Mi lengua arrastra un filo
desafilado que desgarra
así el dolor grabado del lenguaje es mayor
su mensaje desenfocado
desearía inventar palabras
mi abuelo una vez me dijo: inventamos las palabras para diferenciarnos de los animales úsalas con propiedad respétalas
Con ellas nombramos lo inexplicable
configuramos a Dios
en jeroglíficos y cuñas
pero ni Dios ni las palabras
consiguieron dar nombre a las emociones
que yacen en nuestros vientres
a las que, como hojas de otoño,
penden de las sábanas al pie de la cama
así que tuvimos que seguir inventando
de la talla de piedras
al fundido de metales
capturando los principios físicos
domando los átomos
jugando bajo arcos geométricos
con poleas y palancas
en ecuaciones imposibles
con nuevos materiales
nuevas experiencias:
la gravitación
los fluidos turbulentos
y el vacío,
siempre,
al final
siempre el vacío
el silencio que reposa en nuestros vientres
una vez agitadas las sábanas,
queda solo un lenguaje desnudo
que debe reinventarse.
Somos hoy como dos animales
Te escribo porque no quiero perderte en unas memorias que se reescriben continuamente hasta perder su esencia. No quiero ser prisionero de un pasado ficticio, ni mejor ni peor, quiero leerte algún día con el amor que siento estos días por ti. Con tus contradicciones y tu rabia, con tu odio y tus frustraciones. Aunque duelan, porque lo hacen, son punzadas irritantes, prefiero mantener vivo en el día de mañana esta visión que cualquier otra. Es precisamente el pasado, uno demasiado presente, una de las principales causas que nublan tu día a día. Posiblemente, sea también la otra cara de la moneda; la intensidad con la que puedes exprimir la vida cuando la música, el arte o el placer simple y sincero de vivir vela el lastre de antaño. Fueron, son, esos instantes los que me cautivaron. Deseaba ser capaz de dejarme llevar por ellos como tu lo hacías, sin pensar en nada más, dejar atrás el lastre analítico que me conforma. Te seguía e imitaba para aprender de aquel hacer humilde y alegre. No sabía entonces que tras aquellos momentos se proyectaba una extensa sombra, un manto del cual incluso llevando años tirando de él no hemos conseguido ver su fondo. Es una red interminable que recogemos y volcamos sobre el suelo, ahora reducido por el enorme sofá, de la única estancia de la casa. Van apareciendo las presas, quizás las verdaderas presas seamos nosotros, una pequeña barca indefensa lastrada por un inconmensurable pasado que habita un lugar inalcanzable.
Cuando recogemos las redes aparece tu padre, tu madre, las discusiones en casas, las fiestas con los invitados, el ruido, los viajes en coche desde las montañas yugoslavas de Bosnia hasta la costa croata, el abuelo zapatero, siempre sucio y que no podía pagaros la comida ni a ti ni a tu hermano cuando vuestros padres os dejaban con ellos en verano, tu hermano pidiendo dinero entre los turistas para que tu pudieras comparte un bollo, tus ojitos colgando de la ventana del restaurante soñando con las pizzas que allí se horneaban, el refresco de Miranda que bebían en pajitas los otros niños, los turistas, millonarios en tu imaginación desperdiciando un Coca-Cola en la arena, los hoyos que cavaba la abuela en el jardín para que hicierais vuestras necesidades, los viajes a los mercadillos en el viejo Zastava 750 amarillo del abuelo atiborrado de zapatos para vender, el otro abuelo que se compró un antiguo vagón de tren y lo plantó en una playa de Montenegro donde retirarse con tu abuela porque la brisa y la tierra de allí le sentaba mejor a ella, los veranos en Montenegro, sus playas rocosas y salvajes, el oleaje que te vapuleó y te sacó del mar pero que engulló a la otra niña, la muerte prematura, "no dejes nunca que tu vida dependa de un hombre", te dijo tu abuela con solo once años y nunca lo has olvidado, los tabúes de casa, la mano de tu padre tapándote los ojos cuando alguien se besaba en la televisión, sus gritos por las malas notas del colegio, la rigidez con las tareas académicas, las collejas, los castigos, sus gritos aún mal altos el día que