Hacer estallar la mar hacia arriba


Hungry Ghosts - I Don't Think About You Anymore But, I Don't Think About You Anyless


"En África, cuando un anciano muere, una biblioteca arde". 
 Amadou Hampâté Bâ


Me hago piedra. Un canto rodado en un mar de piedras. Piedras que hacen estallar la mar hacia arriba. Me arrojo al mar: uno, dos saltos y luego quebrar la superficie. 
Hundiéndome. 
Sumergiéndome con la ligereza de una pluma. 
La verticalidad de la gravedad amortiguada. 
Caigo.
Caigo con suavidad entre la densidad de las aguas.  
Hasta el fondo.
Caigo a lo más profundo del mar.
A lo más profundo de mi mismo.

Imagino el reflejo de un instante perdido en su oscuridad. En el abismo que se abre bajo el oleaje. Vi el reflejo bajo el agua. Un destello gravitacional que atrae mi pétreo cuerpo. Dejo que la naturaleza del mismo me arrastre. Sin cuestionarme. Sin resistirme. Soy piedra cayendo. Acariciada por las aguas, abrazada por la fina arena. 
Recreo allí mi propio museo, un lugar donde el espacio aglutina al tiempo, o donde el tiempo se transforma en espacio. Memorias delicadamente diseccionadas, organizadas y exhibidas. Proyectadas al futuro para tenerlas siempre presentes, nunca pasado.





Rosario de anémonas


Amel Mathlouthi - كلمتي حرة


Traducción libre, apartar de la traducción inglesa, de la canción de la cantante tunecina Amel Mathlouthi: كلمتي حرة (Mi voz es libre)


                                               
Soy aquellos que son libres y no temen
Soy los secretos que nunca mueren
Soy la voz de los que no cederán
Soy significado en medio del caos

Soy los derechos de los oprimidos,
derechos vendidos por unos perros
que roban el pan de cada día a sus gentes
y cierran sus puertas a otras ideas.

Soy aquellos que son libres y no temen
Soy los secretos que nunca mueren
Soy la voz de los que no cederán
Soy libre, mi voz es libre
Soy libre  como mis palabras
No te olvides del precio del pan,
de la causa de nuestra miseria.
No olvides quien nos traicionó cuando los necesitábamos.

Soy aquellos que son libres y no temen
Soy los secretos que nunca mueren
Soy la voz de los que no cederán
Soy el secreto de la rosa roja
cuyo color perdura en los años
cuya esencia entierran los ríos
para brotar como fuego y llamar a los que son libres

Soy una estrella brillando en la oscuridad
Una espina en la garganta del opresor
Viento tocado por el fuego
El alma de los que no olvidan
La voz de los que no han muerto

Hagamos barro del acero
y demos forma a un nuevo amor
que sea como pájaros
que sea un hogar
que se convierta en viento y lluvia

Soy toda la gente libre del mundo unida
Soy como una bala
Soy toda la gente libre del mundo unida
Soy como una bala



Espuma blanca. Descalzos. Pies descalzos corriendo desde el mar hasta la arena.
Oleaje. Acinamiento sobre la embarcación. Vientos y zozobra. Corrientes y espolones. Deriva. Sin pasaportes. Sin identidad oficial, nombre o nacionalidad. Deriva. Nombre, fecha de nacimiento y nacionalidad arden en la costa dejada. La esperanza depositada en la deriva. La marejada espumosa. Azules, verdes, blancos y turquesas marean las ilusiones. Los sueños tienen un tinte azul. Azul marino. Azul abismal. Azul violento que cabecea rocas y salientes. Azul detenido. Calma chicha. Sol. Sal. Salitre en cejas y labios. Deshidratación. El mar se detiene. El cielo contiene un sol inmenso. Un horno salado. Estelas a la deriva. Azul que arremete en blanco sobre la costa. Espuma blanca. Descalzos. Corriendo sobre la arena. Cayendo sobre la arena. Desplomándose. Sin nombre. Sin país. Hijos de la espuma, de la deriva.


La patera, obra del pintor tinerfeño Pedro González. 



