Una estación de tren yugoslava después de la guerra, y no hay nada más que añadir. Cabe imaginar una sala de espera con el suelo damero y la madera carcomida de las ventanas junto a la única puerta de salida, que rechina por el viento gélido de marzo. Bajo un cielo, que en ocasiones, sólo después de la guerra, se vuelve del color del chicle de fresa. Los silbidos del aire y un mendigo dormitando en uno de los bancos, el aire cargado por su apestoso aliento a vinazo. No seguiré para no ponerme retórica y complacer gratuitamente a mis profesores. Tras el aviso del guardagujas se levantaron para abandonar la sala de espera. Ella no dijo nada durante su camino al estrecho vagón.
Únicamente cuando la vio detrás del cristal, comprendió el hermano, que esa mujer no sólo no lo amaba sino que, por lo intenso de su mirada, ya estaba amando con fuerza a otro hombre. Fortalecida en su belleza por el anuncio del viaje y la traición, comenzó a agitar su pañuelo de seda, del que nunca se separaba. Llevaba consigo tres maletas, cada una más pesada que la anterior, la más ligera dedicada en exclusiva a sombreros, guantes y pañuelos. El tren se puso en marcha hacia el hermano no sabía dónde. No conocía el destino de ella, por increíble que parezca. Como dice la canción popular:
Ella se fue/
cada vez más lejos/
desde que vino.
Así que en un acceso de impotencia decidió arrancarse las mangas de la camisa, el mismo gesto que volvió a repetir en mi salón frente a todos los que allí estábamos reunidos. Simulando que el hueco entre mi salón y la cocina era la cristalera opaca del ferrocarril, retrocedió cinco calculados pasos. Y de esta manera, cada uno pudo ver lo mismo que vio su amada, y hasta el jefe de estación, el día de su despedida (¡ah!, todo bajo la espesa niebla del Sava): un magnífico tatuaje que surcaba su bíceps derecho:
TE AMO ETERNO, GISELLE
Cristian Crusat
Breve teoría del viaje y el desierto (2011)
Editorial Pre-Textos. Valencia, 108pp












