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Lena al lector de su cuento (el cuarto de los pasos perdidos)


Una estación de tren yugoslava después de la guerra, y no hay nada más que añadir. Cabe imaginar una sala de espera con el suelo damero y la madera carcomida de las ventanas junto a la única puerta de salida, que rechina por el viento gélido de marzo. Bajo un cielo, que en ocasiones, sólo después de la guerra, se vuelve del color del chicle de fresa. Los silbidos del aire y un mendigo dormitando en uno de los bancos, el aire cargado por su apestoso aliento a vinazo. No seguiré para no ponerme retórica y complacer gratuitamente a mis profesores. Tras el aviso del guardagujas se levantaron para abandonar la sala de espera. Ella no dijo nada durante su camino al estrecho vagón.

Únicamente cuando la vio detrás del cristal, comprendió el hermano, que esa mujer no sólo no lo amaba sino que, por lo intenso de su mirada, ya estaba amando con fuerza a otro hombre. Fortalecida en su belleza por el anuncio del viaje y la traición, comenzó a agitar su pañuelo de seda, del que nunca se separaba. Llevaba consigo tres maletas, cada una más pesada que la anterior, la más ligera dedicada en exclusiva a sombreros, guantes y pañuelos. El tren se puso en marcha hacia el hermano no sabía dónde. No conocía el destino de ella, por increíble que parezca. Como dice la canción popular: 
Ella se fue/
cada vez más lejos/
desde que vino.

Así que en un acceso de impotencia decidió arrancarse las mangas de la camisa, el mismo gesto que volvió a repetir en mi salón frente a todos los que allí estábamos reunidos. Simulando que el hueco entre mi salón y la cocina era la cristalera opaca del ferrocarril, retrocedió cinco calculados pasos. Y de esta manera, cada uno pudo ver lo mismo que vio su amada, y hasta el jefe de estación, el día de su despedida (¡ah!, todo bajo la espesa niebla del Sava): un magnífico tatuaje que surcaba su bíceps derecho:

TE AMO ETERNO, GISELLE






Cristian Crusat
Breve teoría del viaje y el desierto (2011)
Editorial Pre-Textos. Valencia, 108pp
















Noche segunda



¿Adónde va a parar la claridad sobrenatural cuando, junto con la noche, caen las tinieblas sobre todas las almas? ¡Chas!, sobre la cresta de la montaña brotan las estrellas. Una, después otra y las siguientes. Desde las más duras, punzantes y blancas como pinchazos de un cuchillo de acero sideral, hasta las últimas, las más vulgares, envueltas en oscuridad del mismo modo que los guijarros de un río están bañados en limo.

¿Dónde está la luz que, cual linterna de sereno, debería caer sobre los durmientes, los exhaustos, los inconscientes, encerrando en un círculo dorado sus corazones para que por la mañana tengan fuerzas para levantarse y recomenzarlo todo desde el principio? El negro mapa de la noche se despliega entre los horizontes. Ni las cumbres ni las torres son lo bastante duras como para perforarlo. Los pueblos como tiritas en la mejilla de la tierra, los arañazos de las carreteras, el sarpullido de las ciudades una hora después de la medianoche, tres horas antes del alba, nada anuncia la resurrección, nada anuncia la absolución de las culpas, a pesar de que hay más cielo que tierra. Noche, noche, noche, el herrero Kruk narra entre sueños una historia sin fin, larga como la vida de todas las personas, como si quisiera confesarse de todo lo que ha visto, de lo que ha oído, confesarse de todas las cosas buenas, malas e indiferentes, porque seguramente la vida sea una variante del pecado, cosa que uno puede olvidar durante el día, pero la noche no conoce compasión; lo sabe Lewandowski, lo sabe también Gacek, y Edek, y todos, porque, cuando la razón duerme , los actos pasados y futuros se posan sobre el pecho y su peso es indescriptible. Entonces el corazón apenas late, se agarrota, le cuesta impulsar la sangre acoquinada, y ni la mínima gota de luz diluye la materia condensada por el miedo, y no queda más remedio que esperar a que la tempera azul marino del amanecer cubra los cristales. Es lo único que se puede hacer.