Son colmillos


The Dø - The Bridge Is Broken


No digas que no me has visto. 
Te aguardaba junto a la puerta de tu casa con el corazón en la mano. 
Goteaba. Sangraba. 
Espasmos garabateados por aurículas y ventrículos sobre la palma de mano. 
Sentimientos y tiempo no conseguían ser retenidos por sus fluidos, decantándose viscosos entre los dedos. Cerrada quedó la puerta, se cerro la mano en puño sobre el corazón.



[1] Un libro de letras inquietas y mal impresas que se reescriben cada vez que las leo.
[2] Una botella, ni llena ni vacía: singular.
[3] Otra botella muda que sabe escuchar y me entiende.
[4] Una colección de alas de caballitos del diablo secas. 
[Para danzar entre los cáñamos que crecen junto a la rambla]
[5] Unas semillas de amapolas bajo la almohada que inviten a soñar. 
[Papaver somniferum]
[6] Un tarro de mermelada casera vacío en el que guardo clavos. 
[Los clavos de los que una vez tuve que aprender a desprenderme para escapar de la pared]
[7] Tres caracolas marinas, cada una de las cuales ha capturado una melodía musical 
[Charonia tritonis, Strombus gigas, Pleuroploca buxeus]
[8] Calcetines eternamente acomplejados, no se gustan así mismos, nunca emparejados. 
[Enfundados en mis pies me recuerdan cada día que la vida no debe tomarse muy en serio]
[9] Un juego de pinceles que corran enfrente mío y vayan coloreando el paisaje.
[10] Un gato sordo [que ignore el mundo exterior] con un ojo de cada color sentado en la repisa de la ventana.


Cogidos de la mano subimos a la buhardilla donde los sauces lloran al viento en un campo sembrado de brezos pardo rojizos. Caminamos por la llanura sobre un empedrado incandescente de mil mediodías ya caminados bajo el sol. Me descuelgo bajo mis párpados descansados. El valle muere en un camposanto sembrado de lápidas que recogen sueños y expectativas que se han ido desprendiendo cuan hojas caducas de mi alma. Allí reposan todos ellos, algunos por cumplidos, la mayoría por vencer su fecha de caducidad, o por simple olvido y desidia de mi persona. Imaginarlos, moldearlos y luego esforzarme en relegarlos al olvido. Algunos son colmillos. Una jauría de sentimientos desbocados y perdidos que vagabundean por la pradera. Vinagre sobre sangre. Gritos en el vacío. En el vacío los gritos no suenan. No duelen. Por eso no los puedo oír. Antes ardían en mi pecho, me asfixiaba con sus cenizas. Escondido en la noche, lloraba por todas aquellas realidades que defraudaron los sueños, hasta que me rompí y encontré este valle donde desprenderme de todos aquellos fragmentos, de las cenizas de sentimientos consumidos. Debes alejarte de este rincón, no ser nunca recuerdo triste. Prometerme que nunca caerás en el olvido. 


Florecer cada día


Jadranka Stojaković - Što te nema

Reconozco que casi siempre he vivido como un cobarde. Recostado en las arenas finas de un reloj. Tiempo sucio, enfangado, ese vivir sin darse cuenta, por automático, por resignado, por no elegido y porque solo pasa por encima como río fangoso, ensuciándonos, pero sin arrastrarnos por la vida. Nada crece en los suelos arenosos, drenan con demasiada facilidad, la vida no se detiene en ellos, pasa por sus gránulos reteniendo solo tiempo. Tiempo sucio. Vivo con la obsesión de vivir y acumular historias, pero mi naturaleza no es la de vivirlas, sino contarlas. Contar historias no vividas. Escuchar, observar y acumular memorias de otros. Me sorprendo con ésta idea cabalgando sobre mi duermevela cuando abro un ojo perezoso y observo los bulbos en flor que se han abierto estos últimos días sobre el alféizar de la ventana. La sonrisa de la Tierra, así es como una expresión china denomina a las flores. Su belleza radica en que carecen de esperanza. La esperanza crece con el mañana, y el mañana nunca existe para las flores. El presente es su esencia. Deseo ser flor. Flor efímera. Presente.

