desde ahora te acompañaré a casa


–Tampoco te esmeras mucho con los deberes, sales corriendo en cuanto acabas de comer. Por cierto, ¿qué haces en el bosque?
–Pasear ya te lo he dicho.
–¿Mirando los árboles y escuchando los pájaros?
–¿Y qué tiene eso de malo?
–¿Estás seguro de que eso es lo único que haces?
–¿Qué iba hacer si no?
–Eso lo sabrás tú mejor que nadie. Y además, no deberías estar siempre solo. Vas a volverte loco.
–¡Entonces deja que me vuelva loco!
–¡No emplees ese tono con tu madre!
–¡Entonces deja que me vuelva loco!
–¡Ten mucho cuidado!
Ella se acercó. El permaneció quieto. La madre le dio una bofetada en la cara. Él ni se movió.
–Si vuelves a pegarme, blasfemaré –dijó él.
–¡No lo harás! –dijo ella y le dio otra bofetada.
–Hostia –dijo él–. Me cago en la hostia. –Lo dijo del modo más tranquilo posible. Luego notó que le salía el llanto, un llanto de rabia, se dio la vuelta y salió disparado. Siguió corriendo cuando se encontró en la calle. No porque tuviera prisa, sino porque la rabia también tenía que ver con sus piernas. Me cago en la hostia, pensó mientras corría.



Kjell Askidsen
Cuentos, edición y prólogo de Fogwill (2010)
Traducción de Kirsti Baggethun y Asunción Lorenzo
Ediciones Lengua de Trapo SL, Madrid, 300pp 



El mundo ya no es lo que era. Ahora, por ejemplo, se vive más tiempo. Yo tengo ochenta y muchos, y es poco. Estoy demasiado sano, aunque no tenga razones para estar tan sano. Pero la vida no quiere desprenderse de mí. El que no tiene nada por qué vivir, tampoco tiene nada por qué morir. Tal vez sea ese el motivo. [...]








La Casa de la Infancia



  Oscuro, oscuro. Mi padre está ahí. No lo veo, pero en la Cedeí oigo sus pasos sombríos y ajenos en la habitación contigua, que recorre incansable de un lado a otro. Yo estoy haciendo los deberes, doncella de Orleans, y tengo un papel escondido debajo del cuaderno en el que deseo escribir palabras, mis palabras, y lo que luego pone es completamente distinto de lo que había pasado por la cabeza hace un momento, no suena ni dice nada, y empiezo a emborronar, orejas de burro en las letras jorobas, panzas gordas, hombrecillos con rabo, y después rayas gruesas y negras, muy juntas, tapar, borrar, todo es negro.
  Estoy sentada al piano practicando escalas, melódicas, en las que es difícil descender, a contracorriente, y de pronto dejo caer la mano izquierda y busco con la derecha una melodía que llevo dentro, una melodía perdida, magnífica, pero no logro encontrarla y empiezo a golpear las teclas con las dos manos, en unos acordes coléricos y broncos, hasta que alguien aparece en la puerta y grita "estás loca" y mis dedos vuelven a separarse y a encontrarse, seis sostenidos, fa sostenido mayor.



Marie Luise Kaschnitz 
La Casa de la Infancia (1956)
Traducción Rosa Pilar Blanco (2009)
Editorial Minúscula, Barcelona, 137pp


















diarios islandeses (vii)




Me mira condescendientemente y finalmente dice: "Prefería tu primera respuesta. Me gusta. Lo otro creo que me decepcionaría. No quiero experimentar una ilusión para luego despertar y darme cuenta una vez más, que me acosté en un lecho de mentiras."

El silencio entra de puntillas y se sienta entre nosotros. Me recodo en él. No se como replicar a su último comentario. Ahueca el cojín y se gira sobre si misma, dándome la espalda, con la intención de dormir. Permanezco callado, pensando en su última frase. La miro. No se mueve. Ya no se oye nada, salvo el tenue engranaje mecánico de un reloj proveniente del comedor.


