Desayuno





La abuela se ha pedido un café exprés y una ensaimada. Ese ha sido, hasta donde alcanza mi memoria, su desayuno favorito cuando lo tomamos en una granja[1]. Ahora, a sus noventa y cuatro años, justifica la ternura de la ensaimada como la más apropiada para su dentadura, esa dentadura postiza, que de pequeño me impresionaba tanto ver, cada noche, sumergida en una vaso de burbujas efervescentes. Aïssa y yo hemos optado por un cortado y un croissant cada uno. En cuanto la abuela nos descubre sonriendo, por un comentario de Aïssa en inglés, sobre el deleite con el cual la abuela saborea su ensaimada, la deja a un lado y pregunta todo curiosa:
–¿De que se ríe ésta ahora?
–De nada abuela, le encanta ver como disfrutas de la comida.
–Ah, y tanto que la disfruto… pasamos mucha hambre, ¿sabes? –cuando habla del pasado, suele hacerlo en plural, nunca en primera persona, como si hubiese sido parte de algo y no hubiese adquirido su singularidad hasta la muerte del abuelo.
–¿Durante la guerra? –interpela inmediatamente Aïssa.
–Sí, durante y después. Nos comíamos hasta las vainas de las… esto… las alubias, esas que una vez secas se quitan; pues nosotros las dejábamos unas horas en remojo, las hervíamos y no las comíamos. Lo hervíamos todo, para aprovecharlo al máximo. No se despreciaba nada. El maíz, las zanahorias, las patatas, todas sus partes eran comestibles. En el pequeño huerto del patio de la casa, mi padre cultivaba alubias, maíz y judías, que nos ayudaron a pasar mejor la guerra. ¡Ay!, mi padre tenía un genio –se sonríe, y levanta los ojos, como si lo buscase en su memoria–,  aún parece que lo vea… el día que estábamos tostando unas de las castañas, esas que recogíamos en el bosque de camino a Olot. Todo y haberlas cortado, empezaron a petar, se asustó tanto, que las arrojó todas con la parrilla incluida al suelo y empezó a saltar sobre ellas. Chof, chof, chof, hasta que quedaron todas aplastadas, mientras gritaba, “¡ya no explotaréis más!” Era muy buena persona, muy buena, pero gastaba un genio.
–¿Y pan? ¿Comían pan? –me pregunta Aïssa.
–Supongo que algo comerían –me limito a responder, pero ella insiste: “Pregúntaselo”, así que le transmito a la abuela su interés. Más de medio siglo las separa, pero ambas comparten el haber padecido la guerra en su juventud, y el hambre que trae consigo.
–¡No! Para conseguir un poco de pan había que hacer unas colas… ¡Madre mía que colas! Los dos hornos de Anglés estaban casi siempre vacíos, sin nada que hacer, y cuando les llegaba algo de harina y preparaban algo de pan, se montaban unas colas que era casi imposible conseguir nada –hoy no hay comida que no acompañe con una buena rebanada de pan–. Mi madre, la semana que conseguíamos traer a casa un duro, que entonces eran de plata, era la más feliz del mundo y corríamos al pueblo a comprar comida para toda la semana. Existía un lugar, “La Cooperativa” de la colonia industrial de Bonmatí, de la que éramos socios, donde podíamos comprar de los campesinos de la zona. Pero conseguir un duro, no era algo común. Costaban mucho de ganar.
–¿Los ganabais trabajando en los telares? –pregunto.
–No. Yo trabajé de niña en la fábrica textil de Burés, a las afueras de Anglés. ¿Sabes dónde está la estación de tren? –asiento con la cabeza invitándola a seguir con su relato– Pues allí, estaba justo enfrente de la estación, ahora no sé si sigue allí, pero era una cosa enorme. Me levantaba a las cinco de la madrugada y trabajaba hasta las dos de la tarde.
–¿Trabajabas de cinco a dos?
–Sí, con media hora para desayunar si te traías algo de casa para comer. Una semana trabajaba con mi madre en ese relevo, y a la siguiente cambiábamos de dos de la tarde a doce de la noche. Mi madre y yo trabajábamos codo a codo, ella era responsable de dos telares y yo de otros dos. Ella ganaba 31 pesetas a la semana y yo 22. Yo era joven, así que me tocaba menos dinero…
–¿A qué edad empezaste a trabajar allí?
–A los once… era muy joven. Con once años ya estaba allí –se le apaga la voz–, pero con la guerra pararon los telares. Desmantelaron la fábrica de Anglés para reconvertirla en fábrica de proyectiles. Hasta vino un ruso, “el Ruso”, como le llamábamos todos, para ayudar a montarla. La otra, la fábrica de Bonmatí, donde trabajaba mi padre, no me acuerdo si dejó de funcionar durante la guerra. Pero aquella era más chiquita… Mmmm, Dios mío, si hemos vivido y visto cosas.