Amanece tras sus pétalos. No es la oscuridad de semanas atrás, pero sigue costándole al día abrirse paso en la oscuridad instalada del invierno. Encendemos unas cuantas velas para alumbrar la habitación y dejamos que los cálidos arpegios de José González desperecen nuestras almas. No cuesta desprenderse del sueño, pero si del cuerpo del otro. Cuesta deshacer el abrazo hilvanado en la madrugada. Desenmarañar cabellos y rostros sin volver a precipitarse en las pupilas del otro, retenerla para chapotear y regodearme en sus iris marinos. La cera va consumiéndose y las canciones sucediéndose. El albor avanzado va decolorando el cielo. 

Nieva. Las nubes se desgranan y se arremolinan junto a la ventana, gruesos y ligeras flores de nieve permanecen indecisas suspendidas en el aire. Expropio su ligereza y consigo llegar hasta la cocina. Encender el fogón, llenar un cazo con agua, pelar un trozo de jengibre y cortarlo en pequeños piezas. Añadirlas al agua, junto con hierbas de manzanilla y medio limón exprimido y dejar reposar una vez ha llegado a la ebullición. Comenzar el día con una infusión de jengibre y limón para combatir el dolor de garganta, herencia del frío de estos últimos días.

El sol hace por fin acto de aparición, justo en el momento que enfundada en chaqueta, gorro, bufandas y guantes se sube a su bicicleta para deslizarse calle abajo. También yo debería ir a trabajar un rato. Acercarme a la facultad y acabar de una vez por todas con los manuscritos que tengo pendientes, pero el día se presenta demasiado hermoso como para enclaustrarse en una oficina, así que decido bajar al centro de la ciudad. Cruzar sus parques emblanquecidos, sorprender a alguna ardilla en las ramas de sus árboles o entretenerme observando a los carboneros comunes alimentándose en algún matorral de frutos secos. Ser flor efímera. Ser presente.



Što te nema (¿Por qué no estás aquí?) 
Letra escrita por el poeta serbio Aleksa Šantić (Mostar, 27 de mayo 27 de 1868 – Mostar, 2 de febrero de 1924) para ser cantada como sevdalinka.

Što te nema, što te nema, / kad na mlado poljsko cv'jeće / biser niže ponoć n'jema, / kroz grudi mi želja l'jeće, / što te nema, što te nema? / Kad mi sanak / spokoj dade / i duša se miru sprema, / kroz srce se glasak krade, / što te nema, što te nema?

Procv'jetala svaka staza / k'o što bješe divnih dana, / po ružama i sad prska / bistra voda šadrvana. / Ispod rose zumbul gleda, / iz behara miris vije, / a za mene k'o da cvili / i u bolu suze lije.

Što te nema, što te nema, / vedri istok kad zarudi / u treptaju od alema, / i tad srce pjesmu budi, / što te nema, što te nema? / I u času bujne sreće, / i kad tuga uzdah sprema, / moja ljubav pjesmu kreće, / što te nema, što te nema

Por sevdalinka se conocen las canciones tradicionales de la región de Bosnia y Herzegovina. Canciones de un tempo moderado de ricas harmonías con un gran tinte melancólico y con una gran carga emocional que requieren ser cantadas con pasión y fervor. El cantante impone en todo momento el ritmo y el tempo del tema, pudiendo variar a medida que se desarrolla el tema. Sus melodías son una combinación de elementos orientales, europeos y sefardíes que las diferencian de otras músicas tradicionales de los Balcanes. Su origen se encuentra posiblemente con la llegada de los turcos a los Balcanes durante la Edad Media, y el propio nombre derivaría del turco sevda, que a su vez deriva del vocablo árabe sawda que en la antigüedad usaban los médicos para denominar la bilis negra que supuestamente controlaba los sentimientos y emociones humanas. La palabra turca sevda se expandió por Bosnia durante la ocupación otomana y tomo el significado de amor, el del sentimiento vago y constante de algo que no puede existir pero que se percibe, algo que existió y se perdió, o algo que nunca existirá. El sentimiento que describe la mayoría de sus letras. Un mismo origen se suele atribuir a la expresión portuguesa y gallega de saudade que describe un estado constante de ausencia y tristeza de que algo se ha perdido.