alguien dijo que te habían visto jugar con un niño, las niñas no podían hacer eso, la gente empezaría a hablar, los gritos entre tus padres a través de las paredes, el divorcio, el abandono de tu padre, la madrastra, un personaje sombrío, pérfido, objetos de maleficio y brujería gitana bajo la almohada de tu madre, las sombras de un divorcio nunca entendido, sigue siendo hoy, incluso después de los años que llevas arriando la red de los recuerdos, un misterio con versiones opuestas, un rompecabezas al que le faltan muchas piezas, el hambre de la nevera vacía, la espera de una pensión por parte del padre que nunca llegaba, los estantes de la nevera vaciándose, que tu hermano pequeño consiga alguna moneda para tus bollos ya no era solución para saciar el hueco de tus tripas, entonces la guerra, las noticias desde otros puntos del país, los vecinos, tu madre, todos convencidos de que aquello no llegaría hasta allí, que aquello no podía pasar, que bosnios y serbios siempre habían convivido en aquella ciudad, la ciudad de la sal: Tuzla, pero que sucedió, que un día los serbios, los vecinos, señalaron a los bosnios, acarrear un nombre musulmán de repente constituía un peligro, la circuncisión de tu hermano una evidencia del delito, el delito de ser el otro, el opuesto, el innecesario, el forzado a huir para salvar la vida, el que deja atrás su hogar, cierra la puerta de casa y se lleva consigo sólo la llave, el que divide a la familia para salvarse, el hermano pequeño con unos familiares a Suiza, tu con tu madre, las dos escondidas en un camión a través de las curvas de los Balcanes, bajo una lona de plástico fría, curva a curva, horas y horas hasta aparecer en Croacia, en un lugar desconocido, sin dinero, sin comida, desojados de lo poco que tenías, el deambular pidiendo una ayuda que no llegó por parte de los conocidos, que dejaron de serlo, una Croacia donde el acento bosnio ha dejado de ser bien recibido, hasta llegar a Suecia, allí os envió vuestra madre desesperada, a su campo de refugiados, tu y tu hermano, la alegría adolescente de no entender del todo lo que pasaba, creer que era un situación temporal, un verano, que después Yugoslavia segura existiendo, que el hogar volvería a ser el mismo, viaje de ida y vuelta que nunca regresó, y hacer amigos de otros lugares del mundo en el mismo campo, el pelo crespo de un niño africano, el exotismo de la piel negra, las horas jugando a billar mientras se tramitaban los papeles de asilo, el verse convertido a un número, "niña 2246 del individuo 2035" se lee en el dorso de la foto carnet del campo, tu nombre de flor ha sido encriptado en un código: el 2246, al que los que te acogen te explican como funciona un lavabo, como tirar de la cadena, el concepto de bárbaro, de primitivo, la arrogancia del nórdico, la visión única de hacer las cosas, la lavadora también tiene sus fórmulas, como si nada de eso existiese más allá de las nuevas fronteras, hay que seguir sus instrucciones a rajatabla, hacer las cosas de otra forma es simplemente erróneo, no es posible, como tampoco lo es convivir con tu padre y la madrastra en Suecia, una pesadilla, de vuelta a los insultos, las prohibiciones, están por todas lados, no hagas esto no hagas aquello, no hablar en bosnio en la calle para no avergonzar a tu padre, sus complejos de inmigrante, la negación de su identidad, pretender ser lo que no se es, pretender que los hijos sean lo que no son, aunque sea mediante el castigo, que se te meta en esta cabecita tonta y alocada que aquí los niños no se comportan así, no hables alto, no te muevas tanto, anúlate, pierde tu identidad, si es que esta existe, el verano se acabó y tus pies seguían en Suecia, Yugoslavia seguía rompiéndose, de tu madre apenas recibías noticias, no sabías donde estaba, a veces en Suiza a veces en Tuzla, salvaguardando su propiedad, ¿por qué no vienes aquí mamá?, empiezas el colegio sin entender nada, ni lo que haces allí, ni la lengua que allí se habla, las miradas de los nuevos compañeros son intrigantes, intimidan, el lenguaje se vuelve