Andrezj Stasiuk
Cuentos de Galitzia (2010)
Editorial Acantilado. Quaderns Crema, Barcelona, 126pp
Traducción del polaco de Alfonso Cazenave 







De los trescientos treinta números de Sarajevo marcados al azar, aproximadamente uno de cada quince tiene puesto un contestador automático.



De los trescientos treinta números de Sarajevo marcados al azar, aproximadamente uno de cada quince tiene puesto un contestador automático.

Buenas noches. Mi nombre es Aleksandar Krsmanović. Le llamo porque estoy tratando de averiguar algo sobre una amiga de la infancia que durante la guerra civil huyó de Visegrado a Sarajevo. Su nombre es Asija. He agotado todas las vías: oficinas de empadronamiento, Hacienda, Internet, etcétera. Sin éxito. No le digo su apellido porque lamentablemente no estoy seguro de si es el correcto. Si sabe de alguien con ese nombre le ruego que se ponga en contacto conmigo llamando al cero–cero–cuatro–nueve–uno–siete–cuatro–ocho–cinco–dos–seis–tres–seis–ocho. Asija tiene hoy veinte años y pico y tenía entonces el pelo rubio, un rubio muy claro. Muchas gracias.

Buenas noches, soy Aleksandar. ¿Asija…?¿Estás ahí…? Coge el teléfono por favor… Te echo de menos, sabes, y si cogieras el teléfono quizás pudiera decirte qué es lo que exactamente echo de menos de ti. En diez años se van acumulando cosas. ¿Cómo llevas el pelo?¿Te gusta la carne picada? A mí me encanta. A partir del lunes estaré en Sarajevo. Cero–cero–cuatro–nueve–uno–siete–cuatro–ocho–cinco–dos–seis–tres–seis–ocho.

¿Asija? Hola, soy Aleksandar. El lunes es el mejor día para comenzar algo. Hace casi diez años que nos vimos, o alrededor de quinientos veinte lunes, lo que no parece mucho. Pero pensándolo bien es una buena cantidad de lunes en que se hubiera podido comenzar algo. Me gustaría saber todo lo que has comenzado en tu vida, yo continuaré algunos días donde una vez terminó lo mío. Cero–cero–cuatro–nueve–uno–siete–cuatro–ocho–cinco–dos–seis–tres–seis–ocho.

Disculpe la molestia. Había una vez una chica rubia que atendía al nombre árabe de Asija y un chico de pelo moreno con el nombre de Aleksandar, que de árabe no tiene nada. Existe la posibilidad de una historia de amor: los padres podrían tener creencias religiosas y oponerse a la religión, las convenciones les serían desfavorables en cualquier caso y la guerra acentuaría aún todas las adversidades. Una cosa terrible porque es el corazón el que decide, etcétera. Tengo que decepcionarle. Asija y Aleksandar eran demasiado jóvenes para una historia de amor. No tenían aún sensibilidad para el potencial trágico de su suerte y su posible desgracia. Asiya, ¡la protegida! Aléksandros, ¡el protector! ¡Huy! Los dos se cogían las manos y encendían la luz, en un tiempo en que sólo un loco se hacía el distraído. Cero–cero–cuatro–nueve–uno–siete–cuatro–ocho–cinco–dos–seis–tres–seis–ocho. Éste es mi teléfono, por si quiere saber más detalles. Disculpe las molestias.

Sí, buenas noches. No soy nadie particular. Mi historia no es nada particular. Buenas noches. Llego tarde a todo. Llego tarde a lo particular. Llego tarde a mi biografía. Buenas noches, Bosnia, llama alguna vez: cero–cero–cuatro–nueve–uno–siete–cuatro–ocho–cinco–dos–seis–tres–seis–ocho.

Asija, buscaré tu pelo y tu frente en todas las caras. Sembraré tu nombre como una semilla en todas las conversaciones, esperando que se transforme en flor. Querido contestador automático, ¿conoce usted una flor llamada Asija? Si es así llame al cero–cero–cuatro–nueve–uno–siete–cuatro–ocho–cinco–dos–seis–tres–seis–ocho. Disculpas.

