El patio de luces (6)



Aquella misma tarde había quedado en la vermutería de la calle Bruniquer con Patricia. La elección no había sido aleatoria, posiblemente aquel diminuto local enquistado en una esquina, alejada de las calles centrales de Gracia tan concurridas por los turistas en cuanto caía la tarde, era de los pocos que había sobrevivido a las innumerables bajadas de persiana de un comercio vecinal para levantarse a los pocos días metamorfoseado en algo completamente diferente. Las mesas de la mayoría de los cafés y bodegas del barrio que compartimos en el pasado ya no existían, pero allí, entre algunas viejas barricas y ante la atenta mirada de una pequeña barra que no exhibía más que unos sencillos berberechos, anchoas, boquerones en vinagre, aceitunas y navajas, perduraba una de las mesas de mármol empotrada contra el rincón del local donde tantas veces nos habíamos reunido años atrás. Cuando llegué, ella ya estaba dentro, encajada entre las dos paredes que constituían el recodo donde la había visto por última vez casi tres años atrás. Me alegré de verla. Andaba ensimismada en una libreta que solo logré descubrir una vez que llamé su atención y levantó la cabeza, las páginas aparecieron entonces reposando sobre el mármol de entre su larga melena ondulada. Cuando todavía nos estábamos haciendo las preguntas de rigor, propias de quienes llevan una larga temporada sin verse, la dueña del local, con su ajuar característico de un delantal y unas zapatillas a cuadros de andar por casa, nos interrumpió para preguntarnos que deseábamos. 

–Yo tomaré un vermut –respondió Patricia sin dudar.
–¿Con sifón?
–Si, por favor.
–Y, ¿usted?
–Pues, yo creo que me decantaré por una cerveza –contesté.
–¿De barril?
–No, de botella, una mediana. Sin vaso.
–¿Alguna cosa más?
–Una de patatas de bolsa –añadió Patricia.
–Vale. Un vermut con sifón, una mediana y unas patatas. Ahora os lo traigo.
En cuanto la mujer se dirigió a la barra, Patricia opinó sobre mi elección.
–Deberías haber pedido un vermut.
–¿Por qué?
–Porque estamos en una vermutería, cerveza puedes tomar en cualquier sitio. Un buen vermut no es tan fácil de encontrar.
–Pero a estas horas de la tarde no me apetece un vermut, al mediodía quizás, pero ahora me apetece más una cerveza.
–¿Ni aunque sea para acompañarme? El vermut no se puede beber sólo, debe hacerse en compañía.
–¿No había escuchado eso nunca? Te lo inventas. Me he tomado muchos vermuts.
–Tu, porque eres un animal poco social. Ya te digo yo, que lo normal es compartirlo. Tu experiencia no cuenta, porque tu comportamiento nunca ha destacado por ser “normal”.
–Gracias. Creo que me tomaré eso como un cumplido –la propietaria volvió junto a nosotros. Interrumpió la conversación el sonido agudo, casi metálico, del vaso de vermut y el botellín de cerveza al percutir contra el mármol. El del sifón fue un sonido más ronco, pesado, en contraste con la brillantez del platito blanco que acogía a las patatas fritas que habían sido rociadas con una salsa picante que les confería unas motas anaranjadas.
–¿Está todo bien? –inquirió la dueña antes de retirarse.
–Todo bien –confirmó Patricia– O, ¿quieres alguna cosa más?
–Esta todo bien. Perfecto –corroboré a la mujer que dicho eso, se alejó como había venido, silenciosa, con pasos cortos y arrastrados, como si fuese así limpiando el suelo con las zapatillas. 
No tardó en ocupar su posición tras la barra, donde apenas asomaba su cabeza. Por encima de la misma, unas estanterías saturadas de botellas de vermut de color indefinido por el polvo acumulado, y sifones enfundados en sus mallas de coloridos plásticos. A sus espaldas, contorsionándose junto a la barra unos refrigeradores de madera adheridos a la pared, con portezuelas a diferentes niveles. Al otro lado de la barra un hombre de poblada barba grisácea agotaba una cerveza, pinchaba un berberecho, pasaba de página el periódico, atendía a lo que decían en la televisión suspendida sobre la puerta y daba conversación a la dueña. Todo al mismo tiempo. Una pareja de vecinos, que debían rondar los sesenta años, sentados bajo el monitor, triangulaban la cháchara con la mujer tras la barra y el barbudo multitarea. Eran unos asiduos en la bodega. Que los identificara como tal, revelaba que también yo lo era. O estaba en el proceso de serlo.
–Así, ¿has decidido asentarte aquí una temporada? –preguntó mientras se hacía con una de las crujientes tentaciones.  
–Eso creo. No lo tengo claro. Bueno, ya sabes, me conoces. Pero digamos que sí. La idea de momento es quedarme unos meses por aquí, al menos lo que dure el verano y luego ya se verá.
–Qué bien, así tendremos ocasión de vernos más veces y sin la urgencia de las últimas veces –degustó la patata–. Mmm, están buenas.  

Conocía a Patricia del verano que siguió al estío almeriense, el aire vaporoso que me había causado su primera impresión no me había abandonado nunca, aquella tarde, en la vermutería volví a sentirlo. Hice entonces, al poco de conocerla, un dibujo de ella, un esbozo ingenuo y espontáneo usando el poso de un café en la libreta de notas. Unos pocos trazos gruesos ocres de ondas que descendían desde su cabeza, cubriendo gran parte de un rostro casi vacío, blanco, sólo cruzado por una boca ancha, hasta fusionarse con un vestido gaseoso que le confería un aspecto incorpóreo, como si se tratase de un ser volátil envuelto en una nube de locura ligera que la trasladase de un sitio para otro. Me pareció haber visto ese dibujo no hace mucho, no recuerdo donde lo guardo, pero por ahí, en algún sitio debe andar. Posiblemente en el armario de las libretas.

Por aquel entonces, en aquel verano pretérito, ella trabajaba en la librería Tartessos, en el barrio gótico. Lo había comentado en un encuentro anterior, no el nombre del establecimiento, que no me atreví a preguntar, pero sí su oficio y la zona, así que una mañana me dediqué a deambular por el barrio. Entré en varias de las entonces numerosas librerías de libros nuevos y de segunda mano que enriquecían las calles del distrito. Me asomaba cuidadosamente en algunas de ellas, inspeccionando primero a través del escaparate para no encontrarme por sorpresa con su presencia. Cuando no la veía desde fuera, entonces cruzaba el umbral de la puerta para adentrarme en esas cuevas colmadas de páginas escritas. Entrar en ellas siempre generaba cierta fascinación, el olor del papel recién impreso o el del viejo humedecido con sus páginas virando del blanco al amarillo, entraba seducido entre el surtido de aromas que activaban algo instintivo en mi, pero la posibilidad de encontrar a Patricia entre ellos era el súmmum. Al final la encontré en Tartessos, un local de techo alto, con estanterías que se enfilaban por sus paredes hasta sus confines, y en la que se respiraba un gran desorden. La entropía propia de los libros que se movían, que estaban vivos, que no eran mero adorno. Miles de libros se amontonaban en sus estantes, cientos lo hacían sobre las mesas o en el suelo, junto a la bicicleta del que era el dueño del negocio. Y entre todo aquel mar de letras estaba ella con su sonrisa amplia. Siempre adornaba su rostro con esa sonrisa dulce, esa boca ancha enmarcada por la larga melena espiral y el vestido largo y holgado, como el de mi dibujo. Creo que nunca llegué a ver sus pies, ni si llevaba calzado, ¿para que necesitaría una persona tan etérea una prenda tan mundana? Los zapatos son para los que se ven forzados a pisar el asfalto, ella parecía flotar sobre el mismo. 

Tenía conocimiento de todos los libros que escondía aquella tienda, incluso los que habitaban sus rincones más viejos. Tiraba de uno y otro y al final siempre acaba apareciendo el libro por el cual el cliente había preguntado. De existir varias ediciones de un mismo título, desentrañaba sus secretos, la calidad de la traducción, el interés del prólogo o de la impresión de cada una de ellas. Aquella mañana le pregunté, aparentando una sorpresa poco creíble por encontrármela allí, por “Las noches blancas” de Dostoievski. Aún hoy me pregunto porqué tomé aquella elección. ¿Por qué Dostoievski? ¿Por qué sus noches blancas? El cuento ya lo había leído. Ya tenía una copia del mismo en casa. No deseaba ser vinculado a su protagonista, ese ser desvalido y timorato, que rehuye de su realidad y se esconde de la misma, como si la única redención posible, a su turbio pasado de sufrimiento, fuese la soledad. Me aterraba la idea de convertirme en un misántropo melancólico. No quería ser visto así, y sin embargo allí estaba preguntando, mostrando un gran interés, por las diferentes ediciones que tenían de aquel narrador nostálgico y de su amor nunca consumado por Nástenka. Si mal no recuerdo, compré dos ediciones de bolsillo distintas, dos colecciones de sus cuentos que contenían diferentes relatos. También debería guardarlos todavía por aquí, en alguna de las estanterías. 

Al fondo de la librería, alejado del ajetreo de los compradores, fue donde me enseñó por vez primera su proyecto de libro. Un poemario ilustrado con fotografías de Chloé, una chica francesa, llegada desde Normandia y con un humor más variable que el de las mareas de sus playas nativas. Trabajaban en la misma calle. Patricia en la librería y Chloé en el restaurante de bagels. Eran casi vecinas, tan sólo un pequeño establecimiento, que se dedicaba a crear marcos artesanales para cuadros, se interponía entre ambas. Las fluctuantes demandas del mercado turístico que haría metástasis en los próximos años fulminarían los tres negocios en poco tiempo. La pequeña y dinámica Chloé pasaba horas en aquel establecimiento preparando y sirviendo esos panecillos circulares a los que se les roba el centro y que hasta entonces yo desconocía. Por no ser los bocadillos allí servidos, de una mera barra de cuarto de pan blanco, el lugar gozó por un cierto tiempo de cierto éxito comercial. Aquellos panecillos que se cocían en agua aromatizada con miel antes de ser horneados para que ganasen en densidad, gustaban y tenían una clientela fija. Hicimos del lugar un punto de encuentro aquel verano. Yo que seguía esperando la resolución de unas becas solicitadas y acudiendo a las llamadas de una empresa de trabajo temporal de vez en cuando, disponía de tiempo para vagabundear por las mañanas por los callejones, sentarme en las plazoletas a ojear algún libro o entretenerme elaborando garabatos de tinta china. Podía pasar hasta una hora aguardando en uno de los bancos de la plaza de la Villa de Madrid, la hora acordada para encontrarnos en el restaurante de bagels. Patricia y Chloé no podían ser más diferentes, mientras Patricia era aire, un soplido suave de calma, como una brisa, Chloé era pura materia. Todo acción. Su pasión, lejos del restaurante, era la fotografía y se entregaba a ella a todas horas. Cuando podía, robaba imágenes a la urbe y sus integrantes llevada de un sitio a otro por una bicicleta de paseo adornada con topos de colores. Patricia hablaba pausadamente, escuchando, Chloé era un aguacero de verano, un chaparrón de ideas que como un vendaval sacudía las conversaciones y las arrojaba de un lado a otro. Igual que la podías ver pasar por una callejuela rodando a toda velocidad sobre su moteado vehículo, podía zarandear una charla cualquiera para llevarla vertiginosamente hasta lo que quería expresar, sin escuchar y sin importarle lo más mínimo de lo que se estaba hablando. Lo importante era exteriorizar lo que en aquel momento pensaba. Patricia, etérea, se mostraba encandilada por la intensidad de Chloé y el empuje que ésta añadía a su vida. La francesa le entregaba casi diariamente nuevas fotografías, la mayoría en blanco y negro, movidas y difusas, como si tan siquiera se hubiese detenido o bajado de la bicicleta para llevar a cabo la toma de las mismas. En primera instancia podía apreciarse en ellas la vibración y flujo de la urbe, sin embargo al leer los versos que Patricia añadía a la imagen, la figuración metamorfoseaba para representar sosiego, la quietud que queda cuando alrededor todo se vuelve borroso. Cuando la bruma, silenciosa, nada calmosa como un animal sobre el pavimento.