vergonzoso, se siente ridículo, las risitas por los nuevos, ese grupo heterogéneo en el que estás incluida, la vergüenza, otra vez más, esta vez por no entender lo que el maestro te pregunta, no tener lengua para responder, todas tus viejas palabras aquí no valen nada, carecen de significado, el viejo mundo es eso: viejo, ya no existe, los otros niños ríen, la crueldad, la falta de empatía no es única de los adultos, pasa un año, y otro, tu madre sigue fuera, abriendo y cerrando la puerta del piso de Tuzla para asegurarse que nadie lo ocupa, las fronteras de los países europeos también se han cerrado, te tocó pedir los papeles de asilo que permitan a tu madre reunirte contigo, tu padre no movería un pelo, no le importa, tampoco vosotros parecéis importarle mucho, os trata más bien como un estorbo, la madrastra es aún peor, os ignora como si no existieseis, caminas por tu nueva ciudad sueca con tu hermano de nueve años cogido de la mano, tu lo eres todo para él, eres niña y madre, lo aprendes pronto, solo tu puedes hacer que acepten a tu madre y ésta pueda venir junto a vosotros, ¿cuándo vas a venir mamá?, por fin llega un día tu madre, puedes dejar a tu padre y volver a estar los tres juntos en el nuevo país, en el otro, en el país roto se dibujan nuevas fronteras, la guerra se va apaciguando, los horrores brotando, tu madre sigue preocupada por su, vuestra, propiedad, vuelve a Tuzla a comprobar que el piso sigue allí, que la cerradura es la misma, que la llave, tesoro que cabe en un bolsillo, sigue abriendo la puerta, que existe ese lugar en medio de todo ese terror, el lugar que era antes, aunque nada de todo lo otro sea igual, el marido ya no está, la familia tampoco, los vecinos han cambiado, unos temerosos de los otros, del día a la mañana, cada uno tiene una identidad diferente, ni el idioma que hablan ya es el mismo sin haber cambiado, unos dicen hablar serbio, los otros croata, los otros bosnio, los otros montenegrino, los unos son ortodoxos, los otros musulmanes, los otros católicos, del ateísmo comunista de Tito no queda nada, en tu nuevo país descubres que el árbol de Navidad celebra el nacimiento de Jesús, allí, en Yugoslavia se adornaba para recibir al Año Nuevo, era el Estado quien regalaba al acabar el año un pequeño detalle a los niños, la Navidad nunca ha significado nada, tampoco el Ramadán, ni las oraciones, del Corán nunca habías oído hablar, y sin embargo ahora tu tía insiste en que una nueva vida religiosa es necesaria, de repente sois musulmanes, y tu sin saberlo, las chicas deben comportarse como tal, la hermana de tu madre que bebía, fumaba y se había divorciado y disfrutado de los bailes y los locales nocturnos de Sarajevo, exigía ahora en su nuevo país cubrirse la cabeza, descubrió su identidad en el exilio, nada de eso te interesa, no entiendes que las cosas tengan que cambiar, todo cambia a tu alrededor pero tu no quieres hacerlo, no a merced de lo externo, quieres vestir botas militares de chico y llevar faldas cortas, medias de colores, como Pipi Calzaslargas, tu nueva heroina, que por cierto es sueca, aprendes la nueva lengua, te haces con nuevas palabras y sigues adelante sin que nadie te diga como hacerlo, cometes muchos errores, todos los cometemos incluso teniendo maestros, vivir es equivocarse, lo otro sería ser una mera pieza en el engranaje de la vida, ser parte de un mecanismo, sin individualidad, si algo tienes es individualidad, esa es tu identidad, encajar ya no te importa.
El cielo se volcaba delicadamente sobre el suelo en un movimiento lento y fluido. El mundo había quedado reducido a un torbellino de cenizas blancas que borraba el horizonte. Todo parecía estar suspendido en la nada. Tu estabas a mi lado pero el espacio entre nosotros parecía cada vez mayor. Más espeso y etéreo al mismo tiempo. Simplemente se difuminaba lo que había entre nosotros. Eramos pura ventisca arrastrándonos el uno al otro. Subiendo y bajando, arrojándonos de un lado para otro, de aquí para allá, contra un paisaje que desaparecía en cada uno de nuestros arrebatos.
