahora deshonrosos. Silenciosos y con una luz distintiva en la mirada. La guerra no solo había multiplicado la edad de sus rostro sino también de sus almas; apaciguadas, doblegadas por el peso de la tragedia.

El cielo sobre sus cabezas azul.
Luminoso.
La nieve era tan blanca que las figuras quedaban en el vacío.

Gustav corrió hacia ellos, se movió desesperado a lo largo de la columna, estudiando sus rostros, preguntando por su hijo. Los hombres se dejaban manosear, no reaccionaban a las grandes y curtidas manos de Gustav con las que los volteaba, levantaba el casco, agarraba por el brazo. Eran muñecas rotas. Autómatas de hojalata oxidados sin apenas cuerda para seguir funcionando. A Friedrich nadie lo conocía. Todo lo que obtenía era pequeños gestos de cabeza que indicaban negación, caídas de ojos que querían volver a su estado de ausencia, a su mundo interior anestesiado. La voz sonora deja de tener sentido, voces internas pueblan sus silencios. Juegan desenfrenadamente a reconstruir las minúsculas piezas a las que sus mentes se han visto reducidas. Son todo preguntas, un inmenso interrogante con parka, de voces rugientes que prenden sus mentes extraviadas. Las botas avanzan, paso a paso, casi arrastrándose, movidas por actos reflejos, siguiéndose las pisadas de uno a las de otro, como hilera de hormigas, sin rumbo ni dirección propia. Obedecer, cumplir, acatar, subordinarse: así la conciencia no se vuelve loca. Suprimir la elección de uno mismo. Ya tendrá tiempo más tarde, cuando las dudas, los qué, por qué, para qué, empiecen a dar respuestas, para manifestar la demencia de lo experimentado: las acciones, lo visto, lo oído, lo sentido. Vestirán de negro toda su vida, igual que sus hijos, igual que sus nietos.

Los siguió Hermann con la mirada, hasta que una a una las figuras desaparecieron engullidas por el horizonte. Gustav restaba inclinado, aferrándose con las manos a las rodillas. Le costaba respirar. El vaho escapaba de su boca. El frío estaba por todas partes. Nadie sabía quien era su hijo. Nada de él sabía desde su incorporación al ejército. De eso hacía más de un año. Quince meses y ocho días. Martina se lo recordaba cada día, en las pocas palabras que se cruzaban. Con la marcha de Friedrich llegó el silencio, luego llegó el odio.

Algo más atrás, junto al camino, habían dejado caer a una yegua moribunda. Los corvidos exploraban su cuerpo, caminaban con ganas de horadar su enorme vientre y hurgar con sus picos en sus intestinos calientes. Le asestaron un picotazo. Otro. Un quejido roznido como respuesta; el animal estaba exhausto, rendido, entregado al destino. Sus ojos, insoportablemente grandes, miraban a Gustav: ven a tumbarte junto a mi.