Patricia sabía beneficiarse de la turbulencia normanda. Ponía palabras a las formas inquietas que captaba la lente de Chloé, quien nunca satisfecha con los espectros que capturaba en sus negativos, no cesaba en su empeño buscando el desenfoque perfecto, el que según ella captaba el instante, la realidad del momento, pero sin detener el movimiento. Quería narrar con cada toma lo visto, lo que conocía de las calles, pero que al mismo tiempo las imágenes fuesen estéticas, atemporales, mágicas y utópicas, enfocadas en la belleza más que en la realidad. “Por eso deben estar desenfocadas”, decía, “para desprenderse de los matices reales de la escena que pudiesen constreñir su eternidad”. “Mi fotografía”, añadía, “es una anticipación, una profecía del futuro y de la muerte, ese paso que deja atrás el mundo conocido, ese a partir del cual todo se vuelve incierto”. Eran escenas en las que abundaban los claroscuros, los contrastes de luz y sombra que acentuaban las asimetrías y deformaciones de los paisajes retratados, a los que Patricia debía devolver su composición armónica mediante la lírica.                

Patricia tenía ese don, el de alterar las cosas sin estridencias, con palabras y gestos modestos. Sutiles. A veces, casi imperceptibles.

En uno de los encuentros de aquel primer verano, paseando por el  barrio gótico, al acabar su turno en la librería, ella me dio la mano para que cambiara de dirección. Fue un gesto suave, pero firme, sentí su mano llevando a la mía por un momento breve, apenas hasta que mis pasos rectificaron su ruta, luego la retiro con ligereza, como si se desvaneciera entre mis dedos. Sentí el vació que quedó entre la palma y la pinza de mis dedos. Ella no le dio la más mínima importancia a aquel minúsculo gesto, pero en mi generó un sentimiento contradictorio, como no podía ser de otra manera, por un lado, lástima de no poder seguir caminando por la calle cogido de su mano, porque la sensación había sido de lo más agradable y me hubiese encantado andar por el centro sincronizando mis pasos y los movimientos de mi brazo con el suyo, por sentir mía parte de su levedad y que la gente nos viese pasear juntos, pero al mismo tiempo alegría porque esa irrealidad abstracta de la que parecía estar constituida seguía intacta y con ello nuestra amistad. Patricia no era material. No era sexual. Nuestro vínculo, el que estaba engendrándose, no podría embarrarse con el deseo carnal. Me sentí afortunado y liberado por aquel pensamiento a medida que el cosquilleo depositado por su mano se diluía en mi palma. Nunca creí que la felicidad se pudiese alcanzar con tan poco.


–¿Todavía dibujas? –preguntó Patricia. Había mojado los labios con el vermut y detenido el vaso allí, a medio camino, cerca de su rostro pintado por los destellos proyectados por el recipiente vítreo.
–A veces. Va a temporadas.
–¿Te animarías a hacer una o dos ilustraciones?
–¿Para quién?
–Para mi –hizo una pausa para dar un pequeño sorbo. Esta vez apartó el vaso de su boca para dejarlo sobre la mesa–. Me han pedido un cuento en una revista literaria, y aunque todavía no lo tengo escrito, he pensado que si todavía dibujas podrías ilustrarlo.
–¿Tienes algo en mente?
–Algo, pero nada definitivo de momento. Le estoy dando vueltas. Me han pedido que el texto tenga un contexto político. No estoy muy acostumbrada a este tipo de escritos, así que voy buscando como enfocarlo.
–¿Tiene que ser de política actual? ¿Con políticos del país?
–Se supone. Tengo una idea, algo que lleva unos días rondando por la cabeza pero no acabo de visualizarlo.
–¿De qué se trata? Cuenta –le animé curioso por escuchar la trama, robando una de las patatas picantes del platillo. 
–Es sólo un esbozo, no sé como desarrollar la idea ni hacia donde llevarla de momento, pero tengo una imagen. No definida, pero es la siguiente. A ver como la explico. Imagina un lugar, un espacio indefinido, uno al que se llega a través de caminos sin orillas, un horizonte plano donde parezca que no hay nada. Un paisaje desteñido, homogéneo, sin elementos diferenciales en los que reposar la vista. Hasta el cielo es incoloro, aparece blanco. Había pensado en un blanco hueso, no uno cualquiera, este tono. Lejos del blanco puro y perfecto, el cielo de ese no-lugar es sucio, un color mate carente de todo brillo. Ausente de vida. Tiene que ser un lugar vacío que transmita insensibilidad. Imagínate que habitaras la cuenca de un cráneo. Esa es la luz, la sensación que quiero transmitir. ¿Lo ves? ¿Imaginas un sitio así?
Asentí mientras daba un trago al botellín. Patricia prosiguió con su relato.
–En medio de ese espacio, de ese desierto horizontal, hay vida. Puede escucharse desde lejos el ruido de unos animales, y si avanzamos hacia la fuente del sonido por el sendero sin márgenes, llegamos hasta ellos. Allí está, un pequeño conjunto de animales. Todavía no veo bien de que animal se trata, la imagen es borrosa, pero no son animales salvajes, eso lo tengo claro. Son animales de granja. Mansos y domesticados. Son ellos, allí están todos ellos…
–¿Quién? 
–Los políticos. Todos ellos. Los de ahora y los de antes. Porque ese no-lugar tampoco tiene tiempo. Allí han tomado forma todos los políticos actuales, en el futuro, una vez muertos, van reencarnándose en un animal domesticado. Forman todos ellos un rebaño, todos iguales, de todos los colores e ideologías. Imagina, a Rajoy, Felipe, Aznar, Pujol, Soraya, Mas, ZP, Fraga, Rivera, Pablo Iglesias, Aguirre, Cifuentes, Colau, Anna Gabriel, Susana Díaz, Montoro… buf, bueno, todos ellos hacinados y apacentando juntos. Cuando mueren aparecen allí, se integran a la manada.
–Pero, ¿todavía no sabes de que animal se trata?
–No. Primero pensé en una piara de cerdos. En una granja en medio de ese paisaje infinito y un pequeño lodazal por el cual siguen peleándose entre ellos por revolcarse en sus aguas y refrescarse con su barro. Pero me parece que la metáfora de vincular cerdos con políticos ha sido demasiado usada. Pobres gorrinos. Así que pensaba en otro tipo de animal, alguno más pasivo, menos protestón y guerrero, uno que aceptase su posición de animal sumiso. Vacas quizás. Son animales apacibles, me los imagino a todos ellos allí, filosofando sobre su destino, la razón que los ha llevado a acabar convertidos en ungulados tranquilos pastando en un campo yermo, aislados de cualquier otra forma de vida. Preguntándose, ¿por qué? ¿Por qué ellos? ¿Dónde estamos? ¿Dónde está todo el mundo? Otros lamentándose de los tiempo pasados, de aquellos en los que gozaron de poder, para verse ahora así, conectados a una máquina que exprime sus tetillas rigurosamente, cada día, sin indulgencia alguna, una ventosa que succiona y succiona hasta que no queda nada. Hasta dejarlos secos cada día, para repetir la operación al día siguiente. Uno al lado del otro, quejándose de esa injusticia.
–¿No son las vacas unos animales demasiado majestuosos para un político reencarnado?
–¿Sí? ¿Eso te parece?
–No sé, son tan bonitas. Hasta me parece bestias orgullosas. 
–¿Una majada de ovejas, mejor?
–Me parecen demasiado complacientes, demasiado ordenadas. El relato parecería demasiado inverosímil. ¿Qué te parece un rebaño de cabras? Las cabras son independientes, de comportamientos errantes, amantes de las alturas. En vez de gorrinos empujándose por un baño de fango, podrían ser cabras desplazándose por subirse a lo alto de las únicas ramas secas existentes en aquel páramo infinito.

Había vuelto a la sierra de Alhamilla, a la casa de aquel hombre abandonado en las montañas con sus cabras. Veía en el macho cabrio renegrido que me observada desde el tejado de la casa, unos ojos familiares, un movimiento vacilante inconfundible en el cual el blanco de los ojos se deja ver por arriba o por debajo. El ojo izquierdo hace un guiño, descontrolado mientas observa al resto de cabras, y la boca de vez en cuando le hace un óvalo hacia el ojo del tic. Ese macho cabrio es Rajoy. Ese es el no-lugar que Patricia había visualizado. Le mencioné el pastor. Un hombre sencillo y rudo, de ropas sucias y gastadas, de la cuerda que mantenía los pantalones en su lugar, de sus manos quebradas que cada día retorcían las tetillas de las cabras exigiendo su leche. Le gustó el personaje, creía que podría encajar en el relato. Todo un parlamento de cabras sometido a un campechano y bruto hombre de ojos arrastrados, que sobrevive en un yermo rajado sin orillas, desbordando la vista, con un cráneo por cúpula. 
Anotó contenta las ideas en la libretita y alzó el vaso para que me uniese a un brindis. Golpeé con mi botellín, cristal contra cristal. Bebimos.

–Deberías haber pedido un vermut.




