Hojas secas (IV)



Debí matarlo entonces, masculló Gustav. Aquella idea llevaba años torturando al viejo. Con el paso del tiempo y los acontecimientos, había tenido la ocasión de pensar tantas veces en aquella opción, que la memoria de esos días era un violento remolino que engullía cualquier otro recuerdo. El nodo principal del vórtice que atrapaba su vida era Gebhard. Imaginaba cómo, de haberle pegado un tiro en la primavera que se presentó en su granja, podría haber alterado la historia de sus vidas. Lo veía a menudo, ascendiendo por el camino, con su paso firme y el mentón alto. Sonriente. Sabiéndose vencedor. No venía trajeado con el uniforme, pero su talante era el mismo: prepotente y beligerante. Se había desprendido de la chaqueta y la llevaba doblada sobre el brazo. Era un día sofocante, más propio de verano que de primavera. Le saludó desde lejos a medida que avanzaba entre el florido prado, donde las vacas, ajenas, pacían, en su mayoría, bajo el roble, resguardándose de la canícula; otras pocas chapaleaban en la ciénaga. Mientras, Gustav lo observó subir por el pastizal, extrañado por su visita. Se sabía que en las últimas semanas había frecuentado a otros granjeros del municipio. Se decía que le habían "vendido", cedido, parte de sus tierras. Era un secreto a voces en la comarca. Todos sabían de sus extorsiones, y en que se sustentaban. Quizás por ello, Gustav nunca creyó que tendría que lidiar con él y sus trapicheos. En la noche, junto al fuego, proyectó sobre las brasas, lo fácil que hubiese sido en aquel momento pegarle un tiro desde el granero aquel día. Pero son los actos los que hacen de los hombres y los tiempos aquellos que son. Él no ejecutó aquel disparo, ni pensó ello, y Gebhard prosiguió su ascensión por su propiedad.

Al fin y al cabo, él y su mujer estaban limpios. Sus partidas de nacimiento daban buena cuenta de ello. Eran los documentos que evidenciaban su pureza, los mismos, que en otros casos, constituían una condena. Eran los registros de las iglesias, los que concedían los atropellos de aquella doctrina radicalmente asesina, que galopaba caprichosa y desbocada por aquellas tierras. Una suerte de justicia divina. Gustav así lo interpretó en un principio. Cuando las víctimas eran otros era fácil convocar a los caminos misteriosos de Dios o a los pecados de los sacrificados. Hasta el padre Dinter de la parroquia hablaba de ello en sus alocuciones de los domingos. Había creído en aquello, no sólo a ciegas, sino también con los ojos abiertos. La razón reforzó su creencia, hasta que fue víctima. A partir de entonces, dudó de la justicia y el castigo divino. Fue el tiempo que supuso la muerte de Dios. ¿Por qué el sufrimiento del inocente? Si Dios no tenía nada que ver con su desgracia, y toda ella era obra de la libertad y autonomía del hombre, Dios tampoco debía contar para lo bueno. A un Dios desentendido con su creación, no había manera de preguntarle nada. No cuenta para nada. Muere, como lo hizo para Gustav. No importaba cuanto el sacerdote insistiese en una justicia final universal, Gustav quería la justicia aquí y ahora. Había agotado su paciencia, ese vivir cristiano desde el futuro hacia el presente, esperanzado por una lógica apocalíptica. Deseaba vivir un presente de justicia terrenal y humana que, sin embargo, tampoco llegó. La muerte de Dios fue seguida de la muerte del hombre. De cualquier creencia. Un salto al vacío. Vacío, que el tiempo colmó de pesadumbre.  

Gerhard le dedicó un "buenos días" en cuanto llegó a su altura. Gustav, replicó secamente plantado frente a la puerta. No era bienvenido. Ni allí ni en ningún sitio, los que le abrían su puerta, lo hacían por el respeto y el miedo que su figura infundía, sumisión acentuada desde que era miembro del partido. ¿Puedo ayudarte en algo?, preguntó el granjero. Exhalando, Gerhard se limitó a soltar una risita mefistofélica meneando la cabeza y mirando al suelo.
–Gustav, Gustav, hace años que nos conocemos, ¿no? –se sostenía con las manos en las rodillas– Toda una vida, me atrevería a decir, así que no vale la pena que disimulemos entre nosotros, ¿no? Supongo que habrás…
–Sí. He oído hablar de tus "negocios" con otros granjeros.
-Perfecto –se irguió clavando sus pupilas en las de su interlocutor–. Así ya sabes a que he venido.
–¿Qué es precisamente lo que quieres?
–Poca cosa, Gustav, poca cosa. Parte de esos pastos de allí abajo, los que rodean la ciénaga. Tengo nuevo ganado, ¿sabes?
–Eso he oído. ¿Y a qué precio?
–¿Precio? Vaya, Gustav, me decepcionas. No sabía que cobijabas dentro de ti ese materialismo tan judío. ¿Quizás deba revisar tu partida de nacimiento y la de los tuyos?
–No te molestes, somos puros. Pero supongo, qué eso ya lo sabes. No pienso regalarte mis tierras. No tienes nada. Nada que puedas usar contra mi.
–¿Nada? Gustav, Gustav, todo hombre tiene algo que teme perder. Ser puro no es suficiente en los tiempos que corren, uno debe ser también un buen ciudadano. Raza y pueblo, Gustav, raza y pueblo. Estas son nuestras dos realidades con dos exigencias básicas: el interés común y el sentido del sacrificio. Así pues, ¿eres un buen ciudadano, Gustav?
–¿Qué dudas tienes de ello?
–Tu hijo, Gustav. ¿Cuántos años tiene?
–Sabes perfectamente cuantos años tiene…
–Lo sé, claro que lo sé. El destino de nuestro pueblo debería importarte Gustav. Es más importante que cualquiera de nosotros. Merece nuestro sacrificio.
–Y me importa, Gerhard. ¿Qué te hace pensar lo contrario?
–Te lo he dicho: tu hijo. No lo he visto por las oficinas de reclutamiento…
–Es joven.
–¿Joven? Debería haberse presentado a las oficinas hace meses. ¿Eres consciente de ello?
Gustav guardo silencio un rato. Había conseguido aguantarle la mirada hasta ese momento, en el cual los ojos cayeron. Gerhard sonrió, reconocía aquella expresión del rostro, la había visto tantas veces, y en tantas personas, era la marca que no engaña: el sello de los vencidos.
–Creo que es hora de que te vayas –sentenció Gustav con el sinsabor de saberse perdedor.



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