Cuando la tormenta arrió estaba sólo. Caminé por un campo de nieve sembrado con cabezas de caballo. Sus lenguas congeladas colgaban pintorescas de unas bocas grandes y grotescas. Era un espacio virgen y estéril. Muerto. Allí donde la razón y la palabra son imposibles. Ese punto en el cual se desata la tragedia. Al cerrar los ojos no reconocía a quien veía. ¿Eras tu? Temo que fuese otra persona. Me aterra pensar que he olvidado tus facciones.
El desenlace de la tragedia carece de toda importancia. No se sobrevive a ella, lo que resulta es algo completamente nuevo, distinto a lo que había precedido.
La memoria se puebla de mentiras y el pretérito se vuelve inalcanzable, un mar de ventanas tapiadas.
Pienso a menudo, caminando todavía entre esas cabezas congeladas, en el camino, el sendero que nos llevó ha despojarnos del lenguaje y la conciencia. Sin ellos estamos ahora incapacitados para todo, cayendo corriente abajo arrastrados por unas fuerzas que desconocemos y no controlamos. Entramos, jugando como quien no quiere la cosa, en el espacio de la incertidumbre. Nos dejamos llevar, y ahora, aquí, en este páramo helado y vacío intento volver la vista buscando un paisaje familiar. Sólo veo cabezas equinas de rostros esperpénticos y lengua frías. La palabra también es imposible para ellas. Aquí estamos todos mudos. Un pajarito de las estepas, posado sobre mi labio, se ha llenado el buche con todo mi lenguaje. Despojado de palabras he quedado presos de mis sentimientos.
Mi hermana pequeña lloraba igual la primera vez que la vi sobre el regazo de mi madre. Ven acércate, dile hola a tu nueva hermanita. Estaba morada y no paraba de berrear. Su cabecita de ojos velados emitía un sonido que me parecía espeluznante. Insoportable. Vamos hombre, no tengas miedo, acércate…
Un enjambre clavándose en el oído.
Hurgando en el tímpano.
Las aguas no querían llevárselos.
Una rama los abrazó frente a nosotros
mientras el agua les pasaba por encima.
Arrojamos piedras.
La saca no se movía, lloraba
gritaba, agonizaba
oía a mi hermanita
el pecho de mi madre
desde el rincón las veía
Las piedras golpeaban la tela
o hacían explotar el agua hacía arriba
nuestros gritos coléricos
y lanzamientos rabiosos
extinguieron los chillidos uno a uno.
Los gatitos dejaron de existir.
El saco era un trozo de tela sin vida
(vuelta a su estado natural).
El enjambre fue disipándose de mi oreja.
Más sigue aquí, dentro, en la cabeza,
reverberando en el blanco cráneo.
El mar se alzó por encima de nosotros
tiró de nuestro cabello hacía el fondo
ahogándonos junto a la suma de sus sueños
y, como los gatitos,
fue como si nunca hubiésemos existido.
Se enfrío nuestra sangre,
gélida como sus aguas,
los pececillos nos mordisquearon,
al principio hacían cosquillas,
luego dejé de pensar en ellos.
Dicen que recé,
que me revolví,
que agité manos y brazos,
que invoqué a Dios,
Nunca antes había rezado.
El siervo de Dios, es bautizado
en el nombre del Creador,
y del Redentor,
y del Santificador.
Todos acudieron a rescatar mi alma.
Tarde, demasiado tarde,
ninguno quiso perderse mi bautismo, muerte y funeral.