El patio de luces (5)



Había pasado allí, en el parque natural, todo un verano durante mis años de estudios universitarios, ayudando a un chico en unos experimentos que formarían parte de su tesis doctoral. No recuerdo el año exacto, pero debía ser a finales de los años noventa del pasado siglo. Yo y otro compañero de clase, nos presentamos como voluntarios para participar en los experimentos de campo, la estancia estaba cubierta, la administración del parque había puesto a disposición una casa en Rodalquilar, sólo teníamos que comprar los billetes de autobús hasta Almería y algo de dinero para comida. Aquel año, del pueblo antiguo no quedaba nada, cuando llegamos, las casas estaban medio derruidas, y sus interiores y exteriores mostraban grandes manchas negras fruto de grandes llamas. El complejo minero había sido expropiado, y los que alegaban ser descendientes de los mineros que en su día habitaron aquellas casas simples, fueron forzados a abandonar las residencias. Al hacerlo, tras semanas de conflicto, se aseguraron que nadie las ocuparía en su lugar. Ante sus puertas, así como entre los espacios que las separaban, se amontonaban enormes bultos carbonizados entre los que era posible distinguir colchones destripados calcinados con sus enormes tripas de muelles cubiertos de tizne y polvo, así como maderos que antes de consumirse habían conformado un mueble. Más tarde, en los días sucesivos, descubriría entre los escombros de aquellas hogueras toda suerte de objetos, desde sartenes a libros que no habían desaparecido del todo entre las llamas que sus propietarios habían prendido pocos días antes de nuestra llegada, como acto reivindicativo por el desahucio de los inmuebles. Parte de los techos se habían derrumbado, acumulando escombro en la sombra de su interior. Era un pueblo fantasmagórico, de paredes ribeteadas por borrones de hollín. La nuestra, era la única casa que sobrevivía, las únicas paredes blancas inmaculadas entre un desierto de casas que se desmoronaban bajo el sol almeriense. Sobre nosotros, la mina de oro, cuya última actividad tuvo lugar en 1966, con sus balsas circulares donde se destilaba el oro mediante una serie de complejos lavados, incluyendo una de las fases el uso de una solución cianurada, y el esqueleto de sus estructuras transportadoras que salvaba desniveles de un tanque a otro hasta completar todo el proceso. La explotación llevaba años clausurada, pero los suelos y las aguas acuíferas de la zona, seguían exhibiendo altos niveles de arsénico y plomo, entre otros metales utilizados en la obtención del oro. Entre las casas vacías había lo que en su momento había sido una fuente pública. Desprendía un olor extraño. Al accionar su mecanismo, dejaba ir agua, pero cuanto más se la dejaba correr, más turbia se volvía ésta, hasta el punto que al final era sedimento el que vertía de su boca. El olor no cesaba nunca. Era el mismo hedor que exhalaban los grifos de la casa que nos habían cedido. También la ducha, pasado un rato empezaba a hipar y su agua a espesarse. Si para entonces uno no había enjuagado su cabeza, lo mejor era abandonar la bañera y esclarecerse el cabello bajo el grifo del baño antes de que éste también empezase a devolver sedimentos. Independientemente del champú usado, cabello y cuerpo conservaban siempre un olor sulfuroso. El agua nunca era incolora y transparente, era de un amarillo ligero virando a rojizo a medida que los sedimentos ganaban presencia.

Jordi, quien estaba entonces acabando su doctorado, nos informó, que nadie de los alrededores debía saber lo que estábamos haciendo, ni que vivíamos en aquella casa. “No somos bienvenidos, bueno… de hecho son los ecologistas los que no son bienvenidos, pero para muchos, un biólogo, un ecólogo, un ecologista, son todos iguales. Sin distinción", nos alertó. La casa, la única que seguía en pie en toda la colonia minera, se suponía estaba reservada para los voluntarios del cuerpo de bomberos de la zona, así que desde el parque le sugirieron que para ahorrarse problemas lo mejor era no mencionar que estábamos allí. La panadera del pueblo, a pocos cientos de metros de nuestra base, en la parte nueva del pueblo, dirección a la playa, nos miraba de reojo cada vez que acudíamos a comprar el pan. Era una de aquellas mujeres pequeñas, encorvadas por la edad, de tez morena cuya frente el sol y viento del levante habían moldeado con profundos surcos. Las manos con las cuales despachaba el pan y en las que recibía nuestras monedas estaban encartonadas, adustas como el paisaje de la zona. Un erial yermo y árido salpicado por alguna palmera datilera de vez en cuando y líneas de agaves limitando, a ambos lados, carreteras y caminos. Para evitar levantar sospechas, solíamos abastecernos en el supermercado o los puestos del mercado de San José a kilómetros de distancia. 

Sólo en un local, el Hostal Diego’s, regido por Diego padre, su mujer y Diego hijo, un chiquillo que entonces tendría diez o doce años, emplazado en el Pozo de los Frailes, cerca del área de estudio, conocían nuestra verdadera actividad. Pasamos mediodías y tardes enteras allí, así que resultaba inútil ocultar nuestra presencia y ocupación. El grandote Diego padre, bromeaba sobre nuestros horarios, éramos los "catalanes locos". Las únicas personas que bajo la canícula del verano nos pasábamos horas bajo el sol a pleno mediodía, protegidos eso sí, bajo pañuelos y sombreros de esparto. Acentuó aún más lo de "locos", cuando supo que el material de nuestro estudio no eran otro que las tarántulas que habitaban un yermo no muy lejos de su establecimiento. Un campo seco, salpicado con azufaifos, palmitos, cornicabras, lentiscos y grandes cepellones de esparto dispersos aquí y allá, el resto dominado por gramíneas marchitas que habían caído rendidas por el sol en un suelo rojizo quebrado. En ese terreno polvoriento lleno de piedras, anidaban las tarántulas, cavando pequeñas perforaciones las hembras en las que resguardarse de las altas temperaturas durante el día, y desde donde acechar a sus presas por la noche. Los machos, para liberarse de las tareas domésticas, se contentaban con guarecerse a la sombra de cualquier piedra o mata arbustiva hasta la llegada del crepúsculo cuando se dedicaban a vagabundear en busca de comida o de alguna hembra. Allí pasábamos horas y días enteros, marcando las patas de las arañas con esmaltes de uñas de colores durante el día y siguiendo su actividad durante la noche. Probamos todo tipo de combinaciones de horarios, desde levantarnos tarde, ir al mediodía a trabajar y aguardar en el Hostal Diego’s a que cayera la noche para enlazar, hasta volver a casa, dormir unas horas y levantarnos a las dos de la madrugada para volver al trabajo y desayunar en el Hostal Diego’s, a dormir siesta, ir incluso de fiesta a San José a tomar algo fresco y volver a medianoche al trabajo, y así alterando y experimentando horarios hasta dar con el más conveniente, que parecía no ser ninguno. Como fuese, acabamos con las 24 horas capturadas entre las lineas de agaves que limitaban los caminos de el Pozo de los Frailes a Rodalquilar, y de Rodalquilar a San José. Todos los caminos nos llevaban tarde o temprano al Hostal Diego’s, su diana y sus dardos y los juegos con el pequeño Diego, a quien Jordi encandilaba con algunos juegos malabares de sus tiempos mozos y su estruendosa risa. La pasión por lo que hacía era tanta, que los constantes cambios de horarios no parecían hacer mella en su energía. Unos cuantos cafés diarios ayudaban, pero vigor y vivacidad era interna, no precisaba de estupefacientes externos.

De las pocas veces que el automóvil escapó de aquella estrecha red de caminos, una de ellas fue precisamente para visitar la Sierra Alhamilla que se levantaba ante nosotros siempre y el pueblo de Níjar. Del pueblo no recuerdo mucho, poco más allá de calles empinadas, casas de una planta,  con terrados en lugar de tejados, caladas de blanco, flores en los balcones y numerosos cestos, sombreros y otros objetos elaborados con esparto mostrados en las aceras de las tiendas de artesanos y vendedores de souvenirs, junto a telares de jarapas y piezas de alfarería almeriense. Los edificios, desde la distancia, se deslizaban alrededor de un barranco emborronado por la calima. Si recuerdo en cambio muy bien a aquel anciano pastor que encontramos más tarde, lejos, muy lejos de cualquier villa y rastro de población humana a la que nos habíamos dejado llevar por el coche entre senderos que trepaban polvorientos y llenos de guijarros secos y quebradizos por la sierra, al ritmo enfurecido del radiocasete alimentado con una cinta de Jello Biafra and the Mojo Nixon, que nos hacía sentir como un avanzadilla de vaqueros exploradores. No recuerdo su nombre, pero sí la imagen de aquel pequeño hombre ajado, de camisa desabotonada, pantalones sujetos por una cuerda a modo de cinturón y botas de agua de plástico rotas, dejando a la vista la protuberancia de uno de sus tobillos que asomaba por la raja de un plástico demasiado viejo. Un hombre de risa fácil y amigable que nos invitó, sorprendido, pero agradecido, por aquella visita inesperada que se había adentrado sin saberlo en sus tierras. Vivía el hombre allí aislado, con la única compañía de sus cabras. Consumía un cigarro detrás de otro. “Hace años me prohibieron fumar. También me prohibieron beber. Les escuché. Luego mi mujer murió. Si un hombre no puede follar, ni fumar ni beber, ¿qué le queda? Nada. Así que volví a fumar y beber”. Nos enseñó a ordeñar las cabras. Plantó un pequeño taburete ante nosotros, trajo una cabra cuya enorme ubre delataba su gran carga de leche y nos dio indicaciones de como proceder una vez dispuso bajo los dos pezones un cubo. Llegado mi turno, la leche no salía. “Aprieta la tetilla con ganas, muchacho. Retuércela como si fuese la de una mujer”, el hombre reía ante mis intentos infructuosos, cauteloso y temeroso por dañar a la cabra, “Pocas tetas debes haber tocado en tu vida muchacho. Hay que estrujarlas”. Al final, ruborizado tuve que rendirme a la evidencia: no iba a salir leche de esas mamas. No al menos agasajadas por mis manos. El pastor constató mi inaptitud cuando tomó asiento en el taburete y en un momento vació la ubre del paciente animal. Llenando un pequeño cazo nos lo tendió. “Probad. Es la mejor leche de la zona”. Los tres intercambiamos miradas, buscando el consenso, la confirmación de los otros de que nadie quedaría sin probar la leche. Antes, paseando por entre el cercado de las cabras, nos había relatado como hacía años que ningún veterinario visitaba sus animales. “Me fijé en lo que les inyectaban y ahora lo hago yo mismo. Me ahorro así pagarles”, argumentó. De intoxicarnos, lo haríamos todos juntos. No lo más inteligente, pero lo más solidario. La leche estaba cálida, todavía conservaba el calor del animal, era un líquido blanco hueso con tímidos tonos dorados, de un sorprendente sabor dulce. Nada que ver con el gusto con el que nos encontramos dos días más tarde cuando siguiendo las instrucciones del pastor calentamos la leche que nos regaló en un cazo a fuego suave durante un tiempo determinado, el líquido tratado, resultó mucho más agrio y fuerte. No pudimos beberlo.

Aquel hombre simple, llevaba toda su vida en aquella montaña, siempre al cuidado de sus animales. Habló, al humo del tabaco que se consumía enganchado en sus labios tronchados por el sol y el viento de la sierra, de sus sueños juveniles de abandonar aquel lugar. De unirse a sus primos, que migraron a la periferia de Barcelona, a trabajar de camareros. Escuchó de ellos relatos sobre turistas rubias, mujeres de largas y pálidas piernas que se bañaban en bikinis en la costa catalana, mientras allí, su madre y otras mujeres seguían adentrándose en el mar con vestidos de franela en cuyas faldas habían cosido pequeñas plomadas para evitar que se levantasen al entrar en el agua. “Me hubiese gustado unirme a mis primos, pero mi padre a golpe de cinturón me hizo entender que mi lugar estaba allí, con las cabras”. Se casó, pero no tuvo hijos, no quería que nadie heredase el rebaño que lo habían retenido. “El día que muera serán libres”. El corral de madera era un elemento decorativo, una construcción adyacente a una pequeña edificación de piedras secas que constituía la casa del propietario del ganado cabrío que se manifestaba por todas partes. Un macho cabrío grande y olor tan penetrante como el color tizón de su pelaje, nos observaba desde el tejado de la casa, al igual que seguía con la mirada al resto de animales subidos a cualquier elemento, desde las vallas que debían contenerlas, a las rocas circundantes del camino, o, a las ramas de los dos acebuches que parecían vivir en simbiosis con las piedras que constituían la casa. Estábamos sitiados por cuadrúpedos que mascaban algo, incansablemente, moviendo en círculos el mechón de pelos largos que colgaba sobre sus barbas, mientras conversábamos junto a la puerta. La sierra parecía estar llena de ojos. Sin duda eran sus oteadores, las miradas que vagaban por el talud del monte, sus verdaderas propietarias. El día de su muerte, el único liberado sería él, pensé mirando a mi alrededor. El resto ya lo eran. Probablemente siempre fueron libres, condena sólo fue la suya.