Ahora duerme aquí, a mi lado, pero pocas horas antes no era más que una figura casi etérea. La silueta de una chica sentada de cara al mar. Tiene el pelo largo y claro que se recoge en una coleta desordenada pero en la cual se concentra una gran belleza. Frente a ella, el reflejo oscilante de las luces de la ciudad, en una parcela de mar encarcelado. De fondo, las voces distantes de unos transeúntes que van vaciando las calles. Cautivado por la imagen me siento junto a ella. Sin mediar palabra, me acaricia los ojos, y me niega la vista. Me estrecha contra ella y me habla con su lengua. Me ama, me anestesia y me lleva dentro de ella a su casa. Ascendemos un escalón tras otro. Cientos de escalones, y al final llegamos a la azotea. Pasamos la noche entre sus sábanas, sus piernas, bajo mi cuerpo. Luego la pregunta, "¿por qué te has acercado a mí?" Y al rato el mutismo en el que sigo envuelto. Tic-tac, tic-tac, el ritmo del reloj es invariable.

Me acerco un poco más a ella, hasta percibir el calor que desprende su cuerpo. Miro detalladamente la mano que descansa sobre la almohada. Una mano poco femenina, de uñas poco cuidadas, algunas de ellas sucias. Los dedos manchados, como si hubiese estado pintando. Todo y así, desearía que esa mano se posase sobre mí. Pero eso no sucede, y el insomnio se vuelve insufrible. Decido levantarme con cuidado del colchón. Me apetece fumarme un cigarrillo. Busco entre los bolsillos de mi pantalón el paquete de tabaco y salgo cautelosamente de la habitación.

El apartamento no es más que un antiguo palomar reconvertido. En el suelo del comedor y alguna de sus paredes están representadas algunas figuras antropomórficas. Siluetas humanas dibujadas, en lo que parecen diferentes colores que no llego a distinguir correctamente por la falta de luz. Me dirijo a la cocina, allí encontraré algo con lo cual poder encender el cigarrillo. Aquí están. En el primer cajón, junto a los fogones, una cajetilla de cerillas. El raspado previo, el chispazo, y el consiguiente chisporroteo de la llama, acompañado del olor del fósforo consumiéndose que satura el ambiente. Aspiro fuerte, para apropiarme de aquel instante. Tengo enfrente, sobre la cocina, el reloj de pared regulando el paso del tiempo. Lo miro detenidamente. A medida que el tabaco se va consumiendo el segundero va avanzando.

Aquella tarde había quedado con mi ex-mujer en una plaza. Cuando llegué al punto de encuentro, ella ya estaba allí, consumida, más flaca que de costumbre. Estuvimos un rato hablando, de pie en la calle, hasta que el frío nos caló, y al final decidimos refugiarnos en una cafetería. Para seguir allí hablando de asuntos que no tenían nada que ver ni con ella, ni conmigo. Me preocupó su delgadez, la última vez que la había visto así fue cuando estuvo enferma y tuvo que guardar cama un par de semanas. Entonces vivíamos juntos y pude cuidar de ella. Temo que vuelva a descuidar sus comidas, y a recluirse en casa. Puedo oír a sus compañeros recriminándome, hablando de mí como si yo fuese el responsable de su deteriorada salud. Me sentó mal el encuentro con ella, y al despedirnos me dirigí a un bar. Necesitaba beber algo, y sobre todo ver gente. Voy pensando en nuestro encuentro y los hechos que le siguieron, hasta que las cenizas del cigarro caen sobre mi pie desnudo y me devuelven al presente. Ya no se oye nada, el silencio que precede al despertar de la ciudad.  Las primeras luces del día entran por la ventana y se escucha el graznido cínico de alguna gaviota.

En la habitación la cama está vacía, y en la pared, junto al lecho aparece dibujada en unos sencillos trazos la silueta de una chica sentada de espaldas. La puerta del lavabo se abre y entre el claro oscuro de la habitación aparece la delgada silueta de una mujer desnuda.  




Anuncios clasificados


Ratón recién divorciado y algo deprimido, posición económica aceptable, hijos viviendo lejos, tranquilo, hogareño, ojos melancólicos, amante de las novelas de Isabel Allende, busca gato de ojos claros y pelambre oscura. Para pasear con él, conocer la ciudad o experimentar situaciones intensas y vivir hasta el límite.

Gatos vegetarianos abstenerse.

Juan Carlos Méndez Guédez, extraído de la revista cultural Aurora Boreal.