Miradas sin párpados


Coulisses: Shadow tree

Escuché en el mercado la historia de la chica que cerró la puerta y fue engullida por el apartamento. Me estremecí con el relato que la tendera relataba a un par de atentas clientes con las intervenciones de su ayudante. Luego descubrí que besugos, merluzas e ictiofauna en general de los tenderetes me seguían con la mirada. Orbitas circulares, miradas sin párpados tras los que esconderse, que escaneaban mis pasos. Sentí que mis pies se hundían, que el suelo cedía y me precipitaba en una masa acuosa gélida habitada por pupilas fijas y bocas abiertas que se movían aparentemente de manera aleatoria a mi alrededor. Aparecían y desaparecían trazando órbitas inconsistentes. 

El círculo no se percibe cuando una empieza a girar. Las Líneas, meras sucesiones de puntos infinitos que dibujan planos cruzándose unas con otras. Planos que se acumulan, atraviesan y acoplan conformando volúmenes. Rellenando el vacío. El vacío que sigue siendo un vacío insalvable cuando una lo mira de cerca. Fosas abismales entre los trazos del plano. Precipicios entre los puntos que aparecen como una línea continua. Lo continuo, lo gradual, es una mera ilusión visual. Un espejismo. Un error construido en el nervio corneo para superar el vértigo. Negar la altura como remedio. Cuando nos adentramos en algo percibimos los huecos, los vacíos que no se apreciaban de lejos pero que siempre están allí. Creando inconsistencias. En la distancia el mundo parece sólido, la corteza terrestre una masa rígida y las personas cuerpos íntegros… de cerca la inconsistencia toma forma y resulta fácil precipitarse en la vertical. Sumergirse en la nada. Esa nada que no toma forma, porque no puede contenerse así misma, pero se esconde detrás de todo objeto. Caer es sencillo si nos asomamos a ella, cuando nos adentramos en lo pequeño, en los detalles, en la proximidad. Un juego de escalas. Las reglas de la fractalidad pierden todo su sentido. La dimensionalidad de las cosas no es invariable a todas las escalas, cambia tomando diferentes dimensiones hasta perder la propiedad dimensional y diluirse en un vacío vertiginoso. Acuoso lo imagino siempre. Aguas opacas en las que no entra la luz, como la de las fosas abismales pobladas por extraños seres de miradas ciegas y sin párpados. 

Abandono el mercado húmeda para cobijarme en casa. Me sobrecojo desde entonces cada vez que el suelo de madera gruñe bajo mis pasos. Más si lo hace bajo los suyos. Cuando nos abrazamos tengo la impresión de que las maderas se abren y que los ojos que habitan bajo ellas gravitan sobre mi para arrastrarme al vacío.  


En 1975 el matemático Benoît Mandelbrot propuso el término fractal (del latín fractus: quebrado, fracturado) para definir aquellos objetos semigeométricos cuya estructura irregular se repite a diferentes escalas. Los objetos fractales son demasiado irregulares para ser descritos en términos geométricos tradicionales. Se forman a partir de copias más pequeñas de la misma figura, de manera que las copias son similares al todo pero diferentes tamaños. Su dimensión es estrictamente mayor que su dimensión topológica, se mueve entre dimensiones no enteras. La mayoría de los elementos de la naturaleza pueden ser descritos mediante la geometría fractal, desde las nubes, las montañas, las líneas costeras, los copos de nieve, el sistema circulatorio, el ritmo del latido de nuestros corazones, o los movimientos de una lagartija tomando el sol pueden definirse como fractales naturales. Sus representaciones son aproximadas, pues las propiedades atribuidas a los objetos fractales ideales, como el detalle infinito, tienen límites en el mundo real. 