Nos fuimos, seguimos el sendero una vez más con el radiocasete rugiendo mientras subíamos para obtener una visión extensa de aquel paraje desértico de hermosa fragilidad y tan sumamente sencillo, en la que la gente sobrevive como en cualquier otro sitio en medio de sus diarias contrariedades. El pastor había fantaseado con las turistas ligeras de ropa que se acercaban a la ciudad de Barcelona, de boca de sus primos, los cuales casi seguro nunca mencionaron la desorientación, el desarraigo que todo desplazamiento infringe en los humanos, que pudieron experimentar al habitar los entonces los barrios periféricos, tan diferente de las pequeñas aldeas que brotaban de la sierra. No fue el único, en numerosas conversaciones con gente en los mercados o en locales, muchos hacían referencia a familiares que llevaban décadas viviendo en Barcelona, ésta ciudad construida por todos y tan capaz de engullirnos a todos. Aquel páramo me cautivó desde el primer momento, sustituí la verticalidad de la ciudad por la horizontalidad del desierto. Allí la soledad que ya llevaba un tiempo rondándome se sentía cómoda. No enclaustrada. Podía estirarse hasta el infinito. El coche nos llevaba de un lado a otro, zigzagueando la ladera, permitiéndonos apreciar las luces que el sol proyectaba en cada una de las ásperas sierras y sus puntos de unión marcados por barrancos y ramblas secas. Jordi paró el motor alcanzado un punto suficientemente alto. Saltamos fuera del vehículo para apreciar las vistas. Aquel día, la calina era enorme, desde la altura, el Cabo de Gata parecía envuelto en papel de celofán, como si los plásticos sucios de los invernaderos que lo preceden lo hubiesen abarcado todo, mar incluido. Un mar acerado de olas quietas, una franja acuosa que se precipita en el horizonte.

Del Níjar del que me hablaba aquel muchacho, mientras engullía el shawarma de pollo, apenas recordaba nada, pero el encuentro con aquel hombre que habitaba en su sierra, perdido en uno de sus senderos, lo había conservado siempre bien fresco. Es curioso el funcionamiento de la memoria y sus mecanismos de selección. Habían pasado veinte años aproximadamente de aquella experiencia y la veía, sin escuchar a mi interlocutor, como si estuviese ahí de nuevo. Hasta creí apreciar de nuevo la calidez de la leche dulce besando mis labios. 

Aquel verano de trabajo en Almería, compartiendo la fascinación de Jordi por la investigación y la estadística, siempre consideré que fueron el desencadenante en mi firme decisión de querer dedicarme a la investigación, a la ecología evolutiva concretamente. Ahí cambié. No fui consciente al momento, me pasó desapercibido el cambio, lo asumí como algo intrínseco, nada anómalo, pero mi cambio no paso inadvertido a todo el mundo. La que entonces era mi novia en la facultad fue la primera en darse cuenta, el mismo día que regresé a Barcelona, tras darme uno de sus hercúleos abrazos de oso, como ella los llamaba, al bajar del autobús, me hizo saber el cambio que se estaba gestando dentro de mi. Lo había percibido en mis escritos, en las cartas que le había mandado desde Almería. El tono había cambiado, también el contenido, pero sobre todo la visión de las cosas. Eso dijo. Había cerrado mi ojo sensible, aquel nutrido por el sentimentalismo empático y el gusto estético por el lirismo del Romanticismo del que tanto me había nutrido en la adolescencia, empezaba a dar muestras de agotamiento, o cambio por una pasión creciente por la materialidad del lenguaje. Mi yo del adolescente lírico de los años previos, estaba naufragando, y su escritura se hundía conmigo. Los textos de las cartas se habían despersonalizado, sus letras se habían objetualizado, vuelto más analíticas, licuando mi propia identidad anterior por una nueva más escéptica y distante. Un yo científico se estaba fraguando destituyendo para eso al amante del artificio retórico, pero más importante aún, erradicando el elemento personal que pudiese confundir al sujeto con el enunciado. Al parecer las últimas cartas que le dirigí no eran confesionales, apenas daba cuenta de mis sentimientos, mis problemas privados o sufrimientos, eran meras descripciones realistas de mi vida en Rodalquilar, del trabajo realizado en el Pozo de los Frailes y nuestros avances en los experimentos. Llegó a decir que leyéndome había perdido la ilusión referencial que identificaba aquellas experiencias conmigo, que podía ser cualquier otro el que hablaba y daba cuentas de sus aventuras y observaciones del mundo exterior, que mi mundo interior había quedado al margen, exiliado. El contenido de las cartas no daban pie a la ambigüedad. Rezumaban neutralidad en cada uno de sus trazos. Hasta los dibujos que solíamos incluir en nuestra correspondencia habían usurpado mi yo antiguo. Eran bosquejos simples del paisaje que afrontaba cada mañana. Un horizonte plano, sutilmente ondulado, con alguna que otra palmera. O una capilla abandonada, muros carcomidos con piedras amontonadas a sus pies, y una puerta rota, abierta como una boca de grito mudo en medio del desierto. En una de ellas incluí un esquema del área de trabajo con apuntes sobre el diseño experimental y su distribución sobre el croquis adjunto. La ciencia, la pasión por observar, describir y analizar lo natural me había poseído. No pudo, no supo, o simplemente no quiso entenderlo. Pocos meses más tarde ponía fin a una relación que había durado varios años.

“En esta ciudad es tan fácil sentirse alienado”. El joven de Níjar había acabado su comida y acomodado con la espalda contra la pared y la cerveza en su mano derecha. “¿Has leído este libro?” Me enseñó la solapa de una pequeña edición de bolsillo que guardaba en su pequeña bolsa. Se trataba de “La Peste” de Albert Camus. “Me está costando un poco, pero hay días que en Barcelona me siento como uno de los personajes de Orán. Con la soledad que describe padecen todos los individuos, donde nadie espera la ayuda del vecino, y cada uno avanza solo en su preocupación. El Orán en cuarentena es como esta ciudad. En Níjar nunca me he sentido así. Nunca llegaría a convertirse en Orán por mucho que la peste llegase a ella”. De nuevo volví a codiciar el reposo espiritual de aquel individuo y su firme confianza depositada en un paraíso material. No osé decir nada, no me sentía con autoridad alguna para desgranar su utopia. Hacía mucho tiempo que la experiencia se había ensañado con cada uno de mis intentos de cumplir mis sueños. Quizás, el secreto de los sueños consiste precisamente en dejarlos en eso, en preservarlos como anhelos, lejos del alcance, en maravillas que se nos aparecen de vez en cuando para revelar otras posibilidades, pero sin correr tras ellos. Cada sueño realizado ha sido una decepción. La decepción debe ser el elemento primario con el que están moldeados los sueños. Está en su naturaleza. Preferí callar, callar y oprimir mi versión más negativa para pensar que era posible, que allí en las laderas yermas de Sierra Alhamilla, no muy lejos de donde un día habitó aquel hombre solitario amarrado a un rebaño de cabras, existía una población, un universo cerrado, en las que los sentimientos y los comportamientos de las personas mantenían siempre su humanidad por encima de cualquier adversidad. Ni sometida al ataque de una plaga como la descrita por Camus, aseguraba aquel muchacho, sus conciudadanos se darían la espalda los unos a los otros, se plantearían la situación en la que se encuentran, ni al parecer, nunca se levantan desorientados. Mientras tanto, yo sigo soñando con despertar un día así: no desorientado.

Fotografías de Aka (Rodalquilar 1996)





El patio de luces (4)




Buscando por el barrio un lugar donde huir del reducido espacio de la habitación, entré en un local libanés que anunciaba, en la pizarra blanca reclinada sobre la pared, shawarmas a tres euros. Ojeé el interior desde la calle. Era un sólo espacio estrecho y alargado, con no más de siete mesas pequeñas dispuestas en dos hileras, todas ellas vacías en aquel momento. La sencillez del recinto, decorado con unas fotos antiguas, en blanco y negro de paisajes y calles libanesas de un pretérito siempre embellecido, y un par de tapices de patrones geométricos tradicionales, hizo que resolviera dejar de buscar por las calles y dejase descansar allí mis piernas. Debían ser las tres del mediodía, supongo que sería más apropiado decir que eran las tres de la tarde, pero en mi horario subjetivo, lo que definía la mañana de la tarde era el momento del almuerzo, dejando ese estrecho limbo temporal que corresponde a la comida, a lo que se conoce como mediodía. Un tiempo indefinido difícil de categorizar en mis adentros, como me sucede con el presente, esa transición eventual que se interpone entre el pasado y el futuro, dos entidades más fáciles de definir e identificar que el "ahora" que fluye y se escapa, incluso de su propia definición. Quizás porque el presente, la inmediatez, como experiencia directa del sujeto, está inexorablemente ligado a uno mismo. Igual que el término "mediodía", que en mi subjetividad, no encajaba con ninguna hora marcada por el reloj, sino que oscilaba en la franja horaria en función de mi experiencia digestiva. El mediodía me alcanzaba, cuando mi actividad matinal se detenía para alimentarme.

En ese momento sólo había un trabajador allí dentro, un marroquí, alto, magro y enjuto. Un hombre seco, de facciones afiliadas, con una nariz grande que dividía el rostro de marcados pómulos y pronunciadas protuberancias óseas alrededor de los ojos. Un denso bigote canoso y despeinado, como la cabellera que poblaba su cabeza más allá de su extensa frente, ocultaba su labio superior, me hicieron pensar inmediatamente en el escritor Mohamed Chukri y aquella frase que leí en alguna entrevista y, curiosamente, me había quedado grabada: "Si no les gustan mis libros, que vayan a protestar al que se inventó Marruecos y se inventó mi vida". Era la respuesta a la reacción por parte de críticos y lectores, a la obra del autor, que consideraban degradaba la imagen de Marruecos en sus novelas biográficas, con su inconfundible estilo directo y crudo, brutal, sin temores a las consecuencias que despertasen sus letras. Seco, diría, como su fisionomía y a la que el hombre del establecimiento de Gracia me había recordado. 

El jornalero acababa todas sus frases con la palabra "amigo". "¿El shawarma de pollo o de cordero, amigo?" "¿Cerveza de barril o botella, amigo?" "¿Salsa picante, amigo?" "¿Enciendo el aire acondicionado, amigo?". El sudor era visible a medida que se escurría cuello abajo, todo e intentar secárselo continuamente con un trapo, mientras la carne de cordero se cocinaba en la plancha. Con el bochorno instalado en la calle, la idea de trabajar todo el rato a la calorina del fuego parecía más una mortificación que una simple tarea. Le mostré mi compasión por tener que trabajar con esas temperaturas junto a las llamas, pero despachó mis comentarios con un, "sí, mucho calor, amigo". Entregado el bocadillo y la cerveza salió un momento a la calle, donde echó mano de un cigarrillo. Seguía siendo el único cliente del local. Dentro no se estaba tan mal, las paredes de piedra amortiguaban el sofoco exterior, donde el aire era denso, inmóvil, zarandeado en ocasiones por un hálito candente que parecía querer marchitar cualquier atisbo de vida. Pensé que aquel hombre acabaría de secarse completamente mientras consumía su cigarrillo, y que al salir no encontraría más que un cuerpo apergaminado y acecinado sujetado por la pared, que el más mínimo golpe de viento se llevaría calle abajo.