Olga, Hermann y Gustav no tenían memoria de esos acontecimientos, sólo recreaciones ficticias a partir de las habladurías de los vecinos. Nunca de testigos directos, sino de un paisano, que ha oído a otro decir, que se dice por allí, que cuando los rojos ocuparon el pueblo Gerhard los recibió con los brazos abiertos. Hay habladurías en las que incluso descolgó una bandera soviética de la ventana. Si hombre, la que confiscó a Karin al registrar su casa. Es cierto, su amante era comunista. ¿Qué fue de ella? No se sabe nada, la envió a Berlín y no volvió. ¿Y con el novio?¿El comunista? He oído que acabó en Buchenwald. Las mujeres platicaban mientras cargaban el cesto de carbón o se internaban en el bosque a proveerse de leña para mantener calientes unos hogares vacíos de hombres. Mientras hurgaban el suelo en busca de raíces que roer con los dientes. Mientras alimentaban las monturas de los nuevos habitantes o limpiaban, de las calles, el estiércol de las mismas. El frío del invierno contenía el hedor agrio de los excrementos y urines de los cuadrúpedos. Primero fue el heno el requisado de todas las casas, luego, los alimentos. Los nuevos inquilinos se colaron en los sótanos, en las casas, en las despensas, en las tiendas, encontraban cualquier orificio donde se había podido esconder comida. Abrían frenéticos los portones de los armarios, tiraban de los cajones. Los portazos saltaban de casa en casa a ritmo de kalinka. Rebuscaban detrás de los anaqueles de la cocina revolviéndolo todo. Se llevaron todas las conservas. Todo el grano. Donde su instinto no llegaba, lo hacía el de los perros que tiraban de sus correas. Con la derrota llegó la hambruna.
Tres años antes Isabelle había sido voluntaria en Polonia, limpiando las granjas de los deportados que no habían superado el examen racial. Tenían que dejar sus viviendas y pertenencias a los colonos alemanes. Los expropiados sólo pudieron llevarse con ellos un total de treinta quilos. Los militares desordenaban las casas, arrastrando grandes bultos y muebles de un lado a otro, creando nuevos espacios. La mayoría de los objetos acababan, para desesperación de sus propietarios, amontonados enfrente del edificio. Una enorme pila de bienes. Hombres, mujeres y niños, de pie desesperados, llorando sin saber que hacer con todo aquello. Su mundo desparramado en la calle, junto a sus almas.
Los niños lloraban. Las madres lloraban. El cielo lloraba. Todo lloraba: el colchón, el reloj de pared, los libros destripados, los platos y vasos quebrados, las lámparas, las sillas, los cuadros que representan la naturaleza polaca. Una pira abstracta y un par de maletas. Sólo podían cargar un par de maletas. Se agachaban e instintivamente, con lágrimas en los ojos, las llenaban con ropa, porcelana Chodziez, cubertería, fotografías retratando a familiares, sortijas de todo tipo, cartas recibidas, libros, saquitos con frutos secos, mantas, sábanas, jabón, cepillos, tijeras, lentes, documentos, llaves, y quilos y más quilos de incertidumbre. Isabelle, veía marcharse esas figuras negro-grisáceas de sus hogares; luego se ponía el delantal, barría, quitaba el polvo de las estanterías, limpiaba las vajillas, la cocina, las sábanas que habían dejado atrás, y cuando todo estaba listo adornaba la mesa de la casa con un mantel bordado y un ramo de flores para acoger a la nueva familia alemana que ocuparía la casa.
Había visto los efectos del hambre y la incertidumbre en los rostros de la gente. Los cuerpos enflaquecidos de los vencidos y los niños huérfanos, se mezclaban con los de los jamelgos y los chuchos huesudos. Juntos pululaban por todos lados buscando algo que mascar. Todas esas pieles descarnadas rastreaban algo con lo que desgastar las muelas y ejercitar los músculos maseteros. La carestía devoraba su rostro, su humanidad, sólo los ojos mantenían vida en unas facciones que se disolvían. La escasez convierte a la población en seres mudos. Sin habla. Sin moral ni conciencia. No dejaría que eso le sucediese a ella, ahora que eran ellos los invadidos, intuyó enseguida que para ello lo mejor era ganarse la confianza de uno de los oficiales soviéticos. Un hombre que la protegiese de los saqueos, que le garantizase un mínimo de comodidades. Si lo trataba bien, quizás incluso consiguiese algunos privilegios. Chocolate. Nueces. Pan. Huevos. Algo de carne. Adios a la sopa de patata rayada.