            Traduzco a Aïssa lo narrado por mi abuela, en castellano consigue entender algo, pero en catalán no, y mi abuela, por mucho que lo intente, no puede mantener una conversación en castellano. Empieza la oración en castellano y sin darse cuenta a media frase ya ha vuelto al catalán. Aïssa me anima a seguir indagando en su vida durante la guerra civil.
–¿No te parece interesante saber como vivió aquello? –deja ir al descubrir mi reticencia a seguir con esa cháchara– A mí me parece de lo más interesante. Ojalá alguno de mis abuelos siguiese vivo para poder hablar de estos temas. Tendría cientos de preguntas que formularles.
–En Anglés, guerra guerra, no hubo –contesta mi abuela ante la insistencia de Aïssa–, pero al principio pasaron cosas muy gordas.
–¿Entre los vecinos?
–Sí. Se mato a gente. Estaba ese, al que llamaban “el Moreno”, que se encargaba de coger a gente por las calles del pueblo y meterlos en prisión. Dependiendo de cuanto podían pagarle, les dejaba salir más pronto o más tarde. Cuando entraron los nacionales, con los moros delante, alguien se debía de haber chivado, porque corrieron a buscarlo. Nosotros vivíamos aquí, y él vivía cuatro o cinco casas más abajo, al otro lado de la calle. Para su suerte, se había ido antes, atravesó el Ter, se refugió en la ermita de Sant Julià y de allí a Francia. Allí se lo encontró mi padre, hasta que se volvió a los meses, cuando confirmamos que no lo buscaban… Los curas no tuvieron tanta suerte –guarda silencio.
–¿Quién mató a los curas? –la animo a seguir con la historia.
–A esos, los mataron los del PUP, PUM, como se llamasen…
–El POUM –intervengo.
–Sí, esos, los del POUM. Al monseñor Eduardo y al otro, ahora no me acuerdo de su nombre, los tuvimos en el pueblo, enseñando “doctrina” para poder hacer la comunión. Era un persona de Anglés, conocido por todos… –vuelve a guardar silencio. Esta vez más largo–. Se hizo mucho daño. Se mato a mucha gente y a otros se les hizo sufrir después de la guerra sin necesidad alguna… ¡bah! Una mierda. Pero que coño, estamos vivos, ¿no? Y por muchos años más si Dios quiere.
            Coño, si que lo entiende Aïssa, aún en su forma catalana, le hace gracia que mi abuela use con tanta frecuencia dicha expresión. Cuando termino de traducirle su relato, busca su mirada, sus diminutos ojos refugiados en un complejo mar de arrugas. La admira, admira la relativa naturalidad con la que es capaz de hablar de ese período de su vida, porque ella no puede hacerlo sin quebrarse. La guerra de Bosnia de la que huyó con catorce años y la llevó hasta Suecia sigue demasiado presente. Quizás cuando tenga su edad, pueda hablar de ello sin dolor, me dirá más tarde. Se sonríen la una a la otra, con tristeza, reconociéndose, para luego volver cada una a su taza de café.     




[1] En Cataluña, se conocen como “granja” a los bares donde se acude básicamente a desayunar o merendar, tomar café y bollería. Antiguamente eran lecherías donde la gente acudía a adquirir leche fresca y productos derivados frescos, que fueron convirtiéndose en sitios para desayunos, ofreciendo café, chocolates, horchata, helados y bollería.