Consumido el shawarma, decidí aprovechar la quietud del establecimiento para deleitarme en mi lectura en compañía de la cerveza bien fresca. No había leído más de seis o siete páginas cuando un nuevo cliente hizo aparición por la puerta. El encargado, entró tras de él, el viento seco no lo había empujado como un rastrojo reseco por el callejón. "¿Qué deseas, amigo?" "Un par de shawarmas. Uno de pollo y otro de cordero. Y una cervecita bien fría, por favor". Era un hombre joven, en sus treinta como mucho, de complexión atlética y sorprendentemente dinámico para las temperaturas que marcaban los termómetros. Bajó hasta las mesas, donde yo estaba, y se sentó junto a la mía. "Vengo a hacerte compañía, compañero, sino te importa". Le hice saber que no me molestaba, si bien para entonces ya se había despachurrado sobre el asiento, con piernas y brazos abiertos para ventilar tronco y extremidades. Seguí concentrado en las páginas del libro. El muchacho emitió un sonido de satisfacción casi orgásmico tras el primer trago de cerveza. "Joder, qué rica. Que bien sienta algo fresquito con el calor que pega, ¿no?" Asentí casi sin levantar la vista del texto, con la prontitud de alcanzar el siguiente punto y aparte antes de cerrar el libro. El muchacho tenía ganas de conversar. No podía oponerme a ello. Mi conciencia me impedía ignorar aquella posibilidad. Llevaba años quejándome que en Suecia, donde había vivido últimamente, era imposible que un desconocido te dirigiese la palabra, como para ahora ignorar aquella oportunidad. Memorizado el punto donde detenía mi lectura, cerré las solapas y dejé el tomo sobre la mesa.

Para mi sorpresa, su primera pregunta fue sobre el libro. Se interesó sobre el libro y si estaba bien. Recuerdo que era "El libro de mis vidas" de Aleksandar Hemon. Me está gustando, me limité a decir. No llevaba mucho leído, así que tampoco podía hacer una evaluación muy crítica del mismo, tampoco creo que la esperase, pero de alguna manera, le dije, me siento algo identificado con las sensaciones expuestas por el autor. El libro era una recopilación de escritos personales, en los que el autor transcribe sus experiencias, desde su juventud en la ciudad de Sarajevo, cuando todavía formaba parte de Yugoslavia en los años ochenta, hasta mediados de los noventa cuando abandonó la ciudad, por una beca de estudios en Estados Unidos, y a la que no volvió nunca más al verse asediada durante los años que duró la guerra de Bosnia. Hemon escribía sobre el desarraigo de tener que iniciar una vida nueva en una ciudad, la de Boston, y una cultura completamente diferente a la de los Balcanes. Entendía la necesidad impetuosa de buscar nuevas familiaridades que le permitiesen asentarse sobre el nuevo lugar, la añoranza mentirosa de lo dejado atrás. Eran ideas y pensamientos, que también había tenido que confrontar viviendo en el extranjero, aunque no por unas circunstancias tan trágicas como las suyas. Lejos de la familia y de los amigos de la juventud, uno siente la necesidad de tejer una nueva red social que sustituya la dejada atrás. 

La siguiente pregunta a mi respuesta, fue inevitablemente, pues yo mismo me había delatado, sobre la vida en Suecia. Ahí nunca sabía, muy bien que responder, así que creo que eché mano de alguna de las frases hechas que tengo memorizadas, mostrándome lo más neutro posible. Le mencioné algunas de las bondades del país, de su maravilloso, casi utópico sistema social, en cuanto a estudios, derechos laborales, hospitales y ayudas de cualquier tipo. Le describí casi un paraíso socialista donde todo parecía funcionar como un engranaje perfecto sin fallos. Una enorme maquinaria social escandinava pero, con un único fallo. O llámese sacrificio. O consecuencia de esa perfección. La anulación de la vida social. Acostumbrados a que el Estado respondiese a todos sus problemas, al que alegremente, o eso decían, contribuían, las relaciones sociales y humanas se habían desvanecido. El vecino era prescindible, como mucho una carga cuando hacía ruido, el amigo, quedaba relegado a pequeños y aislados encuentros los fines de semana y con semanas previas de planificación, porque la improvisación no tenía cabida. La familia también había quedado sustituida por unas instituciones que cuidaban del niño pequeño, con guarderías públicas gratuitas, bajas maternales y paternales de año y medio, los abuelos eran atendidos solícitamente por los agentes sociales en las residencias públicas, y así un sin fin de ejemplos más, en los cuales demostraba que las bondades del sistema social habían dado lugar a una sociedad paradójicamente socialista e individualista. Sin esperar aquella consecuencia, la creación de un gobierno paternalista y eficaz, había dado lugar a que todos viviesen aislados, siendo las instituciones las que mantenían la cohesión comunitaria. Rápidamente pasaba a comparar con la situación en España, con el descalabro de sus instituciones tras años de crisis, los casos de corrupción, el paro y las condiciones laborales, que forzaba a que las relaciones con las amistades, los familiares o los vecinos, se siguiesen cultivando, aunque en ocasiones fuese sólo por necesidad. No existe un lugar perfecto, concluí, todos tienen sus cosas buenas y sus cosas malas.

"Sí que existe el lugar perfecto. Lo tengo claro. Ese es mi pueblo: Níjar", certificó el muchacho completamente convencido justo antes de pegarle un mordisco al shawarma de pollo. "¿Conoces Níjar?" Asentí. Claro que lo conocía, tenía la estampa de aquella villa de casas blancas deslumbrantes, asentada en las cumbres de Sierra Alhamilla. Apenas recordaba sus calles, pero las visualicé con pendientes agudas que zigzagueaban para superar el desnivel de la cordillera a cuyos pies se extendía el Parque Natural de Cabo de Gata más allá de un océano de plásticos en primer plano que cubría los invernaderos de la región. Me sorprendió que alguien pudiese declarar con esa contundencia que la vida de su pueblo era idílica. Sentí cierta animosidad ante aquella seguridad, fruto de codiciar un reposo espiritual como aquel. Un lugar libre de contradicciones, exenta de expectativas, y por tanto de decepciones. Me dejé llevar por una quimera, mientras él seguía hablando sobre su maravilloso Níjar al tiempo que el shawarma de pollo iba menguando. 



El patio de luces (3)



Los días que duró el linchamiento vecinal hasta el día de la votación, Xavier se mostró más animado y más indignado, de lo que nos tenía acostumbrados a todos. En un acto sin precedentes, nos convocó una tarde a los cuatro, para explicarnos que aquella situación era un ejemplo clásico de "pánico moral", y que debíamos luchar contra ello. Argumentó, que no podíamos permitir que un grupo de personas, basadas en la percepción falsa y manifiestamente exagerada, del comportamiento nudista de la vecina, sostuviera que aquello era un comportamiento peligrosamente desviado que representaba una amenaza para ellos primero y, para la sociedad por tanto, alzándose como defensores de los valores e intereses de la sociedad de bien, a la que decían personificar. Expresó que Ramón, en categoría de representante nuestro, propusiese en la reunión de vecinos, que una prohibición moral de este calibre sólo podría ser aprobada si conseguía un consenso absoluto con el voto de todos los participantes, pues de lo contrario una mayoría estaría quitando derechos a una minoría. Sería un caso de discriminación y dictadura de la democracia contra las minorías. Ramón aceptó el encargo, no sé si convencido por los argumentos de Xavier o por temor a que siguiese con su discurso, pero siempre y cuando lo arropásemos durante el acto. Se temía la reacción en contra de una inmensa mayoría a la propuesta y no quería enfrentarse a ello él sólo. Eso fue exactamente lo que pasó.

"Lo de esta mujer es intolerable", dijo la colombiana. "No podemos seguir permitiendo que vaya por ahí exhibiendo sus tetas sin más, por no nombrar lo otro que también enseña alegremente a todos los vecinos. Sea quien sea. Es una sinvergüenza que va provocando a nuestro hombres. Es obvio. Vosotros la defendéis porque sois hombres. Vergüenza debería daros. Pensad en vuestras novias, que dirían ellas. "Todo el que mira a una mujer deseándola, ya ha cometido adulterio con ella en su corazón", pensad en estas sabias palabras de la Biblia. Pensad más en vuestras novias. ¡Egoístas! ¡Adúlteros!". Mientras escuchaba el rapapolvo ante la propuesta de Ramón, me preguntaba cuantos hombres se habrían girado ese día a su paso para contemplar su trasero prieto embuchado en sus leggings deportivos, o disimulado una mirada furtiva al escote por el cual parecía querer arrojarse su busto. Si temía que su marido pecase por mirar a la vecina, ¿por qué no le exigía a él que se sacase los ojos o dejase de mirar con lujuria el cuerpo de otras mujeres? ¿Por qué prohibir a los otros en lugar de exigirnos cambios a nosotros?

Aducir a nuestras novias, por otro lado, era una estrategia condenada al fracaso. Bastaba ver la indumentaria y la higiene personal de Ramón, para sospechar que su vida amorosa llevaba un tiempo en el exilio. Xavier andaba tan depresivo entonces, que me había confesado su apatía e indiferencia por todo, ello incluía, las amistades, la pareja y el sexo, sobre todo el sexo, repuntó. Como he dicho antes, Xavier, había renunciado a experimentar la vida, la contemplaba como quien contempla la lluvia desde detrás de la ventana. El bartender, en los meses que pasé con ellos, trajo a casa al menos a seis amigas. Con varias se encerró en el lavabo para ducharse juntos. Fue de las únicas ocasiones en las que cerró la puerta del servicio. Dudo que en aquella fase de su vida, le importase mucho lo que sus itinerantes parejas pudiesen pensar de él, ni mucho menos preocuparse por los sentimientos de ellas. De mi caso no hablaré ahora, pues sería demasiado largo para el lector aclarar las complejas circunstancias de mi soltería. Ya sé, que la de los compañeros las he despachado rápida y superficialmente y que lo mismo podría hacer con la mía. Soy consciente de la injusticia cometida, porque seguro que la historia detrás de todos ellos es mucho más enrevesada y complicada que las dos frases con las que he resuelto sus vidas sentimentales, pero es mi relato y no el suyo. Y como narrador no puedo sino imponer mi punto de vista. Es más, a medida que voy construyendo las escenas, dudo de la autenticidad de las mismas, de la memoria y el como me he explicado las cosas siempre a mi mismo. Estoy convencido que este texto es en sí mismo una dictadura de esa voz autoritaria que habita mis recuerdos y me explica las cosas tal y como ella quiere, no como sucedieron. Un buen amigo, me dijo una vez, que la narración escrita, exigía desnudarse por completo, capturar la intuición, el latido bajo la carne y sus emociones y, traducirlos en signos gráficos que representaran esa totalidad imposible que somos. ¿Cómo podría yo, que me había creado tantas identidades y tantas veces había negado mi propia voz, representar mi totalidad? ¿Cuál de ellas? Me he explicado mi vida de maneras tan diversas y desde tantos ángulos, que no distingo la realidad de la ficción, suponiendo que entre ambas exista una frontera bien definida. Ésta, la ahora impresa es una de las muchas versiones que podría haber redactado. En sus manos está ahora, creerse si las cosas sucedieron o no como aquí las describo. Pero, volvamos a la reunión vecinal, convocada en el apartamento de la colombiana, donde se discutía la desnudez de la vecina.