Pena capital


  Esto me lo contó Eustaquio, un tipo bastante extraño:
"Allá en mi lejana adolescencia, yo jugaba al fútbol. Arquero, golero, guardameta, goalkeeper, todo eso. Atajaba que era un lujo. Hasta que un día me tiraron un penal, la pelota me dio en pleno estómago y estuve desmayado como media hora. Cuando volví en mí, lo primero que hallé fue la mirada compungida del asesino (tarde piaste ¿no?) que había ejecutado la pena. A veces los cronistas deportivos la llaman la "pena máxima" o "pena capital", o sea una denominación que para los leguleyos es sinónimo de muerte. La verdad es que a mi me fusilaron.
Aún ahora, 70 años después, cuando veo fútbol por televisión y el juez decreta la "pena máxima" en  el trágico instante en que el homicida acomoda la pelota o la ball o el esférico, y veo al pobre arquero que se persigna con ojos de pánico, cierro los ojos pues si sigo mirando y veo la ejecución, me vuelve el antiguo dolor de estómago y tengo miedo de desmayarme. Porque (y esto que quede bien claro) juegue el equipo que juegue, yo siempre estoy de parte del golero y no del asesino."



Mario Benedetti 
Vivir adrede 
Seix Barral, 2007.



































Diarios islandeses (vi)


El ir y venir del mar va borrando el trazado de huellas que recorre la playa. Eso desconcierta a la niña que jugaba a seguir su rastro desde las dunas. Sus ojos confusos observan como la arena se escapa de las pisadas para seguir a las olas. Se pregunta quién ha dejado aquel rastro. Y es más, dónde iban, y dónde van ahora las pisadas. ¿Es posible caminar bajo el mar?

–Son del Pueblo Oculto– le dice un hombre sentado desde una duna–. Les gusta pasear por la playa temprano. Cuando está vacía y nadie puede verlos. 
– ¿Nadie?
–Nadie, que no madrugue mucho, mucho, mucho. 
–¿Cómo de mucho?
–Tanto como un ruiseñor. ¿Los has visto nunca?– la niña niega con la cabeza–. Son pajaritos delicados, que dedican sus mejores cantos al lucero del alba.
–¿El lucero del alba?
–El lucero del alba, es la última de las estrellas en retirarse. Aguarda siempre al sol hasta desaparecer por allí. Por el oeste.

Le diagnosticaron Alzheimer hace ocho años. Sus recuerdos han sido horadados gradualmente con el tiempo. Ha aprendido ha convivir con el olvido, que habita su memoria. Se negó a pensar en la opción de la demencia ante las primeras evidencias. Su abuelo lo padeció, y recordaba como el olvido lo consumió, devorándolo todo a su alrededor. No otorgó importancia a los episodios de pérdida de atención en las reuniones familiares o las dificultades en la planificación del trabajo, pero aquel día, la ciudad se transfiguró. Las calles se remodelaban ante sus ojos. Los edificios danzaban a su alrededor configurando a cada instante un paisaje nuevo y mudado. Todo le resultaba familiar, pero no estaba es su sitio. El barrio entero se había desordenado. Horas más tarde tomó consciencia que se había perdido volviendo de aparcar el coche a dos manzanas de su casa, y decidió acudir al médico.  

–…son silenciosos y esquivos. A los miembros del Pueblo Oculto, les gusta pasar desapercibidos. Habitan entre nosotros, pero no son muy habladores. Les cuesta comunicarse. En eso se parecen a nosotros. Al que seguías, lo he visto hace unas horas, cuando todavía no había salido el sol caminar aguas adentro. Seguramente para encontrarse con alguna sirena. 
–¡Las sirenas no existen!
–Vaya si existen. ¿Quién te ha dicho que no?
–Un niño del cole, dice que son mentira. Historias para niños pequeños.
–Pues yo puedo asegurarte que existen. Es más, hasta conozco a una de ellas, a la…, ¿cómo se dice?…, ¡"dita" sea! Lo siento, no encuentro la palabra. A veces se me escapan.
–¿Se le escapan las palabras? A mi abuela se las come el gato. ¿Las tuyas salen corriendo?
–Más bien se esconden profundamente. Juegan al escondite conmigo. Y me cuesta mucho encontrarlas. Cada vez más.