En el mercado




Un hombre se quita el abrigo, se lo pone doblado en el brazo y pide un café bien cargado. Mirjam, un café largo bien cargado, ordena la mujer que lo atiende, Mirjam, con las manos un poco temblorosas, ya había empezado a prepararlo. Es su primera semana de trabajo. El estruendo del molinillo de café se adueña del local por unos instantes. Cualquier otro sonido se vuelve inaudible. En aquel rincón del mercado, es el aroma del moca, combinado con las fragancias afrutadas y florales del cacao, y el intenso dulce de las almendras con azúcar del mazapán cocidas al horno, los que predominan; pero un poco más adelante esos estimulantes olores son sustituidos por los efluvios más agresivos, rancios, agrios y sulfurosos, que escapan de la quesería.

            Son las once y media de la mañana del sábado, y un buen número de clientes aguardan su turno para comprar, la especial selección de quesos duros de Västerbotten y los quesos de suero caramelizados de Jämtland que suelen incorporarse en las comidas de Navidad. La proximidad de estas fechas, sin duda contribuyen, a que hoy, el mercado esté más concurrido que otros fines de semana.

            Pero aún y así, todo y el gentío, la visita al mercado de Saluhallen no resulta una experiencia ruidosa y alborotadora, tal y como sucede en  mercados de otros países, sino que todo parece regirse por un orden y unas reglas sociales no escritas. La gente coge número en las máquinas expendedoras y aguarda pacientemente su turno. Los que no van solos hablar entre ellos, pero nunca elevan la voz, y nunca se comunican con un desconocido. Eso implica perturbar la intimidad del otro, y pocas cosas hay más sagradas en esta sociedad, que ha dejado de lado los cultos religiosos por el culto al individuo, que el respeto a la individualidad, aunque ello lleve a su aislamiento. Desde la quesería puede escucharse el vapor de la máquina de expressos de la cafetería donde trabaja Mirjam, y si se agudiza el oído hasta los sorbidos que el hombre, chaqueta en mano, hace a su taza de café aunque éste está hirviendo. Como si el frío que arrastraba del exterior le impidiese sentir el calor.

            El silencio entre compradores es evidente en la pescadería, allí lo que más se oye son los golpes secos de los cuchillos de las vendedoras contra las tablas preparando las comandas. Entre zas-zas y tac-tacs, un hombre mayor, identificado como Björn en su mandil, atiende las demandas de los clientes. Es un pescador retirado oriundo de Gotemburgo, con la voz ronca, un graznido de cuervo, y un brillo esmeralda en sus ojos, que parecen reflejan un mar triste en el cual muchos marineros se han ahogado. Ahora, amarrado a tierra en Uppsala, esboza una sonrisa, o amago de sonrisa en una de las comisuras de sus labios, cada vez que se dirige a alguien.

            El surströmming, los arenques del Báltico fermentados caseros y el salmón curado son los productos predilectos, pero el pequeño puesto es también de los pocos donde es posible  proveerse de pescado fresco. Su escaparate exhibe filetes rojizos y blancos bien alineados, junto al vibrante chisporroteo de los focos que danza sobre las escamas de pescados y el nácar de brillo iridiscente de almejas, ostras y mejillones. Entre los cuerpos que reposan sobre el hielo hay esparcidas rodajas de limón y ramos de perejil, así como pequeñas cuencos de vinagre, con la intención de reducir el olor fuerte propio del pescado. En un rincón destacan los pescados de agua dulce y su característico desagradable aroma a fango, mezclado con los olores fuertes, casi metálicos, de la hierba recién segada. En otro, predominan las truchas, arenques y caballas ahumadas, propias de las tierras del norte. Con sus cuerpos ennegrecidos e irreconocibles, sus ojos fijos parecen mirar hasta el improperio a los compradores por su suerte.

            La pescadería y la quesería son los puestos propiamente suecos, donde es posible hacerse una idea de los productos locales, el resto del pequeño mercado lo ocupa una tienda de delicatesen italianas, regida por una pareja de refugiados iraníes llegados a mediados de los ochenta; un comercio de caramelos y otros dulces, de propietarios norteamericanos; y un establecimiento que actúa de bar y restaurante ofreciendo menús de mediodía, cuyo dueño es un emigrante griego llegado en la década de los sesenta. Fui el primer griego de Uppsala, el original, le gusta repetir cuando se le pregunta por su origen. Su rostro es un campo arado por el tiempo y las noches interminables de cuando trabajaba de DJ en los clubes de Uppsala y Estocolmo. Locales entonces controlados por yugoslavos, hasta que sus mafias fueron desmanteladas en los noventa, al mismo tiempo que se desintegraba su país allí lejos en los Balcanes.