Ramón alentado básicamente por Xavier insistió en la libertad y los derechos individuales de vestir, o no vestir, como uno quiera: 
–Cada uno, en su casa, puede hacer lo que quiera mientras no importune con su comportamiento a otros –agregó. 
–Su desnudez es ofensiva –sentenció el padre del cuarto. 
–¿Ofensiva, cómo? ¿En qué puede ofenderle? –preguntó Xavier realmente sorprendido. 
–¡Es una cuestión de pudor! De mal ejemplo para nuestros hijos.
–¿Mal ejemplo para vuestros hijos?
–Sí, mal ejemplo para nuestros hijo, pero que va a saber alguien como vosotros de la responsabilidad de educar a unos hijos? El comportamiento de esta señorita es inaceptable. ¿Qué mensaje transmite a mi hijos? ¿Qué uno puede ir por el mundo como quiera y haciendo lo que quiere? ¿Qué clase de sociedad salvaje es ésta?
–¿No le parece que exagera un poco? –Ramón intentó apaciguar el diálogo, pero rebasado un punto, la ebullición es imposible de detener. 
Ese nivel parecía haber sido superado con creces. La temperatura ya sólo podía subir. La externa, la que define el clima, fuera, en la calle, parecía descender ligeramente,  pero allí dentro ese efecto era apenas imperceptible. La canícula del día había quedado atrapada entre las paredes del edificio y la mala ventilación del mismo, lo convertía al caer el sol, en un lugar aún más estrecho de lo que era. El aire estaba estancado con todos nosotros dentro, concentrados en el comedor de la primera planta. La vecina, como muchos otros, tenía las persianas bajadas para evitar los rayos de sol, pero a última hora estos, de todos modos, penetraban a través de las juntas de las celosías. La gente se secaba el sudor con pañuelos o con las palmas de las manos continuamente. Algunos parpadeaban cuando una gota se deslizaba desde la frente hasta las pestañas. La mayoría permanecíamos sentados, en las sillas que nos habíamos traído de casa, mirándonos fijamente los pies, sin la más mínima voluntad de participar en aquel conflicto, confiando que con ello, la reunión sería más rápida y podríamos escapar de aquella cámara de vapor lo antes posible.

–Mostrarse semi-desnudo en público es impúdico. No digamos ya la desnudez completa –añadió esta vez la madre del cuarto, apoyando a su marido–. Es un pecado de impudor… 
–¡¿Un pecado de impudor?! –exclamó Xavier enderezándose sobre la silla y apresando las manos bajo sus nalgas.
Sospecho que Xavier tenía la firme convicción de que todos los residentes habitábamos el siglo XXI, que el tiempo era una objetividad compartida. Que la modernidad, el progresismo, había alcanzado a todas las individualidades, y por tanto no esperaba toparse con argumentos de aquella moralidad por parte de esos vecinos. Mientras escuchaba los diferentes argumentos con los que los diferentes vecinos defendían sus posturas, me pregunté cómo definirían, en el futuro, los estudiosos del historicismo moral, la ética reinante en ese período histórico. Me parecía inconcebible en aquella amalgama heterogénea de visiones tan diferentes de la vida, encontrar una definición común, que resumiese las normas y reglas que regulaba las relaciones de los individuos dentro de aquella comunidad.    
–Sí, un pecado de impudor con el que no quiero que mis hijos crezcan. Si esta mujer quiere ir desnuda en su casa, que lo haga, pero dentro. Entre las paredes, donde no la vea nadie. Cuando salga a tender la ropa no le costaría nada ponerse una camiseta y cubrirse un poco. No creo que sea demasiado lo que pedimos. Sólo un poco de comprensión y civismo por su parte.
Estas últimas palabras fueron seguidas por un gran murmullo, gestos de cabeza afirmativos y golpecitos de amparo en su espalda. Era obvió que la propuesta democrática que Xavier tan bien nos había expuesto en el comedor de casa, no estaba teniendo una buena acogida. Aquella gente no quería oír nada sobre teoría democrática ni la defensa de los derechos de las minorías. Exigían, imponían, que su moral, la de la mayoría, fuese la obligación. La ley a seguir. Otros muchos sólo querían que se decidiese cualquier cosa lo antes posible y buscar refugio en un lugar más fresco.  
–Votemos ahora –propuso entusiasta la colombiana.
–Sí, sí, digamos no a la desnudez –secundó el pakistaní.
–Hagámoslo por defender una comunidad honrada –agregó el padre del cuarto.
Entonces, a medida que los detractores de la desnudez se iban sumando al coro de pasar al referéndum, Xavier nos sorprendió a todos:
–Si votan en contra de la desnudez y la libertad de esta mujer a ir por su casa como quiera, sepan que voy a sabotear sus normas –amenazó a la audiencia.
–¿Cómo? ¿Cómo harás eso?
–Me pasearé desnudo. No sólo por nuestro apartamento y la galería, sino por todo el edificio. Me desnudaré al cruzar el umbral de la portería. Subiré los escalones en pelotas, como vine al mundo. Y en cuanto escuche que alguien suba o baje en el ascensor, saldré así, en cueros, a compartir cabina con cualquiera de ustedes.  
Tras un silencio de incredulidad, el padre del cuarto le tendió una mano.
–Muchacho –su tono era ofensivamente paternalista–, has perdido el oremus. Debes haber sufrido un golpe de calor severo. Mejor retírate. Para la votación es suficiente con la presencia de Ramón. Te veo muy afectado.
–No pienso retirarme. Reafirmo mi decisión a pasearme en bolas por el edificio. Es un acto de desobediencia civil más que justificado. Y no voy a estar sólo, ¿verdad, muchachos?
En ese momento nos quedamos los tres atónitos, no imaginamos que un giro así pudiese tener lugar y ponernos en ese compromiso. No habíamos hablado de eso en nuestra asamblea casera. Simplemente acordamos defender en la junta vecinal el derecho a la desnudez. Nunca hablamos de desnudarnos nosotros, ni mucho menos de pasearnos así por el edificio, ante la mirada de los otros. Yo no me atrevía a visitar, ni mucho menos bañarme, en playas nudistas. ¿Cómo iba a pasearme escaleras arriba y abajo con los pantalones sobre el hombro mostrando todas mis vergüenzas, tal y como proponía Xavier? 
–¡Claro que sí! Estamos contigo –no me sorprendió esa reacción inmediata del bartender. Lo que para Xavier era una pequeña revolución, para él era un juego. Una amenidad. En el fondo toda revolución necesita individuos como éstos, que se presten a la aventura, indiferentes a la ideología revolucionaria. Son la maquinaria, la fuerza que empuja las revueltas. Gente que sin pensárselo se arrojan a las ocurrencias y acontecimientos desencadenados por otros. Su único impulso es la emoción, el fluir de la adrenalina y el bartender no parecía ir escaso de ella. Xavier me miró, esperaba mi confirmación.
–Sí. Supongo que sí. Es lo correcto, ¿no?
–¿Se han vuelto todos majaras? –gritó indignada la colombiana.
–No podéis hacer eso –aseveró el del cuarto.
–Por supuesto que no pueden.
–Yo no tengo ningún interés en ver sus vergas, huevones. Déjense de decir tonterías y vuelvan a su casa –la del primero estaba impaciente por callarnos y que se votase de una vez el veto a la desnudez pública. Sospecho que nada tenía que ver con la desnudez. Era algo personal. Algo entre ellas dos, que el resto desconocíamos. Sólo pensar en la rumana, viraba la electricidad en sus ojos y aumentaba la rigidez del tendón de su cuello. Su cuerpo entero tronaba.   
–Prohiban a esta mujer a ir desvestida por su casa y verán como el edificio se llena de cuerpos desnudos –Xavier estaba dispuesto a retar a todos los allí presentes. A intimidarlos con nuestra desnudez. Yo era la primera víctima de su discurso de terror. El primer amedrentado por tener que despojarme de mis ropas.  
–¿Se llena? ¡Vamos, hombre! ¿En serio crees que vamos a someternos al chantaje de cuatro perdedores como vosotros? –el padre de los escupidores cada vez alzaba más la voz. Su dermis se había tornado rojiza, un par de gotas resplandecían en sus cejas. Podía detonar en cualquier instante. 

–Yo también me apunto –se oyó desde el fondo de la sala.
La gente se giró sorprendida, más cuando descubrimos, que quien decía unirse al acto de desobediencia civil orquestado por Xavier, resultó ser la mujer del orador del Corán. Allí estaba, esa chica menuda, de ojos negros, ataviada con una túnica monocromo discreta que le llegaba hasta las rodillas, unos tejanos que se asomaban bajo la misma y un velo a tono con la túnica que enmarcaba su rostro y caía elegantemente sobre parte del pecho. De todos los allí presentes, aquel cuerpo tan resguardado, era el que uno menos hubiese esperado que expresase su voluntad de mostrarse desnudo al mundo.
–¿Fatine, mi amor, pero qué dices? ¿Cómo vas a unirte a esta majadería? ¿No te das cuenta que todo esto es una sandez? –el hombre del Corán no salía de su asombro –¿Qué pasará contigo, con tu falta de pudor?
–No es falta de pudor, Omar, mi pudor está a buen resguardo. Es la responsabilidad de proteger a esta mujer en lugar de faltarle el respeto.
–Quien nos falta el respeto, es ella. ¿Qué no lo ves? No sólo a nosotros, a todos…, con alguna excepción… –hizo una pausa para lanzarnos una mirada por encima de sus gafas.
La mujer respiraba con uniformidad, tranquila, lejos de los estridencias de los otros interventores, con un asomo de sonrisa fijada en una lejanía fuera de esa sala. Su rostro, de facciones armoniosas, transmitía ternura, nada de lo que la rodeaba parecía perturbar su placidez, ni el pegajoso bochorno ni las miradas de los vecinos. 
–No lo veo así. Me parece una injusticia obligarla a no poder hacer lo que su naturaleza o filosofía le dictamine. A mi no me gustaría que me obligasen a renunciar al hiyab. Ni obligaría a nadie que no quisiera llevarlo a ponérselo. Así pues, ¿por qué no puede esta mujer ir como quiera? Tu sabes, que independientemente de las ropas que lleve una mujer, hay en los ojos de las personas miradas impuras, que unas veces parecen que acarician y otras parecen que desnudan. Cada una de nosotras nos protegemos de esas miradas a nuestra manera. Unas nos cubrimos y otras se descubren. Si tengo que descubrirme unas veces para garantizar sus libertades lo haré. No me avergonzaré por ello. Los que deberían avergonzarse aquí, son aquellos que la miran impuramente. Los que la desnudan más allá de la desnudez de su cuerpo.

El hombre bufó y pareció perder altura, como si se hubiese deshinchado súbitamente. Se levantó de la silla y se dirigió hacia el rincón, desde donde Fatine, recostada en la pared, había permanecido a lo largo de toda la asamblea. Pasándole un brazo por detrás de sus hombros la achuchó contra su cuerpo y besó su frente. Consciente de que toda la audiencia estaba observando sus gestos, se volvió a ellos y dijo:
–Contad conmigo también.
Me pareció adivinar un atisbo de sonrisa en la cara angular de Xavier, pero es posible que sea la memoria la que juega con mis recuerdos, porque por mucho que busco en ellos, no me vienen otras imágenes de Xavier que denoten alegría o regocijo.
Ya sé que muchos de ustedes van a decir que lo que acaban de leer no es creíble. ¿Una pareja de marroquíes musulmanes defendiendo la desnudez de una vecina? ¡Imposible! Habrán exclamado al leerlo. Supongo que hubiesen encontrado el relato mucho más verosímil si en lugar de ello, hubiesen manifestado su repudia a la indecorosa conducta de la la vecina del primero. Si se hubiesen mostrado intolerantes ante cualquier acto que agrediese sus principios morales. Sin duda, la escena, el diálogo, hubiese ganado en credibilidad. Dirán que miento. No lo niego, la mentira voluntaria o involuntaria se ha filtrado por todo el texto. En ocasiones no puedo controlarlo, la mentira ronda mis recuerdos y los reconfigura para hacer de mi pasado algo. No sé el qué. Quizás lo que esperaba, lo que me hubiese gustado, lo que he odiado, ¿quién sabe de las intenciones de la memoria al registrar y ordenar recuerdos? A veces pienso que he vivido una continua falsificación de mi propia realidad. Pero, ¿en serio, que nos cuesta tanto creer que puedan existir una Fatine y un Omar como los descritos?  

–¿Cómo así? ¡Jueputa!, ahora somos los otros los dañados. No, si al final acabaremos todos en cueros, dando brincos por las escaleras más contentos que un marica con dos culos. La golfa al final se saldrá con la suya, nos tiene más caídos que una teta de gitana –la colombiana rompió el silencio indignada–. Esto parece va para largo, voy a prepararme un café. ¿Le apetece a alguno de ustedes una tacita de café?
–Le acepto el café con mucho gusto –respondió el padre del cuarto.
La mujer se levantó para dirigirse al mueble de la cocina. Llenó la cafetera y la puso sobre el fogón de gas butano tras comprobar que el seguro de la bombona estaba abierto.   
–¿Es colombiano? –preguntó Ramón– Si es así, me apunto.
–Sí, claro. El grano es bueno –respondió al volver de la cocina.
–Creo que lo mejor, antes de seguir con todo este disparate, será que pasemos a votar –propuso el del cuarto–. Una vez sepamos el resultado, entonces podemos seguir discutiendo con las medidas a tomar.
La cafetera empezó a emitir un ruido semejante al de la respiración de una persona asmática, un runrún creciente, que transcurrido un tiempo se interrumpió.
–¡Ah, el café, ya está! –informó la colombiana, perdiéndose de nuevo, a toda prisa, en la otra habitación para retirar la cafetera del fuego.
La maquina, liberada de sus estertores, profería ahora un aroma fascinante. De niño, y no tan niño, escogía la comida en función de su olor. Creía adivinar que si el olor de algo me gustaba, también lo haría su sabor. La mayoría de las veces lo acertaba, al menos en cuanto a las cosas que probaba, porque aquellos productos que no me entraban por el olfato, evitaba someterlos a la sensibilidad de mis papilas gustativas. Era una respuesta inconsciente de prevención, que quizás me ha impedido a lo largo de la vida gozar de algunas delicatessen, o al menos eso afirman algunos familiares y amigos. "Algún día te decidirás a probar los quesos y entonces te arrepentirás de no haberlo hecho antes", solía decir mi padre, ante mi negativa a catar aquellos elementos fétidos que tendía sobre la mesa a la hora de la cena. Evidentemente así fue con las aceitunas. Con los quesos, es distinto, sigo sin osar comer la mayoría de ellos. Lo que sí tengo claro, que con el café sufrí un gran revés que desmontó parte de mi teoría. Su aroma siempre me había atraído, tanto el del grano recién molido en el molinillo manual de mi abuela, a la fragancia que emanaba de la cafetera o las tazas de mis padres. Tanto era así, que me había visto tentado a esnifar el grano molido. De pequeño, no fueron pocas, las cosas que introduje en mis fosas nasales. Una vez obstruí las dos al mismo tiempo con dos pequeñas gomas de borrar en formas de dinosaurios que desprendían un impetuoso olor a fresa sintética. Obviamente dejé de poder inspirar aire por la nariz inmediatamente, me sofoqué al momento, sólo podía ventilar mis pulmones a través de la garganta, hablar y respirar resultaba imposible, así que tuve que usar el lenguaje corporal para hacer entender el impedimento autogenerado a mi madre. Incapaz de sustraerme los dinosaurios que lentamente se habían ido retirando hacia el interior de mis mucosas grutas, no tuvo más remedio que llamar a un taxi para correr a urgencias, donde un doctor tuvo que echar mano de diferentes pinzas, para erradicar aquella incursión jurásica de mi organismo. De la infancia guardo una batería de olores inconfundibles, muchos de ellos vinculados con la escuela. Entre ellos, el de los colores a la cera, el olor de las manos tras horas moldeando con plastilinas de colores,  los primeros colocones con el pegamento Imedio, el de las virutas al sacarle punta a los lápices o el de las gomas que venían bajo las chapas de las botellas de refrescos, con fotografías de ciclistas o personajes de películas, que había que desprender de la chapa con la punta de un cuchillo. En casa, en aquella época, dejaba de lado mi pasión por los aromas sintéticos, siendo mi favorito, el del café, posiblemente también por estarme vetado. Durante años imaginé que su sabor debía ser fascinante, pero cuando lo probé por primera vez, quede frustrado. Devastado por su sabor extremadamente amargo desprovisto de las esencias de caramelo, chocolate, frutos rojos o vainilla que había percibido durante tanto tiempo, y aún sigo descifrando antes de llevarme la taza a la boca.
Al poco tiempo reapareció con una bandeja y cinco tazas de café humeantes.
–Pasemos a las votaciones –dijo mientras repartía las porcelanas entre los que lo habían solicitado.
–Creo que antes, deberíamos definir que mayoría vamos a adoptar –interpuso Xavier, mientras Ramón aceptaba una de las tazas que le extendía la colombiana–. Como hemos dicho antes, en una decisión de tal magnitud como la que se está debatiendo aquí, que pretende recortar las libertades de los vecinos, solo debería poder salir adelante siempre y cuanto tenga el respaldo unánime de todos los residentes.
–¡No volvamos a empezar, por favor! –el del cuarto parecía que en cualquier momento empezaría a lanzarnos escupitajos. Sospeché que a la mañana siguiente nuestra colada amanecería llena de impactos de sus dos adorables niños–. No pienso rendirme a las imposiciones del lobby gay.
–¿Qué lobby gay, ni que narices? Le hablo de derechos. De libertades individuales. A usted, ¿le gusta que se respeten las suyas, verdad? Pues respete las de los demás.
–¿A quién quieres engañar, muchacho? Es obvio que eres uno de ellos. Primero vinisteis con el rollo de la tolerancia, la necesidad de salir del armario, el derecho a manifestaros, a desfilar por las calles casi en pelotas o peor, a poder casaros, hasta por la iglesia si os apetece, al derecho a adoptar niños, a consolidar una familia. Nos queréis convertir a todos en vosotros. Queréis imponer vuestros valores por encima de los nuestros. Que renunciemos a lo nuestro. Pero no…, no, no, eso, aquí, en mi casa no va a pasar. Por mis huevos, que aquí no se van a consentir tonterías de este tipo. ¡Vamos a votar ya! Y si somos mayoría los que queremos que esta señorita se cubra. Se cubrirá. Y vosotros callaréis. ¿Entendido? Respetaréis las normas de la democracia y acataréis el resultado sin montar numeritos. Ninguno de vosotros.
El hombre, de pie ante su silla, hizo un giro completo sobre sí mismo señalándonos a nosotros y a los marroquíes de la planta baja, con su enorme dedo dictatorial. No me había aterrado un dedo índice tanto desde el colegio, cuando el director del centro y profesor de matemáticas hacía bailar aleatoriamente su dedo ante los pupitres de los estudiantes y se detenía de repente en uno de nosotros. En ese momento, cuando el dedo acusador quedaba anclado en el aire sentenciándote, uno deseaba que el suelo se abriese para desaparecer por el agujero. Era el dedo que te señalaba como víctima para acercarte hasta la pizarra e intentar resolver en público, el próximo ejercicio matemático.

–Si son gays, me sumo a ellos –manifestó de repente la señora mayor del tercero. Era una viuda, que por entonces rondaría los noventa años, La había visto pocas veces. Pese a la delgadez de su cuerpo, la cadencia en su andar denotaba que le costaba llevar su cuerpo, se detenía varias veces, incluso en el corto trayecto que existía entre la entrada del edificio y el ascensor. 
–Pero, señora de Giner, ¿qué dice? –balbuceó el dictador escupidor del cuarto, que estupefacto, veía como su amplia mayoría inicial se iba diluyendo. 
–Lo dicho. Que si son gays me uno a su causa. Si es necesario que me desnude, me desnudaré. ¡Qué cony!
–Lo que faltaba. No son gays, señora de Giner. ¿No lo sois verdad? –los cuatro nos miramos sin decir nada, atónitos por el desenlace de la velada. No creí nunca que una junta de vecinos pudiese resultar tan sorprendentemente intrigante– Además, ¿qué más da si son gays? ¿En qué afecta eso a la votación?
–Lo cambia todo. Mi pobre Emili, que en paz descanse, tuvo que esconder su homosexualidad toda su vida, para no ofender la sana moral del país de Franco. De seguir vivo, seguro que se pondría del lado de esa señorita y defendería su libertad a ir como guste. Ya sufrimos demasiada represión con Franco para seguir todavía con estas tonterías.
–Pero, ¿qué tiene que ver Franco con todo esto?
–Todo, señor, todo. En este puñetero país todo tiene que ver con Franco.





El patio de luces (2)



Tener una habitación interior que mira al patio de luces es aislarse en la arquitectura del edificio, en el espacio que se cierra al exterior y se vuelca sobre sí mismo. Confinarse al hueco que se construyó en el centro del mismo, circundado por una parte importante de sus habitantes. Cuando me asomaba al mismo, me sentía seguro por ese doble caparazón que parecía poder protegerme de cualquier cosa que pudiese llegar del exterior, la del inmueble como primera barrera de la calle, y pasillos y puertas de la vida en el apartamento. Centrarme en su caída era el equivalente del molusco que cierra sus conchas o el caracol amagándose en su caparazón. Mirar la cavidad que dividía a unos vecinos de otros, de algún modo era volverse hacia el interior de uno mismo. Cuando no había nadie más allí, podía sentir esa obligación de mirarme a mi mismo sin necesidad de espejo. 