¿Oooiga? ¿Oooiga? ¿Hay alguien? No tengo ni idea de quién es usted, yo soy Aleksandar Krsmanović, estudiante, nieto, refugiado, melenudo, orejudo, un ser en busca de la memoria. En busca de una chica. De una mujer, propiamente dicho. Asija. ¿Conoce usted a Asija? Me encontré una vez a un soldado demente que buscaba una tal Emina. ¿Conoce usted una tal Asija? Busco de forma programática. El programa consiste en la transfiguración de mi propia historia y en listas interminables. Cero–cero–cuatro–nueve–uno–siete–cuatro–ocho–cinco–dos–seis–tres–seis–ocho.




Saša Stanišić
Cómo el soldado repara el gramófono (2008)
Ediciones Alfaguara, Madrid, 327pp
traducción Richard Gross 









En el médico



–Nada. Primero respóndeme sinceramente: ¿eras más feliz ahora que antes?
¡Feliz! Qué palabra más gruesa.
–Bueno, digamos satisfecho, contento, sereno.
–Por supuesto, mucho más sereno ahora.
–¿No decías continuamente que en la familia, en el trabajo, entre la gente, te sentías siempre aislado, apartado?¿Así que ha terminado tu gran alienación?
–Exactamente. Por primera vez, ¿cómo decirlo…? Pues que me siento por fin integrado en la sociedad.
–Caramba. Felicidades. Y de ahí el sentimiento de seguridad ¿verdad?, de conciencia aplacada…
–¿Me tomas el pelo?
–No se me ocurriría. Y dime: ¿haces una vida más moderada que antes?
–No sabría decir. Tal vez sí.
–¿Ves la televisión?
–Bueno, casi todas las noches. Irma y yo no salimos casi nunca.
–¿Te interesa el deporte?
–Te reirías si te digo que estoy empezando a convertirme en un forofo.
–¿Y por cuál te ha dado?
–Por el Inter, naturalmente.
–¿Y de qué partido eres?
–¿Cómo partido?
–Partido político, ¿cuál si no?
Me incorporo, me acerco, le susurro unas palabras al oído. El:
–Cuánto misterio. Como si no lo supiese todo el mundo.
–¿Por qué?¿Te escandalizas?
–Por el amor de Dios. Eres una cosa normal entre los burgueses. ¿Y el coche?¿Te gusta conducir?
–Ahora no me reconocerías. Ya sabes lo pelma que era antes. Pues bien, la semana pasada, cuatro horas diez minutos de Roma a Milán. Cronometrado… Pero ¿se puede saber la razón de todo este interrogatorio?
Trattori se quita las gafas. Con los codos apoyados en el tablero del escritorio, junta los dedos de ambas manos con las palmas abiertas.
–¿Quieres saber lo que te ha sucedido?
Yo lo miro estupefacto. ¿Sin querer Trattori habría detectado los síntomas de una terrible enfermedad?
–¿Lo que me ha sucedido? No comprendo. ¿Me has encontrado algo?
–Algo de lo más sencillo. Estás muerto.
Trattori no es un tipo muy dado a las bromas, sobre todo en la consulta.
–¿Muerto? –balbuceo yo–. ¿Cómo muerto?¿Una enfermedad incurable?
–Pero qué enfermedad. No he dicho que vayas a morir. Sólo he dicho que estás muerto.
–Vaya conversación. Si tú mismo hace un rato me has dicho que soy el retrato de la salud…
–Estás sano. Sanísimo. Pero muerto. Te has amoldado, te has integrado, te has homogeneizado, te has asimilado en cuerpo y alma al entramado social, has encontrado el equilibrio, la tranquilidad, la seguridad. Y eres un cadáver.
–Ah, menos mal. Es todo una traslación, una metáfora. ¡Me estabas asustando de verdad!
–Déjate de traslación. La muerte física es un fenómeno eterno y después de todo absolutamente banal. Pero existe otra muerte, que a veces es aún peor. La cesión de la personalidad, la adaptación mimética, la capitulación frente al entorno, la renuncia a uno mismo… Pero tú mira por ahí. Tú habla con la gente. ¿No te das cuenta de que al menos el sesenta por ciento estamos muertos? Y de año en año el número crece. Apagados, alisados, sometidos. Todos quienes desean las mismas cosas, quienes tienen el mismo discurso, quienes piensan de modo idéntico. Asquerosa cultura de masas.
–Historias. Ahora que ya no tengo las pesadillas de antes, me siento mucho más vivo. Mucho más vivo ahora cuando asisto a un buen partido de fútbol o cuando piso a fondo el acelerador.
–Pobre Enrico. Benditas tus angustias de antaño.