Era una mujer joven, modesta, de caderas anchas, que no usaba ni maquillaje ni pendientes, rubia con una corona de trenzas, forjada en los cánones del ideario gobernante, y aún así no había conseguido cónyuge alguno. Antes de la guerra acudió a uno de los Lebensborn, Fuente de Vida, donde las mujeres solteras se ofrecían para ser fecundadas por los sementales más idóneos según el régimen. Hermann y Gustav visitaban cada año la feria de Frankfurt am Oder con el fin de alquilar un toro terminal para incrementar el peso y crecimiento de sus terneros. Seleccionaban animales de complexión fuerte, de raza pura, padres reconocidos, libres de enfermedades de transmisión sexual y carácter bravo. El toro calmado es más impredecible. Más peligroso que el bravo. La uniformidad del ganado dependía de la pureza del macho. Los ganaderos siempre lo han sabido. El régimen lo sabía: para eso había creado el Tribunal de Salud Hereditaria que aprobaba la procreación de las parejas. "La mujer también tiene su campo de batalla; con cada niño que trae al mundo y ofrece a la nación participa en la lucha por el bien de ésta".
Diez días después de la menstruación Isabelle fue examinada médicamente por los especialistas del Lebensborn y se acostó con un miembro de las SS. El diagnóstico de embarazo fue negativo. Volvieron a repetirlo con otro hombre de las tropas. La gestación tampoco funcionó. Ni una tercera ni una cuarta vez, en cada intento la preñez le fue denegada. Al final el equipo médico la designó como una bevölkerungpolitische blindgäger: un "fracaso demográfico". Nadie quiso casarse con ella. Ahora, veía en el invasor, al igual que Gerhard, una oportunidad de empezar una nueva vida. Un par de buenas comidas al día y seguridad física, bien valía el no cerrarse de piernas a un oficial soviético. Otras podían reducir sus vidas a alimentarse de raíces usurpadas al bosque, a comerse las hierbas como las bestias y el ganado, pero ella no. Su vientre nunca gestaría la cría de uno de aquellos hombres del Este. Lo importante era que el hambre quedase al otro lado de la puerta. Que pasase de largo. Sobrevivir a la Historia, siempre traidora con la vida. Disfruta de la guerra, le dijo una vez un gerente del Lebensborn al abandonarlo, porque la paz será terrible. Ni corazón ni cerebro, la que manda es la barriga. Cuando el hambre asoma, se piensa y se actúa con el estómago.
Llegó el panadero agitado, venía de la ciudad, donde había oído que los bolcheviques habían cruzado el Óder. Aquella noticia hizo que Gerhard determinase arrojar su copia de Mein Kampf a las llamas como ya habían hecho otros vecinos antes. Se hizo con ella un par de días después de quedar ensimismado por el río de fuego que atravesó el corazón de Berlín en enero de 1933. De los hombres de camisas pardas y botas negras, marchando alineados y en perfecto orden, con antorchas en las manos y entonando canciones marciales. El centro de la ciudad era un vasto clamor, un bosque de brazos saludando al río con olas de fuego bajo banderas y estandartes. Gerhard como otros había trepado a una estatua para tener una mejor vista del espectáculo, las ramas de los árboles y fachadas de los edificios colindantes también habían sido ocupados. Se unió a las voces que cantaban:
La bandera en alto, la compañía en formación cerrada,
las SA marchan con paso decidido y silencioso.
Los camaradas fusilados por el frente rojo y los reaccionarios
marchan en espíritu en nuestra formación.
La calle libre para los batallones marrones,
la calle libre para los soldados que desfilan.
Millones, llenos de esperanza, miran la swastika;
el día rompe, para el pan y la libertad.
Por última vez es lanzada la llamada,
para la pelea todos estamos listos.
Pronto ondearán las banderas de Hitler en cada calle
la esclavitud durará tan sólo un poco más.
¿Cuántas veces había entonado ese cántico en los últimos años? Muchas, pero ahora que los bolcheviques estaban a un día de camino, estaba predispuesto a olvidarse de los camaradas fusilados en el frente rojo, de los camaradas enviados al frente. Abriría sus brazos a la esclavitud de sus camaradas, a los camaradas comunistas que traían pan y libertad al pueblo. La swastika la sustituiría por la hoz y el martillo, el rojo sangre lo compartían ambas banderas. Brazalete y uniforme, como cualquier otro documento que pudiese relacionarlo con el partido derrotado, se fundieron en la estufa. Un nuevo partido, una nueva vida le aguardaban. Dobro pozhalovat tavárishch, así recibiría a las tropas soviéticas cuando llegasen al pueblo. Llevaba semanas practicando las frases de ruso que recordaba de sus estudios, aquellas que pensaba que podría utilizar.