El copo de nieve de Koch descrita por el matemático sueco Helge von Koch en 1904 es uno de los ejemplos más usados para demostrar las propiedades de los fractales. En ella un segmento es dividido en tres partes iguales y la parte central sustituida por un triángulo equilátero. Luego con los cuatro segmentos obtenidos se procede igual obteniendo 16 segmentos más pequeños que se vuelven a dividir de igual manera y así sucesivamente hasta obtener una imagen como la de un copo de nieve.






Kid Koala: Basin street blues


EL DESHIELO

Una tarde leyó en la puerta de un lavabo: "Comparte tu sonrisa, anima al triste, apoya al enfermo bajo dieta insípida y cama incómoda con un dulce y con un abrazo, ama a tus semejantes, a tus distintos y tus distantes". Más tarde al llegar a casa se percató que el oso la observaba sentado desde la cama. Mirada diminuta y dulce de iris luminosos y pupilas resplandecientes que transcendían tiempo y lugar en una desproporcionada cabeza de húmedo hocico. El colchón guardaba silencio. Resignado se doblaba sin emitir lamento alguno por la carga que sobre sus espaldas reposaba. Resuelta, buscó entre las estanterías de la cocina el tarro de miel y de un salto se sentó sobre el plantígrado pardo. Abrazó lo que sus pequeños brazos abarcaron del animalote y untando sus dedos en la miel se los ofreció al afligido y adormecido oso para endulzar su día. El tiempo del sueño agonizaba, el invierno se fundía en los claroscuros del bosque y fluía pendiente abajo en forma de pequeños arroyos. Una nueva estación estaba brotando. Dejar atrás la hibernación y volver a la vida de las luces tamizadas por las nubes y las lluvias. Mano untada en dulce jalea la que despertó su sueño aquel mediodía. 


HIJAS Y HERMANAS

Nací un catorce de mayo. Me llamaron "última mujer" pues era la cuarta hija de mis padres. Deseaban un hijo, un varón en la familia, pero me precedieron Najla, Parvin y Aanisa. Luego llegué yo, la cuarta hermana en sucesión: así que para romper aquello que mis padres consideraban una maldición me denominaron como marca la tradición, confiando que llevando aquel nombre realmente me convertiría en la última mujer en nacer de aquel matrimonio. Pero meses más tarde mi hermana Nahid hizo su aparición, y mi padre se negó a seguir intentándolo. Cinco hijas son suficientes, demasiadas, pensaría él más tarde. Crecí con un nombre erróneo, que no se correspondía con la realidad, con el estigma de haber fracasado desde su más prematuro inicio, y quien sabe si ello fue lo que hizo que mi vida se convirtiese en un acumulo de equivocaciones. Leí una vez que el nombre con el cual los padres llaman a sus hijos puede determinar su desarrollo personal, su carácter y su actitud ante la vida. No por el nombre en sí, pero porque el nombre escogido dice mucho de los padres y suele ser un fiel reflejo de lo que los padres esperan del hijo, y en función de aquello lo cuidan y educan. ¿Qué esperaban mis padres con el nombre que me pusieron? Lo único que de mí aguardaban es que fuese la última niña en nacer de la familia y que el siguiente fuese un niño. Eso era todo. Nada más aguardaban ni tenían pensado sobre mi futuro. Y a los meses de vida ya había defraudado sus expectativas fracasando en mi objetivo. Perdieron toda esperanza en mí. Tras una docena de meses de existencia mi nombre ya carecía de valor y funcionalidad, ya nada se esperaba. ¿Cómo hacerlo? ¿Cómo reinventarse una vida? ¿un objetivo? cuando éste cae tan pronto.





Punto de fuga


Matt Elliott: Dust flesh and bones


Preguntas, sueños y esperanzas se codean con nosotros en la mesa.
Anidan en nuestros bolsillos como una nota escrita de una o dos líneas que se reencuentra en el futuro. El invierno ingiere desproporcionadas cantidades de luz, oscureciendo los días –esa porción de tiempo que antes pertenecía al día–.
Imposibilitándolos. Negros, los días  visten de luto.
Los sueños hastiados de esperar la luz del alba se vuelven desvergonzados,
se asoman a los grandes ventanales y ondean las cortinas con sensualidad.
Danzar sobre los adoquines.
Eso quieren.