Dino Buzzati
Las noches difíciles (2010)
Editorial Acantilado, Barcelona, 318pp
Traducción del italiano de Atalaire






Villa Borghese


Chssst. Una castaña estalló, y cayó a los pies de un banco. Dos palomas grises caminaban paralelamente diciendo con la cabeza sí, sí, sí. Agujas de pino alfombraban la retícula de senderos, y a trechos aparecían esas ancianas que se encuentran repetidas en todos los jardines públicos del mundo, que limpian mucho el asiento antes de sentarse en él, si se sientan. La soberanía de la luz era responsable de las manchas móviles y del mobiliario de hojarasca y ramas caídas. Un lustroso mastín pasó corriendo, retrocediendo, transportando al sol en un costado, preguntándose: ¿he mordido un olor?

Bruno había peleado toda la noche con su corazón, y al día siguente se encontraba borroso, deleznable. Tenía el aire de estupor de esa gente que se observa en un espejo mientras bebe. Bruno acudía cada tarde al mismo rincón destrozado donde leía a Descartes y comía fruta alternadamente. "El tiempo de mi vida puede dividirse en una infinidad de partes, cada una de las cuales no depende en modo alguno de las demás; y así, de que yo haya existido antes no se infiere necesariamente que deba existir ahora": releyó el párrafo dos veces. En un momento determinado, la fruta se terminó y Descartes continuaba, por lo que Bruno se levantó con gesto hosco, casi ofendido, y se vio que caminaba a grandes pasos hasta el límite del parque y una zona despoblada donde un chopo solitario pierde el tiempo.

¿Qué ocurría cuando alguien moría dejando un libro a medio leer?



Eloy Tizón
Velocidad de los jardines (1992)
Editorial Anagrama, Barcelona, 142pp













Árbol de familia



  Desde entonces he dado muchas vueltas a lo que ocurrió aquella mañana, a lo que vulgarmente llamamos una corazonada o intuición, y siempre me encuentro frente a un camino que se bifurca, como los jardines de Borges. Por un lado estaría la acepción positiva, de amable transitar, la que nos lleva a pensar que es una reacción sorprendente que aspira a un bien inesperado, una acción ilógica que espanta la rutina, se avienta con ello el aire enrarecido de lo cotidiano igual que se ventila un cuarto cerrado. Luego aparecerá el sendero árido, el que dice que no es más que una estupidez hinchada de ínfulas sentimentales, una equivocación que solo podemos acometer en un momento de enajenación.

  He dudado sobre cuál es el tipo de sendero en el que di mis primeros pasos aquella mañana, y sin duda debí optar por volver a casa, no debí coger aquel autobús, a veces es mejor no saber, dejar que los recuerdos ancianos envejezcan y se vayan desafinando como un piano abandonado hasta pudrirse, es mejor no recoser según que retales, sobre todo si tienen ya sesenta años y ya no te afectan para nada, y lo del abuelo era algo así, una reliquia curiosa, un naufragio cubierto por innumerables capas de légamo hasta casi borrarlo y que ahora yo, sin mediar motivo, parecía emperrado en destapar […]



Fernando Clemot
Estancos del Chiado (2008)
Paralelo Sur Ediciones, Barcelona, 198pp 
















Jerónimo G.