Cuando finalmente el ejercito ruso apareció por el camino, la gente corrió a refugiarse a sus hogares. Se oyó un pequeño tiroteo a la entrada, la resistencia queda de unos vecinos. Aullaban y ladraban los perros de unos y otros, su sonido llegaba de todas partes, superado por rápidos estallidos. El estruendo del cañón de un tanque ligero T-26 dejó un eco suspendido en el aire. Al retirase el eco se hizo brevemente el silencio. La casa de donde provenía la resistencia quedó perforada, con las entrañas de madera colgando, expirando humo. Nadie volvió a disparar. Inmediatamente llegaron enormes columnas de camiones remolcando piezas de artillería, las ruidosas cadenas de los tanques rodando sobre el camino, el intenso olor del combustible, de la caballería con sus relinches, sus movimientos bruscos, los carros llenos de heno cubiertos con telas. Los soldados iban sentados, sin decir nada, en los camiones que los conducían hacia su objetivo: Berlín. El grueso de la columna pasó de largo, sólo un pequeño destacamento se quedó para hacerse con provisiones. Un conjunto de hombres variopintos, enfundados en gruesas y velludas chaquetas de cuero, pantalones abombados, botas y vendas que subían de los tobillos hasta la pantorrilla.
Se oyó un disparo huérfano. La que sería la segunda tumba fuera del camposanto del cementerio parroquial. El soldado Johann antes de dejar el pueblo le dejó una pistola a Elena. "Mátate antes que caer en manos de los rusos", le dijo, y eso hizo ella. El soldado de infantería no se lo perdonaría nunca. Cuando regresó del campo de prisioneros, se le vio acudir con frecuencia al bosque, allí donde los ciudadanos creyeron conveniente enterrar a Elena. En el claro dentro de la oscura frondosidad que se abre entre las cortezas bermejas de los pinos silvestres y el gris de los abetos; árboles que crecen erectos punzando el cielo. Un mar de alfileres infinito a ojos de los cuervos en el cual destaca el claro. Les gusta bajar hasta allí, otear desde las ramas que cierran el círculo. Agitar los tallos para que la nieve caiga cual lluvia desde las alturas hasta el hueco. Chasquean sus picos y graznan unos y otros en asamblea, de lo que ven cuando suben al inmenso cielo, por debajo de las nubes. Los anchos campos zurcidos por agujas verdes, y lo que hay allí abajo. Está cubierto de huesos. El campo entero está cubierto de huesos humanos, de un extremo a otro.
Johann les hizo compañía, le veían aparecer entre el ramaje y doblegarse en medio del círculo, mostrándoles la nuca. Sumiso a la quietud de aquel laberinto ancho de árboles en el que descansaba Elena. De allí no se regresaba. No había salida. Cada una de sus visitas constreñía el cosido. Las aves, negras sombras bajo el sol, veían al hombre andar y desandar el sendero, como hilo mirando de cerrar el desgarro ocasionado por su pistola. El disparo fue el nudo que urdió con mayor firmeza sus vidas. La detonación que resonó en la aldea. La que hizo correr a los recién llegados al refugio de las esquinas. La que provocó que los caballos se alterasen, que relinchasen. El sordo estallido se perdió entre el sonido metálico de las herraduras zapateando el empedrado. Fue entonces cuando Gerhard salió al encuentro de los invasores, era un Gerhard nuevo y renovado, sin uniforme pardo, sin otras insignias que la más amistosa de sus sonrisas y alguna que otra frase en ruso. Parecía que llevaba una vida entera esperándolos.
La historia tiene muchas verdades. La guerra muchas más. Quizás ninguna sea cierta. Quizás lo sean todas.
recolectar recuerdos, recolectar personas, el olvido, la mirada del otro, las risas, una mañana radiante, el silencio, un buen abrazo, evocar rostros, coleccionar cuentos, ronroneos y vinos conversados...