            Enfrente de su reducido bar, junto a una de las puertas de entrada del edificio, existe otro establecimiento aún más pequeño, apenas una barra de cara a una cocina donde se sirve sushi y arroces fritos. Densas nubes de humo blanco siguen al fogonazo que provoca el cocinero al arroja las verduras al wok sobrecalentado. El penetrante aroma de los vegetales salteados en salsa de soja asalta a aquellos que acceden al mercado por esa puerta. Como sucede en los otros numerosos establecimientos de sushi de la ciudad, la mujer de rasgos asiáticos no es japonesa sino tailandesa. Tailandia es el destino exótico predilecto de los suecos, un oasis de eterno verano, al cual se evaden temporalmente de sus duraderos inviernos nórdicos las familias, y al que acuden hombres solteros en busca de pareja. Práctica especialmente común en el despoblado norte, donde las chicas abandonan la región para estudiar en las universidades del sur y a la que nunca regresan, mientras que los chicos continúan en el negocio de la madera o la minería. El cocinero y marido de la tailandesa del diminuto restaurante de Saluhallen es uno más de esos norteños que en su día conoció a su mujer en unas vacaciones. Sexo y compañía a cambio de seguridad económica. Una más de las transacciones de este mundo globalizado. Quien dijo que el amor no podía comprarse seguramente no era pobre.

               Vista del mercado de Uppsala, Saluhallen, en 1910. Foto original de Ossian Wallin.


Llegada del invierno


Ha amanecido blanco. La ciudad despierta con su primer manto níveo depositado sobre sus calles y edificios, otros le irán sucediendo hasta el final del invierno; siempre ha sido así. Un estrato erigido con perseverancia a lo largo de la noche, ayer, cuando me asomé a la ventana antes de acostarme, no parecía existir nada más en el universo fuera del temporal. El resto, la ciudad completa, se había desvanecido, engullida por la ventisca de copos de nieve que zurcían la túnica con la que se ha desvelado al alba.
            Es domingo, el cielo, al igual que nuevo vestido urbano, está pálido, carente de color alguno, y poca gente habita las calles. Mirando a lo lejos uno descubre que el horizonte se ha disipado. Todo parece puro, prístino, cuando me decido a salir fuera. Dar los primeros pasos sobre la capa de nieve genera cierto vértigo, la sensación de violar una armonía de la que los humanos estamos excluidos. La nevada pinta momentáneamente el gris de la urbe, hasta que lleguen los vehículos quitanieves, los coches y el continuo pasar de los transeúntes y todo vuelva al plomizo color que corresponde a la ciudad. Al bajar al centro de Uppsala, en busca de la panadería, empiezo a descubrir las rodadas de los coches y las huellas, cada vez más numerosas, de los peatones. Allí, sólo los techos de las casas antiguas y las bicicletas, ancladas en el sustrato, conservan intacta su funda nívea. Los árboles, desprovistos de sus hojas semanas antes, se sacuden los copos con cada ráfaga de viento. Sus ramalazos permiten al frío traspasar la chaqueta. Lamento el error de no haberme puesto gorro alguno antes de dejar mi confortable apartamento. No existe el mal tiempo sino la ropa inadecuada, reza un dicho sueco. Uno de los tantos que tienen para conformarse con su insufrible meteorología.
            Prosigo bajo los fanales, todavía encendidos, que penden sobre el centro de la calle, en estas latitudes del mundo al día le cuesta más romper la lobreguez de la noche en invierno. Se mecen con el cable que los sustenta de un lado otro de la avenida. Chirrían cada vez que son zarandeadas. Los pocos viandantes con los que me cruzo, avanzan encorvados, quien sabe si para guarecerse de la ventisca o temerosos de que una farola caiga sobre ellos. También yo agacho la cabeza concentrándome en el rastro de sus huellas. Todas llevan a la misma dirección.
            Uppsala parece una ciudad pequeña a pesar de ser la cuarta en tamaño de Suecia; el centro, con sus casitas de madera de colores ocres, el río Fyris que fluye a mi derecha y la catedral de ladrillos al otro lado, un pequeño pueblo más bien. Entre semana estas calles están vivas, con gente entrando y saliendo de los locales, pero hoy es domingo, temprano, las tiendas todavía no han levantado sus persianas y las cafeterías siguen con sus puertas cerradas. Sus habitantes siguen durmiendo, o disfrutando su desayuno en  sus cocinas cálidas y acogedoras. El ronroneo del río y mis pies comprimiendo la nieve, magnifican la carga de silencio reinante en el paseo.
            Junto a la puerta de la galería, que cobija la panadería, hay sentada una muchacha joven y risueña de mejillas encendidas por el frío, que balanceándose sobre sus posaderas, agita un vaso a modo de cascabel haciendo sonar las pocas monedas que lo habitan. De su rostro enmarcado entre bufandas y coloridos pañuelos, de los que escapan mechones de cabello negro, emerge una sonrisa. Entre sus piernas cruzadas anida una fotografía en la que aparece ella rodeada por una pareja mayor y cuatro niños más de diferentes edades; en un canto del marco, la postal superpuesta de un santo que parece sobrevolarlos. Al pasar ante ella bajo avergonzado la mirada. Me maldigo por ello inmediatamente, he pasado ante la pobreza indiferente y me dirijo a la panadería. Los mendigos llegados del este, son desde hace tres años, un rompecabezas disperso por las esquinas de la ciudad asentados en todos los puntos con afluencia de gente. Son individuos que impiden la acomodación, lo establecido, que viven al margen del sistema pero que al mismo tiempo representan perfectamente al sistema. Por eso resultan molestos, porque es fácil achacar en ellos las características negativas, los miedos, las culpas, las vergüenzas que nos pertenecen pero no queremos aceptar. Los desamparados que arruinan el orden preestablecido. El mundo los excluye y se rebelan haciéndose presentes. Dejándose ver. Su disposición en los lugares emblemáticos de la urbe constituye un cantar silencioso que se dibuja por las calles. Una melopea social que viene una y otra vez, a recordar, a denunciar el sufrimiento del cuerpo.
            No hay nevada, manto suficiente, que esconda esa realidad. El níveo paisaje del invierno no hace más que ensalzar su realidad.   

El canto de una colmena en éxodo



–Escuchad. "La policía y las autoridades vecinas han evitado esta pasada madrugada la entrada de unos mil inmigrantes que han intentado acceder a la ciudad autónoma". 
–Cada dos, tres días el mismo titular. Esto no va a parar nunca. 
–¡Adelante todos ellos! Todavía hay puertas de supermercados sin nadie pidiendo con la Farola en la mano.
–¡Mil! ¡Mil personas saltando la frontera a la fuerza! Por las bravas. ¡Mil personas! En términos militares, casi un regimiento clásico. La invasión beréber, el primer de los sucesivos asaltos a la península en el 714 no debía ser mucho mayor: de doce o catorce mil individuos. ¡Mil! Mil individuos intentando entrar con el argumento de su negritud, su necesidad, el revisionismo de la historia moderna, el equilibrio de supuestos agravios pasados...
–Mil son una buena tajada. Un pueblo más que mediano. Comarcas hay en España que no los juntan. ¿Te los imaginas a todos ellos en tu barrio? ¿En el centro de salud de tu área? ¿En el parque público?
–Yo no tengo que hacer ningún esfuerzo para imaginarme eso. Hay, ya, más de esos en el barrio de mis suegros. Es lamentable, pero allí están creando un gueto en el que cada día resulta más difícil entrar. Me contaron que un piso habitado por africanos utilizaban el retrete para tirar la basura, por no tener que bajarla a la calle, con lo que se atascaba constantemente la tubería general del edificio.
–Ya ves qué lumbreras son. En mi barrio, en un edificio dormían en colchones tirados por el suelo unas veinte personas. En el centro del salón hacían hogueras y ponían perdido el techo. Y encima pagaban cuando querían, mal y tarde. Esta gente está todavía en el neolítico y les estamos forzando a quemar etapas demasiado rápido.
–Nuestra valla es la única que puede uno saltar sin consecuencias legales. Si saltas la de un chalet, un cortijo, una urbanización, un campo de golf, un campo de fútbol..., serás expulsado inmediatamente y usando la fuerza si es necesario. Es muy probable que incluso tengas que enfrentarte a una demanda por allanamiento de propiedad y pagar en consecuencia una multa. De nada te servirá alegar en tu defensa que lo hiciste impulsado por una necesidad imperiosa. Te echarán, y nadie, ningún izquierdista defensor de las famélicas legiones se pondrá de tu parte. Y ¿sabes por qué? Porque no eres de piel oscura, tienes documentación y no estás de moda. Vamos que serás un saltavallas delincuente. Hasta te tendrás que pagar el abogado. Ellos, ellos reciben uno gratis. Una semana allí, y luego un embarque gratis para la península: a buscarse la vida.
–A mendigar en la puerta de los supermercados, con su smarthphone de 300 euros con los coleguillas mientras se fuma un pitillo. A vivir, que son dos días y ya están los pringaetes hispanos para mantenerlos. Desgraciadamente, nosotros sufrimos y sufriremos aún más en nuestras carnes las consecuencias de esta invasión. Poco hábito de trabajo, poca iniciativa, mucha prole y mucha cara es lo que caracteriza a estas hordas oscuras.
–Y en Italia lo que ocurre es aún más grave. En lo que va de año, ya son cerca de 50.000 los que han llegado en barcazas.
–Este tipo de inmigración tiene tintes invasivos, y de no controlarse, Europa, la Europa que hemos conocido, estará perdida. De los partidos mayoritarios europeos que nos han gobernado en las últimas décadas, francamente, soy muy pesimista, y me inclino que no hay nada que hacer...
–¡Quita! Con eso no cuentes.
–Para nada. A la comisión europea este asunto les importa un higo. Ya hace años, Oriana Fallaci pronosticaba una invasión de estas características, y lo único que consiguió fue que los fascistas de extrema izquierda, precisamente, la llamaran fascista.
–Esos de Europa, siempre mirando para otro lado, sin querer entender que Ceuta, Melilla o Lampedusa son la frontera sur de Europa. Desde Europa las ONGs y otros grupos lo único que hacen es presión social, contándonos lo bueno que es el multiculturalismo y ser un país multirracial. Solo pretenden con ello, que nosotros nos encarguemos de todo el "excedente humano" de África.
–No deberíamos permitir que nos multiculturalicen a la fuerza. El otro día leí que en Lavapies ya hay chinches.
–En el hospital del Niño Jesús también. Estamos retrocediendo cincuenta años en higiene y seguridad.
–Lo suyo sería llenar aviones con subsaharianos y aterrizarlos en la Haya, Bruselas, Copenhague, Berlín, Luxemburgo o en cualquier aeropuerto sueco, de donde es la Comisaria de Interior de la Unión Europea, que puso a parir hace unos días a nuestra Guardia Civil de Melilla.
–Es una auténtica vergüenza.
–Por la incapacidad de nuestros gobernantes, su incompetencia o desidia ante este tremendo problema, en Europa están surgiendo partidos de extrema derecha. En otros países, la gente piensa más, y se ha hartado de ver como llega más y más gente de fuera a sus territorios. La gente vota a políticos valientes, a los que buscan soluciones a los problemas reales de la crisis económica, el desempleo y los inmigrantes.
–Esos sí van a frenar en seco esta inmigración desbordante e ilegal. Curioso, que en España ningún partido se haga con este problema.
–Vamos, Spain is different. ¡Joder! Aquí siempre vamos en dirección contraria. Esto está plagado de izquierdistas buenistas que propugnan la eliminación de las vallas fronterizas y acabar con las expulsiones de los que entran de manera ilegal. 
–La extrema izquierda tiene la fórmula para acabar con el paro y la pobreza en España: puertas abiertas a toda África. 
–Vamos directamente al caos. Y todo ello, siempre apelando a la supuesta miseria de la que huyen.
–Hambrientos no parecen los muchachotes saltavallas.
–No seas ingenuo, los que trepan la verja no son los desahuciados ni los hambrientos, son la élite, los más fuertes, lo más granado de sus pueblos. Pueblos que no dudan en abandonar a su suerte mientras marchan a su aventura en este Occidente que tanto desprecian. Vamos, que vienen a la conquista.
–¿Y miserables? La gran mayoría disponen de móviles de última generación y se manejan en internet a la perfección.
–Pero eso, seguro que los de extrema izquierda no lo hablan en las asambleas de los barrios donde los parados españoles se cuentan por miles. ¿Es con esas medidas con las que piensan arreglar el paro de España? ¿Abriendo las puertas a cientos de miles de nuevos pobres?
–Cinco litros de agua no entran en una garrafa de dos. Aquí simplemente no cabe ya más gente. 
–No puedo con estos nuevos fascistas de izquierdas. Con todos esos que van por la vida de santón civil, como mahatma, iluminados hablando del karma y las propiedades del té verde. Al barrio de mis suegros los mandaba yo a todos ellos. Veríais que rápido se dejan de utopias. Es fácil mantener ese discurso mientras el servicio doméstico latino te saca el polvo de las estanterías, o recoges lechugas en tu invernadero alternativo. Que mantengan una convivencia vertical una temporada con los vecinos difícilmente integrables del barrio de mis suegros, y luego me digan que opinan.
–Son unos laicos acomplejados y neuróticos que beben en todos los benditeros. Este país está lleno de monjas con vaqueros que se creen más buenas porque aguantan más. 
–Esos pijos progre, los únicos inmigrantes que han visto han sido por la tele.
–Están cegados por las anteojeras de lo políticamente correcto. Sólo verán el problema cuando la valla que salten sea la de sus casas. Allí quiero oírlos defender las necesidades que esos pobres inmigrantes padecen, y justificarlos con la injusticia histórica que han padecido. Pero mucho me temo que no, que llamarán a la guardia civil que tanto les gusta criticar. Y más aun, me temo que entonces será demasiado tarde. 
–Madre mía, como los españoles sigamos con esta tendencia loca de votar a los partidos de extrema izquierda anti-española, vamos todos listos. ¡Barra libre! Llegan y tienen derecho a todo, en las mismas condiciones, o mejores que el españolito.
–¡Bah! Tampoco los partidos mayoritarios son mejor. Una pandilla de inútiles. los unos y los otros, que con sus respectivas políticas de "papeles para todos" han contribuido a hundir este país. Los actuales: unos inútiles. Les limpian las botas a presidentes impresentables de los Estados Unidos, pero son incapaces de articular una sola política de vecindad con Marruecos. El acuerdo de pesca suspendido, dejando en la calle a nuestro pescadores, y sin política común en el control de las fronteras, que se traslada en verjas asaltadas sistemáticamente, una semana tras otra. ¡Inútiles! 
–Podría irse para allá este rey tan campechano que tenemos antes de retirarse y acordar alguna cosa con su "primo" el sátrapa de Rabat. Menudos unos lazos familiares que tiene nuestro mataelefantes. 
–Eso, que nos proporcione otro titular de prensa inolvidable como ese: "Los amigos del golfo", en alusión a su último viaje por Arabia. 
–Pues mira por donde, a esos jeques medievales del desierto, que deben ser sus primos lejanos, si que no me importaría que se los trajese para España.
–Que venga su dinero, pero no ellos con sus chillabas y su machismo retrógrado. Que luego aquí la arman gorda. 
–Quita, quita, que se queden con todo su dinero. Que aquí no lo queremos. Son esos millonarios los que se aprovechan de los musulmanes que se nos cuelan en el país. A los chavales musulmanes es muy fácil comerles el tarro, y prometerles un paraíso lleno de mujeres. Cualquier barbudo en la mezquita del barrio puede más que toda la educación laica que les ofrece la escuela. Todos los ciudadanos españoles y europeos sabemos que en nuestros países viven miles de islamistas dispuestos a convertirse en terroristas yihadistas a la primera oportunidad que se les presente. Estos individuos viven entre nosotros, se aprovechan de nuestros estados del bienestar, de la Seguridad Social, la sanidad, etc... En fin, que viven a costa nuestra y no cesan sin embargo de mostrarnos su odio contra nuestra sociedad de libertades. Somos tan tontos que les damos facilidades.
–Cualquier día de estos atentarán en quién sabe dónde, y encima dirán que son españoles. Que les hemos tratado mal. Que somos racistas. Cuando en realidad lo que somos es gilipollas. 
–La izquierda española ha perdido el rumbo. La izquierda simple fue anticlerical, laica, pero estos progres de mierda, sólo le hacen ojitos a los pobres moritos  Los rojos ya no son lo que eran. Este país está para salir corriendo y no parar. 
–Los intelectuales rojetes han encontrado en ellos a los nuevos "explotados" que defender, y éstos en pago deben llevarlos al poder. Para ellos, si el pueblo ya no conviene, hay que cambiar de pueblo. La extrema izquierda propone el derecho a votar y a ser elegido por los inmigrantes en las elecciones locales, al igual que defienden la nacionalización automática para todos los nacidos en los países europeos de padres extranjeros. Consideran a los inmigrantes como la fuerza revolucionaria que engendrará una sociedad regenerada.
–El "¡Proletariados del mundo, uníos!" ha muerto. Viva el "¡Inmigrantes de todo el mundo, colonizadlos!" 
–Al inmigrante le corresponde realizar la nueva utopía en lugar del proletariado local. La idealización del inmigrante ha conseguido que los trabajadores locales ya no sean defendidos por los intelectuales de izquierda. Los locales somos incluso una clase a combatir, ya que cada vez les votamos menos.
–Los nuevos marxistas de Frankfurt viendo que la población europea no sigue el camino que ellos querrían han visto en los inmigrantes su pieza clave para sus renovados planes. Con ellos piensan destruir la sociedad europea e imponernos sus ideales trasnochados. Los saltavallas no son más que meros caballos de Troya en manos de individuos que deberían estar en la cárcel como criminales que son.
–Tarde o temprano la mayoría europea, que ya ha expresado su voluntad contra la inmigración invasiva e ilegal, no aguantará más esta imposición infame, esta transhumancia y derribo de los estados-nación, con su economía, democracia, derechos, cultura, tradiciones, avasallamiento y limpieza étnica, que pisotea su dignidad y se levantará. Como siempre ha ocurrido en la historia. Y luego..., lo de siempre: se veía venir, se veía venir...
–Pero nadie lo vio...



Los necios siguen hablando mientras abandono llorando el local. 
Fuera, en las calles el canto de una colmena en éxodo.
Colmena que baila en círculos en torno a un verbo.
Apegada a ese verbo inexpresado y expresivo:
Soy.
Soy en mi tierra y soy fuera de ella.
Soy sufre.
Soy, encerrado, lejano e inacabado.
En deriva.
Soy hacer.
Soy vida.
Soy.

No es una local, son muchos. Edificios enteros. Manzanas. Vecindarios extensos por los que fluye el miedo. El miedo llega en cayucos. En pateras. El miedo salta vallas. Y los cobardes aguardan lejos de la costa, tras sus ventanas. Ya no ven a la persona, solo la excusa que justifica su miedo. Los de fuera no son humanos. Los deshumanizamos. Son excusas. Excusas para todas nuestras incompetencias y problemas. Ellos no sufren, pero nosotros sufrimos sus consecuencias. Lo nuestro es un derecho de nacimiento, no de mérito. Ellos "no son" a nuestros ojos. No son nada, y por ello nos aterran. Impiden la acomodación. Exhiben la fragilidad del orden establecido, al margen del sistema pero que al mismo tiempo tan bien representan al sistema. Nuestro sistema. El que les ha censurado el rostro, dejándoles sin facciones, pudiendo proyectar en ellos lo que nos asusta y disgusta, achacarles los miedos, las culpas y las vergüenzas que nos pertenecen pero no queremos aceptar. Esa es nuestra fragilidad. Ellos solo un verbo.

Soy.
Soy en mi tierra y soy fuera de ella.
Soy sufre.
Soy, encerrado, lejano e inacabado.
En deriva.
Soy hacer.
Soy vida.
Soy.