Por contra, cuando coincidimos allí varios inquilinos, la oquedad del edificio se convertía en una metáfora del mundo, en el lugar en el que las distintas facetas del mundo se concentraban en un único lugar. Como el prisma que atrae los rayos dispersos de luz para concentrarlos en un mismo punto. Así nos veíamos también atraídos parte de los arrendatarios a los ventanales y galerías minúsculas, entre las que circulaba el ascensor como un elemento amenazante. Conformábamos un pequeño microcosmos donde se aglutinaba gente de diferentes religiones y de todos los continentes: europeos, asiáticos, africanos y americanos. A veces creía estar en el centro del mundo, rodeado de formas de vida y un sinfín de idiomas diferentes. Era nuestra pequeña torre de Babel, nuestra propia red social. Todo lo que en el mundo era posible, existía allí dentro. Lo exterior, en su totalidad, siempre está contenido en lo interior, y también en su centro, es decir en el patio de luces. Allí se expresaba y se vivían todas las emociones del mundo, aumentadas por los ecos de sus paredes por las que trepaban y resbalaban las palabras y sonidos guturales de gozos y tragedias. A diferencia de las redes sociales digitales, donde los sentimientos y emociones están disgregados en sus diferentes formatos; la amistad son el centro de Facebook, los celos y los odios, el de Twitter, Tender, concentra el deseo, LinkedIn, las ambiciones de sus usuarios, mientras que Instagram ensalza la admiración y el amor, mi patio de luces lo tenía todo. En él se manifestaba el conjunto de las inquietudes humanas en su totalidad, sin necesidad de recurrir a ningún otro espacio para observarlas.

Algunos viernes el hombre de la planta baja se sentaba a primera hora de la mañana en la galería, recostado sobre uno de los brazos de plástico de la silla, a recitar por más de media hora, versículos del Corán. Los entonaba monótonamente, como un mantra, sin descansos, un sonido detrás del otro, balanceando ligeramente el cuerpo sobre su asiento. La primera vez que escuché aquel canto metálico desde mi lecho, aún en el duermevela, me imaginé de vuelta en Turquía o en Marruecos, donde las llamadas de los almuédanos desde los alminares convocando a sus feligreses a las horas de oración, me habían despertado en numerosas ocasiones. Luego, al asomarme a la ventanilla, descubrí al hombre, con sus gafas de estructura metálica en la punta de la nariz y el libro sobre las rodillas, del cual iba pasando páginas de derecha a izquierda. Lo observé un rato, pero enseguida dirigí la mirada a la primera planta, justo por encima de su cabeza. 

Había detectado movimiento allí e inconscientemente, de una manera incontrolada, volqué la vista en ese nuevo objetivo. Retrocedí un poco desde mi posición en la ventana, como el gato que se encoge y se arrima al suelo ante la presencia de un pájaro, con la intención de saltar sobre el mismo. Era el piso de la pareja rumana. De él apenas me acuerdo, apenas lo veía, pues desde mi puesto, lo que veía era prácticamente parte de la cocina cuando dejaban la puerta abierta y la galería donde tenían la lavadora, la fregona, la escoba y tendían la ropa. Al parecer, dominios del apartamento a los que el miembro masculino raramente accedía, siendo ella la protagonista, más cuando solía pasearse por la cocina, con frecuencia en esos meses calurosos, desnuda. Resguardado a una distancia prudencial del hueco de la ventana, me gustaba mirar aquel cuerpo, casi siempre en parte velado por la penumbra de la cocina. Las sombras ayudaban a que mi imaginación completase aquel esbozo de curvas que entraba y salía permanentemente de la negrura en la que se difuminaba el apartamento. No entendí nunca esa reacción mía a esconderme para no ser visto, pues ella parecía disfrutar exhibiendo su cuerpo al vecindario. Si tendiendo la ropa descubría a los hermanos del cuarto observándola, los saludaba, les sacaba la lengua y seguía con su tarea. Si la que la descubría despojada de cualquier prenda, era su vecina de enfrente, la colombiana, ésta empezaba a proferir una ristra de palabras que parecía interminable: zunga, fufurufa, perra, chunchurria, hueva, balurdoloca, loba, ramera, chuchona, gurrupleta, garbimba, tarada, culicagada, tápase la zurupa desvergonzada, y otras muchas expresiones que no recordé registrar en su momento. La rumana, lejos de intimidarse, se limitaba a decir alguna cosa en su lengua mientras bamboleaba sus senos acompañada de una risa de adolescente traviesa. Disfrutaba desafiando a la sudamericana. Mientras ésta seguía atosigándola con su vocerío, extendiendo sus brazos hacia ella como si quisiera asirla por el cuello para estrangularla, ella se retiraba hacia la penumbra de su cocina, no sin antes elevar su trasero. En ese momento, se oía la risotada que caía de los chiquillos del cuarto, al tiempo que la colombiana solía arrearse una palmada en la frente para luego rascarse, con todos los dedos, el cuello y los hombros. Entraba a veces en un estado de histeria ante aquella actitud, que la inducía a seguir desgañitándose, –¡Zunga! ¡Furufa! ¡Culicagada!–, mientras probaba de saltar la tapia que las dividía. En ocasiones, algún otro vecino tenía que salir entonces a abrocarla para que se callase de una vez. Que los dejase descansar o que no podían seguir lo que decían en la televisión. Otras, era el marido de la mujer rumana, quien harto de escuchar tantas injurias se personaba en la galería y le respondía con las frases más chocantes que he escuchado en mi vida. "Mete tu mano en mi culo y mastúrbate con mi mierda", "usa como champú tu saliva para el pelo de mi verga" o "seco mis calcetines en la cruz de tu madre". Ante ese elenco de improperios de perversión y blasfemia desmesurados, la mujer no podía hacer más que callar, retroceder y encerrarse en su casa. Ya tendría la ocasión de ajustar cuentas en otro momento. Allí nunca cedía nadie. La rendición no existía.  

La tapia que delimitaba ambas galerías era nuestras versión particular de todos aquellos muros vergonzosos que se levantaban en el mundo. Venía a corroborar que el mundo interno abarcaba todas las posibilidades del mundo externo. Que aunque a veces me sintiese allí protegido de los agentes externos, en realidad seguíamos siendo vulnerables a todo lo que sucedía fuera y lo reproducíamos en el patio de luces, incluso lo magnificábamos, por la intensidad del espacio reducido que nos recluía. El paisaje de alambre y hormigón habían proliferado en los últimos años en el mundo, se dejaba ver entre Ceuta, Melilla y Marruecos, entre Marruecos y el Sáhara Occidental, entre Israel y Siria, entre Israel y el Líbano, entre Israel y Cisjordania, entre Israel y Gaza, entre Sudáfrica y Zimbabue, entre Sudáfrica y Mozambique, entre las dos Coreas, o entre la India y Pakistán, entre Pakistán y Afganistán, Irán y Afganistán, entre Irak y Arabia Saudita, entre Arabia Saudita y Yemen, entre Birmania y la India, entre la India y Bangladesh, en el muro que separa Guantánamo del resto de Cuba, o los alzados entre Grecia y Turquía, Bulgaria y Turquía, entre Chipre y Chipre del Norte, entre Estados Unidos y México, entre Túnez y el Líbano, entre Ucrania y Rusia, entre Rusia y Estonia, entre Rusia y Letonia, o los alambre alzados en Eslovenia, Croacia, Hungría y Serbia para frenar el avance de refugiados del Próximo Oriente por Europa. Recuerdo la alegría con la que se vivió en casa el día que los berlineses salieron a la calle con pequeños martillos caseros y entre todos, a base de patadas, de saltar sobre el mismo, de aporrearlo con todo tipo de objetos, miraron de echar a abajo aquel muro que había divido su ciudad y el mundo durante más de veinte años. Mi abuela paterna, lloraba de júbilo, no daba crédito a lo que mostraban los noticiarios, el muro caía, por fin sus amigas de infancia, las que seguían vivas y habían quedado al este, podrían acudir al oeste a las reuniones anuales de amigas del instituto. Todo el mundo estaba de celebración. Se pensó entonces que las verjas, los alambres y el hormigón pasarían a la historia, una vez agotada la Guerra Fría, pero lejos de eso, no hicieron más que crecer los kilómetros reforzados con estructuras que nos dividen o nos impiden el paso. Están por todas partes, en las fronteras, en las urbanizaciones que se encierran tras vallas guardadas por miembros de seguridad, en las zanjas que levantan las casas entre sus jardines y propiedades dentro de las urbanizaciones, las alarmas antirrobo en puertas y ventanas, los pestillos para encerrarnos en nuestras habitaciones protegiendo nuestra intimidad, las púas en las ventanas para que las palomas no puedan posarse en el alféizar, y la tapia de las galerías de mi patio de luces. El mundo se había globalizado y los individuos ansiábamos más que nunca aislarnos los unos de los otros.

Aquel era, sin duda alguna, el mayor conflicto dentro del inmueble, si no el más grande si al menos el más ruidoso. Todos los vecinos tenían constancia de su existencia y repartían sus posiciones por las dos partes implicadas. La desnudez, el cuerpo del otro, seguía siendo causa de confrontación. No deja de ser intrigante que lo que nos conforma, la materia de lo que estamos hechos, haya sido a lo largo de la historia un campo de batalla contante. Más, cuando el cuerpo es uno femenino. Recuerdo que en las fiestas del pueblo, durante varios años consecutivos, siendo yo todavía un adolescente, siempre saltaba al escenario, donde estaba tocando una de esas orquesta chimba-chumba-pim-pom, un hombre que sin avisar dejaba caer sus pantalones. Todo y que algunos se tapaban los ojos o le increpaban a abandonar el entablado, la mayor parte de la audiencia reía y aplaudía la acción, incitando al hombre a proseguir con su baile para mofarse del pene flácido que colgaba entre sus piernas. Mis amigos y yo, entonces unos rostros salpicados por granos y pequeñas infecciones purulentas, comentábamos su longitud, considerando, entre bromas, cual sería el largo del mismo en estado de erección. Otro diálogo interno, no compartido con los otros, era la inevitable comparación con nuestros respectivos miembros viriles. Resultaba interesante escuchar los comentarios de las muchachas que nos acompañaban sobre el mismo, para tener una referencia femenina sobre la transcendencia de la longitud y envergadura del miembro. Y si bien aquel exhibicionismo se trataba como un acto festivo, no entendí nunca, porque ese otro exhibicionismo, el de la rumana, restringido a los límites físicos de su propiedad, despertó tanto debate en el vecindario. Encontró la oposición de muchas mujeres que encontraban que su cuerpo era ofensivo. No podía permitirse que sus hijos o sus maridos estuviesen expuestos a una desnudez ajena. El recitador del Corán también se mostró a favor de prohibir el salir desnudo a la galería o la terraza, todo y que desde su posición nunca había podido ver a la vecina que le quedaba justo encima. El pakistaní del tercero también se sumo al grupo de los prohibicionistas, alegando que era un mal ejemplo. Igual hicieron los padres de los hermanos del cuarto. Restaban importancia a que sus chiquillos se pasasen el día escupiendo al resto de los vecinos, pero los pechos y curvas de aquella mujer si les parecían de lo más perturbador. Imagino que los inquisidores del desnudo querían prohibirlo porque en realidad se lo tenían prohibido a sí mismos. Y en cualquier caso consideraban el mismo como un anticipo de sexo. Una invitación al pecado y el desenfreno de pasiones que preferían mantener bajo llave. Fueron pocos los que se decantaron por la libertad de la rumana a andar por casa como quisiese.