  Jerónimo no se conformaba con las respuestas que ya tenía. Había en él el deseo de llegar hasta el final; mediante un pensamiento desordenado, asistemático, iba a ir encontrando un camino de vuelta al origen. Nos entregó unas hojas en las que nos dejaba ver aspectos muy personales; algunas las leí en su nombre a sus compañeros del taller.

Una madre desquiciada como aquella. Un padre ausente como aquel.
El divorcio ayuda a la generación de poetas. Nacidos dos veces,
primero para la casa, después para los caminos. Quizá después para
morir dos veces. Entonces ¿es que he podido ser de otra manera?
Una hoja de metal ¿mejor que una hoja de papel?
¿Quién elige qué?
¿Qué nos ponen en las manos? ¿Quién nos pone qué en las manos?
Veinte y cinco

  Veinticinco eran los años de su condena. En una hoja venía escrito este texto que no leí a los otros reclusos por obvias razones, pero que a mi compañera y a mí nos estremeció:

Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete (una generación),
ocho, nueve, diez, once, doce, trece, catorce (otra generación),
quince (descubrirán una nueva vacuna), dieciséis, diecisiete 
(habrán sustituido los aparatos audiovisuales que conocemos hoy por
otros no mejores), dieciocho (mayoría de edad de mi calvario), diecinueve,
veinte (sin sexo, ¿aguantará mi castidad?, Rim. amó a los varones), 
veintiuno (tercera generación), veintidós, veintitrés (ya no puedo más),
veinticuatro, veinticinco (pero el día antes un político dice que
son pocos años para un peligro social y aprueban la reforma de ley
antiterrorista que me entierre de por vida). Un cuarto de siglo
encerrado. Aquel policía se jubiló y a la vejez, viruelas, se ha
puesto un tatuaje en la huella que yo le hice.



Javier Sáez de Ibarra
Mirar al agua, cuentos plásticos (2009)
Editorial Páginas de Espuma, Madrid, 189pp


















La hermana de Katia



  Era hermosos el color del cielo en invierno, tenía mucho de azul pero a veces de verde. Casi no había turistas en aquella época del año pero tampoco le producía lástima que no los hubiera. Todo tenía sus fechas, sus ciclos, sus simetrías. El mundo estaba bien hecho, por eso al dolor seguía la felicidad y a la felicidad el dolor, lo mismo que el día a la noche, y el calor de la primavera y el verano a este frío de azules y verdes bajo el viaducto, de blancos en los tejados, de silencio. Y si Dios era quien había hecho todo aquello, como decía el poeta John, entonces también era hermosos Dios, como lo eran están árboles sin hojas, como lo era la abuela y Mamá, o el bonito cuerpo de Katia desnudándose todas las noches a su lado esperando cartas de Italia que no terminaban de llegar.
  "Tres, ya llevo tres escritas y no me contesta el muy mamón", decía sin que lo oyera Mamá, pero lo suficientemente alto y claro para que lo oyera, no hacía falta que le dijera nada después, ya había aprendido que lo único que quería Katia era quejarse, un oído era lo que quería Katia, un oído donde dejar aquel "Le va a escribir más su puta madre, yo ya no le contesto hasta que no lo haga él, y cuando lo haga que se prepare para una buena". Y después: "¿Le has dado de comer a Giac?" Porque aquello era otra cosa; unos días la atiborraban a comida y otros la tortuga no hacía más que sacar la cabeza recriminando el olvido generalizado de su vitualla.
  "Si pudiese hablar nos llamaría de todo –decía Mamá–, la tenemos muertita de hambre", y para compensar le echaba un trozo de filete crudo […]