Lidió durante meses con los botones de la camisa. Mientras los axones de sus neuronas se retorcían y anudaban, sus memorias se desfiguraban, y la vida cotidiana se transfiguraba constantemente. Las puertas del pasillo le desafiaban. Las habitaciones se trasladaban de un lado a otro, y los muebles salían a su encuentro continuamente. Nada estaba donde debía estar, y todo empezó a diluirse, a perder sus funciones, sus nombres, sus formas. Simplemente dejaron de existir, eran ilusiones esporádicas que se recreaban en sus cada vez más infrecuentes apariciones. El presente fue borrado de un brochazo. Se hizo incontenible.  

–¿Señor? ¡Señor! ¿Me escucha?

El hombre vuelve a estar junto al mar. Una tarde bochornosa de verano mediterráneo en una cala pequeña y vacía, a la que el viento, casi inexistente, conduce el canto de las chicharras desde la pineda. Se relame los labios salados, y se ríe con las olas que intentan una y otra vez acariciar sus pies. Alguien grita su nombre desde el otro lado de la playa. La figura se presenta borrosa, es un recuerdo carcomido, pero la voz es inconfundible. Es la de su abuelo que le saluda con el bastón en alto. Detrás suyo aparece su hermana pequeña, y un poco más atrás, con dificultad para seguir los pasos de la niña, su abuela con las manos y el bolsillo del delantal cargado de piñas que su nieta le ha ido pasando. Les expresa su más amplia y feliz sonrisa, y les devuelve el saludo con la mano. Se decide, un último baño antes de volver. Deja que las olas alcancen sus pies que antes les negaba, cierra los ojos, y se sumerge en el agua. Silencio.  

–Perdone usted si la niña le ha molestado. Vamos Inés, deja a este señor descansar en paz– la mujer estira de la muñeca de la niña y se la lleva hacia la playa. 

El hombre sigue callado. Ve alejarse a la niña y no la recuerda. Pero sigue viendo a sus abuelos y a su hermana aguardándole sobre las rocas de la playa. Es hora de volver a casa se dice.




Escapada (Laponia)



La mirada de un perro, es el mejor espejo donde puedes comprobar la grandeza de tu alma.





Diarios islandeses (v)



En su cuarto a veces entra el sol y a veces la noche. Goza de días buenos y días malos. Su cuarto, es eso: un cuarto; ni mucho ni poco. Una medida, una unidad previamente estipulada. Ella se apaña con eso, con treinta minutos de espacio que alquila, que vende, que empeña, que dispone siempre al mejor postor. Ella trafica con todo. No es mala ni buena; ella solo se apaña con lo que tiene. 
Permanece sentada en un rincón. Mirando atrás, y adelante, pensando en dejarte… en vetarte la entrada a su cuarto. Colgar en la puerta de entrada: “reservado el derecho de admisión”. Se considera así misma una persona complicada a las que se puede intentar amar, pero que definitivamente es mejor solo acostarse con ellas. Sigue sentada, meditando en silencio queriendo decir algo. Formulas una pregunta, levanta la vista y luego la amaga entre las rodillas. 
Un minuto, y sigue sin decir nada.
Dos minutos: te respondes tu mismo. Siente, por un momento, que en su propio cuarto está de más, que sobra en las piezas que componen la escenografía de aquella relación. Curiosa ironía, piensa, estar de más por haber dicho de menos, cuando la gente suele llamarla bocazas (entre otras cosas).
Tres minutos, el tiempo se ha agotado. Es el momento de irse. Antes de marcharte deja una nota en tu mejilla. Un beso escrito con papel de fumar. De un humo que se filtra por debajo de tu boca. Cierras la puerta al salir de la habitación, quieres pensar que su adiós no era más que humo, pero sabes que no es así, que va a ser difícil desprenderse del mismo. 
Mira el reloj suspendido junto a la ventana, el que gestiona la intensidad de las sensaciones que se suceden en su cuarto. Le sobran unos minutos de soledad y se maldice por ello. Odia estos momentos, debo controlar mejor los tiempos, se dice.
En su cuarto, treinta minutos dan para mucho.