Cuando las estrellas dejaron de moverse



Recuerdo perfectamente ese momento en el cual todas las estrellas del firmamento dejaron de moverse.

El universo en su inabarcable infinitud, en la que la energía oscura empuja indefinidamente a las galaxias a alejarse las unas de las otras en una expansión acelerada continua, un día se detuvo ante mis ojos. Todos aquellos incontables astros minúsculos que arden en la oscuridad del cielo, cesaron su actividad para mirar hacia abajo. Al suelo en el que yacía estirado.

No importaba lo que hubiese hecho, ni el tipo de vida que hubiese llevado hasta ese momento; el cielo me rendía tributo, al igual que antes hizo con mis abuelos, y con sus hijos, mis padres y tíos, con algunos de mis amigos en su más tierna juventud, con Xavier, el dueño de la tienda de ultramarinos y su hermano, el rey y más tarde el príncipe coronado también recibieron atención en su momento, como unos cuantos Papas, allá en el Vaticano, tanto honor como el otorgado a "el Chino", el camello de la esquina, donde se cruzaba mi calle con otra, no recuerdo el nombre, una suma o una equis, según se mire, dibujada sobre un barrio esquizofrénico.

No cuenta lo importante o trivial que sea la vida de uno, como tampoco la gloriosa o patética que resulte su muerte, porque al final, en ese momento en el que caemos, cuando se desprende la retina y somos suelo, cientos de billones de estrellas, cada una de ellas, se detendrán para alumbrar la muerte de todo ser humano.