András Barba
La hermana de Katia (2001)
Editorial Anagrama, Barcelona, 177pp


















desde ahora te acompañaré a casa


–Tampoco te esmeras mucho con los deberes, sales corriendo en cuanto acabas de comer. Por cierto, ¿qué haces en el bosque?
–Pasear ya te lo he dicho.
–¿Mirando los árboles y escuchando los pájaros?
–¿Y qué tiene eso de malo?
–¿Estás seguro de que eso es lo único que haces?
–¿Qué iba hacer si no?
–Eso lo sabrás tú mejor que nadie. Y además, no deberías estar siempre solo. Vas a volverte loco.
–¡Entonces deja que me vuelva loco!
–¡No emplees ese tono con tu madre!
–¡Entonces deja que me vuelva loco!
–¡Ten mucho cuidado!
Ella se acercó. El permaneció quieto. La madre le dio una bofetada en la cara. Él ni se movió.
–Si vuelves a pegarme, blasfemaré –dijó él.
–¡No lo harás! –dijo ella y le dio otra bofetada.
–Hostia –dijo él–. Me cago en la hostia. –Lo dijo del modo más tranquilo posible. Luego notó que le salía el llanto, un llanto de rabia, se dio la vuelta y salió disparado. Siguió corriendo cuando se encontró en la calle. No porque tuviera prisa, sino porque la rabia también tenía que ver con sus piernas. Me cago en la hostia, pensó mientras corría.



Kjell Askidsen
Cuentos, edición y prólogo de Fogwill (2010)
Traducción de Kirsti Baggethun y Asunción Lorenzo
Ediciones Lengua de Trapo SL, Madrid, 300pp 



El mundo ya no es lo que era. Ahora, por ejemplo, se vive más tiempo. Yo tengo ochenta y muchos, y es poco. Estoy demasiado sano, aunque no tenga razones para estar tan sano. Pero la vida no quiere desprenderse de mí. El que no tiene nada por qué vivir, tampoco tiene nada por qué morir. Tal vez sea ese el motivo. [...]








La Casa de la Infancia



  Oscuro, oscuro. Mi padre está ahí. No lo veo, pero en la Cedeí oigo sus pasos sombríos y ajenos en la habitación contigua, que recorre incansable de un lado a otro. Yo estoy haciendo los deberes, doncella de Orleans, y tengo un papel escondido debajo del cuaderno en el que deseo escribir palabras, mis palabras, y lo que luego pone es completamente distinto de lo que había pasado por la cabeza hace un momento, no suena ni dice nada, y empiezo a emborronar, orejas de burro en las letras jorobas, panzas gordas, hombrecillos con rabo, y después rayas gruesas y negras, muy juntas, tapar, borrar, todo es negro.
  Estoy sentada al piano practicando escalas, melódicas, en las que es difícil descender, a contracorriente, y de pronto dejo caer la mano izquierda y busco con la derecha una melodía que llevo dentro, una melodía perdida, magnífica, pero no logro encontrarla y empiezo a golpear las teclas con las dos manos, en unos acordes coléricos y broncos, hasta que alguien aparece en la puerta y grita "estás loca" y mis dedos vuelven a separarse y a encontrarse, seis sostenidos, fa sostenido mayor.



Marie Luise Kaschnitz 
La Casa de la Infancia (1956)
Traducción Rosa Pilar Blanco (2009)
Editorial Minúscula, Barcelona, 137pp


















Pena capital


  Esto me lo contó Eustaquio, un tipo bastante extraño:
"Allá en mi lejana adolescencia, yo jugaba al fútbol. Arquero, golero, guardameta, goalkeeper, todo eso. Atajaba que era un lujo. Hasta que un día me tiraron un penal, la pelota me dio en pleno estómago y estuve desmayado como media hora. Cuando volví en mí, lo primero que hallé fue la mirada compungida del asesino (tarde piaste ¿no?) que había ejecutado la pena. A veces los cronistas deportivos la llaman la "pena máxima" o "pena capital", o sea una denominación que para los leguleyos es sinónimo de muerte. La verdad es que a mi me fusilaron.
Aún ahora, 70 años después, cuando veo fútbol por televisión y el juez decreta la "pena máxima" en  el trágico instante en que el homicida acomoda la pelota o la ball o el esférico, y veo al pobre arquero que se persigna con ojos de pánico, cierro los ojos pues si sigo mirando y veo la ejecución, me vuelve el antiguo dolor de estómago y tengo miedo de desmayarme. Porque (y esto que quede bien claro) juegue el equipo que juegue, yo siempre estoy de parte del golero y no del asesino."



Mario Benedetti 
Vivir adrede 
Seix Barral, 2007.