Zurce lugares y días, en una memoria desgastada de recuerdos encauzados por raíles y traviesas infinitas, mientras va deteniendo la locomotora. El anciano maquinista reconoce su último apeadero, abandona la terminal y se espanta. ¿Dónde ir? Le han despojado de las vías que lo han dirigido toda su vida.

La carcasa de una enorme ballena férrea, esa fue la sensación que le transmitió la estación la primera vez que la vio. El ruido indefinido en el cual se confundían zapatos marchantes, equipajes arrastrados, diálogos fugaces, exhalaciones de vapor y silbidos codificados fascinó al niño que llegó a ser. De sus ruidosas vísceras partían railes paralelos a la inextinguible lejanía. A tierras ignotas de ciudades veladas. Qué placer dirigir una de aquellas locomotoras y partir al horizonte a descubrir lo que allí se esconde.

Empezó de joven a trabajar en la estación. Aprendió el oficio de mecánico, a entender e interpretar el lenguaje de las máquinas, de los depósitos y cilindros y la combustión interna que les propiciaba vida. Confiando que un día podría conducir una de ellas, abandonar la panza de la ballena y abrirse al inagotable horizonte. Transportar las expectativas de la gente que se abrazaba a las maletas. Conectar las ilusiones que vivían distanciadas. Muchos cambios de pistones, quemaduras de vapor y reparación de tuberías desgastadas le sirvieron al final para que le permitiesen conducir un tren y así partir de aquel espacio cautivo para  explorar los férreos senderos. 




"El tren parte a las nueve y ocho minutos", respondía a los pasajeros que le preguntaban antes de subirse al vagón. Sus trenes nunca salían a la hora en punto o los cuarto de hora. Evitaba partir en minutos múltiplos de cinco. Esos horarios le resultaban artificiales. Una reducción simplista del tiempo como si éste fuese regular, predecible y divisible en porciones similares. El siempre ha tenido muy claro que no es así, que el tiempo tiene su propio calendario y su transcurrir independiente, pese a nuestros innumerables y continuos intentos por capturarlo. Por ello nunca intentó competir con el mismo, mostrándose más preocupado por el buen funcionar de su máquina y la seguridad de sus viajeros que de las agujas del reloj.

Solo una vez estuvo involucrado en un accidente. Arroyó sin poder evitarlo un automóvil que se cruzó en las vías. El ruido debió ser despiadado. La locomotora destripó el coche y arrastró su cadáver mecánico varios metros. La campiña se tiñó de un terreno inhospitalario,  con el hedor de frenos quemados y hierros candentes por el que vagabundearon por unas horas sus pasajeros que no sufrieron más que pequeñas contusiones por el impacto. 
–¿Qué, cuántos murieron? No lo sé –respondía siempre que se le preguntaba por las víctimas del automóvil–. Qué más da, eso es incuantificable. La muerte es infinita.
Siempre rehusó hablar de aquel incidente, de rememorar en voz alta lo que le atormentaba por las noches y en sus prolongados silencios mientras se sumergía en el paisaje. Los compañeros que lo conocían desde hacía más tiempo aseguran que nunca volvió a ser el mismo. Que sus silencios eran penas atragantadas, compunciones contenidas que nunca consiguió consumir.  

Hoy se ha apeado en esa misma estación por última vez. Observando la carcasa metálica que sigue conteniendo a toda esta multitud: sus ilusiones, afanes, desesperanzas, monotonías. Su figura se pierde entre el tumulto de gente preguntándose ¿qué hay más allá de las vías? ¿Qué se nos esconde tras el punto de fuga? Toda una vida en pos del horizonte y sigue sin respuestas.



Dejó de gustarme el invierno


Sarabeth Tucek: Ambulance



Sobre labios ciegos cortan palabras las lenguas. 
Me arranco los ojos y despliego la noche.
Para un azul reposo en el regazo de tus piernas,
en los pliegues infinitos de la falda.
Recluyo al invierno fuera.
Dejó de gustarme el día en que a las mantas les dio por abrigar menos que tus abrazos.