Historías de un país que ya no existe (2)



La abuela plantó su mano frente a la boca de Jasmina. Observó todas aquellas líneas y surcos de su palma. Eran tan diferentes de las suyas. Tan viejas. Estaban arrugadas como las de Salma, pero secas. Parecía uno de aquellos higos que dejaban secar sobre la mesa a finales de verano. Alzó la vista. Más arrugas, pensó detenida en el rostro de su abuela. Los ojos parecían tan pequeñitos tras tantas láminas de piel. Vamos, escúpelo, reiteró la abuela manteniendo la mano, pero el hueso no abandonó su boca. Estaba tan rico. Tan dulce. Su sabor todavía no estaba agotado. Algo más se podía extraerse de él. Aquella mano tan de final de verano podía esperar. Cansada la abuela retiró su mano. Ella siguió haciendo girar el hueso entre sus dientes, bailar sobre su lengua, exprimiendo todas las sensaciones que fuese posible obtener del él. El sabor empezó a menguar y al final lo sacó, sujetando aquel extraño objeto en su mano.
–Curioso lo que hay dentro de los frutos, ¿no? –comentó la abuela–. Ven, ¿sabes qué vamos a hacer?
Jasmina negó con la cabeza.
–Vamos a plantar tu hueso de albaricoque. Vamos a plantarlo para que así tengas un árbol lleno de albaricoques como éste. Aprovecharemos que tu hermanita duerme para hacer algo diferente, ¿eh?.
La abuela cogió la pala recostada junto a la valla. Caminaron ambas en silencio por el jardín, bordeando el risco que se precipitaba sobre una leámina de azul intenso. Ella apenas prestaba atención a la abuela que iba tanteando el suelo con la pala, sus ojos se perdían en la pequeña nube gris-plateada de gaviotas que subía, bajaba, se desplazaba y se formaba sobre ellas. ¡Quién pudiese volar! 
–Aquí –dijo satisfecha la abuela clavando la pala en la tierra–. Aquí plantaremos tu albaricoquero. La tierra es buena, húmeda y llena de sol. Aquí la semilla crecerá sin limitaciones para ser todo lo que lleva dentro. Al principio tendremos que ayudarla un poco. Regarla. Como cuando mamá le da la teta a Salma, pero luego el tiempo hará el resto. Crecerá y crecerá, crecerá hasta que llegue el verano en que te ofrecerá los mejores albaricoques. Serán tuyos. Tú árbol. Tus frutos.
–¿Y Selma?
–¿Selma? –La abuela dejó de cavar el pequeño hoyo–. Si quieres podrás repartirte los frutos con ella, claro.
–No. ¿Qué hará Selma cuando mamá deje de darle leche?
–Pues comerá, andará, hablará… lo normal. Lo mismo que haces tú.
–¿Dejará de llorar?
–Eso espero, pequeña –Volvió a su tarea de horadar el suelo–. Hala, creo que así ya vale. Echa el hueso dentro. 
Jasmina dejó caer el hueso en el agujero. Crece fuerte, dijo la abuela arrojando tierra al hoyo. 
–¿Tardará mucho en crecer? –preguntó Jasmina.
–Unos años.
¡Unos años!, Selma tiene que crecer más rápido, pensó Jasmina. Entre ambas cubrieron el hueso de tierra enseguida. Siguiendo las instrucciones de la abuela, golpeó con la palma de su mano el suelo suavemente. Espero que mamá se quedé sin leche pronto,  pensaba mientras presionaba el terreno. La abuela miró a su alrededor, se alejó unos pasos y cogió una rama pequeña que yacía en el suelo. Volvió junto a ella y clavó la rama donde el hueso había desaparecido, allí donde sus manos acababan de compactar la tierra removida.

Durante días siguió acudiendo por las tardes, para regar la semilla y para ver el mar de gaviotas. Descasaba su vista en sus giros, en la naturalidad de sus deslizamientos. Sus ojos perseguían los movimientos de las aves, vaciándose en ello, lejos de los berridos y pataletas de Salma. Observaba sus piruetas hasta que el sol se perdía a su derecha, por detrás de la sierra que custodiaba el casco antiguo de la ciudad.

Tito había muerto. Los hombres ya no hablaban de él. Dejaron de hacerlo poco después de que su tren azul alcanzase Belgrado desde Liubliana. A los muertos se les entierra y se les olvida rápido, incluso a los inmortales. El camarada Tito, druzek Tito, se había ido y su vacío quedó suplido por una inflación económica cada vez más grande y voluminosa. El precio de la electricidad subió, como lo hizo el de la harina, la mantequilla, la sal, el pan, el azúcar, la leche, las patatas, las remolachas, las judías, las zanahorias, las espinacas e incluso las cebollas, todo subió. Los estantes de los colmados unos días estaban vacíos y otros llenos. El país se movía como las bandadas de gaviotas que Jasmina observaba sobre el acantilado: subían, daban vueltas, vueltas y más vueltas en ascensión, hasta que llegado un punto caían, se deslizaban por el cielo cuesta abajo y justo antes de llegar a la superficie del mar se elevaban de nuevo. La secuencia volvía a empezar. Los vaivenes de la economía centraron en aquella época todas las conversaciones. Siempre había gente entrando y saliendo de la casa. No había día de verano que no trajese consigo una visita. Siempre había que añadir unos platos de más en la mesa bajo la parra que ya entonces proporcionaba una agradable sombra. Los hombres, recostados en sus sillas, siempre con un vaso de vino en mano, mostraban cierta preocupación por la aparente inestabilidad de lo que llamaban el mercado. El abuelo, sin embargo, era ajeno a esas inquietudes masculinas. Cuanto peor les vaya a los otros mejor me va a mí, le oía decir Jasmina. Aunque ella no entendía nada de todo aquello, prefería sentarse allí, en el porche, cerca de su padre y su aureola de humo, observando a los hombres apurar los cigarrillos y los vasos de vino, o las tazas de café que parecían interminables, a estar dentro, donde su madre y el resto de las mujeres. Tan siquiera recuerda las conversaciones de ellas, pero no eran ellas el problema, sino que con ellas estaba siempre ella: Selma. Selma era todo necesidades. Selma era todo atención. Estar cerca de ella implicaba obligaciones: vigilancia, custodia, tareas, encargos y exigencias. Era como si aquel bebé morado que llegó al mundo berreando, no hubiese dejado de hacerlo desde entonces. No callaba nunca. Ven, acércate, dile hola a tu nueva hermanita, fue lo primero que le dijo su madre cuando vio a su hermana emerger de entre sus piernas. Jasmina no había hecho más que alejarse. Supo que sería así desde aquel momento. Algo que saliese así, con aquellas formas, de dentro de su madre no podía traer buenas intenciones.
¿Cuándo se te secarán las tetas, mamá?, se preguntaba, pero nunca se atrevía a formularla en voz alta.    
El lloriqueo constante de Selma habían forzado el exilio de su lugar más preciado: la cocina, para buscar refugio junto a su padre y sus amigos. A fin de cuentas era donde acababan siempre yendo a parar los alimentos.  
El mundo masculino se había vuelto repentinamente más atractivo, aún cuando no entendía nada de lo que decían. Sobre todo la intrigaban aquellos momentos en los que su padre le tapaba los oídos con las manos. Esos momentos de censura, esas medias palabras, interrumpidas tan violentamente por las grandes manos paternas, quedaban retumbando en su cabeza. Sílabas cortadas que miraba de reproducir y que se quedaban allí, tintineando, enmarañadas en su lengua, sin llegar a completarse. ¿Qué dirían esas palabras?





0 degustaciones: